«El Reino de nunca acabar»

Título y texto tomados de “Blog y Magog”, de Alberto Caffaratto Ladoire. 22 de marzo de 2017

Darían a veces ganas de decir que en España nunca se acaba nada. Tal sería el verdadero paradigma del conservadurismo y ello aun a despecho de una población que, nominal y teóricamente, si preguntada por ello, referiría en una buena mayoría ser de ideas modernas y progresistas e incluso manifestando una cierta irritación por la obviedad que la pregunta les obliga a contestar, como si tal cosa no fuera de por sí manifiesta.

Pero en algún lugar indescifrable, un lugar metafísico y moral, pero no solo, pues igualmente puede acontecer en un bar, un despacho o en un texto, literario o del BOE, parece desacoplarse lo que se declara de lo que es real, y en algún otro lugar, una ficción interminable sigue pesando más que la más material, clara y evidente de las realidades. Esa en la que se cree vivir.

No se acaba nada, y así, existen todavía carlistas y legitimistas de una legitimidad supuesta que se diluye en brumas de uno, dos siglos, por no hablar a veces de cuatro. Y de vez en cuando aún se mata por ello. Los curas trabucaires ya eran, por ejemplo, casi un chiste común entre la “intelligentsia” del XIX, pero un puñado de ellos lo reencontrábamos entre los fundadores de ETA casi un siglo después, cuando se suponía que esas actitudes las había disuelto el tiempo. Pero es que hoy, otros cincuenta años después, otros curas trabucaires y sus adláteres, le andan enmendando la plana al mismo Papa de Roma, anclados a veces en hábitos y tradiciones que el mismo Agustín de Hipona, trasplantado a nuestra contemporaneidad, seguramente daría por sobrepasados.

Y no se acaba el fascismo nunca, véase la Ley Mordaza, que hoy quiere llevarse a la cárcel a una persona por hacer chistes sobre Carrero Blanco, como no se acaba el antiquísimo fenómeno de la sacristía o el púlpito puestos al mando de lo que sea o, mejor dicho, de todo cuanto se deje mínimamente al alcance de un hisopo. Y se les sigue dejando casi todo, no sea que se les acabara algo. Por la vía legal en todo lo posible, y cuando no, por la alegal, por la paralegal, por la ilegal, por la de la práctica, por la de la costumbre, porque es lo que siempre se ha hecho… y si siempre se ha hecho así, ¿qué necesidad hay de cambiarlo? Y por nuestro bien, como añadido sobreentendido o explícito y solo dependiendo la rotundidad de tan manido aserto del descaro o de la zorrería sibilina de cada uno de sus emisores.

Los ministros siguen condecorando vírgenes como hace setenta, como hace ciento setenta, como hace doscientos setenta años. Y si bien a algunos nos choca o nos asombra, a otros muchos no les causa el más mínimo problema. Algo tendrá la Virgen para que la condecoren… Y además, ¿a quién podría hacerle daño algo así?

Es decir, la sensación es que nunca se acaba de entender la separación de la Iglesia y el Estado, y de que esta separación, como si se tratara del imposible deslindar un cuerpo y no de la separación de dos entidades unidas artificialmente, nunca se terminará de llevar a cabo. Porque no se trata de que un ciudadano cualquiera de a pie viva su fe como mejor crea, sino de que el estado, por medio de sus representantes, deshace con una mano aquello que proclama hacer con la otra, y a casi nadie le produce tamaño sinsentido el más mínimo trastorno. A las vírgenes, tiene que honrarlas y condecorarlas el obispo, y a los jueces, condecorarlos los jueces. Cuando son otros los que condecoran a quien no les corresponde, el asunto tiende a parecerse demasiado a compraventa de influencias, es decir, en definitiva, al acuerdo mutuo para meter la mano en bolsillo ajeno, que es en lo que acaba casi siempre tanta reciedumbre moral, por lo que se ve.

Además, ¿cómo podría acabarse con esa separación que nunca acaba, si incluso hoy ese 50% largo de parejas que matrimonian por lo civil, luego entregan los niños a bautizar? Porque parece el típico juego a dos barajas: –Quede bien claro, soy laico e independiente, a mí no me mandan los curas–. Pero cuando la abuela o el abuelo se ponen tercos con lo del bautizo, se entrega la criatura a cristianar, casi como el que pusiera un óbolo en cada platillo de la balanza, por si las moscas y como con mala conciencia. –Bueno, vale, yo puedo ser casi ateo o casi agnóstico (algo así como si se dijera casi virgen o casi honrado), pero los niños son otra cosa. Que elijan ellos, no sea que….–. Y luego los envían a un colegio religioso concertado. De pago, bien se comprende. Igual de malo o bueno que cualquier otro, pero es que los colegios de curas o de monjas son los mejores, todo el mundo lo sabe… Y así lo creen, al parecer firmemente. ¿Cómo puede persistir semejante acto de fe? ¿Cuánto hay de decisión personal y de, llamémosla, inocencia o libertad en ello y cuánto de responsabilidad del estado, siempre el estado, por su resistencia a introducir criterios aconfesionales e iguales para todos? ¿Será porque la enseñanza la empezaron los religiosos allá por los tiempos del rey de Bastos? El caso es que esta clase de enseñanza, como mínimo escorada hacia un bando, tampoco se nos acaba nunca, es más, prospera contra todo criterio de razón.

Y la monarquía, hoy casi ya una curiosidad, tampoco se acaba, es más, resucita. Porque aquí se acabó y la volvieron a traer a patadas, o a sofismas, que cada cual escoja según su soberana sensibilidad, pero la trajeron, que a rizar el rizo no nos gana nadie y aquí nunca se acaba nada. ¿Que el abuelo Alfonso XIII salió por piernas con el tácito y efectivo acuerdo de que nadie le tocaría ni un pelo ni un duro? Pues al nieto lo devolvemos nosotros, porque eso es lo que conviene a los españoles. –¿Es eso lo que conviene, Excelencia?–. –Bueno, es lo que yo diga. Y ya está–. Y puede entenderse incluso que a su Excelencia el General Superlativo le discutieran poco los españoles de entonces, a fin de cuentas, su civilizado modo de dirimir los desacuerdos era conocido, pero… ¿y después? Pues todos igualmente de acuerdo, que es lo maravilloso.

Lo que era bueno para Franco, fue bueno para la Transición y sigue siendo bueno y tal cual ahora mismo. Bueno para Franco e incluso para Isabel y Fernando. Ese zurcido que hicieron sus Católicas Majestades a punta de lanza y de excomunión, incluso desde las lápidas de sus propias tumbas, sigue siendo el mismo zurcido que hoy tiene que hacerse servir para sujetar las mallas de este tiempo de la red de redes. Algo así como insistir en reparar ordenadores con cincel y maza, es más, obligar a ello afirmando su clara conveniencia. Nada puede acabarse aquí así como así. ¿Qué han pasado siglos? ¿Y eso qué importa? Aquí seguimos con cátaros y albigenses, quitando y poniendo pegatinas en un bus, con Reforma y Contrarreforma, y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas. Acabar aquí con algo es una cosa muy desagradable a la que los bien nacidos nunca nos atrevemos. En España no hacemos esas cosas. Y amén.

