La caja de Pandora y el Turnitin

Con el caso Cifuentes se abrió una caja de Pandora que no atañe en absoluto al conflicto que llaman catalán, y catalán, por esa puntería ‘constitucionalista’ de anteponer el apellido materno al paterno, tampoco a las “bombas de láser de alta precisión” que les vendemos a Arabia Saudí para que puedan seguir matando con eficacia, ni siquiera al caso de la no retirada de la Reforma Laboral vigente, la Ley de la Memoria Histórica, la pensión de jubilación o la subida de impuestos a quienes pueden permitirse sobradamente ese lujo. No.

Fue la apertura de una caja de Pandora que jamás debieron abrir si no querían, y está claro que no, ¡pues menudo vía crucis les espera a muchos!, poner en tela de juicio -o énfasis en la falta de él- la educación española, y del parvulario al doctorado, último grado académico a alcanzar, como debería saberse, pero no se sabe. En el caso de la pública, desde hace casi tantos tantos años como tiene esta democracia, o mejor, nuestro sumiso demosgracias, racaneando y repartiendo momios y canonjías entre mediocres desvergonzados, en el de la privada, engrosando, con lo que se le fue racaneando a la anterior, las arcas de la insaciable y criminal iglesia católica. De modo que, estas alturas del funeral, el producto de la una y de la otra se traduce en millones de españoles que se pasean con el culo al aire sin saberlo, aunque, en general, no se le dé mayor importancia -¡tampoco es para tanto!-, a no ser que se trate de un representante político significado, un locuaz titular universitario que adora chupar cámara, el representante de una empresa de radio y televisión similar a un puesto de pescado al por menor, un tertuliano diplomado en todo, un comecirios al servicio de una secta de las de alabar a cualquier dios de los que hacen exclamar ¡quegüén dios! ¡quegüén dios!, días antes de que se nos denuncie y enchirone. Para ponerles las braguitas que exige el pudor y la decencia a cualquiera de todos estos es demasiado tarde, quien podría dudarlo, si la ignorancia bien alimentada produce una soberbia tan monstruosa como hilarante. Así que, que les vayan pasando un programilla de software de los que pasan los profes vagos a sus alumnos, el prestigioso Turnitin, por ejemplo, aunque para qué, me digo, si basta con escucharlos y verlos cinco minutos para caer en el nivelazo, no ya de su tesina o de su tesis, de la lista de la compra o de la apasionada carta dirigida al amante tal como las sospechamos después del experimento.

Y por si no había bastantes sans-culottes intelectuales, parió la prensa, cualquier medio de incomunicación, y salió a la palestra el engendro a abundar en lo que ya sabíamos también, que una gran mayoría de periodistas son incapaces de distinguir un “sino” de un “si no”, un “porque” de un “porqué” o de un “por que”, un “debe de estar”, al margen de toda duda, de un “debe estar” sin obligación, los dos últimos errorcillos, el del porque y el del debe, si no del todo achacables o jaleados por la RAE, con todas sus bendiciones marca España, pero tan capacitados que se les supone para denunciar qué máster o qué doctorado del comicastro de turno se hizo, no se hizo, se regaló con un lazo azul cielo, se medio copió, se plagió, carece o va sobrado de citas y de referencias, de bibliografía aceptable o comme ci, comme ça, de exceso o de ausencia de comillas… Y es ahí donde se produce la más intensa relación social: la estulticia nata se cruza con la adquirida con esfuerzo, la más crasa de las ignorancias se codea con la desfachatez, la pedantería le sonríe a la desvergüenza y el delito, se saludan, se sonríen, se guiñan el ojo con complicidad, confundiendo alegremente unos y otros el quién con el qué y el ser con el estar.

Cuando quien ande meridianamente enterado de qué debe ser una tesis doctoral, un articulo científico o el máster de los amores de todos, lee cosas como esta: «El colmo del absurdo se alcanza cuando se acusa al presidente del Gobierno de “autoplagio” por usar parte de un artículo suyo publicado previamente junto con otro autor –¿se puede uno robar una idea a sí mismo?–» (?!), todo al margen de la intención de esas líneas por parte del director de un diario digital de los más presentables, probablemente se dirá para sus entresijos, allí donde esconde su más caro sueño de adolescente: ¿Y por qué no aprovechará nuestro Presidente para hacer un conmovedor discurso ciceroniano -televisado, por favor- que incluya examen de conciencia, contrición de corazón y propósito de la enmienda sobre el estado de la educación en un país donde, incluso durante la dictadura y mal que nos pese, con todo, había profesores, institutos y universidades públicas que le daban sopas con honda a lo actual, entendiendo por actual el resultado agónico final de un largo proceso de degradación educativa que quizá comenzó ya a finales de los ochenta y que condujo a todas estas desfeitas que estamos viendo con lágrimas en los ojos, el copieteo, el refrito, el plagio, el encargo al negro, la estafa, todo ello pecatta minuta dentro del  inabarcable y abrasador desierto educativo, como tiene que saber por fuerza cualquier profesor auténtico de los que vayan quedando, si es que quedan? ¡Ay de ellos!

En otro de los artículos sobre el mismo asunto, El Diario de Escolar aún abundaba: «En el mundo académico, los expertos señalan que la utilización de material propio es normal (?) y en ningún caso puede considerarse plagio, aunque (?) recomiendan citarse (?) aunque (?) sea a uno mismo. El entorno del presidente (?) califica como “absurda” esta acusación (!)» (los interrogantes y los pasmos anteriores, todos míos) Ganas de marear la perdiz, caso de que hubiera perdiz, porque la autocita no es buena ni mala, existe; así que, en efecto, se cita el artículo o lo que sea menester, la página, fecha de publicación y demás, y listo. Pero hacer un corta pega de textos de uno mismo para engordar el trabajo es más propio de un alumno de 4º de la ESO o de 1º de Bachiller que sabe que su profesor es un vago. Y conste que los hay para dar y tomar. ¿Y qué me dicen del asuntito de validar y valorar una tesis doctoral un comparador informático, un programilla de software ad hoc, una especie de oráculo de Delfos? Pues dicen que todo el mundo está jugando a lo mismo y que incluso se han abandonado vicios inconfesables para dedicarse a ello en exclusiva y con fruición.

Hasta un reputado catedrático de Derecho Constitucional, Javier Pérez Royo, escribía en su último artículo, “Tesis, másteres y doctorandos”: «La ceremonia de la confusión que se ha puesto en circulación no resiste el más mínimo análisis. Pero en estos tiempos de posverdad trumpista nunca se sabe el recorrido que puede acabar teniendo». Ciertísimo, que es por lo que ya hace tiempo que no dejo escapar ninguno de sus escritos. Pero también justo por eso me dio tanta rabia que hubiera olvidado el profesor mencionar a Carmen Montón, como que haya escrito sobre el doctorado de Sánchez: «Es una tesis más de las miles que se leen en la universidad española». ¡La catástrofe que están produciendo los malos usos de la prensa, vean, en quienes la leemos diariamente! Porque todos sabemos sobradamente que “miles” es masculino y que, por lo tanto, el artículo que lo precede debe concordar con él: “los miles” de tesis, nunca “las miles” de tesis, pero, como leemos prácticamente todos los días y en todo medio “las miles de personas”, pasa lo que pasa… ¿Será tan difícil licenciar a periodistas con el nivel ortográfico, léxico y sintáctico de un, pongamos, bachiller elemental de los años cincuenta, sesenta, setenta incluso?

Bernardo Vergara, viñetista que dibuja para eldiario.es, debe de ser de los pocos que entendió perfecto de qué no estamos hablando y convendría hablar. Y es que ya solo los viñetistas, o los historietistas como los llama Vergara, un hombre que parece no ser ni licenciado, escriben editoriales. ¿Qué títulos académicos tendrá Vergara? Ni idea, pero dormiría más tranquila con un hombre como él al frente del gobierno, palabra.

Debajo, una tesis doctoral como una casa que nos coge por las solapas y nos vapulea para iluminarnos definitivamente: ¿Le ha pasado alguien el Turnitin a los diez mandamientos? ¿Y qué? Vaya, hombre, qué listo, pero yo me refiero a su originalidad y valía en la fecha en la que Moisés mostró sus tablas más ancho que Casado sus lo que sea que haya sido.

En este país, la educación es una asignatura pendiente desde que fue fundado, con la particularidad de que debe de ser la más importante de todas las asignaturas de las que se tenga noticia. ¿O no?

https://www.eldiario.es/vinetas/Biblia_10_815168476.html

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Días de rosas, risas y caviar.

 

De «Barbarie sostenible. O la inyección de la piedra de la locura»  Alberto Caffaratto Ladoire  (Madrid, 1954).

Gobernantes absolutos (rueda de prensa)

El Virrey Don Francisco Camps, Nuestro Señor, ante el atril de caoba y pedrería en el porche del palacio virreinal, frente al pensil de los naranjos de Babilonia, responde a las preguntas de los periodistas acreditados en València del Tigris.

(Sigue a continuación su traducción del acadio con las inevitables imprecisiones, responsabilidad única de este lego al que sabrán, espero, disculpar):

¿Cree Su Benevolencia que su partido haya tenido alguna responsabilidad en este asunto?–
–No, en absoluto–

¿Albergaba Su Serenidad un conocimiento previo de los hechos?–
–Absolutamente no–

¿Conocía Su Totalidad la implicación de los imputados?–
–La desconocía en absoluto–

¿Contempla Nuestro Benefactor renunciar al cargo por este asunto?–
–Lo descarto absolutamente–.

