Y la idiocia se hizo carne…

 

Debaten, o así lo llaman, cuatro mujeres que se disputan el éxito de sus partidos en las urnas y el suyo propio. Son Mª Jesús, Cayetana, Inés e Irene. Mª Jesús es licenciada en Medicina, morena y trianera, su seseo y su labia lo van pregonando, así como su morenez retocada y retocados sus escarceos de juventud con el marxismo, el cristianismo y el hippismo, bien revueltito todo. Ni se oye cuando habla de corrido o se balancea entre el atropello y el fácil deslizarse. Cayetana, a pesar del marquesado, la triple nacionalidad, el rubio natural, la anorexia, la altanería y lo que sabe sobre el obispo Juan de Palafox, virrey de Nueva España, también sesea, y sesea con seseo que tiene que ser argentino pero que parece andaluz. Da un susto de muerte cuando, sin sospechar nada nosotros, dise que dise que Barselona es bona si se le aplica el siento sincuenta y sinco para siempre jamás. Inés, aunque gaditana, no sesea, quizá porque su padre fue policía y su marido, independentista. A cambio, es clara poligonera de alma y macarra de expresión. «Soy mucho más moderada que tú desde que nací, chaval» (mordiendo ese chaval dirigido a Rufián y elevando largo el ápice de la lengüecita) Y, finalmente, Irene. Irene es normal.

Normal significa para mí lo que probablemente para muy pocos. Mi hijo, que sabe de mi gusto por recorrer de arriba abajo, o a la inversa, a veces en el mismo plano secuencia, toda la escala de los registros de la lengua, tendría sobre cinco años cuando le llamé la atención por haber proferido un taco propio de un estibador de los muelles (sobre los estibadores de los muelles me informó mi padre y no Eric Hoffer, autor de “El verdadero creyente”, al tiempo que estibador él mismo). -Pero, mamá, si tú también lo dices… -Es verdad, mi amor, pero solo cuando estoy con gente normal.

Así que, un día en que me detuve a saludar a una comedida anciana que se dirigía a oír misa en la iglesia del barrio, harto de esperar la despedida que no terminaba de llegar, me estuvo tirando del vaquero hasta que logró que lo atendiera de muy mala gana: -Mamá, di, esta señora, ¿es normal? (¡atrévete a repetirlo, mocoso!). -¿Cómo normal?, preguntó la dama relamida y medio ausente. -Este niño me está matando, Teresa, a saber qué pregunta realmente… Me despedí, pero a no más de media docena de pasos me paré en seco, me agaché para mirar sus ojos interrogantes y clarísimos y le dije: -PERO, ¿NO VES QUE NO LO ES, JODER, PAUET? Pues eso, Irene no es Mª Jesús Montero, ni Cayetana Alvárez de Toledo, ni Inés Arrimadas o Isabel Díaz Ayuso, ni tantas y tantas otras y otros, ni siquiera como los jefes de todos y cada uno de ellos. Irene Montero es sencillamente normal.

Y ya que la acabamos de mentar, a Isabel Díaz Ayuso, vayamos con una manifestación política importante. Ella asistía a un desayuno informativo, o sencillamente pasaba por allí, cuando denunció la atrocidad ante las cámaras, tras meses sentenciando que Madrid Central iba a provocar atascos. “Si sigue Podemos en el Ayuntamiento de Madrid no va a haber atascos más que por el día”. “Los atascos a las tres de la mañana un sábado en la capital les hacían ver a los madrileños que su ciudad era especial”. “Madrid es una de las ciudades con más vida nocturna del mundo; eso incluye atascos a altas horas. ¿Me gustan? Evidentemente no. Pero forman parte de esta ciudad”.  ¿Entienden? Está clarísimo, si sigue Manuela Carmena en el ayuntamiento, los madrileños no volverán a vivir la fiebre de los atascos-sábado-noche.

¿Dónde vamos a parar? Quizá, me digo para mis entresijos, ni los parados seguirán parados, tal vez incluso los más desvalidos dejen de soportar el hambre, el frío, los desahucios, la falta de fármacos cada vez que los necesiten. ¿Se dan cuenta del horror que anda por llegar? Madrid dejará de ser Madrid, quizá Barcelona, Barcelona, España, España y los necesitados, necesitados, caso de que UP llegue a gobernar en coalición con el PSOE, ¡meigas fora! ¿Habéis tomado nota, humoristas de pacotilla, del lugar en que os ha dejado ese pedazo de criatura?

Y hay más cosas tremendas, es un no acabar interminable. Como la de mostrar a los telespectadores Casado y Rivera y aun intercambiar este con Sánchez -en pleno y solemne debate servido como boda o funeral regio- fotografías enmarcadas, gráficos, panfletos o libros de a saber qué autor, siguiendo la costumbre prácticamente inaugurada por el castizo experto en cloacas y varios otros Eduardo Inda.

¿Imaginan qué más podría llegar a pasarnos, ultraderechita cobarde, con un gobierno de coalición PSOE-Podemos? Mínimamente, ¿acaso no se vería la prensa obligada a informarnos día a día sobre el juicio a los presos políticos del que saldrá sentencia cantada, ese juicio que hoy aparece discretamente velado, cuando no elegantamente ocultado, por todo medio de comunicación? Es más, ¿y si a esos mismos medios, a los partidos políticos, a los jueces, a Europa incluso, les diera por tomarse en serio, investigar, imputar, sentenciar a todos y cada uno de los involucrados en las cloacas del Estado, o en ese candado  que le ha puesto WhatsApp a Podemos en plena campaña electoral? Para echar a correr de puro miedo frente a la posibilidad del tambaleo y derrumbe de esta espléndida democracia que nos regalaron, inobjetable producto de la modélica transacción iniciada por nuestros más loados prohombres y que a día de hoy andamos justo a puntito de redondear.

Por todo ello y más, a ver esas jergas, actitudes y conductas de botellón tan propias del sueño húmedo del nacionalismo español, ultraderechita cobarde, porque si alcanza a gobernar este país por primera vez la izquierda nos van a obligar a repetir la carrera que cursamos en universidades católicas o públicas ad hoc, el bachillerato, la ESO y la Primaria, y aunque no fuera más que por que llegáramos a entender algún día sus abstrusos comunicados y discursos políticos comunistas, independentistas y proetarras. Para echar a correr de puro asco y de miedo, insisto de nuevo y cuantas veces haga falta insistir. ¡A ver si pasa pronto el domingo, Señor! Y que no se haga tu voluntad, sino la que nos conviene a todos… ¿Lo has pillado por fin o quieres que te lo repita?

Círculos viciosos.

 

Título y texto tomados de “Blog y Magog”, de Alberto Caffaratto Ladoire – Jueves, 10 de enero, 2019

 

Todo este vocerío de Vox y sobre Vox, es decir, tautológico, no deja de tener exquisita enjundia, y la primera reflexión que viene a la mente, contemplando el carnaval a la debida distancia, es que resulta clarificador tanto ruido sobre lo obvio, el ruido propio de ellos mismos y el rebotado por las lujosas maderas de nuestros circos locales, es decir, palacios, parlamentos, puticlubs exclusivos y reservados de restaurantes de lujo.

Por todas partes se oye un espantoso crujir de huesos y lastimeros aullidos de buenos cristianos y convencidísimos demócratas del último día, mesándose las barbas y arrancándose las guedejas. ¿Y a santo de qué tanto muro de las lamentaciones? Pues de lo obvio. Ha llegado un tipo del que lo mejor que se puede decir de él es que lleva pistola y que afirma que eso es lo fetén.

Y claro, ya con esta edad, no he dejado de acordarme de la canción Círculos Viciosos, popularizada allá por los tiempos de la Mandrágora, que es algo que suena a antiquísimo, cantada a duo por Sabina y Pérez, pero que en realidad se le debe al genio infinito, por no decir clarividente o profético, de Chicho Sánchez Ferlosio, casi único intérprete canónico, junto con su hermano Rafael, del verdadero y profundo significado del fascismo español. Contexto que en su momento tal vez podría haber tenido visos de tratarse de algo todavía coyuntural en España, pero que hoy ya sabemos que es sempiterno, consustancial, arquetípico y de tan honda raigambre como tirar la cabra desde el campanario, con el sereno goce que eso proporciona a tantos valientes. Solemne festividad que pronto será restaurada con todos los honores. Y vean, por favor, lo que tan bien conocía Chicho y que tuvo a bien comunicarnos mediante las voces de los cómicos de la legua.

Esta es la interpretación de Sabina y Pérez, del disco La Mandrágora, 1981, grabación realizada en directo en la sala La Mandrágora de Madrid y firmado el LP por Krahe, Pérez y Sabina, con letras propias y algunas de otros autores, como en este caso.

 

 

Y esta es la letra, debidamente transcrita, y no con las infames redacciones que circulan por la red.

 
– Quisiera hacer lo que ayer,
pero introduciendo un cambio.
– No metas cambios, Hilario,
que está el jefe por ahí.
– ¿Por qué está de jefe?
– Porque va a caballo.
– ¿Por qué va a caballo?
– Porque no se baja.
– ¿Por qué no se baja?
– Porque vale mucho.
– ¿Y cómo lo sabe?
– Porque está muy claro.
– ¿Por qué esta tan claro?
– Porque está de jefe.