Y da angustia ver, por ejemplo, cómo trata el protocolo a los periodistas o a las visitas de Zarzuela: –Vamos, vamos acabando, salgan por allí ahora, ya, vamos, vamos…–. Con una sensibilidad como la de Tejero en el Congreso. Una sensibilidad que tampoco se acaba nunca, la que regula el trato entre el poder y el súbdito. Y cuanto más baja la jerarquía de los visitantes, más apremiante y cuartelera la manera de manejarlos. Todos lo sabemos,  pero qué más dará, porque el Rey, de príncipe, era un querube y sus niñas también lo son ahora, esa es la realidad. De los príncipes y las infantas no solo se afirma por convención y razón de Estado el que lo sean necesariamente, sino que, además… –Miren, miren ustedes a estos ángeles. ¿Puede ser poco recomendable una institución capaz de perpetuarse con niños tan guapos? No, no puede serlo, ¡ignorantes!–.

Y ante semejante facticidad, se dobla la cerviz, la bisagra, el intelecto y hasta se reacomoda el gusto. Y andando. Al príncipe, hoy rey, le gritaban por esos pueblos: ¡guapo, guapo! Como a la Virgen. Y se fortalece así el binomio a mayor gloria del Estado, de la Patria y del ¡zoy ezpañó, cazi ná! Decía antes que nunca se nos acaban las cosas, como por metafísica, pero es más, ¿cómo va a querer acabar nadie con aquello a lo que llama guapo, derretido de fe, de unción, de satisfacción, de ansia de obedecer y de ser mandado? Así, ese binomio no pertenecerá a una expresión matemática muy compleja, pero a ver quien es el listo que la despeja. –Y además, nosotros, los dirigentes de los españoles, sabemos mucho mejor que tú lo que te conviene… Desfila–.

Y no se nos acabó jamás y tampoco la reforma agraria. Con el campo español se pelearon los romanos, los godos, los árabes, los Austrias, los Borbones, los ilustrados, los liberales del XIX, la concentración parcelaria del franquismo, el PSOE y el PCE de la Transición… El resultado es que ahí siguen los latifundios, algunos igual de grandes que los del Conde Duque de Olivares, incluso algunos, menos productivos. Pero no se han acabado. Otra cosa es que ya nadie hable de ellos. Lo que se acaba, por lo general, es el hablar de lo que no interesa al poder. Pero incluso ese no poder hablar es otro asunto más de los de nunca acabar.

Por lo tanto, la censura. Ya no hay censura, afirman. Se acabó. ¿Puede ser entonces que algo se haya acabado? Pues no, por supuesto. Solo pasa lo mismo que con los latifundios. Ya no se habla de ella, que es la forma peculiar de acabarse aquí algo sin acabar, pero que verdaderamente se acabe no lo permitirá el Altísimo, que tampoco se acaba nunca.

Ahora la censura es una cosa tan sutil como la Ley Mordaza o el plasma. Pudiendo llamar a cualquier cosa de otra manera, ¿para qué llamarla por su nombre? Pudiendo hacer una rueda de prensa sin preguntas, que viene a ser como decir matrimonio sin contrayentes, ¿a qué hacer una rueda de prensa verdadera, corriendo el riesgo de que te asesinen con el canto de un folio o que te hagan algo tan abominable como una pregunta? Mejor callar diciendo alguna cosa de otra cosa y a distancia, que es lo sabio y lo político.

Aquí lo único que se acaba son los nombres de las cosas, no las cosas mismas. Ya nadie se dedica al estraperlo o a acaparar. Al acaparar se le llama ahora opciones de futuro y no esa grosería de vocablo cargado de mala intención. El aceite sube por la pertinaz sequía que nunca se acaba, y así esté inundado todo Jaén, o por culpa de Europa, de Israel, de Marruecos, de Chile o del moro Muza, no porque lo acaparen. Decir que lo acaparan es feo, no es moderno, y además, ya nadie acierta a dar con la palabra mágica, pero vieja y sencilla: acaparadores.

Y a robar también lo llaman emprender. Emprender un corso, se podría añadir. La reina Isabel de la pérfida Albión daba las patentes de corso a sus piratas favoritos, son prácticas que nunca se acaban, y aquí, en nuestro felicísimo reino de nunca acabar, menos todavía. Solo que las patentes de corso ahora abarcan mucha mayor extensión que el Caribe. Ahora, con una patente de corso adecuada, que puede entregar cualquier ayuntamiento, se hacen las Arabias, los Orientes, las ínsulas todas, el más allá y los Luxemburgos y los Mónacos, que nadie sabe bien cuál de todos esos territorios sea más fértil ni más promisorio, si uno lleva un buen trabuco y adecuadas referencias. Y no digamos ya si uno es el Primer y Más Alto Comisionista del Reino y su más rutilante Bragueta.

Así que, recuperemos la palabra censura para lo que es censura, por no acabar tampoco con ella, y pensemos en la prensa. Ya no hay censura. Eso es una verdad proclamada, al parecer. Y casi, casi, tampoco prensa. Los periódicos dicen todos más lo mismo que cuando lo mandaba decir Fraga Iribarne desde su Ministerio franquista. Pero ahora, al parecer, no es que se lo mande nadie, son ellos los que opinan siempre lo mismo, pero por su propia cuenta. Existe, al parecer, un acuerdo infinitamente universal sobre todo aquello que es lo bueno y lo conveniente. Y también sobre lo malo, lo pésimo y lo intolerable.

Lo intolerable, por ejemplo, son los titiriteros o una Cabalgata de Reyes laica, es más, son algo infinitamente más intolerable que el hambre, la miseria y la desigualdad, por ejemplo. Sobre esto también existe completo acuerdo. Y sí, estoy del todo dispuesto a conceder que una cabalgata de Reyes laica es una imbecilidad, ¿pero acaso lo es menos que una original? Una cabalgata de Reyes, como el Día del Padre, no es otra cosa que la gran fiesta de El Corte Inglés, Zara y Apple, unas y trinas, es decir, la de la Santísima Trinidad. Y el que no lo vea claro es que tiene el cerebro no ya censurado, sino clausurado. Y lo segundo es consecuencia de lo primero, a mayor abundamiento y por si se quisiera olvidarlo.

En contrapartida, lo recomendable es el impuesto al sol. El impuesto al sol es bueno para todos, para Telefónica incluso, perdón, no Telefónica, no. Telefónica no se acabó, evidentemente, pero ahora se llama Movistar, que así se entiende mucho mejor a lo que se dedica. Y es bueno para Repsol, para las cofradías de pescadores, para la hostelería, para las peluquerías, para la banca, para las charcuterías, para las eléctricas, para el PSOE y para el PP, para la Comisión Europea debe serlo también, porque en nada nos lo recrimina, es bueno para el ABC y para El País, pues no despotrican de ello, y es bueno, no, es música celestial para el IVA, el santo más sagrado de todo nuestro inacabable santoral. 