Y tras prodigar secamente otra media docena de desmentidos absolutos y dando el Virrey por concluido el turno de preguntas con un gesto declinatorio de su augusta mano, se dirige hacia el pórtico. Al perentorio chasquido de los látigos se retiran los informadores, prosternándose y reculando.

El Ungido regresa a palacio. Le aguardan los mostradores de paños de Flandes, los cortadores de tejidos de Albión, los maestros de aguja de Lutecia, los teñidores de púrpura del País de los Cedros, los caligarii venidos ex profeso de Etruria, los talabarteros de Córdoba, el odontólogo esmaltador más afamado de Viena, su tintor personal de las sienes – ¡Ay, ese manazas otra vez, qué servidumbres impone la cabeza, Dios mío!–, y una delegación numerosa, arribada recién, de los más reputados pulidores de espejos que pudieron reclutarse en Zelandia.

Responsabilidades, siempre responsabilidades… Pero, ¿es que se le pueden pedir responsabilidades a una efigie como esta mía?-, pregunta irritado al Visir que se precipita a atusarle el puño de la camisa donde le baila un gemelo mal apuntado que ni él mismo, ¡inconcebiblemente!, había advertido.

–Y encima esto… En qué estaré, y a saber si no habrá salido descolocado en las fotos, Ricardo, ¡qué espanto, que ya vislumbro las befas! ¡Qué desesperación la política, las insidias, la insumisión, la ingratitud, las conjuras…!–.

Será una jornada agotadora y bien lo sabe el incomprendido Virrey que dolorido y cansado se asoma a un espejo y extiende silencioso la mano esperando el peine de carey que ya le tiende solícito el Protoeunuco Mayor, Prepósito de Peines y Bigudíes.

O bastante mejor resumido y enlazando, además: más alto sube el mono y más enseña el culo (Miguel de Montaigne).

De ratas como gatos, ratones, ratoncitos, murciélagos y pájaros de mucha cuenta.

 

Una breve sugerencia, quizá más bien consideración, que le hacía días atrás a un buen amigo, gente selecta, provocó una de esas respuestas templadas y comedidas que, no por habituales y esperables de muchos de los míos, me deja con la boca menos abierta. Así que, como suele ocurrirme, en lugar de ponerme a refunfuñar como la abuela que soy, o de pedir por teléfono cita a mi psiquiatra, un tipo al que pago generosamente para que se mantenga con la boca cerrada mientras me escucha, me vine a este rincón de las catarsis a descargar un peso considerable, para después seguir yendo a mis asuntos ligera de equipaje. Las líneas que siguen son, pues, la pesada carga que dejo aquí, aunque eso lo he sabido ahora, tras haber puesto el punto final, y claro, tratan el mismo asuntito que mi amigo despachó bondadosa, condescendiente y sabiamente.

Hay un país de cuyo nombre cargado de espaldas me acuerdo en exceso, cuyas gentes, tras fenecer el personaje principal de una historia que les duró cuarenta años, esperaron ver grandes prodigios jamás vistos. Pero he aquí que todo cuanto llegó, y se mantuvo durante otros cuarenta años, fue una insubstancial aunque brutal secuela de más de lo mismo, y ello, porque parece que es más seguro mantener elementos de una obra de éxito, que correr el riesgo de aventurarse con historias y personajes originales. Al menos, es lo que dicen. No puedo saberlo, pero el producto de ese parto de los montes, en efecto, R., me sigue pareciendo ratón –parturiunt montes, nascetur ridiculus mus-, como me parecieron poco más que noctívagos murciélagos –mures caeci- los millones de cómplices de todo pelaje en engendrar y alumbrar a tan mísero ratón. Consta que estos animalitos, los murciélagos, al menos los de este cuento, utilizan su envidiada capacidad de ecolocalización para, si no más, escapar de la luz cuando vuelan a satisfacer sus más obscuros y pequeños y mezquinos y hasta hilarantes objetos del deseo, o a colaborar en la satisfacción de lo que ansían sus amos, enormes, asquerosas e insaciables ratas de alcantarilla, ratas como gatos.

Esa capacidad de orientarse en la obscuridad la fueron adquiriendo con tesón a lo largo de varios siglos de carencias varias y aprendizaje por el método heurístico de ensayo y error. Y aunque los más creen que estos ratones son ciegos, ven, ¡vaya que sí ven!, y por mucho que finjan que no, o finjan creerlos otros muchos ratones y ratitas. Porque, dicho en román, a tal punto lo suyo es complicidad extrema y admiración por la gente hábil en buscarse la vida a costa de la de los demás, que han llegado a mirar con apego a los más inhumanos buscones y gánsteres que salen a diario en la portada de todos los medios independientes. Independientes de la realidad y de la verdad, naturalmente, de las que huyen despavoridos, o a las que se encaran para disfrazarlas. Así, El Paísito, aquel periódico que nos contaba lo bien que iba transcurriendo cada instante de la transición, desde los cuarenta años de hierro a los siguientes cuarenta -también de hierro, pero estos, en papel couché o de seda- y los milagros que se producían casi a diario por arte de birlibirloque, y todo contado con aquel acierto de haberse decantado sus periodistas por el postcastellano, viejo dialecto a pesar del nombre que les permitió aciertos léxicos del tamaño de, por ejemplo, haber denominado transición a las más vulgar de las transacciones, porque, al fin y al cabo, la forjaron romos exjerarcas franquistas con unos cuantos advenedizos con suerte, unos y otros, de los que sabían transigir, no exactamente, a no ser transigir en la acepción de ajustar las partes dudosas y problemáticas que se les presentaron en componenda a repartir como buenos hermanos en el arte de la sinvergonzonería. Nada por aquí, nada por allí, decían ellos, leíamos nosotros.

A día de hoy, los hechos, tercos que tercos, obligan de cuando en cuando a que el actual caudillo, tal que aquel a quien, a saber por qué a estas alturas de la desmemoria, llaman de infausta memoria, cuando da en considerar que alguno de los suyos debe caer, va y lo empuja por el método de enviar, como enviaba su predecesor, carta por lúgubre y mudo mensajero que tal vez descienda, pienso ahora, de aquel mismo, quizá hijo, quizá nieto, hija o nieta incluso, que ya vamos por el dos mil largo y se sabe que, al parecer, las mujeres valemos casi tanto como los varones. Esta mensajera, muda y cabalgando con la orden hecha verbo del patrón: «¡La quiero fuera antes de las 12», con regreso puntual para oírle decir aún: “¡Espero que esto no vuelva a ocurrir nunca!”, remedo de las palabras exculpatorias de un rey emérito, estas otras en el tono descafeinado de registrador de la propiedad, presidente de una comunidad de vecinos. ¿Ocurrir qué, mi señor? ¡Que vuelvan a sorprender a alguien de Casa Nostra afanando una baratija en un hipermercado de Puente Vallecas. ¡Piojosa! ¡Choni! ¡Venezolana! ¡Mangante! ¡Comunista! ¡Gentuza! ¡Etarra! ¡Perraflauta!, este ‘perra’ contagiado de la lengua desenvuelta de valerosas portavozas políticas. Las bandadas de murciélagos de todo tamaño revolotearon alegres entonces, y hasta los que carecían de la más mínima formación política, cuyos habituales comentarios sobre los sobresalientes saqueos cum laude de los gánsteres apenas solían exceder el consolador “todos roban”, pelillos a la mar, se mostraron escandalizados de que nada menos que la presidenta de otra comunidad de vecinos hubiera afanado dos tarros de crema baratos, tal que hacían ellos mismos. ¡Jesús, qué falta de estilo! ¡No sé dónde vamos a parar!

Pero solo hay jarana colectiva, jarana de verdad, de la que se manifiesta, bien en forma de bullicioso jolgorio, bien de pendencia fanfarrona, en torno a ciertos asuntos y hechos. Como la que se produjo cuando unos jueces colmaron su paciencia solo por no haber sabido ajustar una ley a un caso concreto, dicen que de violación, materia esta de las que entienden murciélagos de todo tamaño y color, negro, café, gris, rojizo, amarillo, azulado, blanco a manchas negras o viceversa, hasta los sin pelo… O la que provocó el magistrado que se puso al mando de los ejércitos del celebérrimo estribillo «¡A por ellos, oe!», esta vez colmándolos de satisfacción por haber ajustado lo que no decía la ley a los no delitos de ciertos rebeldes catalanes, con éxito total, pues no, pero casi, casi, de no haberse interpuesto la jurisprudencia del pérfido pueblo burgundio. Que no por españolista o no independentista habrá dejado de ver nadie a qué filigranas mentales se entregó tan obstinado como leal juez para lograr fundamentar la violación de una Constitución, y quizá, quién sabe, si hasta con pecaminoso placer, y un poquito bastante en sentido contrario a cómo la fundamentaron otros, la no violación, a base de una especie de aplicación literal de la ley, para hurtarles, esta vez, sí, que se hubiera consumado violación a grito abierto, y por más que hubiera habido intimación y violencia por parte de un grupo de desvalidos muchachos, entre ellos, un pobre guardia incivil y un soldadito raso. ¡Buf, qué lío de jueces, leyes, violaciones, presos catalanes, españoles, milicos inocentes y jaranas, gran Dios!