Eso mismo fue
lo que yo le pregunté:
– ¿Por qué está de jefe?

-Yo quiero bailar un son
y no me deja Lucía
– Yo que tú no bailaría
porque está triste Ramón.
– ¿Por qué está tan triste?
– Porque está malito.
– ¿Por qué está malito?
– Porque está muy flaco.
– ¿Por qué está tan flaco?
– Porque tiene anemia.
– ¿Por qué tiene anemia?
– Porque come poco.
– ¿Por qué come poco?
– Porque está muy triste.

– Eso mismo fue
lo que yo le pregunté:
¿Por qué está tan triste?

– Quisiera formar sociedad
con el vecino de abajo
– Ese no tiene trabajo,
no te fíes, Sebastián.
– ¿Por qué no trabaja?
– Porque no lo cogen.
– ¿Por qué no lo cogen?
– Porque está fichado.
– ¿Porqué lo ficharon?
– Porque estuvo preso.
– ¿Por qué lo metieron?
– Porque roba mucho.
– ¿Por qué roba tanto?
– Porque no trabaja.

– Eso mismo fue
lo que yo le pregunté:
¿Por qué no trabaja?

– Quiero conocer a aquel,
hablarle y decirle hola.
– ¿No le has visto la pistola?,
deja esa vaina, Javier.
– ¿Por qué la pistola?
– Porque tiene miedo.
– ¿Por qué tiene miedo?
– Porque no se fía.
– ¿Por qué no se fía?
– Porque no se entera.
– ¿Por qué no se entera?
– Porque no le hablan.
– ¿Por qué no le hablan?
– Por llevar pistola.

– Eso mismo fue
lo que yo le pregunté:
¿Por qué la pistola?
¿Por qué no trabaja?
¿Por qué esta tan triste?
¿Por qué esta de jefe?

Pero, retomando el tema, lo que ha venido a hacer Abascal con el escuadrón de pretorianos que le rodea es aquello que proclamara Adolfo Suárez, y que tanto se le alabó en su día: “Elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal”.

Y lo normal, según por cuáles bares y barrios se acabe deambulando, es llevar pistola, lo normal es majar a hostias a la parienta, a la novia o a una que pase por ahí, si el cipote está tenso, empuja y exige lo suyo, y además se tengan esas siempre justificadas ganas de darle una bofetada a una zorra, que encima es un alfeñique. Lo normal es ahogar o siquiera, como medida de tolerancia, dejar que se ahogue al que llega en la patera, total, es negro, o moro o chino y, lo más insoportable, no es cristiano… Lo normal es prohibir el aborto y volver a las agujas de punto o a la camilla ensangrentada en un sótano, dulcísima imagen para contento de prestes. Lo normal es derogar la Ley de Memoria histórica, insufrible revanchismo de derrotados. Lo normal es eliminar los subsidios a las mujeres maltratadas –algo habrán hecho–. Lo normal es cantar el Cara al Sol, curiosamente obra de Sanchez Mazas, padre de los Sánchez Ferlosio, ya ven qué cosas, pero tal vez la explicación de por qué sabían tantísimo esos muchachos, y desde bien jóvenes.

Y lo normal, cómo no, desde hace 500 años, es mandar la tropa a Cataluña cada vez que la desafección y la insumisión, el monarca –por lo general un Felipe–, el cardenal primado y el espadón a cargo lo aconsejen, lo normal debería volver a ser la masacre profiláctia y periódica de obreros –si es que hoy en día queda de eso–, lo normal sería llevarse a Franco a la Almudena para adorarlo mejor, bajo palio, pues tal era su derecho, jamás derogado por nadie, como lo normal debería ser derogar la Constitución, las Autonomías y el Sistema métrico decimal y volver al Fuero de los españoles, a medir por arrobas y con varas castellanas y a pagar en maravedíes. Y restablecer la Inquisición. Pero dejadme que yo prefiera la hoguera, la hoguera, la hoguera… naturalmente, Javier, amigo. Y lo bien que supiste hacer mutis a tiempo y cómo te lo envidio.

¡Ah!, y se me olvidaba. Lo normal –qué menos–, sería volver a legalizar el Toro de la Vega, con todas esas escenas de inmarcesible heroísmo, necesariamente generadoras del carácter de nuestra inigualada y bendecida raza.

Pero, de la venturosa llegada de Vox, lo más destacable es aquello que John Le Carrè llamó en una de sus más afiladas novelas “buscar el negativo”, es decir, averiguar aquello que sistemáticamente había sido obviado, omitido y, si percibido por alguien, mandado a tapar y hecho prestamente desaparecer, en el entendimiento de que debajo del manto de cosas variadas que sí se dejaban ver para mejor desviar las pesquisas, se encontraría la información que daba la clave para conocer aquello que se pretendía ocultar.

Porque, efectivamente, lo que Vox parece venir a hacer es “positivar el negativo de nuestra realidad”, poner en papel, negro sobre blanco, todo aquello que en la realidad ocurre y que es lo que le conviene al poder establecido, pero aquello de lo que éste jamás puede permitirse hablar ni expresar por claro, so pena de definitivo desenmascaramiento.

Porque casi todo lo que pretende Vox, ya se hace sobradamente y esto sí que es lo verdaderamente chusco. Por ejemplo, desde la misma Constitución, pero expresándolo por contrarios y dejando la aplicación y la interpretación a los entendedores pagados para interpretar, o, mejor expresado, para tergiversar lo que haga falta, venido el caso.

Así, donde la Constitución dice: “derecho a una vivienda digna”, se expresa en positivo aquello que en la realidad jamás se ha contemplado hacer de ninguna manera, donde se dice “trato igual frente a ley”, se expresa otro concepto en positivo, pero vacío igualmente, imposible de llenar si la justicia no es gratuita en su totalidad, que, por supuesto, no lo es. ¿Y por qué no lo es? Pues por otras disposiciones adicionales, naturalmente. ¿Y qué significa entonces gratuita y universal? Pues el negativo de sí misma, cualquier cosa menos gratuita y universal, es decir, lo que manden, pero no lo que la norma básica cree decir con tan hermosas palabras, perfectas para que las estudien los niños como el idílico cuento que son.

Y donde se habla de derecho a la atención sanitaria universal se obvia la parte evidente, escrita en otro lugar de las leyes donde, por unas u otras razones, este derecho le es coartado de una y otra manera a determinados colectivos. Y esto por no hablar del famoso salario mínimo, recientemente retocado, pero excluyendo de su aplicación esto, lo otro y lo de más allá, y a estos efectos, quizás, pero a estos otros, ya veremos, ya regularemos, si eso… ya se informará…

Todo espitas chapuceras, pero perfectamente intencionadas, por donde se escapa todo sentido de la palabra mínimo, que de inmediato deja de significar mínimo, para que puedan seguir cobrando 700 euros los que cobraban 700, o incluso los que cobraban 800, en razón de que en el decreto 57, apartado 9, epígrafe 42, codicilo 4, del Reglamento del Ministerio de la Paz Social y Obrera, se especifica claramente que “Donde dije digo, digo Diego”, y, arreando, pedigüeños. Con lo que queda ese mínimo de 900 euros en gracioso guarismo para que los que puedan se echen con él unas risas, así como de los parados, lo cual no es fantasía, porque a algún diputado del PP se le ha visto haciendo exactamente eso, reírse de los parados en el Parlamento. Lo que no es violencia, bien se entiende.

¿Y qué viene a querer hacer Vox? Pues a pretender que el negativo, todo lo omitido, se escriba por positivo, como prohibición manifiesta y no simplemente de facto, es decir, que se dé carta de existencia legal a todo aquello que ya ocurre en el limbo de lo alegal, de lo no sancionado, de lo no escrito. Es decir, que se le niegue, por las claras, la asistencia sanitaria al inmigrante, el derecho al aborto a quien ya lo tiene, que se limite el derecho de otras confesiones a profesar sus convicciones, pero defendiendo y ensalzando solo las que proclama la confesión propia, el nacional-catolicismo, y que se conviertan el maltrato de facto (sea por machismo, sea policial o empresarial), y la expulsión sin derecho a ser oídos, el silencio administrativo, o la prevaricación, en asuntos no ya proscritos, sino prescritos por las leyes.

De ahí al paso dado por otro fascista, el presidente brasileño Bolsonaro, o por un asesino surto al poder en Indonesia, de legalizar y, en consecuencia, bendecir, por no decir recomendar, todo asesinato cometido por las fuerzas de seguridad, ¿cuántos pocos metros de camino nos pueden faltar? ¿Dónde quedan doscientos años de mejoras penales y legislativas en la gran mayoría de los países del mundo? ¿A cuál parte de la Edad Media nos proponemos regresar, votando agradecidos?