Sólo es malo para los sesenta mil ilusos que creían vivir en un país donde el BOE no es el vehículo para alimentar una estafa y que se arruinaron con los parque solares y la estafa estatal que los promovió, pero como no se habla de ellos, porque no hay censura, solo santa prudencia y mucho tacto y capacidad de calibrar y ponderar las conveniencias y las inconveniencias y lo que se dice y cómo se dice, pues nadie padece para nada por esa causa. Además, padecer por algo que es bueno… ¿Puede concebirse mayor contradicción?

Porque si el impuesto al sol es bueno para el Estado –el Estado con capitular de mármol–, es decir, para 45 millones de españoles, ¿qué son sesenta mil timados en comparación? Timados por codiciosos, además, porque querían hacerse ricos por el mero hecho de poner cuatro hierros al sol, dirán. Olvidaban los indocumentados que aquí el sol sólo sirve para hacer la vida más dura. Polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga. Y caso resuelto. Así que, haciendo una excepción, el sol es lo que sí se ha acabado, se ha acabado del todo, y el hecho desagradable de que siga saliendo por las mañanas, así como la existencia incluso de ese refrán infame que proclama que el sol sale para todos, no es más que otro intento de censurar por desacuerdo político al talentoso e inteligente exministro Soria, que nos trajo este apagón, tan conveniente para todos. Pero como la censura se ha acabado, pues ya no puede censurársele. Lo que está claro, está claro. Luego, callen.

Y el artículo se acabó.

¡No, por Dios, si eso es imposible! Continuará…

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com.es/2017/03/el-reino-de-nunca-acabar.html

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El marqués de Vargas Llosa imparte cátedra sobre García Márquez.

La cátedra Vargas Llosa, una manera de hablar (1), organizó la semana pasada un curso dentro de la programación de verano de la Universidad Complutense en El Escorial. Al parecer, en ese curso, y según reza el titular de la noticia publicada por El Paísito, “Vargas Llosa rompe el silencio sobre García Márquez”. Donde “rompe”, colocar un “ha roto” y santas pascuas.

El vídeo que recoge ese silencio roto:

https://cultura.elpais.com/cultura/2017/07/06/actualidad/1499366796_414985.html

Transcripción de la charla para los más perezosos o duros de oído:

https://cultura.elpais.com/cultura/2017/07/07/babelia/1499445200_348553.html

Personalmente, lo confieso, no solo oí, y hasta escuché atentamente -distinción que hago encantada para los medios de incomunicación, la SER en especial- cuanto recoge ese vídeo, sino que repasé de cabo a rabo su transcripción, no para verificar que había oído bien, sino porque, aunque mi oído sabía que había oído bien, el pobriño no daba crédito. Pero sí, y por más que en la transcripción se nos hurtara con descaro un precioso: «Y siendo este, 2017, el año en que se cumple el cincuentavo aniversario de la publicación de Cien años de soledad” (min. 02:45 en el vídeo)…», pronunciado con desparpajo por el colombiano Carlos Granés (Bogotá 1975) -ganador en 2011 del Premio de Ensayo Isabel Polanco con un jurado presidido por Fernando Savater, y a cuyo cargo corrió la entrevista-, sin que nadie rebullera en su asiento, lanzara un sonoro ¡ay!, un gritito de sorpresa o le llegara al entrevistado y al entrevistador la apostilla verbal del poeta Quemiro, cuya conocida mala leche bramó desde su casa madrileña con ese vozarrón que Dios le ha dado al jodío: -“Haber dicho jubileo para evitar el partitivo. ¡Borrico!”  En fin, son cosas que pasan, pero que pasan muy en especial cuando… ¡Bah, dejémoslo, naderías que a nadie interesan!

Al terminar la entrevista, me pregunté lo mismo que ya me había preguntado antes de empezar a oírla: ¿Crees que el marqués habría abierto el pico de haber estado Gabo aún entre nosotros? Y a saber por qué, oigan, me entró un ataque de risa como aquellos que me daban inoportunos en las aulas de bachillerato. Aunque no debo de ser la única a quien le dio la risa porque ayer ese mismo diario, El Paísito, publicaba un artículo titulado “Lo políticamente correcto llueve sobre Vargas Llosa”. ¿Y a que no adivinan escrito por quién? Miren que va darnos otro ataque de risa… ¿Lo digo sin más? ¡Por Juan Cruz, en efecto!  Y es que hay cosas que se enredan y se enredan cuanto más insiste uno en desenredarlas. Lo leí por encima un par de veces, digo a Cruz, sin enterarme de qué trinaba el canario, pero que trinaba algo es seguro.

Me habría gustado comentar todas y cada una de las vastas y medidas intervenciones del marqués de Vargas Llosa, pero este texto no es más que la entrada de un blog sin otra pretensión que la meramente liberadora, así que emitiré tres comentarios catárticos tras hacer un cortipega de tres momentos de especial trascendencia.

1. «Yo soy menos optimista. Creo que García Márquez tenía un sentido muy práctico de la vida, que descubrió en ese momento fronterizo, y se dio cuenta de que era mejor para un escritor estar con Cuba que estar contra Cuba. Se libraba del baño de mugre que recibimos todos los que adoptamos una postura crítica. Si estabas con Cuba podías hacer lo que quisieras, jamás ibas a ser atacado por el enemigo verdaderamente peligroso para un escritor, que no es la derecha sino la izquierda. La izquierda es la que tiene el gran control de la vida cultural en todas partes, y de alguna manera enemistarse con Cuba, criticarla, era echarse encima un enemigo muy poderoso y además exponerse a tener que estar en cada situación tratando de explicarse, demostrando que no eras un agente de la CIA, que ni siquiera eras un reaccionario, un pro-imperialista. Mi impresión es que de alguna manera la amistad con Cuba, con Fidel Castro lo vacunó contra todas esas molestias»

Díganme la verdad, ¿es o no miserable el Vargas? Resulta que García Márquez no era precisamente de izquierdas, lo fingía para que lo dejaran vivir en paz y para que se le ensalzara, es de suponer, lo que iba pariendo su pluma; en realidad, no fue sino un tipo prudente, servil y atemorizado, un pelota de la revolución y de sus líderes, con cuanto conlleva, el ser lisonjero y adulador que le doraba la píldora a seres pasados de moda que se nos presentan mentalmente vestidos con un suéter barato tejido por su compañera, bajo ningún concepto señora como, pongamos, doña Isabel Preysler.