Y hablando de inciviles, qué decir de la jueza, íntima de la motorista Cospedal, casada con uno de ellos, condecorada por la Benemérita y recusada por ser juez y parte, pero ¡con recusación que se deniega, señorías! Qué jarana no podrán celebrar murciélagos rojigualdas, azules  y anaranjados esta vez, al considerar que los acusados pueden comerse una pena de entre doce y sesenta y dos años de cárcel, y aunque no fuera sino la de entre los seis y medio y diecisiete, generosa alternativa ofertada por el fiscal, si la Sala concluye que, ¡ole y ole!, no hubo terrorismo. Los pelos de punta se nos ponen a algunos. Una cosa, vaya, tipo a falta de ETA, échale ETA, que entretiene y ya no mata como mataba, hoy matan otros.

¡Ah, y ese otro caudillo de tan baja autoestima como el enano que está llegando pasito a pasito para lo que haga falta -estos son mis principios y si no le gustan tengo otros-, v.gr., para seguir manteniendo el tinglado del espectáculo de la vieja farsa! Lo peor del cuento es que este pueblo de ratones y murciélagos ama el espectáculo, cualquiera, y al margen de su bondad, naturaleza, origen, fines, etc., el caso es que haiga fiesta en la tele, en el estadio, en la carretera, en la terraza de las birras, en el botellón… Calculen qué porcentaje de ratitas insatisfechas sabe realmente quién es y qué quiere, o se lleva las manos a la cabeza al ver al filofascista siempre un paso por delante del caudillo actual, varios pasos por detrás de los cientos de miles, quizá millones, que gritan, seguirán gritando “no era això, companys, no era això pel que varen morir tantes flors, pel que vàrem plorar tants anhels“.  Si muchos aún no saben qué significó, pero ni para ellos mismos, haber aupado a caudillo al de la Gürtel, haber creído a otros tipo Pedro, el maniquí traidor a sus propias palabras, y a pesar del tiempo que lleva la gente de uno y de otro en el poder, qué no podrán ignorar de este otro, el cuñado Riverita, más que españolista, falangista, excepto los más ultraderecha, los más filofascistas, los más ciegos con vista. Probablemente, contaremos una gracia más en nuestra historia, de darse el caso de que empujen tanto que alcance el poder. «Allí gastaban bromas como decirle a un pastor que subiera a tender la ropa a unos cables de alta tensión (“cuando bajó, parecía la ceniza de un puro”) o ponerle un barreno de dinamita al maestro del pueblo bajo la nuca mientras estaba durmiendo la siesta. La viuda del maestro protestaba y le respondían más o menos lo mismo que los mozos de Tordesillas a los ecologistas: “Señora, si no sabe aguantar bromas, váyase del pueblo”. La actitud natural de la población española la resume el padre del ingenuo pastor que recibió treinta mil voltios: “Me habéis matado al hijo, pero lo que me he reído…”». (“Fiestas muy de pueblo”, David Torres. «Público», 3 de mayo, 2018)

https://www.youtube.com/watch?v=3Qov7cLxXHY

Y aquí, murciélagos y murciélagas revoloteando en torno a un gallego curtido en mil batallas, a pesar de su juventud. «Todo va deteriorándose, falta de valores, en todos los aspectos de la vida…y de la ciudadanía», dice una murciélaga, no; en este caso, una pájara de cuenta.

http://www.lasexta.com/programas/el-intermedio/gonzo/a-quien-votaran-los-madrilenos-en-las-proximas-elecciones-la-comunidad-de-madrid-esta-podrida-el-pp-tiene-que-irse_201805025aea226b0cf2272640f45640.html

«Fascismo»

Título y texto tomados de “Blog y Magog”, de Alberto Caffaratto Ladoire. 7 de enero de 2018.

 

De ciertos olvidos, no mediando enfermedad, podría decirse que se tratara de acontecimientos harto útiles para adquirir inmunidad frente a la vergüenza, y ser inmune a la vergüenza es seguramente el ultimo paso de la destrucción de la persona en su camino de regreso a la animalidad. Y este esfuerzo del regreso a la bestia, apartando lo humano, es el aspecto que mejor caracteriza al fascismo. Incluso existen excelentes fotografías al respecto, tengo entendido.

Pero del fascismo, poco o nada sabemos en España, nos limitamos a vivir dentro de él con tal naturalidad, desparpajo y relajación que vendría a sernos como el agua para el pez, el medio en el que este no es consciente que vive y en el que medra sin cuestionarse absolutamente nada, porque lo característico de los peces es precisamente eso, no preguntarse ni preguntar.

Hablo, se comprende, del olvido político y del olvido ético que permiten su persistencia, y de la pésima costumbre del perdón cuando éste se otorga a quien no lo merece y a quien ni tan siquiera lo ha solicitado, por tratarse de un asesino, un cómplice o un beneficiario de asesinato, que además se enorgullece de ello.

Por lo tanto, la afamada locución “ni olvido, ni perdón” con la que cualquier demócrata de última hora, o incluso de viejo cuño, comenta sus sentimientos políticos o emocionales hacia cualquier antiguo etarra, terrorista islámico, violador, pederasta, asesino de su hija o esposa o, simplemente, independentista catalán, parece, sin embargo –y precisamente por la inconsciencia o el completo desconocimiento sobre este medio en el que nos desenvolvemos– que reza a la inversa con respecto a nuestros pertinaces fascistas locales, a los que, en cambio, sí se les perdona todo y siempre. Y de corazón, al parecer.

Y del olvido, ¿qué? ¿Olvido? De olvido, nada. ¿Por qué habría que olvidar a quienes hicieron y hacen el bien? El bien, por ejemplo, de abonar cunetas, gracias a ellos cuajadas de delicadas flores de huesa.

Pero, en realidad, la situación es todavía más asombrosa, es que ni siquiera se siente la necesidad de perdonar nada, por la sencilla razón de que se carece de conciencia sobre lo que todavía son ideológicamente tantos y, en consecuencia, difícil resulta perdonar a quien se desconoce que fue, es y sigue siendo un fascista en activo o un protector interesado de los mismos y de su memoria.

Llegados aquí, dirán naturalmente que… exageraciones mías, resentimiento, actitud vengativa. Pues será todo ello, pero… ayer por la mañana, día de Reyes, el periódico El Mundo, ese viejo trasto amplificador y distorsionador de acontecimientos, pero tan viejo que se le ha fundido un canal y ya solo suena por el altavoz derecho–, en artículo firmado por Consuelo Font y de título: A los hijos de Carmen Franco les supo a poco la llamada de la reina Sofía, recriminaba, nada sutilmente, sino por las claras, el “feo gesto” de la familia real de no acudir a besar la mano y dar el pésame a los herederos del dictador, cuya nonagenaria hija fallecía días atrás.

Es decir, el autoproclamado órgano de la “libertad periodística” le recrimina a nuestra hoy sacralizada y constitucional monarquía que no acuda a agradecer los favores recibidos por el dictador y, es más, le agradece a la reina emérita que ella sí, ¡laus Deo!, haya tenido el hermoso detalle de coger el teléfono y llamar a la señora Carmen Rossi para presentarle sus condolencias.

Y, no es por nada, pero coger el teléfono y llamar a una amiga (así la califica el periódico), sea quien sea, para darle el pésame por la muerte de su madre, no seré yo quien afirme que sea un acto de malnacidos, sino todo lo contrario, pero querer convertir ese comportamiento íntimo, legítimo y desde luego humano, como hace El Mundo, en acto político y, además, de necesario cumplimiento (¿y por qué?) y con la deseable presencia de luz y taquígrafos, ¿qué vendría a querer significar exactamente?

Porque lo edificante, entonces, habría que entender que no puede ser otra cosa que el que cualquier miembro o “miembra” de las dobles parejas de reyes y reinas que tenemos actualmente en uso y servicio, debe dirigirse ipso facto, el próximo día 11 de Enero, al funeral de la hija del dictador y presentar allí sus respetos a los herederos, descendientes y beneficiarios del viejo asesino.

Es decir, viene a pedir o a sugerir el periódico, más o menos en nombre de la familia Franco, que es de quien se afirma que está muy dolida –pobres–, que el Rey de España o, en su defecto, un personaje de importancia de la familia real, acuda al funeral de la hija del dictador. Algo que, irremediablemente, como todo acto de la familia real, solo podría interpretarse como acto en representación de los españoles. Que, por serlo, pues eso es lo que se entiende, debemos por lo tanto seguir dándole las gracias al dictador, en este caso, por traernos la monarquía. ¡Átenme esa mosca por el rabo!

Cosa que me lleva a preguntarme sobre qué se habrán bebido en la Avenida de San Luis estas Navidades, para poder escribir de ciertas cosas con semejante cuajo. Porque de hacer la Corona aquello a lo que casi parece que se le insta en el artículo, entonces, lo de verdad destacable para la prensa rosa, la salmón, la blanca, la cuché, la azul, la amarilla y hasta para los blogueros, tuiteros y demás carne de cañón, sería precisamente el poder referir quién doblaba la cerviz ante quién y quién cumplimentaba mejor y más florido en tan justo, necesario y “político” acto. Apasionante foto que no veremos, por desgracia. O, bueno, igual sí la vemos, porque aquí nunca se sabe…

Es decir que, según El Mundo, ni siquiera se trataría ya de promover el prestigiado olvido y perdón, sino de NO olvidar sin más y, además, acudir a dar las gracias porque nada hay que perdonar, obviamente, sino todo lo contrario, porque lo que hay que hacer es acercarse a agradecer y expresar clara y públicamente ese agradecimiento. Agradecer el fino detalle de rescatar a la familia real del exilio y reaposentarla en el trono, manu militari, manu dictatori.