Porque… ¿en dónde diablos está escrito en nuestras leyes que la Virgen del Pilar o la Macarena o la de la Regla, deban recibir un sueldo o dádivas? En ninguna parte, no lo duden. Sin embargo, estas supercherías reciben dádivas, emolumentos y donativos, no solo de los fieles, que tienen todo el derecho a ello, sino de organismos del estado que no deberían tenerlo, pero se lo arrogan, como bien demuestra una reciente sentencia ante los gastos de un ayuntamiento con el fin de amparar a una de estas pobres Vírgenes desamparadas, que ha dictaminado, y vaya nadie a saber apoyada en qué dicha sentencia, que estos pagos fueron legales, ajustados a derecho y condenando además a pagar las costas a quien denunció tan evidente malversación.

Pues bien, de lo que se trata, es decir, positivando el negativo, es que asuntos como este queden sancionados por ley, colocando a los legisladores, tan partidariamente disciplinados ellos, en la obligación de dictar leyes aun más manifiestamente de parte de lo que ya lo hacen, es decir, quitándoles definitivamente la careta con respecto a las contradicciones que ya exhibe la legislación.

Es decir, si aquel espectáculo inverosímil de María Dolores de Cospedal con la mantilla, o el de aquellos criptofascistas, que no ministros, cantándole el himno de la legión al Cristo procesionado, resulta hoy en día no ilegal, seguramente, pero sí de insigne imbecilidad, por no llamarlo prevaricación, lo que se pretende es escribir y prescribir tal uso como legal, es decir, como conveniente y necesario, que es lo que una ley viene a decir por el hecho de serlo. Y con todo ello, al parecer, se protegerá mejor la Semana Santa, por si no se protegiera ella sola ya suficientemente, que a ver quién será el guapo que proponga quitarle los tres día de fiesta a cualquier ateo, no digamos ya a un misacantano. Del que osara semejante cosa no quedarían ni las cenizas para mearlas, incluso sin la ayuda del señor Abascal.

Por supuesto, no hay hoy legislador en sus cabales capaz de instar semejante esperpento legislativo, pero nuestra realidad –al margen de la ley o amparada por cualquiera de las infinitas excepciones de la misma– es que el esperpento ya se da por sí solo y siempre torcido en el mismo sentido, el de favorecer al viejo fascismo, como es el caso de nuestro mal llamado estado aconfesional, siempre ocupado en financiar entidades confesionales. O ese otro esperpento judicial que permite que un juez sentencie que 27 puñaladas a la cónyuge no son ensañamiento, abracadabra que también se vio pocos años atrás. Y ante esto, la solución de estos nuevos joseantonios y ramiroledesmas que nos han caído en suerte es reescribir los códigos en sentido por completo opuesto a lo que la modernidad nos ha traído, porque la modernidad no trae solamente esmarfones y redes sociales para poder lucir el palmito y maravillosos robots para perder el trabajo, sino modos de vida y libertades hace poco inimaginables y, por supuesto, radicalmente opuestos a lo que nuestro del todo vigente fascismo y nacional-catolicismo predicaron siempre y seguirán predicando.

La novedad de Vox, hoy, está en las formas y en esa especie de enmienda a la totalidad a los comportamientos de una derecha en la que el mismo Santiago Abascal ha medrado apaciblemente los últimos veinte años, en unas y otras autonomías de las que hoy reniega. Y, por cierto, bien cogido a los pechos de uno de los mayores talentos para descubrir ladrones, saqueadores de lo público y prevaricadores, que resultó ser la nunca demasiado bien ponderada doña Esperanza Aguirre.

Y lo bello, sin duda, es ver hoy cómo la derecha brega con el terrible problema de haber sido expulsada del poder por robo. Un robo instrumentado con toda suerte de triquiñuelas legales, paralegales, ilegales y todas ellas, por supuesto, semi toleradas, consuetudinarias y artificio común y sacro credo de toda una clase empresarial. Una casta, y esta vez sí que el término de verdad viene al hilo, hecha a unos usos que en Europa –eso que sigue empezando en los Pirineos– les hubiera supuesto acabar en prisión hace más de veinte años, y que decidió de últimas apelar como solución al tranquilizado y bien alimentado fascismo que dormitaba bajo sus acogedoras faldas, desde que Fraga así lo dictaminara, por cierto, con excelente criterio.

Y así, a base de alimentarlo y de llevar dos años gritando como orates ¡155, 155, 155!, despertaron al animal con su gorrilla de legionario, su ¡Viva la muerte!, su Cara al Sol, su rogativa al Apóstol Santiago para que nos guarde de todo mal y su mesa petitoria de votos para otorgarle amparo al maltratador, al ladrón, al asesino y al chulo simple o fascista estándar, es decir, a sí mismos.

En resumen, para hacer todo aquello que ya se hacía por detrás, medio a oscuras, con cuidado, con precaución para no despertar un avispero, con sigilo, con profesionalidad, con eficacia, con doblez suficiente para alimentar dudas, con negociación para repartir, con reserva y sin hacer más que el ruido imprescindible. Pero llega la bestia y se pone a dar gritos y coces, a reventar el vallado, a romper cristales y, lo peor, a quitarles el carné de apóstoles a los apóstoles de la Patria y a exigir que se ponga por las claras y que se convierta en ley lo que de siempre se venía haciendo en su respetada casa, pero sin ruido: violar a la prima o a la criada, mandarlas a Londres a abortar, pero aquí no, que es pecado, robarle del sueldo al mozo de cuadras, negarle el pan a la vieja yaya, robar a los aparceros de la finca, reventar a currar al esclavo negro, al amarillo, al verde o al blanco, porque son todos lo mismo, son esclavos y ellos se lo han buscado, y apalear al enfermo y al necesitado… En fin, lo canónico.

Así que, el niño ha salido de esa placenta nutricia, pero que no da para tantos, a grito limpio, dando patadas enloquecidas a propios y extraños y se ha presentado con cajas destempladas a cobrar la herencia, todavía en vida de sus gimoteantes y moribundos progenitores, hoy apuñalados por Ciudadanos, apuñalados por sí mismos, apuñalados por amigos y por enemigos, apuñalados por los mismos jueces que amamantaron, apuñalados por la clase empresarial a la que ayudaron a saquear sin misericordia durante cuarenta años para quedarse con las comisiones y beneficios de tanta liberalidad, y ahora apuñalados también por el hijo bienamado. –¿Tu quoque, Santi, fili mi?, que viene a llevarse el último prado, el último piso, el último dinero en B y la cartilla de ahorros, dejándoles solos con su ancianidad, su enfermedad terminal y la sede pagada en negro, que igual el día menos pensado va Podemos y se la embarga.

Y ese pobre tarugo a escala industrial, ese besugo de 700 kilos que ahora rige los desatinos mucho mejor que los destinos del PP, aun le va pidiendo cuartelillo al flechilla de la OJE hoy surto a jefe de centuria, porque le van el sueldo y las alfombras en ello, y que esta misma tarde ha conseguido un botellón de oxígeno, bueno, no, de manzanilla de Sanlúcar. Pero ya sus barones, su ejecutiva, los empresarios de cabecera, esos caudillos de taifas y esa legión de sabedores que durante cuarenta años tejieron las pacientes e infinitas telarañas de los desfalcos, de las privatizaciones innecesarias, de los desvíos de fondos, de las empresas interpuestas, de las ventas de lo público a los buitres amigos elegidos para aportar las vitales comisiones, es decir, su sustento, le piden a su advenedizo jefe que pare ya con el coqueteo, que las cosas deberán seguir haciéndose como siempre se hicieron, que el jolgorio excesivo perjudica, que la luz daña la vista y los taquígrafos los oídos, que de nunca ha prosperado quien roba haciendo ruido, que el sigilo es cosa de sabios, que el caco para robar con alguna garantía de impunidad lo último que tiene que hacer es vestirse de ladrón o contarle a los vecinos que sale a afanar, porque la vida está mu achuchá, cualquiera lo comprende.

Y así cerraremos el círculo vicioso. Aquellos salvajes de los correajes y las pistolas que se adueñaron del país a finales de los años 30 ya han tenido tiempo de enroscarse y enrocarse varias veces alrededor de sí mismos. Han cambiado las camisas azules por niquis rosas, el cinturón con la hebilla para brear a latigazos a quien fuera menester por la pulserita de cuerda con la bandera, el pistolón de enderezar obreros por las sucesivas reformas laborales, que seguramente ya cuenten en su haber con más hambrientos y más gente que no tiene para calentarse de los que consiguiera el fundador a palos y a tiros. El pelo con la gomina p’atrás joseantoniano, hoy es el pelo con la gomina p’atrás, pero sin rasurarse el cogote, sino con patricios caracolillos en el mismo, porque la vida sí cambia en algunas cosas sustanciales. Y poco más.

Fraga, que era un fascista, pero con más cabeza que puños, metió a los fascistas en la bodega con la condición de que no hicieran ruido, pero con permiso de opinar y hacer, dentro de las paredes domésticas, casi todo lo que les viniera en gana. Pero a la chita callando y cobrando con la debida discreción, y el que diera un mal paso o levantara el brazo estirado, puerta, porque si bien eso todos ellos lo hacían en la intimidad, ¡y a mucha honra!, igual que hablar catalán, eso no se podía hacer en la calle, y no porque lo prohibiera Santiago Carrillo, que le hubieran metido cuatro tiros, sino Fraga precisamente, que sabía lo que hacía mejor que nadie. Y aquello funcionó incluso con Aznar, incluso con Rajoy, que se permitió hasta darle la patada al Delfín, al ínclito Gallardón el Ambicioso, cuando sacó los pies del tiesto y se puso a quebrantar los consensos con los que unos y otros más o menos vivían tranquilos y todavía repartiéndose lo que había que repartir, que nunca fue poco.