¿Hay pruebas para atribuir bellaquería tal a García Márquez, Varguitas, hijo y nieto de la solemnidad más calculadamente falaz? Venga ya, esto va de Nobel a Nobel, de Nobel a los 74 años a Nobel a los 53, y con una diferencia de edad entre ambos de nueve años, lo que significa pertenecer uno y otro a la misma generación: él sabe de qué habla, es dueño de los secretos. Porque, además, ¿para quién creó un marquesado hereditario nuestro monarca franquista, es decir, aquel que nos deletreó un “Juro cumplir las Leyes Fundamentales y guardar lealtad a los Principios del Movimiento Nacional” el 22 de noviembre de 1975, dos o tres días después del fallecimiento del criminal enano ferrolano? ¿Para Vargas Llosa o para García Márquez? ¡Ah, qué bonito y solemne fue todo aquello, y no las zarandajas de un Bolívar, un Fidel, un Chávez y tantos y tantos otros pendejos! No, no estoy perdiendo el hilo, sino deteniéndome en analizar quiénes son unos y quiénes otros. Así que, qué pruebas ni qué pruebas se podrían exigir al peruano, si detrás está la mejor España, una gran nación, y todos los españoles, muy españoles y mucho españoles, además -que no se me vayan a escapar, por Dios- de El Paísito, la ya mentada monarquía, la Banda, la de robarnos a todos y la de españolizar Catalunya, y que no es solo el PP, sino el PxxE, Ciudadanos y alguno más, aunque el PP en especial borde cuanto toca, los curas y las monjas, sus mantenedores, el brutal y ágrafo poder empresarial, los ejércitos de mediocres de las letras y de las ciencias que siempre están del lado de los mismos, la prensa en su casi totalidad… en fin, lo que ya dejé dicho, la mejor España.

2. «Era enormemente divertido, contaba anécdotas maravillosamente bien, pero no era un intelectual, funcionaba más como un artista, como un poeta, no estaba en condiciones de explicar intelectualmente el enorme talento que tenía para escribir. Funcionaba a base de intuición, instinto, pálpito. Esa disposición tan extraordinaria que tenía para acertar tanto con los adjetivos, con los adverbios y sobre todo con la trama y la materia narrativa no pasaba por lo conceptual».

¿Entienden, por fin, que es ser un intelectual, a partir de las palabras del peruano? Para Gramsci, si recuerdo bien, los intelectuales eran los organizadores de la función económica de la clase a la que estaban ligados orgánicamente. Viene a ser, pues, el empleado o subalterno del grupo político o dominante al que se le encargan los sustanciosos trabajillos que benefician a sus amos. Los que medran más y mejor de entre ellos son los más intuitivos de las hambres del patrón, los chicos listos a los que no es preciso que se le desgranen las apetencias del amo, las adivinan antes del comienzo de su madurez. ¿Es Vargas un intelectual? ¡Qué duda cabe, y qué menos que un intelectual! ¿Y Gabo? ¿Pero acaso no ves, mujer, que Gabo no tiene absolutamente nada que ver con toda esta mierda, que él estaba hecho de la misma substancia que lo que nos cuenta, que es justo lo que nos obliga a amarlo?

3. «García Márquez leyó Historia de un deicidio, sí. Me dijo que tenía el libro lleno de anotaciones y que me lo iba a dar. Nunca me lo dio. Tengo una anécdota curiosa con ese libro. Los datos biográficos me los dio él y yo le creí, pero en un viaje en barco a Europa paré en un puerto colombiano y ahí estaba toda la familia de García Márquez, entre ellos el padre, que me preguntó: “¿Y usted por qué le cambió la edad a Gabito?” “Yo no le he cambiado la edad. Es la que él me dijo”, contesté. “No, usted le ha quitado un año, nació un año antes”. Cuando llego a Barcelona le conté lo que me había dicho su padre y se incomodó mucho, tanto que cambié de tema. No podía ser coquetería de García Márquez».

¿Un año? ¿Solo un año por pura coquetería? Pues claro que no, si hubiera sido coquetería habrían sido cuatro o cinco, si no siete u ocho. Por favor, ¿un lector que pueda darnos la clave de qué efectos de corrección en lo que sea que haya sido produce año arriba, año abajo? Vargas no está jugando con la coquetería de un varón con quien un día tuvo amistad, ni hablar, quedamos en que el tipo es, para empezar, un miserable, y ese año ha de servirle al marqués de la muy despreciable y envarada figura para un roto como para un descosido. Así que, ¿qué roto o qué descosido concreto se alcanza con el corrimiento de un solo año?

Sea lo que sea, no vayan a creer de ninguna manera que su miseria se muestra únicamente en solo en los párrafos transcritos, no me minusvaloren de esa manera a ese pedazo de servidor del poder. Lean la charla completa, conviene alimentar el alma para saber qué queremos y qué, de ninguna manera.

Nota. Si les sabe a poco, como suele ocurrirme, lo que han leído sobre el peruano, hay otros textos en este blog que hablan de otras fechorías, y si no a más, a parecida altura.

«Vargas Llosa marujea en la cama de Julian Assange»

https://lenguacandeal.wordpress.com/2012/08/28/vargas-llosa-marujea-en-la-cama-de-assange/

«Si en verano conviene leer tonterías, ¿por qué no insistir en invierno?»

https://lenguacandeal.wordpress.com/2014/08/27/si-en-verano-conviene-leer-tonterias-por-que-no-insistir-en-invierno/

«Con amor, a la trinchera de firmantes de epistolios»

https://lenguacandeal.wordpress.com/2012/11/05/con-amor-a-la-trinchera-de-firmantes-de-epistolios/

«Un manifiesto se opone a que Rajoy negocie con la Generalitat: ¿saben aquel que diu…?»

https://lenguacandeal.wordpress.com/2014/07/15/un-manifiesto-se-opone-a-que-rajoy-negocie-con-la-generalitat-saben-aquel-que-diu/

Seguro que, si presiono mi memoria abuela, encuentro aun más en Lengua Candeal. Tiene que ser que, en el fondo, este marqués casi recién acuñadito despierta una extraña curiosidad a la que no soy capaz de escapar: la de alcanzar los entresijos de los capaces de venderse con absoluta entrega, dedicación y desparpajo incluso en los últimos años de su vida. En fin…

Pero no querría terminar sin hacer una pregunta que, en primera instancia, me hice a mí misma. Si desconociéramos la historia del derechazo, faldas por medio, que dicen haber sido lo que truncó esa amistad, y se nos contara, pero reservándose autoría… Veamos. Dos amigos se descubren en el mismo sitio, avanzan al encuentro, sonrisa abierta en el rostro de uno de ellos y los brazos extendidos: ¡hermanito!, para el abrazo que no hubo, pero sí una cabeza golpeada contra el suelo y un ojo morado, ¿quién dirían que se lo propinó a quién? ¿Gabo, el impulsivo izquierdista de una sola compañera, o Vargas, el intelectual liberal de varias, casi todas previamente emparentadas de una u otra manera con él? ¡Qué cosas, yo me habría decantado sin pensarlo por la pasión revolucionaria-bolivariana, en lugar de por el intelectual orgánico neoliberalote!

 
(1) «La Cátedra Vargas Llosa es una iniciativa de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes con universidades, empresas e instituciones culturales y educativas de España, México, Perú, Colombia, , Francia y Suecia. Entre sus objetivos principales se encuentran el estudio de la literatura contemporánea, el apoyo de la nueva creación literaria iberoamericana y la difusión de la obra de Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de Literatura 2010)».

http://www.catedravargasllosa.