Cuarenta años de tratar en todas y por todas las instancias de hacer olvidar –con gran éxito, sin duda– que la monarquía fue reinstaurada a capón por expresa decision unilateral de la dictadura, para ahora sugerirle que se ponga a dar las gracias en público a los nietos del dictador. Es decir, instarla a enseñar las vergüenzas y, encima, a considerar y dejar ver que se considera a esos nietos y deudos como si fueran alguien o algo de alguna importancia, hoy, en este país, y no como los ultimos descendientes de un periodo que a todos convendría, esta vez sí, olvidar y dar por finalizado. Y a omitir, de paso, el recuerdo de que esas personas son los últimos y polémicos tenedores de parte de los frutos de la rapiña, tenencia que inverosímilmente todavía les resulta posible porque las leyes así lo consienten.

Sin duda, no fue pequeño el favor de Franco a los Borbones, pero, desde luego, no acabará figurando en los tratados de ética, ni en los de épica, vengo a creer, porque eso, ni las largas manos de Cebrián, del IBEX, de González o de Aznar están en condiciones de conseguirlo. Que una cosa es ponerle un bozal a una editorial, a un periódico o a un historiador local, o a cien, y otra poder hacerlo con uno británico, en definitiva, los que de verdad entienden de España y los que, de siempre, han escrito su historia, la que queda, la cierta y verdadera.

Esto al margen, el que la señora Font, jugando al equívoco de si lo hace con palabras propias o atribuyéndose la portavocía de la molestia familiar de los Franco, venga a decirle al monarca o a la institución monárquica que está muy, pero que muy feo ignorar a la sagrada familia del viejo dictador, no será fascismo ni apología del mismo, que va, ni tan siquiera imbecilidad, atavismo o ceguera histórica, ética y moral. No, en absoluto, solo serán figuraciones mías… Así que paso a otra cosa, perdón, a la misma.

Por lo tanto, y hablando de fascismo, la izquierda, desde aquella su privilegiada posición metida debajo de la mesa de la transición, donde la cosieron a puntapiés, proclama hoy todo el mundo a coro que lo derrotó muy educadamente, no combatiéndolo, que hubiera sido una grosería, sino perdonándolo, que la absolución siempre es acto de grandeza, particularmente de grandeza de España y con Laureada de San Fernando. De manera que así sí… y felizmente, el fascismo desapareció de España sin más (y esto, de haberlo habido alguna vez). Y… colorín, colorado.

Por todas estas razones, ese fascio lictorio que todavía figura hoy –sí, hoy, cualquiera puede comprobarlo–, nada menos que en el escudo de la Guardia Civil, no puede ser un fascio lictorio en absoluto… Así que solo se limitará a parecerlo, puesto que, como ya no hay fascismo en España, ni tan siquiera en los símbolos, ni tan siquiera en los nombres de las calles, ese símbolo no lo es, no puede serlo y debe de ser un símbolo a modo de simulación, o de remuneración en diferido… o un simple trampantojo. Porque, en efecto, es un símbolo de unidad, ¡menos mal!, según cumplidamente aclara la página web de la Benemérita, para sosiego de los que todavía pudiéramos no tenerlo del todo claro.

Y el que tan simpático “logotipo” lo impusiera Ramón Serrano Suñer, el cuñadísimo del dictador, a principios del año 1943, sustituyendo al de los dos fusiles cruzados, que era el de la Casa de toda la vida, justo en los meses en que la Wehrmacht había ya ocupado media Rusia y parecía ya inevitable vencedora de la II Guerra Mundial, no será sino otra casualidad histórica más, carente de cualquier intencionalidad, me queda bien claro.

Como será casualidad asimismo el que no se haya sustituido en estos últimos 42 años. ¿Quién Diablos en el poder tuvo nunca tiempo para ocuparse de semejantes detalles y nimiedades? ¿Y a quién podría importarle, y menos a curtidos próceres socialistas que apenas gobernaron un cuarto de siglo, que el símbolo de la Guardia Civil, esa maximarca de la marca España, siga siendo ese mismo símbolo que Benito Mussolini impuso a los integrantes de su partido, allá por 1920, y cuyo haz con el hacha bien apretada dentro, el de las legiones romanas, es decir, en italiano, il fascio littorio, haya dado nombre nada menos que a esa bagatela histórica a la que conocemos por fascismo?

Aunque, perdón de nuevo, porque ese fascismo aquí nunca lo conocimos, por supuesto. Porque sólo lo conocieron en el extranjero. Aquí solo vimos fotos, si bien bastantes desagradables, es cierto. De ahí que tampoco nos preocupara nunca gran cosa. Será por eso.

Y de poco me sirve de excusa que ese viejo fascio lictorio campee en los escudos de no pocas instituciones a lo largo y ancho del mundo. En primer lugar, en muchas de ellas ya figuraba antes de que el fascismo lo convirtiera en símbolo maldito, así como también, históricamente, existen esvásticas por medio mundo desde mucho antes de que la misma llegara a significar lo que significó, pero desde luego estoy bien seguro de que, hoy, no podría ocurrírsele al estado italiano colocar el fascio como insignia de una de sus policías, ni al alemán la esvástica como emblema de sus fuerzas armadas.

Es inimaginable que esto pudiera ocurrir hoy en ningún país de nuestro entorno, sin embargo, aquí, no solo no se cambia la insignia, dando así satisfacción a quienes desean que permanezca un inapelable símbolo del fascismo, sino que, para satisfacer a la parte contraria, se dice llanamente que ese símbolo no simboliza ya lo que antaño significaba para quien lo instauró, un estado fascista, y se le cambia el sentido y el significado declarando tranquilamente semejante simpleza en la página web. Es decir, ruedas de molino y el trágala enésimo, algo así como si hubiera una solemne declaración institucional afirmando que, desde el día de la fecha, por decreto-ley, “hijo de puta” deja de significar hijo de puta y que, por lo tanto, nadie puede ya sentirse ofendido ni alarmado por el uso de tal locución. Así solucionamos aquí las cosas. Un poste de agarrotar no es un poste de agarrotar, sino un palo con un tornillo sinfín, una manivela, un collarín y un cómodo asiento, pura mecánica recreativa. –Pasen, pasen todos a verlo, es un viejo cacharro arrumbado y del todo inofensivo…

En resumen, y por suerte, conocido o desconocido por el común, y lo haya habido o no –que vaya nadie a saber–, el fascismo en España ya está derrotado y bien derrotado, según afirman los que entienden de ello. Incluso a pesar de que ni siquiera el PSOE, en veinticinco años de gobierno, no encontrara tiempo para suprimir esa insignia infamante para sustituirla por whatever. Porque exactamente cualquier cosa hubiera valido para cambiar aquello, incluso un monigote de Mariscal o un churro… perdón, una ensaimada de Mirò, o hasta una paloma de Picasso, que cualquiera de ellos adornaría más que decentemente el cetme, el tricornio y el uniforme. Eso o cualquier otra cosa mejor que esa vergüenza que siguen teniendo que exhibir obligatoriamente y que muchos no sabrán ni lo que es ni lo que representa, y todo ello a exclusivo beneficio ideológico de aquellos fascistas que impusieron su uso hace tres generaciones y que, sobra decirlo, ni seguimos teniendo al mando ni jamás lo estuvieron.

Y, por lo tanto, tampoco la ley Corcuera, aquella de la patada en la puerta, que vino a consagrar lo que de siempre venía ocurriendo en la realidad ya desde Chindasvinto, para convertirlo en razonado acto de ley, aunque hoy casi a añorar, una vez sustituida ventajosamente por la ley Mordaza, que añade la obligación del bozal a lo anterior; ni los recién advenidos a la reestrenada categoría de presos políticos, ni el trato a los inmigrantes, ni el apaleamiento de los votantes catalanes, abuelas incluidas, ni ese suspenso general que nos otorgó ayer la Comunidad Europea en la lucha contra la corrupción (incumpliendo apenas once puntos de sus directivas, sobre once en total) pueden derivar de aspectos o actitudes procedentes del fascismo. No, pues de ninguna manera puede derivarse nada de algo que no existe ni existió, así que no seran más que visiones mías, me temo. Simples alucinaciones. El fascismo no existe hoy ni nunca existió en España, y ya está.

Ciertos comportamientos solo serán cosa del clima, de nuestra peculiar idiosincrasia o simple designio del Altísimo y de la Virgen del Pilar, que no quiere ser francesa, y que siempre se han ocupado muy especialmente de nosotros. Pero fascismo no lo es, seguro. Lo he meditado mucho escribiendo estas líneas y ahora sé que puedo descartarlo por completo. No saben qué alivio.

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com.es/2018/01/fascismo.html

Ese fuego catalán.

 

A veces ocurre que el tren que se dirigía a toda máquina hacia el despeñadero queda de pronto detenido, clavado al borde mismo del abismo. Ocurrió sin más, se dirán los mirones, mientras que en algún lugar alguien esboza una sonrisa de burla diciéndose: -Sin más, no, con muchos duendes que trabajaron pacientemente para que ocurriera, o mejor, para que no ocurriera lo que los amos del ferrocarril habían dispuesto para ese tren, su despeñamiento. Un ejemplo: «¿Quién ha hecho que, hoy por hoy ERC, Junts per Catalunya y el resto de independentistas no tengan LÍDERES porque están DESCABEZADOS? Mariano Rajoy y el PP». «¿Quién MANDA A LA LIQUIDACIÓN al independentismo? Mariano Rajoy y el PP». «¿Quién se merece los votos para SEGUIR LIQUIDANDO el independentismo? Rajoy y el PP» (el resalte en mayúsculas, mío). En efecto, gracias a Ignacio González y a Soraya Sáenz de Santamaría, entre otros. parece que Mariano Rajoy y el PP ya están comprometidos. ¿O descabezados y liquidados?