Pero casi como aquellos desdichados judíos de los duelos y quebrantos de los sábados, estos especímenes fascistas tan nuestros, pocos, pero aguerridos, se tuvieron que comer el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual, lo LGTBI, el orgullo de Chueca, el ejército pacificando Gabón o Mali, en número de cincuenta efectivos –en lugar de con 50.000 presidiendo el Imperio en Sidi Ifni–, a Puigdemont y otras cuantas cosas así. Demasiado para cualquier desdichado fascista alimentado a base de libertades, angustiosa pitanza, incluso cobrando algunos lo que veinte cristianos trabajando. Pero el malabarismo funcionó mientras no se les vieron demasiado las hechuras y mientras el desfalco perpetuo no se convirtió en gigantesca obviedad, ya imposible de silenciar o de tapar ni siquiera plantando encima de la alfombra de la realidad un escuadrón de ballenas. Y cuando fueron los jueces, y no solo veinte millones de españoles, los que acabaron proclamando que eran una partida de ladrones, reventó el casino.

Y hoy, de los restos de la explosión de la supernova, ahí tenemos a la camada negra, renacida como ave Fénix, como siempre en esta desgraciada tierra, revestida con las versiones modernas de los mejores correajes de los años treinta y el jefe con el pistolón y el Cara al Sol como bagaje teórico. Pues como toda la vida. Casado, tú cría, cría cuervos, chaval. O círculos viciosos, appunto.

 

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com/2019/01/circulos-viciosos.html

 

¡Franco, Franco, Franco!

 

Título y texto tomados de “Blog y Magog”, de Alberto Caffaratto Ladoire. 8 de noviembre de 2018.

 

Francisco Franco lleva muerto cuarenta y tres años. Bien es cierto que unos opinarán que diez, otros que sesenta, otros que doscientos, otros que quince, otros que ni idea de quién se está hablando, pero, resumiendo y para entendernos, esa cifra de cuarenta y tres años se podría entender como una media razonable entre sabedores o siquiera medio informados, quinquenio arriba o abajo.

Sin embargo, no es cierto y no está muerto en absoluto a sus ya cerca de ciento treinta primaveras. Es más, goza de excelente salud física, mental y ética. La verdad es que simplemente decidió abandonar algunas de sus funciones, –las de menor calado– por sobrevenido exceso de catéteres, según quiso aparentar para poder retirarse a una finca funeraria de su propiedad, supongo que para despistar en lo esencial con respecto a quién seguía mandando y, además, imagino taambién, para quitarse de en medio al yerno, que era un verdadero Jack el destripador, aunque titulado. Dime con quien andas… Aunque, eso sí, reservándose orientar en todo momento el qué hacer, como Lenin, viejo colega de momificación, aunque a la larga bastante menos exitoso este último en cualquiera de sus empresas.

Y este orientar, cualquiera lo entenderá, tampoco es otra cosa más que un eufemismo. El supuesto finado manda más desde debajo de una lápida que cualquier emérito de sangre azul, en activo o futurible, incensado, coronado y aposentado en el trono a título de Rey. Y más que cualquier tío Gilito March o tía Gilita Botín bañandose en el oro de sus cámaras acorazadas, que cualquier espadón durmiendo laureadas siestas sobre una caja de granadas y, por supuesto, más que cualquiera de los más que severamente vigilados capataces que ha ido permitiendo que figuraran sucesivamente en la presidencia del banco azul. Que es exactamente eso, el banco de los bancos, donde se alterna la gobernación, unas veces del BBVA, otras del Santander. De Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas, que son plaza y calle en Madrid. Y no hay más.

Aquellos pobres psicópatas de Hitler, Stalin, Hiro-Hito, Mussolini, Mao-Tse-Tung (o Mao Zedong, como prefiera cada cual, según su nivel de mandarín), o aquel besugo de su vecino Caetano, que se dejó dar un golpe de estado por capitanes y comandantes  –algo así como un rector de universidad depuesto por bedeles–, son calificados sin duda y bastante meritoriamente como dictadores en cualquier libro serio de historia. O por lo menos, hay desalmados que así los llaman, negándoles los méritos.

Sin embargo, nuestro amado Generalísimo (apodado igual que el chino Chiang Kai-Shek, aunque miren cómo acabó el pobre, al mando de una pequeña ínsula, por no haber matado lo suficiente) concursa en toda otra categoría. La del dictador inmortal, y en esto supera a Julio César, a Alejandro Magno, a Gengis Khan o a Napoleón, que a los cuarenta años de su desaparición, sin duda, todavía daban miedo, pero un miedo retroactivo, porque ya no pintaban nada, ni siquiera pésimos paisajes o bodegones. Quedaban bien de personajes para cualquier panoplia histórica, para dar miedo a los niños, para la historia general de la infamia incluso, o para una buena escultura, es cierto; pero mandar, lo que se dice mandar, ya no mandaban nada, lo que desde luego no es el caso de nuestro General Superlativo.

Que lo dejó todo atado y bien atado y que bien lo sabía y alardeaba de ello. Y los que no lo creíamos éramos los vivos que quedábamos en su cortijo-cuartel. Infelices, incautos, desconocedores, en fin, optimistas, que es lo peor que pueden permitirse ser quienes se adornan de avisados, porque… hombre… lo de atado… ¡qué modestia! Cementado, solidificado, indestructible. Una obra de duración ajena a lo humano, de orden metafísico o cosmológico, pero además una construcción de basalto verdadero y que se manifiesta con la misma realidad que alzar un edificio, trazar una autopista o, todavía con mayor solidez y tangibilidad, en la redacción de jurisprudencias que apenas pueden diferenciarse de los que él dictaba más que por la calidad de los modernos maquillajes legales, que esos sí que han cambiado superlativamente a mejor.

Pero lo que es la chicha y el esqueleto de lo mandado y la chicha y los esqueletos de los que mandan son exactamente lo mismo y de la misma sagrada materia que él dispuso y los mismos que nos regirán por los siglos de los siglos, siendo optimistas.

Así que hoy andamos al retortero de pedirle permiso a él mismo para llevarlo a otro lugar. Y estamos los que sí y los que no, rojos de ira unos y otros por cambiarlo o no de nicho, de pudridero, de gusanera… Todos a mordiscos por un muerto que no está muerto… ¡Hay que joderse! Hoy incluso se ha sabido que hay un detenido por pretender atentar contra el presidente del gobierno –como si un presidente del gobierno español tuviera acaso vela en este entierro o desentierro–, por causa de que el guapo mozo insiste en expresar su deseo de sacar a Ello, a la Hispanidad misma reencarnada en un fajín, de su sepultura entre sus víctimas, para llevarlo a quién sabe dónde, quién sabe cuándo, y no a donde disponga, sino a donde le dejen y si es que le dejan y si es que un vulgar presidente del gobierno tiene alguna capacidad de disponer algo en España. Porque me da a mí que el General está para aguantar pocas moscas en los huevos, y ya veremos qué dispone sobre sí mismo, que es quien debe y puede. Y en eso estamos, a lo que haya de obedecerse.

Pero un tipo que prefirió enterrarse con los que asesinó –lo que no dice poco del personaje– y con los que murieron para construir su pirámide, como un vulgar faraón, y un tipo al que prácticamente lo despedazó su yerno en vida sin lograr arrancarle un ¡ay!, no es pájaro del que nos vayamos a deshacer tan fácilmente. Por eso, tengo para mí que enterrarlo en la Almudena, junto al Apóstol Santiago, con Santa Teresa, en el vientre de una ballena, en un predio de la familia (que tiene algunos), en un nicho con otro nombre, o incinerarlo, mear las cenizas y esparcirlas por un vertedero o, por el contrario, despacharlas bendecidas por el Cardenal Primado a que nos vigilen desde el espacio en un satélite Hispasat, nos va a dar exactamente lo mismo.

Porque el tipo no está muerto ni vivo, el tipo ES. Como Aleister Crowley, el embrollón y ocultista, yo soy aquel que es. Y este es Franco, es la España inmortal, la de Rinconete y Cortadillo, la de March y Gil y Gil, la de Bárcenas y la del concejal socialista que le paga las putas al empresariado con los fondos del paro, esa España en la que jamás se pone el hambre, y jamás y siempre son lo mismo y ÉL mismo. ÉL es el hilo de maravedíes, hogueras, garrotes y galeras que une al Cid con Isabel la Católica, a Cisneros con Torquemada, al Conde Duque de Olivares con Fernando VII, a Primo de Rivera con el primo de Rivera y del IBEX, que es de lo que se trata. ÉL cambia de nombre a capricho y se reencarna donde le cuadra a mayor gloria de sí mismo y como corresponde a todo buen budista, apostólico y romano. Toma nombres y especies como el personal que lo cree muerto se toma felizmente una caña o se cambia de camiseta, tacones o reloj, sin saber que el beneficio último de cada caña, de cada camiseta, de cada tacón y de cada reloj acaba en sus bolsillos, en los de los suyos y en aquellos de quienes ÉL disponga exclusivamente.