La engolada estupidez de Javier Marías.

 

Hace ya un tiempo que Javier Marías empezó a escribir como Dios manda en sus columnas de La Hoja Parroquial. Escribir como Dios manda significa que ya no trabuca las palabras, ni las organiza como un muchacho de bachiller, es decir, escribe un castellano estándar absolutamente correcto. Y no es poco, no. También es cierto que sigue sin decir nada, a no ser a los estudiantes de bachiller, a los que conviene leer de todo un poco, o visto como anda la educación en este país -y en bastantes otros, cierto-, al universitario medio que no ha leído arriba de una montaña de correos, mensajes y tuits en el móvil, los manuales de clase, media docenita de novelas de obligado cumplimiento en el instituto y quizás un periódico de cuando en cuando.

Su último artículo viene a ser una clase dirigida a 3º o 4º curso de la Educación Secundaria Obligatoria sobre registros lingüísticos, más una carga de profundidad o andanada, la que él querría que fuera, contra Podemos: «… sus dirigentes simpatizan con buena parte de las vilezas del mundo (el chavismo, el putinismo, el entorno proetarra, los tuits venenosos)…». Del “putinismo” ya nos dirá la santa institución en la que labora Marías, pero preguntarse sobre si Javier entiende o no el asunto al que se enfrenta con enorme voluntad, o sobre el que se hace el desentendido, es perder el tiempo en metafísicas, quizá las mismas que entretuvieron una vida a su padre, pero que al menos le sirvieron para dejar bien colocada a tan numerosa descendencia.

¿Qué nivel de lengua, qué registro concreto debiera ser considerado idóneo a día de hoy para ser usado en el Congreso de los Diputados, Javier, tras estos cuarenta años postfranquistas de huera y solemne mendacidad e hipocresía, del rijoso cachondeo y brutal cinismo de sus señorías, todo ello verbalizado en trivial y tosco español estándar? Siempre sostuve que se puede exponer lo que sea, donde sea y ante quien sea en cualquiera de los registros de la lengua, si el estado de gracia es con nosotros. Pero deviene en un auténtico bocado de cardenal -si bocatto di cardinale es italiano, venga Massimo Tartaglia, el agresor de Berlusconi, a decírmelo; del segundo no me fío- cuando logra hacer diana en el contendiente, y hubiera sido el suyo desafío verbal como no verbal; el registro, insisto, el que se elija, pero a poder ser deliberadamente juguetón -¿quien dijo que no es registro todo aparte?-, serio, muy serio, jamás solemne, y tan fino y tan burlón, que al final lo veamos a nuestros pies como una pieza de caza mayor cobrada. Es decir, al estilo de mi mentor, F. Flórez, lograr, no matar, sino hacer que se suicide alguien al certero tiro de nuestras palabras. Disfruté ese manjar al menos en un par de ocasiones.

Pero ese gozo sería inalcanzable, considerando la naturaleza de la mayoría de nuestros políticos, si no la de todos ellos. Nos hallamos ante un prójimo en el poder -el del PP, el de Ciudadanos o el del PSOE- que, tanto como tiene de hipócrita, mendaz, cínico y desvergonzado, tiene del simio el cráneo, la actitud, la conducta, los gestos y hasta su muy particular capacidad de incomunicación. No tiene la menor idea de para qué está justo donde está, tal vez ni siquiera de quién es que no debiera ser jamás, y nunca se expresa como suelen las más de las personas, con coherencia, engarzando consideraciones, advertencias, ideas o reflexiones, sino que desgrana, y de memoria, insustanciales catecismos programáticos y pragmáticos tan baratos como él mismo y de mala gana, sin echarle siquiera un barniz de corazón o algo de esa profesionalidad sobre la que tanto cree saber, razón por la que la burla fina que debiera alcanzarlo y herirlo habría resultado un pierde tiempo.

Viene a ser la cuestión como cuando nos sentamos a la mesa familiar por Navidad, y bien el suegro, bien la tía Angélica, auténticos monstruos y en más de un sentido, retoman el viejo estribillo familiar, desgranan sus letanías quejumbrosas con sabor a empalagoso polvorón sobre lo bien que hicieron las cosas y lo mal que fueron correspondidos por el resto de su familia, a pesar de no haber vivido sino por y para ella, cómo los hijos andan a la suya, desconsiderando tanto sacrificio como les regalaron con radical desprendimiento, renunciando a todo, no faltaba más. Entonces, si de verdad queremos terminar con la miseria derramada sobre el resto de comensales, no cabe sino jugar a irreverentes o iconoclastas y despertarlos del sueño en el que acunan sus nadas; literalmente, además, no con razones, copiar el coraje de los payasos hollywoodenses y estrellarles en la crisma la fuente aún intacta de besugo al horno con patatas. Lo que le encantaría hacer a Iglesias, pero que no logra, y hasta el aplauso logra Gabriel Rufián, nacido precisamente para cuando los chicos malos ansían humillarnos e imponérsenos en el patio del recreo. Dios lo bendiga y lo colme de bendiciones por la sencillez de las palabras que deletrea y muerde y escupe a la cara de cemento de sus señorías. Como manda Dios y manda este pueblo.

Y finalizo con un susurro o escuchita para Javier, pero sin ánimo de molestarlo; porque, al fin y al cabo, como él, los hay por miles y miles, y aunque no escriban en el panfletito dominical: ¡Sois tan mortalmente aburridos y sumisos, tan repetidos y sabidos, joder!

http://elpaissemanal.elpais.com/columna/javier-marias-estupidez-clasista/

Necrológica verbal.

 
El verbo “oír” ha expirado definitivamente. Ignoro qué enfermedad exacta lo llevó a la tumba, pero qué importa si el caso es que feneció. R.I.P. Sin embargo, pese a la transcendencia de esta desaparición, que sepa, solo Javier Marías, y no hace ni un par de semanas, dio la voz de alarma en su artículo “¡Oigan!”, artículo que, a todos luces, llegó muy tarde, porque ya nadie podía oírlo, con lo que desesperados y aun desgarrados interrogantes como «Oiga, ¿me permite una pregunta?», «Oye tú, ¿qué te crees?» y otros que obvio quedaron vagando por El País Semanal sin respuesta, que fue precisamente cuando me dije: ¡Ojo, esto es muy gordo, podrás leerlo, pero ya no oírlo!

Solo recordar cómo fui viviendo el proceso de la enfermedad, la gradual desaparición de la vida pública, la muerte civil, por así decirlo, del ancestral audīre, actual “oír”, me inquieto, vuelvo a sentir escalofríos, se me eriza el sistema neurovegetativo, se me revuelve el estómago, me angustio y me dan ganas de gritar pidiendo colaboración académica y aun popular, pero para qué, me vuelvo a decir, si ahí quedó el pobre Marías desatendido, desasistido, desairado, abandonado, solo, y pese a su pertenencia a la mismísima Real Academia Española de la Lengua.