Tengo el pálpito de que el gobierno, los partidos cómplices a sus órdenes y los amos de unos y de otros pusieron excesivo entusiasmo en ‘lo de Catalunya’, que en realidad fue siempre lo de España. Se emplearon tan a fondo porque se sintieron absolutamente seguros de que, de nuevo, habían dado con la fórmula magistral para seguir entreteniendo a la ciudadanía con títeres, pero títeres a lo grande, y por cuya causa los titiriteros parece que jamás habrán de enfrentarse a la justicia, quizá porque estos sí son titiriteros de verdad, se las saben todas y cuentan con mafias, redes, protectores y simpatizantes dispuestos estratégicamente en el lugar requerido del poder y aun del escalafón social. Esas simpáticas y oportunas pantomimas estaban concebidas para tapar sus crímenes, los del latrocinio del erario, los de los recortes, los del rescate de la banca, los de la injusticia sistémica, los de la privatizaciones para favorecer a amigos que a su vez los favorecían, los de la férrea censura ejercida, los de un Franco por enterrar y unos muertos por desenterrar, los del gansterismo y la estultica constantes, los del pitorreo de los derechos humanos, los de la liquidación del contrato social, los de faltar a la ley y aun después burlarla y desobedecerla, en fin, cuanto conocemos hasta el hartazgo tras verlos ejercer el poder, hoy, en las mismas, a pesar de las brutales consecuencias a la vista de quien quiera ver.

Pese a tanto teatrillo de guiñol en sesión diaria, al comienzo de esta historia, eran muchos los lúcidos que se quejaban de que, con ‘lo de Catalunya’ de continuo en su boca, el PP quería apartarnos la vista de lo esencial, cuanto acabo de enumerar y más, como se quejaban otros de que el victimismo catalán apartaba de primera fila, a manotazos, las cuestiones del pan, el pan de un país hecho unos zorros. ¿Pero no os dais cuenta de lo que está pasando, Cristo? ¿Cómo podéis perder el tiempo con jueguecitos de independentistas que no pretenden sino engordar su bolsa? Al fin y al cabo son catalanes, vieja tribu de comerciantes de lengua extraña siempre a lo suyo.

Habla ahora, si se lo permitimos, Alejandro Sawa -el Max Estrella de Valle en Luces de bohemia- que «murió loco, ciego y furioso».

«¡Irme, irme! Ya no sueño sino con eso. Irme a una tierra cualquiera donde la villanía no sea el estado social de la gente, donde a lo menos las afirmaciones y negaciones tengan el sentido filosófico que todos los léxicos les prestan, donde el honor se asiente en las almas y no en los labios. ¡Irme, huir de aquí, por dignidad, por estética, por instinto de conservación! ¡Es que yo me noto aún sano en esta sociedad de leprosos!». Y con lo que esta pasando, ¿alguien cree aún en la salud de los españoles?

Y también habló de esta manera: «¡Para qué seguir, para qué insistir! Ya no lucho; me dejo llevar y traer por los acontecimientos. Hombres y cosas me han hecho traición, o no han acudido a mi cita. Me sería difícil decir un solo nombre de mortal que se haya sentido hermano mío. Me puedo creer en una sociedad de lobos. Llevo en todo mi cuerpo las cicatrices de sus dentelladas y oigo maullidos cuando reconcentro mi espíritu para evocar recuerdos.» ¿Les suena? Pobre, inculto y misero país que no ha aprendido nada en todo este tiempo, un siglo largo entre las palabras de Aejandro Sawa y las actitudes e ‘idiosincrasia’ actuales.

Algunos -de los que leyeron a Sawa y no solo- que reclamaban su libertad y su dignidad se  desesperaban, pero por muy otras razones. ¿Cómo no veis que es la gran oportunidad de que por fin algo se mueva en esta agonía de seguir estando quietos pase lo que pase, la gran ocasión, la única en este momento y en cuantas se vislumbran? Defendamos esa causa, apoyémoslos, pongámonos de su parte. Entre ellos y nosotros podremos ponerle los puntos sobre las íes -he leído que Inés Arrimadas los dibuja en forma de corazoncito- a toda esta tropa de seres tan inhumanos como asombrosamente incultos, aventemos las brasas de un fuego que se originó en Catalunya para que crezca e inflame lo que debe inflamar, para salir de este lodazal, prolongación del lodazal de la dictadura y prolongación del lodazal de la santa transacción que le siguió.

Pero no hubo manera. La gente se lanzó a colgar rojigualdas en el balcón, a cantar España cañí o el ¡A por ellos, oé!, a modo de espanta meigas, a perseguir catalanes por los rincones y a contar hechos tremendos que vivieron en persona, como que se les hubiera negado una carta en español en un elegante restaurante barcelonés o que un chiquillo en un parque les hubiera respondido con un desafiante ‘adéu’ a un simple ‘adiós’ más burgalés que el Cid. De no creer, o de creer que Catalunya es un país situado a miles de kilómetros de España.

Con todo, a esos algunos que éramos se fueron sumando poco a poco otros que no veían, pero que fueron viendo que, pese a lo que tenga que pesar, incluida la corrupción de cierto partido catalán, tendría que ser ahora o no sería, como fueron viendo que, si salía triunfante el bloque de cemento armado autodenominado constitucionalista o unionista, apaga y vámonos. Y por mucho tiempo.

Quien mejor ha resumido este nuevo discurso del no -o del sí, depende- es un hombre que fue casi un desconocido hasta que el pasado 1 de octubre, junto con dos compañeros,  Àngels M. Castells y Joan Giner, ‘olvidó’ mostrar su voto en el Pleno del Parlament por la Independencia, un voto que debiera haber sido un no y que tal vez no lo fue. Me refiero a Albano Dante Fachin Pozzi, político hispano-argentino, activista contra la corrupción sanitaria y líder de Podem Catalunya hasta que dimitió como secretario general del partido.

Dicen que la tentación de corregir el no de entonces por parte de muchos votantes catalanes se ha disparado de tal manera, que me pregunto si Catalunya en Comú-Podem no nos dará la sorpresa a última hora, bien absteniéndose, bien poniendo sus votos a disposición del bloque soberanista, y ello con tal de evitar que la derecha neoliberal de corte montaraz y nacionalcatolicista, es decir, el PP, el PSOE y Ciudadanos, se haga con el poder también en Catalunya. Porque ese sería un final que ningún catalán en su sano juicio podrá soportar y mucho menos lo soportaría este país en su conjunto: Catalunya en manos de Arrimadas y España entera en las del PP.

Dejemos que sea el propio Fachin quien se explique:

https://www.youtube.com/watch?

Y si al terminar hay sed de más, lean esto -cuya autoría con nombre y apellidos ignoro, lo que celebro- porque se mueve en la misma o muy parecida línea a lo que sostiene Fachin:

https://elrobotpescador.com/20

En suma, en este momento, guste o no, los catalanes vienen a ser… ¿la vanguardia del antifascismo? Y no solo en España, en Europa. Si terminan por ser derrotados, se abrirá simbólicamente la puerta al fascismo factual sin barreras en todo el ámbito de la UE. Ya hemos visto desde qué tribunas se reedita y se pontifica el Congreso de Viena de 1815. Elecciones vigiladas, posible pucherazo, intervención de una autonomía, candidatos en la cárcel o en el exilio, auditorías abusivas, etc., cuanto está permitiendo un 155, ese totum revolutum que condimentan y aliñan astutamente para los de mente más feble y para los más desinformados los obscuros mercenarios de la opinión, esa gentuza que les va proporcionando cuantas coartadas sean precisas para que vuelvan a comerse sus tripas y para que se amordacen gustosos, mientras Rajoy, bizqueando y brindando con Freixenet, ve en la tele un partido de fútbol, ¡a por ellos, oé!, ¡a por ellos, oé! Pero ese “ellos” somos todos. Para el capitalismo multinacional y para los lacayos que son casi todos, no solo los políticos, no hay puerta a la que no se le pueda dar un patada. Y precisamente para descerrajarla se ha puesto, por ejemplo, pero hay más, USA en manos de un simio bajo cuya mirada todo es posible.

En cualquier caso, en todos los casos, tras lo que hemos visto, oído y leído, lo que seguimos viendo, oyendo y lo que siguen escribiendo nuestros más preclaros y comprometidos prohombres de la lengua y la literatura, sin ir más lejos, Javier Marías, ayer, en El Paísito -«Luego, todas sus actuaciones han sido y siguen siendo de un cinismo que ha superado al que hemos sufrido por parte del PP durante lustros, y que en verdad parecía imbatible, lo mismo que su nivel de falacia»- o Almudena Grandes en el mismo panfleto -«El desinterés del Estado español por combatir en el terreno de la propaganda ha facilitado lo que hace unas pocas semanas parecía inconcebible. El relato independentista ha resistido las mentiras, las torpezas, e incluso el abandono de sus líderes, con unos pocos gestos sencillos, tan eficaces como el lazo amarillo y la usurpación sistemática del vocabulario de otro Estado español contra el que se rebeló otro gobierno catalán»-, no queda sino votar el comienzo de la liberación del pueblo español en su conjunto, y aunque solo fuera por el terror, insisto, a que pudiera mandar en Catalunya el mismo Trío los Panchos o Frente Amplio Azul Cielo que ya manda -¡y hay que ver cuánto manda, lo que manda y con qué bastones!- en España. Y luego… pues ya veremos qué se hace, ¿no?