Y una mañana se llama Lesmes, y es la Ley con puntillas y el personal de rodillas, otra Rajoy, y es el Poder de abogar por Isco o por Carvajal o por ambos, otra Arrimadas, y es la Nueva Falange de todo lo viejo, otra Tejero, y es el Prototricornio, otra Cospedal, la verdad por siempre en diferido, otra Billy el Niño, el torturador de cámara –¿Aprieto más, Excelencia?–, otra Villarejo, el Primer Escucha del Reino, otra Jiménez Losantos, el bufón de Corte, otra González, hombre blanco hablar con lengua de serpiente, otra Aznar, el señor de las patas en la mesa de los gánsteres, otra Marichalar, la debilidad heráldica, otra Leonor, el futuro pasado por el pasado, otra Don Juanito, la comisionada bragueta, otra Trillo, el muñidor de todos los ordeños, otra Cifuentes, la cleptotitulada, y otra el siempre coral: –Les pido a perdón a todos, nunca volverá a suceder–.

Y no, no sucederá que se muera nunca. Así que llévenselo a donde les dé la gana o déjenlo donde está. Nos va a dar lo mismo. Gobernaba, gobierna y seguirá gobernando mientras el Pisuerga siga pasando por Valladolid. Y si no, como si pasa por Córdoba. Gobernará igualmente y sin meterse en política, como siempre hizo. Y a nuestra entera satisfacción, por añadidura.

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com/2018/11/franco-franco-franco.html

 

La caja de Pandora y el Turnitin

Con el caso Cifuentes se abrió una caja de Pandora que no atañe en absoluto al conflicto que llaman catalán, y catalán, por esa puntería ‘constitucionalista’ de anteponer el apellido materno al paterno, tampoco a las “bombas de láser de alta precisión” que les vendemos a Arabia Saudí para que puedan seguir matando con eficacia, ni siquiera al caso de la no retirada de la Reforma Laboral vigente, la Ley de la Memoria Histórica, la pensión de jubilación o la subida de impuestos a quienes pueden permitirse sobradamente ese lujo. No.

Fue la apertura de una caja de Pandora que jamás debieron abrir si no querían, y está claro que no, ¡pues menudo vía crucis les espera a muchos!, poner en tela de juicio -o énfasis en la falta de él- la educación española, y del parvulario al doctorado, último grado académico a alcanzar, como debería saberse, pero no se sabe. En el caso de la pública, desde hace casi tantos tantos años como tiene esta democracia, o mejor, nuestro sumiso demosgracias, racaneando y repartiendo momios y canonjías entre mediocres desvergonzados, en el de la privada, engrosando, con lo que se le fue racaneando a la anterior, las arcas de la insaciable y criminal iglesia católica. De modo que, estas alturas del funeral, el producto de la una y de la otra se traduce en millones de españoles que se pasean con el culo al aire sin saberlo, aunque, en general, no se le dé mayor importancia -¡tampoco es para tanto!-, a no ser que se trate de un representante político significado, un locuaz titular universitario que adora chupar cámara, el representante de una empresa de radio y televisión similar a un puesto de pescado al por menor, un tertuliano diplomado en todo, un comecirios al servicio de una secta de las de alabar a cualquier dios de los que hacen exclamar ¡quegüén dios! ¡quegüén dios!, días antes de que se nos denuncie y enchirone. Para ponerles las braguitas que exige el pudor y la decencia a cualquiera de todos estos es demasiado tarde, quien podría dudarlo, si la ignorancia bien alimentada produce una soberbia tan monstruosa como hilarante. Así que, que les vayan pasando un programilla de software de los que pasan los profes vagos a sus alumnos, el prestigioso Turnitin, por ejemplo, aunque para qué, me digo, si basta con escucharlos y verlos cinco minutos para caer en el nivelazo, no ya de su tesina o de su tesis, de la lista de la compra o de la apasionada carta dirigida al amante tal como las sospechamos después del experimento.

Y por si no había bastantes sans-culottes intelectuales, parió la prensa, cualquier medio de incomunicación, y salió a la palestra el engendro a abundar en lo que ya sabíamos también, que una gran mayoría de periodistas son incapaces de distinguir un “sino” de un “si no”, un “porque” de un “porqué” o de un “por que”, un “debe de estar”, al margen de toda duda, de un “debe estar” sin obligación, los dos últimos errorcillos, el del porque y el del debe, si no del todo achacables o jaleados por la RAE, con todas sus bendiciones marca España, pero tan capacitados que se les supone para denunciar qué máster o qué doctorado del comicastro de turno se hizo, no se hizo, se regaló con un lazo azul cielo, se medio copió, se plagió, carece o va sobrado de citas y de referencias, de bibliografía aceptable o comme ci, comme ça, de exceso o de ausencia de comillas… Y es ahí donde se produce la más intensa relación social: la estulticia nata se cruza con la adquirida con esfuerzo, la más crasa de las ignorancias se codea con la desfachatez, la pedantería le sonríe a la desvergüenza y el delito, se saludan, se sonríen, se guiñan el ojo con complicidad, confundiendo alegremente unos y otros el quién con el qué y el ser con el estar.

Cuando quien ande meridianamente enterado de qué debe ser una tesis doctoral, un articulo científico o el máster de los amores de todos, lee cosas como esta: «El colmo del absurdo se alcanza cuando se acusa al presidente del Gobierno de “autoplagio” por usar parte de un artículo suyo publicado previamente junto con otro autor –¿se puede uno robar una idea a sí mismo?–» (?!), todo al margen de la intención de esas líneas por parte del director de un diario digital de los más presentables, probablemente se dirá para sus entresijos, allí donde esconde su más caro sueño de adolescente: ¿Y por qué no aprovechará nuestro Presidente para hacer un conmovedor discurso ciceroniano -televisado, por favor- que incluya examen de conciencia, contrición de corazón y propósito de la enmienda sobre el estado de la educación en un país donde, incluso durante la dictadura y mal que nos pese, con todo, había profesores, institutos y universidades públicas que le daban sopas con honda a lo actual, entendiendo por actual el resultado agónico final de un largo proceso de degradación educativa que quizá comenzó ya a finales de los ochenta y que condujo a todas estas desfeitas que estamos viendo con lágrimas en los ojos, el copieteo, el refrito, el plagio, el encargo al negro, la estafa, todo ello pecatta minuta dentro del  inabarcable y abrasador desierto educativo, como tiene que saber por fuerza cualquier profesor auténtico de los que vayan quedando, si es que quedan? ¡Ay de ellos!

En otro de los artículos sobre el mismo asunto, El Diario de Escolar aún abundaba: «En el mundo académico, los expertos señalan que la utilización de material propio es normal (?) y en ningún caso puede considerarse plagio, aunque (?) recomiendan citarse (?) aunque (?) sea a uno mismo. El entorno del presidente (?) califica como “absurda” esta acusación (!)» (los interrogantes y los pasmos anteriores, todos míos) Ganas de marear la perdiz, caso de que hubiera perdiz, porque la autocita no es buena ni mala, existe; así que, en efecto, se cita el artículo o lo que sea menester, la página, fecha de publicación y demás, y listo. Pero hacer un corta pega de textos de uno mismo para engordar el trabajo es más propio de un alumno de 4º de la ESO o de 1º de Bachiller que sabe que su profesor es un vago. Y conste que los hay para dar y tomar. ¿Y qué me dicen del asuntito de validar y valorar una tesis doctoral un comparador informático, un programilla de software ad hoc, una especie de oráculo de Delfos? Pues dicen que todo el mundo está jugando a lo mismo y que incluso se han abandonado vicios inconfesables para dedicarse a ello en exclusiva y con fruición.

Hasta un reputado catedrático de Derecho Constitucional, Javier Pérez Royo, escribía en su último artículo, “Tesis, másteres y doctorandos”: «La ceremonia de la confusión que se ha puesto en circulación no resiste el más mínimo análisis. Pero en estos tiempos de posverdad trumpista nunca se sabe el recorrido que puede acabar teniendo». Ciertísimo, que es por lo que ya hace tiempo que no dejo escapar ninguno de sus escritos. Pero también justo por eso me dio tanta rabia que hubiera olvidado el profesor mencionar a Carmen Montón, como que haya escrito sobre el doctorado de Sánchez: «Es una tesis más de las miles que se leen en la universidad española». ¡La catástrofe que están produciendo los malos usos de la prensa, vean, en quienes la leemos diariamente! Porque todos sabemos sobradamente que “miles” es masculino y que, por lo tanto, el artículo que lo precede debe concordar con él: “los miles” de tesis, nunca “las miles” de tesis, pero, como leemos prácticamente todos los días y en todo medio “las miles de personas”, pasa lo que pasa… ¿Será tan difícil licenciar a periodistas con el nivel ortográfico, léxico y sintáctico de un, pongamos, bachiller elemental de los años cincuenta, sesenta, setenta incluso?