Haciendo de tripas corazón, intentaré resumir muy por encima cómo viví la tragedia, tratando de ser rápida en la introducción para ir al nudo, y ya que les he adelantado el desenlace, a la decisión que tomé en relación a un asunto que, se mire como se mire, es más que grave. La cosa ocurrió como cuando empiezan a manifestarse los primeros síntomas de cualquier enfermedad, una tos seca, una febrícula esporádica que empieza a hacerse menos esporádica, un molesto picor, una extraña desazón, un malestar general… Al principio, cuando alguien me daba el cambiazo, es decir, el ya instalado a sus anchas “escuchar” por “oír”, le restaba importancia: que si habrá sido un lapsus, un descuido, que si ya sabes lo mal que le fue siempre a la escuela en este país, que si estás harta de saber que si en los grises y silenciosos tiempos de la Dictadura apenas se leía -qué decir, si de substancia-, se habrá abandonado ya tan improductivo hábito por más que sobradamente preparada nuestra juventud, por una parte, y por la otra, por el intenso laborar sus padres para satisfacer créditos bancarios pendientes con los que se abonaron doctorados y másteres, que si ya verás cómo esto es una moda pasajera…

Sin embargo, un día de tantos, escuchando la SER, me dije: Vaya, llevo sobre un par de horas con los auriculares puestos y diría que estos presentadores no utilizaron una sola vez el verbo “oír” en intervenciones en las que pareciera de cajón haberlo oído. A saber: “A ver, Lucía, no la escuchamos bien, intente moverse a ver si mejora la cobertura… Muy bien, ahora se la escucha perfectamente”… “Disculpe, José, pero estamos escuchando un ruidillo al fondo que interfiere la… Ha apagado la radio como le indiqué, ¿verdad? Ah, pues apáguela, o no podremos escucharlo”… “Fulano, por favor, a ver si logras mejorar la comunicación porque me estoy escuchando el eco”. Infinidad de mensajes como los transcritos. Así que, me armé de paciencia y llamé a la emisora. Respondieron enseguida y logré exponer el caso poco después a quien dijo ser la persona indicada. Su respuesta inicial y el breve diálogo que le sucedió fue más o menos el que sigue:

-Pues es que viene a ser lo mismo, ¿sabe?

-¿Cómo que viene a ser lo mismo?

Entonces tuve el arrojo de explicarle a aquella amable señorita las sutiles diferencias entre “oír” y “escuchar”. ¿Sutiles? En fin, no importa porque de poco sirvió.

-Bueno, pues eso, escuchar, oír… Qué mas da, es lo mismo.

-Perdone, pero no, no es lo mismo, acabo de explicárselo y de ponerle algún ejemplo.

-Pues no lo veo…

-Bueno, pues si no lo ve, como de nada valdría que volviera a los ejemplos y a las diferencias entre uno y otro verbo, se me ocurre una idea: coja cualquier diccionario a mano, busque “oír” y después “escuchar”, o a la inversa, y ya verá cómo…

-¡Buf..! ¡Hasta ahí podíamos llegar, señora! A usted, ¿no se le ha ocurrido pensar que, precisamente por mi profesión, estoy harta de consultar diccionarios de castellano y de muchas otras lenguas que no son castellano, eh?

Cerré la boca y, tras un pequeño silencio de los muy míos cuando las clases en el Instituto, el de la espera del santo advenimiento de un hermoso rayo de luz a aquel cerebro, visto que seguía tan apagado como al principio, finalicé la distendida conversación telefónica.

-Entiendo. Pues nada, la dejo, porque, además la escucho fatal, como si el teléfono desde el que me habla estuviera en Madrid y usted me hablara desde las afueras de Pyongyang. Buenas noches.

Y colgué. ¡Iba a decirme a mí una coreana, por Dios, y una coreana comunista, encima, si había o no había diferencia entre “oír” y “escuchar”!

Pero ese solo fue el comienzo del final porque, meses después, ya estaba absolutamente segura de que todas las cadenas de radio de este país, muchos programas de televisión, periodistas incluso en la prensa escrita, un inmenso porcentaje de ciudadanos -¡luego dirán que no aprendemos!-, diríase que con un oído en perfectas condiciones, habían desterrado definitivamente de su vocabulario un verbo con todo el aspecto de resultar imprescindible. Pregúntese, paciente lector, nos conviene, por qué, así, por las buenas, exterminaron algo en apariencia tan inocente y sencillo, que lo utilizaba del más pequeñín de la casa al mismísimo abuelo, cuando nos gritaba que no era que no oyera nuestra advertencia, sino que no le daba la gana de hacernos caso, ni siquiera de escucharnos.

¿Tal vez órdenes emanadas directamente del gobierno, el Frente Amplio Azul Cielo? Tengo para mí que no, que esto es cosa de los piojosos descamisados de Podemos, de quienes se podrá esperar cualquier cosa, si Irán o Corea del Norte, considerando la complejidad y dificultad de unas lenguas que mal podrán distinguir entre “oír” y “escuchar”, o mismo Venezuela, donde Maduro habrá ordenado en las escuelas a saber qué fárrago en lugar de castellano, les ordenaron confundirnos con una nueva Babel.

Van listos en lo que me concierne, porque así disponga quien sea un procedimiento sumarísimo contra mi pienso seguir manteniendo, incluso públicamente, que “escuchar”, digan lo que digan los medios, muy en especial la SER, todos ellos al servicio de a saber qué obscuros poderes, no es lo mismo que “oír”, pero ni siquiera un sencillo sinónimo de andar por casa. Y, si me apuran o me presionan, les abandono el castellano en un pispás y me paso a otra lengua española, al gallego, por ejemplo, por especial apego y lealtad, lengua que sigue distinguiendo perfecto entre “ouvir” y “escoitar”, al catalán, por simpatía y por proximidad, otra en la que, como en gallego, “sentir” es una cosa y “escoltar”, muy otra, o en último extremo, como bien apunta Marías, al inglés, con su “to hear”, “to listen”, respectivamente. Que no vayan a creerse estos de Podemos que podrán obligar a comulgar con sus marrullerías entre populacheras y marxistas, incluidas las lingüísticas, a una mujer que está como un par de generaciones a la izquierda de su rancio y pueril izquierdismo de pacotilla.

Costa blanca, costa nevada

en son de luz

¿Los dolomitas ¡ No, el Montgó! Foto R.Puig ¿Los dolomitas ¡ No, el Montgó! Foto R.Puig

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Dedicado a Jesús, que se perdió la nevada

El domingo pasado se terminaba mi crónica con una visión apacible de la playa de la Almadraba en Els Poblets. Pues bien, la Gota Fría, esa especie de mega meteoro de las costas levantinas ya estaba maquinando una de las suyas.