Si llegados aquí, aún no entendieron nada, escuchen a alguien a quien se le entiende todo en cuanto abre la boca, por lo que no importa que esta intervención concreta tenga ya un año largo. En lo que me concierne estrictamente, se trata de una especie de brindis que me permito a la salud de Arturo Pérez-Reverte, otro preclaro prohombre de las letras y compañero en la RAE -de la que tanto seguimos esperando- de Javier Marías; de Almudena Grandes solo tal vez en la secreta aspiración a ocupar sillón esta señora de la que sabemos que escribe progre y llorando al tiempo.

https://www.youtube.com/watch?

«El Reino de nunca acabar»

Título y texto tomados de “Blog y Magog”, de Alberto Caffaratto Ladoire. 22 de marzo de 2017

Darían a veces ganas de decir que en España nunca se acaba nada. Tal sería el verdadero paradigma del conservadurismo y ello aun a despecho de una población que, nominal y teóricamente, si preguntada por ello, referiría en una buena mayoría ser de ideas modernas y progresistas e incluso manifestando una cierta irritación por la obviedad que la pregunta les obliga a contestar, como si tal cosa no fuera de por sí manifiesta.

Pero en algún lugar indescifrable, un lugar metafísico y moral, pero no solo, pues igualmente puede acontecer en un bar, un despacho o en un texto, literario o del BOE, parece desacoplarse lo que se declara de lo que es real, y en algún otro lugar, una ficción interminable sigue pesando más que la más material, clara y evidente de las realidades. Esa en la que se cree vivir.

No se acaba nada, y así, existen todavía carlistas y legitimistas de una legitimidad supuesta que se diluye en brumas de uno, dos siglos, por no hablar a veces de cuatro. Y de vez en cuando aún se mata por ello. Los curas trabucaires ya eran, por ejemplo, casi un chiste común entre la “intelligentsia” del XIX, pero un puñado de ellos lo reencontrábamos entre los fundadores de ETA casi un siglo después, cuando se suponía que esas actitudes las había disuelto el tiempo. Pero es que hoy, otros cincuenta años después, otros curas trabucaires y sus adláteres, le andan enmendando la plana al mismo Papa de Roma, anclados a veces en hábitos y tradiciones que el mismo Agustín de Hipona, trasplantado a nuestra contemporaneidad, seguramente daría por sobrepasados.

Y no se acaba el fascismo nunca, véase la Ley Mordaza, que hoy quiere llevarse a la cárcel a una persona por hacer chistes sobre Carrero Blanco, como no se acaba el antiquísimo fenómeno de la sacristía o el púlpito puestos al mando de lo que sea o, mejor dicho, de todo cuanto se deje mínimamente al alcance de un hisopo. Y se les sigue dejando casi todo, no sea que se les acabara algo. Por la vía legal en todo lo posible, y cuando no, por la alegal, por la paralegal, por la ilegal, por la de la práctica, por la de la costumbre, porque es lo que siempre se ha hecho… y si siempre se ha hecho así, ¿qué necesidad hay de cambiarlo? Y por nuestro bien, como añadido sobreentendido o explícito y solo dependiendo la rotundidad de tan manido aserto del descaro o de la zorrería sibilina de cada uno de sus emisores.

Los ministros siguen condecorando vírgenes como hace setenta, como hace ciento setenta, como hace doscientos setenta años. Y si bien a algunos nos choca o nos asombra, a otros muchos no les causa el más mínimo problema. Algo tendrá la Virgen para que la condecoren… Y además, ¿a quién podría hacerle daño algo así?

Es decir, la sensación es que nunca se acaba de entender la separación de la Iglesia y el Estado, y de que esta separación, como si se tratara del imposible deslindar un cuerpo y no de la separación de dos entidades unidas artificialmente, nunca se terminará de llevar a cabo. Porque no se trata de que un ciudadano cualquiera de a pie viva su fe como mejor crea, sino de que el estado, por medio de sus representantes, deshace con una mano aquello que proclama hacer con la otra, y a casi nadie le produce tamaño sinsentido el más mínimo trastorno. A las vírgenes, tiene que honrarlas y condecorarlas el obispo, y a los jueces, condecorarlos los jueces. Cuando son otros los que condecoran a quien no les corresponde, el asunto tiende a parecerse demasiado a compraventa de influencias, es decir, en definitiva, al acuerdo mutuo para meter la mano en bolsillo ajeno, que es en lo que acaba casi siempre tanta reciedumbre moral, por lo que se ve.

Además, ¿cómo podría acabarse con esa separación que nunca acaba, si incluso hoy ese 50% largo de parejas que matrimonian por lo civil, luego entregan los niños a bautizar? Porque parece el típico juego a dos barajas: –Quede bien claro, soy laico e independiente, a mí no me mandan los curas–. Pero cuando la abuela o el abuelo se ponen tercos con lo del bautizo, se entrega la criatura a cristianar, casi como el que pusiera un óbolo en cada platillo de la balanza, por si las moscas y como con mala conciencia. –Bueno, vale, yo puedo ser casi ateo o casi agnóstico (algo así como si se dijera casi virgen o casi honrado), pero los niños son otra cosa. Que elijan ellos, no sea que….–. Y luego los envían a un colegio religioso concertado. De pago, bien se comprende. Igual de malo o bueno que cualquier otro, pero es que los colegios de curas o de monjas son los mejores, todo el mundo lo sabe… Y así lo creen, al parecer firmemente. ¿Cómo puede persistir semejante acto de fe? ¿Cuánto hay de decisión personal y de, llamémosla, inocencia o libertad en ello y cuánto de responsabilidad del estado, siempre el estado, por su resistencia a introducir criterios aconfesionales e iguales para todos? ¿Será porque la enseñanza la empezaron los religiosos allá por los tiempos del rey de Bastos? El caso es que esta clase de enseñanza, como mínimo escorada hacia un bando, tampoco se nos acaba nunca, es más, prospera contra todo criterio de razón.

Y la monarquía, hoy casi ya una curiosidad, tampoco se acaba, es más, resucita. Porque aquí se acabó y la volvieron a traer a patadas, o a sofismas, que cada cual escoja según su soberana sensibilidad, pero la trajeron, que a rizar el rizo no nos gana nadie y aquí nunca se acaba nada. ¿Que el abuelo Alfonso XIII salió por piernas con el tácito y efectivo acuerdo de que nadie le tocaría ni un pelo ni un duro? Pues al nieto lo devolvemos nosotros, porque eso es lo que conviene a los españoles. –¿Es eso lo que conviene, Excelencia?–. –Bueno, es lo que yo diga. Y ya está–. Y puede entenderse incluso que a su Excelencia el General Superlativo le discutieran poco los españoles de entonces, a fin de cuentas, su civilizado modo de dirimir los desacuerdos era conocido, pero… ¿y después? Pues todos igualmente de acuerdo, que es lo maravilloso.

Lo que era bueno para Franco, fue bueno para la Transición y sigue siendo bueno y tal cual ahora mismo. Bueno para Franco e incluso para Isabel y Fernando. Ese zurcido que hicieron sus Católicas Majestades a punta de lanza y de excomunión, incluso desde las lápidas de sus propias tumbas, sigue siendo el mismo zurcido que hoy tiene que hacerse servir para sujetar las mallas de este tiempo de la red de redes. Algo así como insistir en reparar ordenadores con cincel y maza, es más, obligar a ello afirmando su clara conveniencia. Nada puede acabarse aquí así como así. ¿Qué han pasado siglos? ¿Y eso qué importa? Aquí seguimos con cátaros y albigenses, quitando y poniendo pegatinas en un bus, con Reforma y Contrarreforma, y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas. Acabar aquí con algo es una cosa muy desagradable a la que los bien nacidos nunca nos atrevemos. En España no hacemos esas cosas. Y amén.

Y da angustia ver, por ejemplo, cómo trata el protocolo a los periodistas o a las visitas de Zarzuela: –Vamos, vamos acabando, salgan por allí ahora, ya, vamos, vamos…–. Con una sensibilidad como la de Tejero en el Congreso. Una sensibilidad que tampoco se acaba nunca, la que regula el trato entre el poder y el súbdito. Y cuanto más baja la jerarquía de los visitantes, más apremiante y cuartelera la manera de manejarlos. Todos lo sabemos,  pero qué más dará, porque el Rey, de príncipe, era un querube y sus niñas también lo son ahora, esa es la realidad. De los príncipes y las infantas no solo se afirma por convención y razón de Estado el que lo sean necesariamente, sino que, además… –Miren, miren ustedes a estos ángeles. ¿Puede ser poco recomendable una institución capaz de perpetuarse con niños tan guapos? No, no puede serlo, ¡ignorantes!–.

Y ante semejante facticidad, se dobla la cerviz, la bisagra, el intelecto y hasta se reacomoda el gusto. Y andando. Al príncipe, hoy rey, le gritaban por esos pueblos: ¡guapo, guapo! Como a la Virgen. Y se fortalece así el binomio a mayor gloria del Estado, de la Patria y del ¡zoy ezpañó, cazi ná! Decía antes que nunca se nos acaban las cosas, como por metafísica, pero es más, ¿cómo va a querer acabar nadie con aquello a lo que llama guapo, derretido de fe, de unción, de satisfacción, de ansia de obedecer y de ser mandado? Así, ese binomio no pertenecerá a una expresión matemática muy compleja, pero a ver quien es el listo que la despeja. –Y además, nosotros, los dirigentes de los españoles, sabemos mucho mejor que tú lo que te conviene… Desfila–.