Bernardo Vergara, viñetista que dibuja para eldiario.es, debe de ser de los pocos que entendió perfecto de qué no estamos hablando y convendría hablar. Y es que ya solo los viñetistas, o los historietistas como los llama Vergara, un hombre que parece no ser ni licenciado, escriben editoriales. ¿Qué títulos académicos tendrá Vergara? Ni idea, pero dormiría más tranquila con un hombre como él al frente del gobierno, palabra.

Debajo, una tesis doctoral como una casa que nos coge por las solapas y nos vapulea para iluminarnos definitivamente: ¿Le ha pasado alguien el Turnitin a los diez mandamientos? ¿Y qué? Vaya, hombre, qué listo, pero yo me refiero a su originalidad y valía en la fecha en la que Moisés mostró sus tablas más ancho que Casado sus lo que sea que haya sido.

En este país, la educación es una asignatura pendiente desde que fue fundado, con la particularidad de que debe de ser la más importante de todas las asignaturas de las que se tenga noticia. ¿O no?

https://www.eldiario.es/vinetas/Biblia_10_815168476.html

Días de rosas, risas y caviar.

 

De «Barbarie sostenible. O la inyección de la piedra de la locura»  Alberto Caffaratto Ladoire  (Madrid, 1954).

Gobernantes absolutos (rueda de prensa)

El Virrey Don Francisco Camps, Nuestro Señor, ante el atril de caoba y pedrería en el porche del palacio virreinal, frente al pensil de los naranjos de Babilonia, responde a las preguntas de los periodistas acreditados en València del Tigris.

(Sigue a continuación su traducción del acadio con las inevitables imprecisiones, responsabilidad única de este lego al que sabrán, espero, disculpar):

¿Cree Su Benevolencia que su partido haya tenido alguna responsabilidad en este asunto?–
–No, en absoluto–

¿Albergaba Su Serenidad un conocimiento previo de los hechos?–
–Absolutamente no–

¿Conocía Su Totalidad la implicación de los imputados?–
–La desconocía en absoluto–

¿Contempla Nuestro Benefactor renunciar al cargo por este asunto?–
–Lo descarto absolutamente–.

Y tras prodigar secamente otra media docena de desmentidos absolutos y dando el Virrey por concluido el turno de preguntas con un gesto declinatorio de su augusta mano, se dirige hacia el pórtico. Al perentorio chasquido de los látigos se retiran los informadores, prosternándose y reculando.

El Ungido regresa a palacio. Le aguardan los mostradores de paños de Flandes, los cortadores de tejidos de Albión, los maestros de aguja de Lutecia, los teñidores de púrpura del País de los Cedros, los caligarii venidos ex profeso de Etruria, los talabarteros de Córdoba, el odontólogo esmaltador más afamado de Viena, su tintor personal de las sienes – ¡Ay, ese manazas otra vez, qué servidumbres impone la cabeza, Dios mío!–, y una delegación numerosa, arribada recién, de los más reputados pulidores de espejos que pudieron reclutarse en Zelandia.

Responsabilidades, siempre responsabilidades… Pero, ¿es que se le pueden pedir responsabilidades a una efigie como esta mía?-, pregunta irritado al Visir que se precipita a atusarle el puño de la camisa donde le baila un gemelo mal apuntado que ni él mismo, ¡inconcebiblemente!, había advertido.

–Y encima esto… En qué estaré, y a saber si no habrá salido descolocado en las fotos, Ricardo, ¡qué espanto, que ya vislumbro las befas! ¡Qué desesperación la política, las insidias, la insumisión, la ingratitud, las conjuras…!–.

Será una jornada agotadora y bien lo sabe el incomprendido Virrey que dolorido y cansado se asoma a un espejo y extiende silencioso la mano esperando el peine de carey que ya le tiende solícito el Protoeunuco Mayor, Prepósito de Peines y Bigudíes.

O bastante mejor resumido y enlazando, además: más alto sube el mono y más enseña el culo (Miguel de Montaigne).

De ratas como gatos, ratones, ratoncitos, murciélagos y pájaros de mucha cuenta.

 

Una breve sugerencia, quizá más bien consideración, que le hacía días atrás a un buen amigo, gente selecta, provocó una de esas respuestas templadas y comedidas que, no por habituales o esperables de algunos de los míos, me dejó con la boca menos abierta. Así que, como suele ocurrirme, en lugar de ponerme a refunfuñar como la abuela que soy o de pedir por teléfono cita a mi psiquiatra, un tipo al que pago generosamente para que se mantenga con la boca cerrada mientras me escucha, me vine a este rincón de las catarsis a descargar un peso considerable, para después seguir yendo a mis asuntos ligera de equipaje. Las líneas que siguen son, pues, la pesada carga que dejo aquí, aunque eso lo he sabido ahora, tras haber puesto el punto final, y claro, tratan el mismo asuntito que mi amigo despachó bondadosa, condescendiente y sabiamente.

Hay un país, de cuyo nombre cargado de espaldas me acuerdo en exceso, cuyas gentes, tras fenecer el personaje principal de una historia que duró cuarenta años, esperaron ver prodigios jamás vistos. Pero he aquí que todo cuanto llegó y se mantuvo durante otros cuarenta años fue una insubstancial aunque brutal secuela de más de lo mismo, y ello, porque parece que es más seguro mantener elementos de una obra de éxito, que correr el riesgo de aventurarse con historias y personajes originales. No puedo saberlo, pero el producto de ese parto de los montes, en efecto, R., me sigue pareciendo ratón –parturiunt montes, nascetur ridiculus mus-, como me parecieron poco más que noctívagos murciélagos –mures caeci- los millones de cómplices de todo pelaje en engendrar y alumbrar a tan mísero ratón. Consta que estos animalitos, los murciélagos, al menos los de este cuento, utilizan su envidiada capacidad de ecolocalización para, si no más, escapar de la luz cuando vuelan a satisfacer sus más obscuros y pequeños y mezquinos y hasta hilarantes objetos del deseo, o a colaborar en la satisfacción de lo que ansían sus amos, enormes, asquerosas e insaciables ratas de alcantarilla, ratas como gatos.

Esa capacidad de orientarse en la obscuridad la fueron adquiriendo con tesón a lo largo de varios siglos de carencias varias y aprendizaje por el método heurístico de ensayo y error. Y aunque los más creen que estos ratones son ciegos, ven, ¡vaya que sí ven!, y por mucho que finjan que no o finjan creerlos otros muchos ratones y ratitas. Porque, dicho en román, a tal punto lo suyo es complicidad extrema y admiración por la gente hábil en buscarse la vida a costa de la de los demás, que han llegado a mirar con apego a los más inhumanos buscones y gánsteres que salen a diario en la portada de todos los medios independientes. Independientes de la realidad y de la verdad, naturalmente, de las que huyen despavoridos o a las que se encaran solo para disfrazarlas. Así, El Paísito, aquel periódico que nos contaba lo bien que iba transcurriendo cada instante de la transición, desde los cuarenta años de hierro a los siguientes cuarenta -también de hierro, pero estos, en papel couché– y los milagros que se producían prácticamente a diario por arte de birlibirloque, y todo contado con aquel acierto de haberse decantado sus periodistas por el poscastellano, viejo dialecto a pesar del nombre que les permitió aciertos léxicos del tamaño de, por ejemplo, haber denominado transición a las más vulgar de las transacciones; al fin y al cabo, la forjaron exjerarcas franquistas romos con unos cuantos advenedizos con suerte, unos y otros, de los que sabían transigir, no exactamente, a no ser transigir en la acepción de ajustar las partes dudosas y problemáticas que se les iban presentando en componenda a repartir como buenos hermanos en el arte de la sinvergonzonería. Nada por aquí, nada por allí, decían ellos, leíamos nosotros.

A día de hoy, los hechos, tercos que tercos, obligan de cuando en cuando a que el actual caudillo, tal que aquel a quien, a saber por qué a estas alturas de la desmemoria, llaman de infausta memoria, cuando da en considerar que alguno de los suyos debe caer, va y lo empuja por el método de enviar, como enviaba su predecesor, carta por lúgubre y mudo mensajero que tal vez descienda de aquel mismo, quizá hijo, quizá nieto, hija o nieta, que ya vamos por el dos mil largo y se sabe que, al parecer, las mujeres valemos casi tanto como los varones. Esta mensajera, muda y cabalgando con la orden hecha verbo del patrón: «¡La quiero fuera antes de las 12» y con regreso puntual para oírle decir aún: “¡Espero que esto no vuelva a ocurrir nunca!”, remedo de las palabras exculpatorias de un rey emérito, estas otras en el tono descafeinado de un registrador de la propiedad hecho presidente de una comunidad de vecinos. ¿Ocurrir qué, mi señor? ¡Que vuelvan a sorprender a alguien de Casa Nostra afanando una baratija en un hipermercado de Puente Vallecas. ¡Piojosa! ¡Choni! ¡Venezolana! ¡Mangante! ¡Comunista! ¡Gentuza! ¡Etarra! ¡Perraflauta!, este ‘perra’ contagiado de la lengua desenvuelta de valerosas portavozas políticas. Las bandadas de murciélagos de todo tamaño revolotearon alegres entonces y hasta los que carecían de la más mínima formación política y cuyos habituales comentarios sobre los sobresalientes saqueos cum laude de los poderosos gánsteres apenas solían exceder el consolador “todos roban”, pelillos a la mar, se mostraron escandalizados de que nada menos que la presidenta de otra comunidad de vecinos hubiera afanado dos tarros de crema baratos, tal que hacían ellos mismos. ¡Jesusito, qué falta de estilo! ¡No sé dónde vamos a parar!