Y la consecuencia ha sido lo que esta semana que acaba hoy nos ha traído…

viento y nieve en la Marina Alta

Mañanita desde el balcón. Foto R.Puig Mañanita desde el balcón. Foto R.Puig

El miércoles por la mañana, al asomarnos al balcón, nevaba y soplaba un fuerte viento

La que está cayendo. Foto R.Puig La que está cayendo. Foto R.Puig

No se recordaba una nevada parecida en esta playa desde 1983…

La nevada de 1983  desde el restaurante Isa. Foto de su patrón La nevada de 1983 desde el restaurante Isa. Foto del patrón

De las paredes del restaurante Isa cuelgan las fotos de aquella nevada

La nevada de 1983 desde el restaurante Isa. Foto de su patrón La nevada de 1983 desde el restaurante Isa…

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Carta a los Reyes Magos.

Hace un montón de años que no les pedía nada a los Magos de Oriente, pero no hace ni una hora decidí escribirles de nuevo. Cortipego la cartita, al estilo de aquel catedrático exrector de la Universidad Rey Juan Carlos, Fernando Suárez.

 

Queridos Reyes Magos:

Sabéis que en los últimos lustros no os he pedido absolutamente nada, a pesar de lo buena que he sido. Consideré que millones de niños exigiendo sus regalos tenían que ser una carga tan pesada para solo tres, en especial, la de tener que ir yendo de casa en casa, que debía renunciar al sueño infantil; ya estaba lo bastante crecida como para dejaros en paz. Pero, probablemente porque se va infantilizando uno a medida que se cumplen años, hoy he vuelto a sentir con tanta fuerza aquella vieja ilusión de antaño, que estuve en un sinvivir hasta que me decidí a escribiros. Sin más circunloquio, pues, paso a describiros lo que quiero que me traigáis este año.

Quiero una rata grande, muy, muy grande, y en concreto rata macho, también conocida, al menos por el DLE, por rato. Si este antojo os parece excesivo o puro esnobismo, es que no habéis leído el artículo de hoy en el diario Público, “Anatomía de una rata”, firmado por un tal Juan Carlos Escudier. Esa, esa es justo la rata que pido pero, por favor, no me la traigáis suelta, me dan miedo, y tampoco muerta, me dan asco. Tráedmela enjaulada para que pueda disfrutar mientras la observo pasear por ella como si se tratara del palacio de Buckingham, ¡así son estas ratas, aun enjauladas!, pero sin temor a que me muerda o pueda contagiarme algo infernal y apestoso.

Por si no tenéis tiempo a leer el artículo, os facilito algunos datos que la hacen inconfundible, con tal de evitar que Vuestras Majestades me traigan una rata cualquiera de las más comunes y que tanto abundan en mi patria, una simple rata registradora de privilegios, cédulas y cartas, con sus sobrecitos y su canesú, o de géneros y mercaderías que vayan a entrar o a salir de su madriguera común. No, insisto, yo me he encaprichado con una rata capaz, además de cuanto resulta esperable de ellas y que acabo de deletrearos, de estas avezadas en dejar maltrechos a cuanto y a cuantos se le ponen delante, bien por inocencia, bien por ignorancia, bien porque no hay más remedio.

Más datos. Habita el espécimen concreto este de que hablo, a pesar de oriunda de mi país la especie, en el Reino Unido, concretamente en Londres, y se mantiene, al parecer, desde hace un tiempo a costa del Grupo Collosa y del Erario Español, últimamente, por solo el más que menguado erario nuestro de cada día, más y más menguado por una deuda tan odiosa que, aun pagando, en lugar de mermar, crece, cosa de no creer o de brujería.

Finalmente, se me ocurre que, tal vez, en lugar de tener que pasarse en persona SS.MM por esta casa, podrían subcontratar para su transporte un Yakovlev con la misma empresa que subcontrataron en otra ocasión, junto con esta misma rata, otras de la misma o similar camada, en aquel caso, para el transporte de unos soldaditos de regreso a casa, ¡angelets!, o incluso que esa subcontrata subsubcontrate con los mismos que, a su vez, vayan a saber por qué, subsubsubcontrataron con los dueños del Yakovlev, el amedrantador Yak-43 o Yak de marras. El avión de entonces ha volado, pero volado en su peor sentido, ¿me entienden?, ya que terminó por estrellarse tal como intuían aquellos aterrorizados muchachos que iba a ocurrir, pero es seguro que se hallarán otras aeronaves a la altura de la rata esta que será en esta ocasión su pasajera de honor, por así decirlo.

Aún recuerdo sus solemnes funerales, sobre los que un escritor inteligente y sensible dejó escrito para las ratas que aún pudieran llegar: «¡Ay, esos funerales con solemnes horrores de Estado, que se les fija la hora de las salvas y las salves y que si, para entonces, no se ha llegado todavía al número de pedazos suficientes, de inmediato, se asignan los que faltaran sacándolos del saco de los despojos sobrantes y adjudicándolos al azar, por comprensibles razones de estado que todos debiéramos hacer el esfuerzo de entender, según nos recomiendan seguido…! Vean qué asunto tan vidrioso este de la caridad cristiana con sus exequias a tiempo y como Dios manda, y que muy bien nos lo podría explicar don Federico Trillo, de tan doctorales saberes en ambas materias, en teoría del estado y en caridad cristiana, parigualmente» (Alberto Caffaratto Ladoire en “Barbarie sostenible”, Madrid, 2015).

¡Ah, y una última advertencia! De estrellarse también este Yakovlev encargado de transportar la rata, que nadie se moleste en tomar muestras de ADN. Sus restos mortales serán fácilmente reconocibles, entre otras características, por su hocico o morro.

Suya,

Hanna y los lobos

El rector copión por Dios, por la Patria y el Rey.

 
Ni sabría decir cuántas peticiones recibí a lo largo de estos días pasados para firmar una carta exigiendo la dimisión de cierto rector copión. No me cogieron por sorpresa porque ya habían desfilado, bajo la mirada diaria a la prensa, innumerables titulares que informaban del asunto. Es más, sabedora de que publicar artículos-refrito, en lugar de originales más o menos científicos, nunca llegó a escandalizar a nadie ajeno al ámbito en el que se produce la alquimia, a veces ni en él, y bien consciente de que había cuestiones infinitamente más preocupantes dentro de casa como fuera de ella, ni tentada estuve siquiera a entrar en el cuerpo de la noticia, no le concedí mayor importancia. Hasta que un amigo, poniéndome delante una muestra del copieteo, exclamó: -Ya, pero es que este, querida, no hace refritos de otros artículos, no es que se “inspire” en ellos, los fotocopia, o, si me permites -me sabe vigilante severa y sin tregua del uso que se la da a la lengua, virtud o defecto nacido al abrigo de una deformación profesional de miura-: ¡este fulano cortipega! Y, en efecto, el texto B era idéntico al texto A, lo clonaba. Me dio un ataque de risa. -¡Así me gusta, Suárez, tío! ¡Con un par! Ni mis chiquitines de bachiller se permitían volar tan alto cuando saqueaban Wikipedia, porque sabían qué podían pescar y qué estaba terminantemente prohibido y hasta castigado con un suspenso ejemplarizante.