Y no se nos acabó jamás y tampoco la reforma agraria. Con el campo español se pelearon los romanos, los godos, los árabes, los Austrias, los Borbones, los ilustrados, los liberales del XIX, la concentración parcelaria del franquismo, el PSOE y el PCE de la Transición… El resultado es que ahí siguen los latifundios, algunos igual de grandes que los del Conde Duque de Olivares, incluso algunos, menos productivos. Pero no se han acabado. Otra cosa es que ya nadie hable de ellos. Lo que se acaba, por lo general, es el hablar de lo que no interesa al poder. Pero incluso ese no poder hablar es otro asunto más de los de nunca acabar.

Por lo tanto, la censura. Ya no hay censura, afirman. Se acabó. ¿Puede ser entonces que algo se haya acabado? Pues no, por supuesto. Solo pasa lo mismo que con los latifundios. Ya no se habla de ella, que es la forma peculiar de acabarse aquí algo sin acabar, pero que verdaderamente se acabe no lo permitirá el Altísimo, que tampoco se acaba nunca.

Ahora la censura es una cosa tan sutil como la Ley Mordaza o el plasma. Pudiendo llamar a cualquier cosa de otra manera, ¿para qué llamarla por su nombre? Pudiendo hacer una rueda de prensa sin preguntas, que viene a ser como decir matrimonio sin contrayentes, ¿a qué hacer una rueda de prensa verdadera, corriendo el riesgo de que te asesinen con el canto de un folio o que te hagan algo tan abominable como una pregunta? Mejor callar diciendo alguna cosa de otra cosa y a distancia, que es lo sabio y lo político.

Aquí lo único que se acaba son los nombres de las cosas, no las cosas mismas. Ya nadie se dedica al estraperlo o a acaparar. Al acaparar se le llama ahora opciones de futuro y no esa grosería de vocablo cargado de mala intención. El aceite sube por la pertinaz sequía que nunca se acaba, y así esté inundado todo Jaén, o por culpa de Europa, de Israel, de Marruecos, de Chile o del moro Muza, no porque lo acaparen. Decir que lo acaparan es feo, no es moderno, y además, ya nadie acierta a dar con la palabra mágica, pero vieja y sencilla: acaparadores.

Y a robar también lo llaman emprender. Emprender un corso, se podría añadir. La reina Isabel de la pérfida Albión daba las patentes de corso a sus piratas favoritos, son prácticas que nunca se acaban, y aquí, en nuestro felicísimo reino de nunca acabar, menos todavía. Solo que las patentes de corso ahora abarcan mucha mayor extensión que el Caribe. Ahora, con una patente de corso adecuada, que puede entregar cualquier ayuntamiento, se hacen las Arabias, los Orientes, las ínsulas todas, el más allá y los Luxemburgos y los Mónacos, que nadie sabe bien cuál de todos esos territorios sea más fértil ni más promisorio, si uno lleva un buen trabuco y adecuadas referencias. Y no digamos ya si uno es el Primer y Más Alto Comisionista del Reino y su más rutilante Bragueta.

Así que, recuperemos la palabra censura para lo que es censura, por no acabar tampoco con ella, y pensemos en la prensa. Ya no hay censura. Eso es una verdad proclamada, al parecer. Y casi, casi, tampoco prensa. Los periódicos dicen todos más lo mismo que cuando lo mandaba decir Fraga Iribarne desde su Ministerio franquista. Pero ahora, al parecer, no es que se lo mande nadie, son ellos los que opinan siempre lo mismo, pero por su propia cuenta. Existe, al parecer, un acuerdo infinitamente universal sobre todo aquello que es lo bueno y lo conveniente. Y también sobre lo malo, lo pésimo y lo intolerable.

Lo intolerable, por ejemplo, son los titiriteros o una Cabalgata de Reyes laica, es más, son algo infinitamente más intolerable que el hambre, la miseria y la desigualdad, por ejemplo. Sobre esto también existe completo acuerdo. Y sí, estoy del todo dispuesto a conceder que una cabalgata de Reyes laica es una imbecilidad, ¿pero acaso lo es menos que una original? Una cabalgata de Reyes, como el Día del Padre, no es otra cosa que la gran fiesta de El Corte Inglés, Zara y Apple, unas y trinas, es decir, la de la Santísima Trinidad. Y el que no lo vea claro es que tiene el cerebro no ya censurado, sino clausurado. Y lo segundo es consecuencia de lo primero, a mayor abundamiento y por si se quisiera olvidarlo.

En contrapartida, lo recomendable es el impuesto al sol. El impuesto al sol es bueno para todos, para Telefónica incluso, perdón, no Telefónica, no. Telefónica no se acabó, evidentemente, pero ahora se llama Movistar, que así se entiende mucho mejor a lo que se dedica. Y es bueno para Repsol, para las cofradías de pescadores, para la hostelería, para las peluquerías, para la banca, para las charcuterías, para las eléctricas, para el PSOE y para el PP, para la Comisión Europea debe serlo también, porque en nada nos lo recrimina, es bueno para el ABC y para El País, pues no despotrican de ello, y es bueno, no, es música celestial para el IVA, el santo más sagrado de todo nuestro inacabable santoral. 

Sólo es malo para los sesenta mil ilusos que creían vivir en un país donde el BOE no es el vehículo para alimentar una estafa y que se arruinaron con los parque solares y la estafa estatal que los promovió, pero como no se habla de ellos, porque no hay censura, solo santa prudencia y mucho tacto y capacidad de calibrar y ponderar las conveniencias y las inconveniencias y lo que se dice y cómo se dice, pues nadie padece para nada por esa causa. Además, padecer por algo que es bueno… ¿Puede concebirse mayor contradicción?

Porque si el impuesto al sol es bueno para el Estado –el Estado con capitular de mármol–, es decir, para 45 millones de españoles, ¿qué son sesenta mil timados en comparación? Timados por codiciosos, además, porque querían hacerse ricos por el mero hecho de poner cuatro hierros al sol, dirán. Olvidaban los indocumentados que aquí el sol sólo sirve para hacer la vida más dura. Polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga. Y caso resuelto. Así que, haciendo una excepción, el sol es lo que sí se ha acabado, se ha acabado del todo, y el hecho desagradable de que siga saliendo por las mañanas, así como la existencia incluso de ese refrán infame que proclama que el sol sale para todos, no es más que otro intento de censurar por desacuerdo político al talentoso e inteligente exministro Soria, que nos trajo este apagón, tan conveniente para todos. Pero como la censura se ha acabado, pues ya no puede censurársele. Lo que está claro, está claro. Luego, callen.

Y el artículo se acabó.

¡No, por Dios, si eso es imposible! Continuará…

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El marqués de Vargas Llosa imparte cátedra sobre García Márquez.

La cátedra Vargas Llosa, una manera de hablar (1), organizó la semana pasada un curso dentro de la programación de verano de la Universidad Complutense en El Escorial. Al parecer, en ese curso, y según reza el titular de la noticia publicada por El Paísito, “Vargas Llosa rompe el silencio sobre García Márquez”. Donde “rompe”, colocar un “ha roto” y santas pascuas.

El vídeo que recoge ese silencio roto:

https://cultura.elpais.com/cultura/2017/07/06/actualidad/1499366796_414985.html

Transcripción de la charla para los más perezosos o duros de oído:

https://cultura.elpais.com/cultura/2017/07/07/babelia/1499445200_348553.html

Personalmente, lo confieso, no solo oí, y hasta escuché atentamente -distinción que hago encantada para los medios de incomunicación, la SER en especial- cuanto recoge ese vídeo, sino que repasé de cabo a rabo su transcripción, no para verificar que había oído bien, sino porque, aunque mi oído sabía que había oído bien, el pobriño no daba crédito. Pero sí, y por más que en la transcripción se nos hurtara con descaro un precioso: «Y siendo este, 2017, el año en que se cumple el cincuentavo aniversario de la publicación de Cien años de soledad” (min. 02:45 en el vídeo)…», pronunciado con desparpajo por el colombiano Carlos Granés (Bogotá 1975) -ganador en 2011 del Premio de Ensayo Isabel Polanco con un jurado presidido por Fernando Savater, y a cuyo cargo corrió la entrevista-, sin que nadie rebullera en su asiento, lanzara un sonoro ¡ay!, un gritito de sorpresa o le llegara al entrevistado y al entrevistador la apostilla verbal del poeta Quemiro, cuya conocida mala leche bramó desde su casa madrileña con ese vozarrón que Dios le ha dado al jodío: -“Haber dicho jubileo para evitar el partitivo. ¡Borrico!”  En fin, son cosas que pasan, pero que pasan muy en especial cuando… ¡Bah, dejémoslo, naderías que a nadie interesan!

Al terminar la entrevista, me pregunté lo mismo que ya me había preguntado antes de empezar a oírla: ¿Crees que el marqués habría abierto el pico de haber estado Gabo aún entre nosotros? Y a saber por qué, oigan, me entró un ataque de risa como aquellos que me daban inoportunos en las aulas de bachillerato. Aunque no debo de ser la única a quien le dio la risa porque ayer ese mismo diario, El Paísito, publicaba un artículo titulado “Lo políticamente correcto llueve sobre Vargas Llosa”. ¿Y a que no adivinan escrito por quién? Miren que va darnos otro ataque de risa… ¿Lo digo sin más? ¡Por Juan Cruz, en efecto!  Y es que hay cosas que se enredan y se enredan cuanto más insiste uno en desenredarlas. Lo leí por encima un par de veces, digo a Cruz, sin enterarme de qué trinaba el canario, pero que trinaba algo es seguro.