Pero solo hay jarana colectiva, jarana de verdad, de la que se manifiesta, bien en forma de bullicioso jolgorio, bien de pendencia fanfarrona, en torno a ciertos asuntos y hechos. Como la que se produjo cuando unos jueces colmaron su paciencia solo por no haber sabido ajustar una ley a un caso concreto, dicen que de violación, materia esta de las que entienden murciélagos de todo tamaño y color, negro, café, gris, rojizo, amarillo, azulado, blanco a manchas negras o viceversa, sin pelo… O la que provocó el magistrado que se puso al mando de los ejércitos del celebérrimo estribillo «¡A por ellos, oe!», esta vez colmándolos de satisfacción por haber ajustado lo que no decía la ley a los no delitos de ciertos rebeldes catalanes, con éxito total, pues no, pero casi, casi, de no haberse interpuesto la jurisprudencia del pérfido pueblo burgundio. Que no por españolista o no independentista habrá dejado de ver nadie a qué filigranas mentales se entregó tan obstinado como leal juez para lograr fundamentar la violación de una Constitución y quizá, quién sabe, si hasta con pecaminoso placer y un poco bastante en sentido contrario a cómo la fundamentaron otros, la no violación, a base de una especie de aplicación literal de la ley, para hurtarles, esta vez, sí, que se hubiera consumado violación a grito abierto, y por más que hubiera habido intimación y violencia por parte de un grupo de desvalidos muchachos, entre ellos, un pobre guardia incivil y un soldadito raso. ¡Uf, qué lío de jueces, leyes, violaciones, presos catalanes, españoles, milicos inocentes y jaranas, rediós!

Y hablando de inciviles, qué decir de la jueza íntima de la motorista Cospedal y casada con uno de ellos, condecorada por la Benemérita y recusada por ser juez y parte, pero ¡con recusación que se deniega, señorías! Qué jarana no podrán celebrar murciélagos rojigualdas, azules  y anaranjados esta vez, al considerar que los acusados pueden comerse una pena de entre doce y sesenta y dos años de cárcel y aunque no fuera sino la de entre los seis y medio y diecisiete, generosa alternativa ofertada por el fiscal si la Sala concluye que, ¡ole y ole!, no hubo terrorismo. Los pelos de punta se nos ponen a algunos. Una cosa, vaya, tipo a falta de ETA, échale ETA, que entretiene y ya no mata como mataba, hoy los que nos matan son otros.

¡Ah, y ese otro caudillito de tan baja autoestima que está llegando pasito a pasito para lo que haga falta -estos son mis principios y si no le gustan tengo otros-, v.gr., para seguir manteniendo el tinglado del espectáculo de la vieja farsa! Lo peor del cuento es que este pueblo de ratones y murciélagos ama el espectáculo, cualquiera, y al margen de su bondad, naturaleza, origen, fines, etc., el caso es que haiga fiesta en la tele, en el estadio, en la carretera, en la terraza de las birras, en las plazas, en el botellón. Calculen qué porcentaje de ratitas insatisfechas sabe realmente quién es y qué quiere o se lleva las manos a la cabeza al ver al filofascista siempre un paso por delante del caudillo actual, varios pasos por detrás de los cientos de miles, tal vez millones, que gritan, seguirán gritando “no era això, companys, no era això pel que varen morir tantes flors, pel que vàrem plorar tants anhels“.

Si muchos no saben qué significó, pero ni para ellos mismos, haber aupado a caudillo al de la Gürtel, haber creído a otros tipo Pedro, el maniquí traidor a sus propias palabras, y a pesar del tiempo que lleva la gente de uno y de otro en el poder, qué no podrán ignorar de este otro, el cuñado Riverita, más que españolista, falangista, excepto los más ultraderecha, los más filofascistas, los más ciegos con vista. Probablemente, contaremos una gracia más en nuestra historia, de darse el caso de que empujen tanto que alcance el poder. «Allí gastaban bromas como decirle a un pastor que subiera a tender la ropa a unos cables de alta tensión (“cuando bajó, parecía la ceniza de un puro”), o ponerle un barreno de dinamita al maestro del pueblo bajo la nuca mientras estaba durmiendo la siesta. La viuda del maestro protestaba y le respondían más o menos lo mismo que los mozos de Tordesillas a los ecologistas: “Señora, si no sabe aguantar bromas, váyase del pueblo”. La actitud natural de la población española la resume el padre del ingenuo pastor que recibió treinta mil voltios: “Me habéis matado al hijo, pero… y lo que me he reído”». (“Fiestas muy de pueblo”, David Torres. «Público», 3 de mayo, 2018).

https://www.youtube.com/watch?v=3Qov7cLxXHY

Y aquí, murciélagos y murciélagas revoloteando en torno a un gallego de ojos azules curtido en mil batallas a pesar de su juventud. «Todo va deteriorándose, falta de valores, en todos los aspectos de la vida…y de la ciudadanía», dice una murciélaga, no, en este caso, una pájara de cuenta.

http://www.lasexta.com/programas/el-intermedio/gonzo/a-quien-votaran-los-madrilenos-en-las-proximas-elecciones-la-comunidad-de-madrid-esta-podrida-el-pp-tiene-que-irse_201805025aea226b0cf2272640f45640.html

«Fascismo»

Título y texto tomados de “Blog y Magog”, de Alberto Caffaratto Ladoire. 7 de enero de 2018.

 

De ciertos olvidos, no mediando enfermedad, podría decirse que se tratara de acontecimientos harto útiles para adquirir inmunidad frente a la vergüenza, y ser inmune a la vergüenza es seguramente el ultimo paso de la destrucción de la persona en su camino de regreso a la animalidad. Y este esfuerzo del regreso a la bestia, apartando lo humano, es el aspecto que mejor caracteriza al fascismo. Incluso existen excelentes fotografías al respecto, tengo entendido.

Pero del fascismo, poco o nada sabemos en España, nos limitamos a vivir dentro de él con tal naturalidad, desparpajo y relajación que vendría a sernos como el agua para el pez, el medio en el que este no es consciente que vive y en el que medra sin cuestionarse absolutamente nada, porque lo característico de los peces es precisamente eso, no preguntarse ni preguntar.

Hablo, se comprende, del olvido político y del olvido ético que permiten su persistencia, y de la pésima costumbre del perdón cuando éste se otorga a quien no lo merece y a quien ni tan siquiera lo ha solicitado, por tratarse de un asesino, un cómplice o un beneficiario de asesinato, que además se enorgullece de ello.

Por lo tanto, la afamada locución “ni olvido, ni perdón” con la que cualquier demócrata de última hora, o incluso de viejo cuño, comenta sus sentimientos políticos o emocionales hacia cualquier antiguo etarra, terrorista islámico, violador, pederasta, asesino de su hija o esposa o, simplemente, independentista catalán, parece, sin embargo –y precisamente por la inconsciencia o el completo desconocimiento sobre este medio en el que nos desenvolvemos– que reza a la inversa con respecto a nuestros pertinaces fascistas locales, a los que, en cambio, sí se les perdona todo y siempre. Y de corazón, al parecer.

Y del olvido, ¿qué? ¿Olvido? De olvido, nada. ¿Por qué habría que olvidar a quienes hicieron y hacen el bien? El bien, por ejemplo, de abonar cunetas, gracias a ellos cuajadas de delicadas flores de huesa.

Pero, en realidad, la situación es todavía más asombrosa, es que ni siquiera se siente la necesidad de perdonar nada, por la sencilla razón de que se carece de conciencia sobre lo que todavía son ideológicamente tantos y, en consecuencia, difícil resulta perdonar a quien se desconoce que fue, es y sigue siendo un fascista en activo o un protector interesado de los mismos y de su memoria.

Llegados aquí, dirán naturalmente que… exageraciones mías, resentimiento, actitud vengativa. Pues será todo ello, pero… ayer por la mañana, día de Reyes, el periódico El Mundo, ese viejo trasto amplificador y distorsionador de acontecimientos, pero tan viejo que se le ha fundido un canal y ya solo suena por el altavoz derecho–, en artículo firmado por Consuelo Font y de título: A los hijos de Carmen Franco les supo a poco la llamada de la reina Sofía, recriminaba, nada sutilmente, sino por las claras, el “feo gesto” de la familia real de no acudir a besar la mano y dar el pésame a los herederos del dictador, cuya nonagenaria hija fallecía días atrás.