Con todo, y muy a su pesar, desconsideré el asunto de firmar exigiendo esa dimisión, un gesto inútil a poco que se sepa cómo anda la enseñanza en este país -la media, la universitaria y, por supuesto, la investigación-, a estas alturas, ya un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz, que dejó escrito Bécquer, fantasma del que cualquiera, eso sí, puede hablar, y habla, no faltaría más, pero en general sin idea del asunto o con la única de ayudar a mantener las cosas tal cual están, siempre de la mano de renombrados pedagogos, psicólogos, antropólogos, sociólogos y demás poetas. Y aunque me digan que siempre fue más o menos, o incluso que vamos a más y que nunca hubo juventud tan preparada, por las noticias que tengo y hasta por haber transitado tiempos muy otros, diría que, de los ochenta para atrás, los universitarios, los bachilleres incluso, sabían, mínimamente, escribir con absoluta corrección y leer entendiendo lo que leían, y por si fuera poco, oiga, algunos, leían, y conste que me estoy refiriendo a autores en general muy por encima de, pongamos, nuestros más renombrados novelistas y poetas actuales. Increíble, lo sé. Ahora vayan y cuéntenselo a nuestros conciudadanos, titulados o no, a los en trance de titularse, o a los profesores del nivel que gusten, que los mirarán con desprecio y les escupirán, como contagiados de una rabia común o insuflados de divina sabiduría, que la escuela tradicional, además de hincharnos a deberes, nos lo mataba todo, la creatividad, el respeto por la diversidad, la capacidad de integración y de emprendimiento, la… En fin, he olvidado el resto pero, vaya, por entendernos, nos capaba; intelectualmente, no consta, pero desde luego, emocionalmente y como personas, seguro, solo escucharlos con alguna paciencia, aunque sin mentarles los deberes, por Dios.

Así que, en este sentido de cómo van yendo las cosas del saber, parece que el tal rector apenas se limitó a llevarlas algo más lejos o, de otra manera, gracias a su impagable, asombrosa y personal contribución, una especie de guiño involuntario a la ciudadanía, se mostró públicamente el estado de la cuestión. El progreso humano es así. Aunque parezca que no se progresa, se hace, es decir, se tira p’alante, y las cosas resultan ya imparables. Es entonces cuando echamos la vista atrás y descubrimos que somos abuelos, que la vida pasó y que lo nuevo nos extraña, sin duda, porque sencillamente no lo entendemos. ¿Qué otra cosa, si no, podría ser esta sensación de que cada día somos todos un poco más imbéciles, sin que se nos ocurra siquiera advertir de ello al prójimo con un enérgico codazo?

En fin, ya que sigue lloviendo en este país –cinc dies que plou i no es pot treballar… què fa el cel amb nosaltres?- conviene ir al grano, a lo recién pasado que tanto fruto dio y sigue dando, en concreto, al hecho de que, poco después de iniciada nuestra modélica transacción, la prensa, la televisión, las emisoras de radio y hasta las universidades anduvieron entre los antojos de los partidos políticos. ¡Había tanta hambre…! Bueno, de los partidos políticos y de la iglesia, pero la iglesia siempre estuvo ahí, con sus antojos bien satisfechos, pero los partidos políticos llegaron con esta gozosa demosgracias de la que estamos disfrutando. Hablo del PP y hablo del PSOE, partidos que, a imagen y semejanza de tiempos aun más pretéritos, se turnaron en el poder y lo usaron en la medida en que se lo fuimos permitiendo, es decir, abusando, ya saben… você abusou, tirou partido de mim. Y en ello andamos y andaremos vayan ustedes a saber. Se sabe, por ejemplo, que el PSOE se hizo la Carlos III para los suyos y que la pusieron en manos de Gregorio Peces-Barba, entusiasta cristiano convencido de que la voz del pueblo era la voz de Dios, el PP, la Rey Juan Carlos para más de lo mismo, y los jesuitas, por no ser menos, o AMGD, la Pablo Olavide de Sevilla, de la que no sabría decir si en ella estudió parte de los dirigentes de Podemos, o si solo salió de allí el invento, un invento que probablemente se les haya ido algo de las manos, pero que está por ver, ¿o no, Jorge Mario Bergoglio? Fíjense bien, otro suceso curioso, primer Papa latinoamericano y primer jesuita Papa, tres en uno, o “hecho histórico para el planeta”, que diría Leire Pajín… -¿y qué será de esta mujer?, ¿y qué será de la infanta consorte?… perdón, ¿del consorte de la infanta y de la infanta misma?, ¿y de Bárcenas?, ¿y de…? Dejémoslo aquí o en Navidad seguiría en el intento-. Todas estas cosas, y alguna más, las conoce sobradamente la prensa, cómo no va a conocerlas, pero, en lugar de ir a la raíz del mal llamándolas directamente por su nombre, lo que conllevará ciertos riesgos, me digo, poda ramitas insignificantes, como jugando a ver si adivinamos de qué van ciertos negocios. Tal el artículo cuyo enlace dejo debajo, seleccionado un poco al azar de entre tantos que se escribieron sobre tan significativo suceso.

¿Y qué será lo peor de todo este entramado de intereses? Caramba, pues, para empezar, que estos asuntos han de desprestigiar por fuerza la universidad pública en beneficio de la privada, ¿o no?, lo que no me digan que no es como para tirarse de los pelos, el hecho de que, encima de que hayan creado cátedras y otras sinecuras y momios para los suyos el PP como el PSOE, hayan mantenido al tiempo, con mano férrea, a la iglesia más que tranquila, satisfecha. Y si a ello añadimos nombrecitos como Carlos III o Rey Juan Carlos, nos dirigimos, no al futuro y a la idiocia, como llegaba a temerme líneas arriba, algo propio del progreso imparable, sino a aquel lema triádico de otrora “Por Dios, por la Patria y el Rey”. A falta de educación y de sabiduría, ancestral ignorancia apuntalada con renovado brío.

Y que a estas alturas haya identificado el PP y el PSOE con la patria no debiera chocarle a nadie. Consta que en su nombre, el bien de España, poco ha que terminó de perfilarse la gran coalición que aún no nos gobierna, cierto, pero démosle aire y un poquito de tiempo y verán qué bien puede llegar a hacerlo y con solo echar una mirada a lo bien que lo hicieron el uno y el otro por separado, de manera que qué no podrán hacer estrechamente coaligados, ¿verdad, mi inefable José Bono, tú que tanto sabes también acerca de la iglesia de Pedro? ¿Y Catalunya, escribidora? ¡Ah, cierto, Catalunya…! ¡Siempre nos quedará Catalunya! Habiendo desaparecido, por fortuna, ETA, Catalunya sigue ahí, a modo de eterno conflicto o primer motor que nos empuja, al menos, que da la sensación de que nos empuja y de que nosotros nos movemos, aun sin movernos -admitido- un palmo del lugar asignado secularmente a esta gran nación de naciones a la que vienen llamando España desde mucho antes de que naciera, sin duda, una especie de palpitante premonición.

http://ctxt.es/es/20161214/Politica/10061/Plagio-rector-Universidad-Rey-Juan-Carlos-Fernando-Suarez-Bilbao-PP.htm