Me habría gustado comentar todas y cada una de las vastas y medidas intervenciones del marqués de Vargas Llosa, pero este texto no es más que la entrada de un blog sin otra pretensión que la meramente liberadora, así que emitiré tres comentarios catárticos tras hacer un cortipega de tres momentos de especial trascendencia.

1. «Yo soy menos optimista. Creo que García Márquez tenía un sentido muy práctico de la vida, que descubrió en ese momento fronterizo, y se dio cuenta de que era mejor para un escritor estar con Cuba que estar contra Cuba. Se libraba del baño de mugre que recibimos todos los que adoptamos una postura crítica. Si estabas con Cuba podías hacer lo que quisieras, jamás ibas a ser atacado por el enemigo verdaderamente peligroso para un escritor, que no es la derecha sino la izquierda. La izquierda es la que tiene el gran control de la vida cultural en todas partes, y de alguna manera enemistarse con Cuba, criticarla, era echarse encima un enemigo muy poderoso y además exponerse a tener que estar en cada situación tratando de explicarse, demostrando que no eras un agente de la CIA, que ni siquiera eras un reaccionario, un pro-imperialista. Mi impresión es que de alguna manera la amistad con Cuba, con Fidel Castro lo vacunó contra todas esas molestias»

Díganme la verdad, ¿es o no miserable el Vargas? Resulta que García Márquez no era precisamente de izquierdas, lo fingía para que lo dejaran vivir en paz y para que se le ensalzara, es de suponer, lo que iba pariendo su pluma; en realidad, no fue sino un tipo prudente, servil y atemorizado, un pelota de la revolución y de sus líderes, con cuanto conlleva, el ser lisonjero y adulador que le doraba la píldora a seres pasados de moda que se nos presentan mentalmente vestidos con un suéter barato tejido por su compañera, bajo ningún concepto señora como, pongamos, doña Isabel Preysler.

¿Hay pruebas para atribuir bellaquería tal a García Márquez, Varguitas, hijo y nieto de la solemnidad más calculadamente falaz? Venga ya, esto va de Nobel a Nobel, de Nobel a los 74 años a Nobel a los 53, y con una diferencia de edad entre ambos de nueve años, lo que significa pertenecer uno y otro a la misma generación: él sabe de qué habla, es dueño de los secretos. Porque, además, ¿para quién creó un marquesado hereditario nuestro monarca franquista, es decir, aquel que nos deletreó un “Juro cumplir las Leyes Fundamentales y guardar lealtad a los Principios del Movimiento Nacional” el 22 de noviembre de 1975, dos o tres días después del fallecimiento del criminal enano ferrolano? ¿Para Vargas Llosa o para García Márquez? ¡Ah, qué bonito y solemne fue todo aquello, y no las zarandajas de un Bolívar, un Fidel, un Chávez y tantos y tantos otros pendejos! No, no estoy perdiendo el hilo, sino deteniéndome en analizar quiénes son unos y quiénes otros. Así que, qué pruebas ni qué pruebas se podrían exigir al peruano, si detrás está la mejor España, una gran nación, y todos los españoles, muy españoles y mucho españoles, además -que no se me vayan a escapar, por Dios- de El Paísito, la ya mentada monarquía, la Banda, la de robarnos a todos y la de españolizar Catalunya, y que no es solo el PP, sino el PxxE, Ciudadanos y alguno más, aunque el PP en especial borde cuanto toca, los curas y las monjas, sus mantenedores, el brutal y ágrafo poder empresarial, los ejércitos de mediocres de las letras y de las ciencias que siempre están del lado de los mismos, la prensa en su casi totalidad… en fin, lo que ya dejé dicho, la mejor España.

2. «Era enormemente divertido, contaba anécdotas maravillosamente bien, pero no era un intelectual, funcionaba más como un artista, como un poeta, no estaba en condiciones de explicar intelectualmente el enorme talento que tenía para escribir. Funcionaba a base de intuición, instinto, pálpito. Esa disposición tan extraordinaria que tenía para acertar tanto con los adjetivos, con los adverbios y sobre todo con la trama y la materia narrativa no pasaba por lo conceptual».

¿Entienden, por fin, que es ser un intelectual, a partir de las palabras del peruano? Para Gramsci, si recuerdo bien, los intelectuales eran los organizadores de la función económica de la clase a la que estaban ligados orgánicamente. Viene a ser, pues, el empleado o subalterno del grupo político o dominante al que se le encargan los sustanciosos trabajillos que benefician a sus amos. Los que medran más y mejor de entre ellos son los más intuitivos de las hambres del patrón, los chicos listos a los que no es preciso que se le desgranen las apetencias del amo, las adivinan antes del comienzo de su madurez. ¿Es Vargas un intelectual? ¡Qué duda cabe, y qué menos que un intelectual! ¿Y Gabo? ¿Pero acaso no ves, mujer, que Gabo no tiene absolutamente nada que ver con toda esta mierda, que él estaba hecho de la misma substancia que lo que nos cuenta, que es justo lo que nos obliga a amarlo?

3. «García Márquez leyó Historia de un deicidio, sí. Me dijo que tenía el libro lleno de anotaciones y que me lo iba a dar. Nunca me lo dio. Tengo una anécdota curiosa con ese libro. Los datos biográficos me los dio él y yo le creí, pero en un viaje en barco a Europa paré en un puerto colombiano y ahí estaba toda la familia de García Márquez, entre ellos el padre, que me preguntó: “¿Y usted por qué le cambió la edad a Gabito?” “Yo no le he cambiado la edad. Es la que él me dijo”, contesté. “No, usted le ha quitado un año, nació un año antes”. Cuando llego a Barcelona le conté lo que me había dicho su padre y se incomodó mucho, tanto que cambié de tema. No podía ser coquetería de García Márquez».

¿Un año? ¿Solo un año por pura coquetería? Pues claro que no, si hubiera sido coquetería habrían sido cuatro o cinco, si no siete u ocho. Por favor, ¿un lector que pueda darnos la clave de qué efectos de corrección en lo que sea que haya sido produce año arriba, año abajo? Vargas no está jugando con la coquetería de un varón con quien un día tuvo amistad, ni hablar, quedamos en que el tipo es, para empezar, un miserable, y ese año ha de servirle al marqués de la muy despreciable y envarada figura para un roto como para un descosido. Así que, ¿qué roto o qué descosido concreto se alcanza con el corrimiento de un solo año?

Sea lo que sea, no vayan a creer de ninguna manera que su miseria se muestra únicamente en solo en los párrafos transcritos, no me minusvaloren de esa manera a ese pedazo de servidor del poder. Lean la charla completa, conviene alimentar el alma para saber qué queremos y qué, de ninguna manera.

Nota. Si les sabe a poco, como suele ocurrirme, lo que han leído sobre el peruano, hay otros textos en este blog que hablan de otras fechorías, y si no a más, a parecida altura.

«Vargas Llosa marujea en la cama de Julian Assange»

https://lenguacandeal.wordpress.com/2012/08/28/vargas-llosa-marujea-en-la-cama-de-assange/

«Si en verano conviene leer tonterías, ¿por qué no insistir en invierno?»

https://lenguacandeal.wordpress.com/2014/08/27/si-en-verano-conviene-leer-tonterias-por-que-no-insistir-en-invierno/

«Con amor, a la trinchera de firmantes de epistolios»

https://lenguacandeal.wordpress.com/2012/11/05/con-amor-a-la-trinchera-de-firmantes-de-epistolios/

«Un manifiesto se opone a que Rajoy negocie con la Generalitat: ¿saben aquel que diu…?»

https://lenguacandeal.wordpress.com/2014/07/15/un-manifiesto-se-opone-a-que-rajoy-negocie-con-la-generalitat-saben-aquel-que-diu/

Seguro que, si presiono mi memoria abuela, encuentro aun más en Lengua Candeal. Tiene que ser que, en el fondo, este marqués casi recién acuñadito despierta una extraña curiosidad a la que no soy capaz de escapar: la de alcanzar los entresijos de los capaces de venderse con absoluta entrega, dedicación y desparpajo incluso en los últimos años de su vida. En fin…

Pero no querría terminar sin hacer una pregunta que, en primera instancia, me hice a mí misma. Si desconociéramos la historia del derechazo, faldas por medio, que dicen haber sido lo que truncó esa amistad, y se nos contara, pero reservándose autoría… Veamos. Dos amigos se descubren en el mismo sitio, avanzan al encuentro, sonrisa abierta en el rostro de uno de ellos y los brazos extendidos: ¡hermanito!, para el abrazo que no hubo, pero sí una cabeza golpeada contra el suelo y un ojo morado, ¿quién dirían que se lo propinó a quién? ¿Gabo, el impulsivo izquierdista de una sola compañera, o Vargas, el intelectual liberal de varias, casi todas previamente emparentadas de una u otra manera con él? ¡Qué cosas, yo me habría decantado sin pensarlo por la pasión revolucionaria-bolivariana, en lugar de por el intelectual orgánico neoliberalote!

 
(1) «La Cátedra Vargas Llosa es una iniciativa de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes con universidades, empresas e instituciones culturales y educativas de España, México, Perú, Colombia, , Francia y Suecia. Entre sus objetivos principales se encuentran el estudio de la literatura contemporánea, el apoyo de la nueva creación literaria iberoamericana y la difusión de la obra de Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de Literatura 2010)».

http://www.catedravargasllosa.