Es decir, el autoproclamado órgano de la “libertad periodística” le recrimina a nuestra hoy sacralizada y constitucional monarquía que no acuda a agradecer los favores recibidos por el dictador y, es más, le agradece a la reina emérita que ella sí, ¡laus Deo!, haya tenido el hermoso detalle de coger el teléfono y llamar a la señora Carmen Rossi para presentarle sus condolencias.

Y, no es por nada, pero coger el teléfono y llamar a una amiga (así la califica el periódico), sea quien sea, para darle el pésame por la muerte de su madre, no seré yo quien afirme que sea un acto de malnacidos, sino todo lo contrario, pero querer convertir ese comportamiento íntimo, legítimo y desde luego humano, como hace El Mundo, en acto político y, además, de necesario cumplimiento (¿y por qué?) y con la deseable presencia de luz y taquígrafos, ¿qué vendría a querer significar exactamente?

Porque lo edificante, entonces, habría que entender que no puede ser otra cosa que el que cualquier miembro o “miembra” de las dobles parejas de reyes y reinas que tenemos actualmente en uso y servicio, debe dirigirse ipso facto, el próximo día 11 de Enero, al funeral de la hija del dictador y presentar allí sus respetos a los herederos, descendientes y beneficiarios del viejo asesino.

Es decir, viene a pedir o a sugerir el periódico, más o menos en nombre de la familia Franco, que es de quien se afirma que está muy dolida –pobres–, que el Rey de España o, en su defecto, un personaje de importancia de la familia real, acuda al funeral de la hija del dictador. Algo que, irremediablemente, como todo acto de la familia real, solo podría interpretarse como acto en representación de los españoles. Que, por serlo, pues eso es lo que se entiende, debemos por lo tanto seguir dándole las gracias al dictador, en este caso, por traernos la monarquía. ¡Átenme esa mosca por el rabo!

Cosa que me lleva a preguntarme sobre qué se habrán bebido en la Avenida de San Luis estas Navidades, para poder escribir de ciertas cosas con semejante cuajo. Porque de hacer la Corona aquello a lo que casi parece que se le insta en el artículo, entonces, lo de verdad destacable para la prensa rosa, la salmón, la blanca, la cuché, la azul, la amarilla y hasta para los blogueros, tuiteros y demás carne de cañón, sería precisamente el poder referir quién doblaba la cerviz ante quién y quién cumplimentaba mejor y más florido en tan justo, necesario y “político” acto. Apasionante foto que no veremos, por desgracia. O, bueno, igual sí la vemos, porque aquí nunca se sabe…

Es decir que, según El Mundo, ni siquiera se trataría ya de promover el prestigiado olvido y perdón, sino de NO olvidar sin más y, además, acudir a dar las gracias porque nada hay que perdonar, obviamente, sino todo lo contrario, porque lo que hay que hacer es acercarse a agradecer y expresar clara y públicamente ese agradecimiento. Agradecer el fino detalle de rescatar a la familia real del exilio y reaposentarla en el trono, manu militari, manu dictatori.

Cuarenta años de tratar en todas y por todas las instancias de hacer olvidar –con gran éxito, sin duda– que la monarquía fue reinstaurada a capón por expresa decision unilateral de la dictadura, para ahora sugerirle que se ponga a dar las gracias en público a los nietos del dictador. Es decir, instarla a enseñar las vergüenzas y, encima, a considerar y dejar ver que se considera a esos nietos y deudos como si fueran alguien o algo de alguna importancia, hoy, en este país, y no como los ultimos descendientes de un periodo que a todos convendría, esta vez sí, olvidar y dar por finalizado. Y a omitir, de paso, el recuerdo de que esas personas son los últimos y polémicos tenedores de parte de los frutos de la rapiña, tenencia que inverosímilmente todavía les resulta posible porque las leyes así lo consienten.

Sin duda, no fue pequeño el favor de Franco a los Borbones, pero, desde luego, no acabará figurando en los tratados de ética, ni en los de épica, vengo a creer, porque eso, ni las largas manos de Cebrián, del IBEX, de González o de Aznar están en condiciones de conseguirlo. Que una cosa es ponerle un bozal a una editorial, a un periódico o a un historiador local, o a cien, y otra poder hacerlo con uno británico, en definitiva, los que de verdad entienden de España y los que, de siempre, han escrito su historia, la que queda, la cierta y verdadera.

Esto al margen, el que la señora Font, jugando al equívoco de si lo hace con palabras propias o atribuyéndose la portavocía de la molestia familiar de los Franco, venga a decirle al monarca o a la institución monárquica que está muy, pero que muy feo ignorar a la sagrada familia del viejo dictador, no será fascismo ni apología del mismo, que va, ni tan siquiera imbecilidad, atavismo o ceguera histórica, ética y moral. No, en absoluto, solo serán figuraciones mías… Así que paso a otra cosa, perdón, a la misma.

Por lo tanto, y hablando de fascismo, la izquierda, desde aquella su privilegiada posición metida debajo de la mesa de la transición, donde la cosieron a puntapiés, proclama hoy todo el mundo a coro que lo derrotó muy educadamente, no combatiéndolo, que hubiera sido una grosería, sino perdonándolo, que la absolución siempre es acto de grandeza, particularmente de grandeza de España y con Laureada de San Fernando. De manera que así sí… y felizmente, el fascismo desapareció de España sin más (y esto, de haberlo habido alguna vez). Y… colorín, colorado.

Por todas estas razones, ese fascio lictorio que todavía figura hoy –sí, hoy, cualquiera puede comprobarlo–, nada menos que en el escudo de la Guardia Civil, no puede ser un fascio lictorio en absoluto… Así que solo se limitará a parecerlo, puesto que, como ya no hay fascismo en España, ni tan siquiera en los símbolos, ni tan siquiera en los nombres de las calles, ese símbolo no lo es, no puede serlo y debe de ser un símbolo a modo de simulación, o de remuneración en diferido… o un simple trampantojo. Porque, en efecto, es un símbolo de unidad, ¡menos mal!, según cumplidamente aclara la página web de la Benemérita, para sosiego de los que todavía pudiéramos no tenerlo del todo claro.

Y el que tan simpático “logotipo” lo impusiera Ramón Serrano Suñer, el cuñadísimo del dictador, a principios del año 1943, sustituyendo al de los dos fusiles cruzados, que era el de la Casa de toda la vida, justo en los meses en que la Wehrmacht había ya ocupado media Rusia y parecía ya inevitable vencedora de la II Guerra Mundial, no será sino otra casualidad histórica más, carente de cualquier intencionalidad, me queda bien claro.

Como será casualidad asimismo el que no se haya sustituido en estos últimos 42 años. ¿Quién Diablos en el poder tuvo nunca tiempo para ocuparse de semejantes detalles y nimiedades? ¿Y a quién podría importarle, y menos a curtidos próceres socialistas que apenas gobernaron un cuarto de siglo, que el símbolo de la Guardia Civil, esa maximarca de la marca España, siga siendo ese mismo símbolo que Benito Mussolini impuso a los integrantes de su partido, allá por 1920, y cuyo haz con el hacha bien apretada dentro, el de las legiones romanas, es decir, en italiano, il fascio littorio, haya dado nombre nada menos que a esa bagatela histórica a la que conocemos por fascismo?

Aunque, perdón de nuevo, porque ese fascismo aquí nunca lo conocimos, por supuesto. Porque sólo lo conocieron en el extranjero. Aquí solo vimos fotos, si bien bastantes desagradables, es cierto. De ahí que tampoco nos preocupara nunca gran cosa. Será por eso.

Y de poco me sirve de excusa que ese viejo fascio lictorio campee en los escudos de no pocas instituciones a lo largo y ancho del mundo. En primer lugar, en muchas de ellas ya figuraba antes de que el fascismo lo convirtiera en símbolo maldito, así como también, históricamente, existen esvásticas por medio mundo desde mucho antes de que la misma llegara a significar lo que significó, pero desde luego estoy bien seguro de que, hoy, no podría ocurrírsele al estado italiano colocar el fascio como insignia de una de sus policías, ni al alemán la esvástica como emblema de sus fuerzas armadas.

Es inimaginable que esto pudiera ocurrir hoy en ningún país de nuestro entorno, sin embargo, aquí, no solo no se cambia la insignia, dando así satisfacción a quienes desean que permanezca un inapelable símbolo del fascismo, sino que, para satisfacer a la parte contraria, se dice llanamente que ese símbolo no simboliza ya lo que antaño significaba para quien lo instauró, un estado fascista, y se le cambia el sentido y el significado declarando tranquilamente semejante simpleza en la página web. Es decir, ruedas de molino y el trágala enésimo, algo así como si hubiera una solemne declaración institucional afirmando que, desde el día de la fecha, por decreto-ley, “hijo de puta” deja de significar hijo de puta y que, por lo tanto, nadie puede ya sentirse ofendido ni alarmado por el uso de tal locución. Así solucionamos aquí las cosas. Un poste de agarrotar no es un poste de agarrotar, sino un palo con un tornillo sinfín, una manivela, un collarín y un cómodo asiento, pura mecánica recreativa. –Pasen, pasen todos a verlo, es un viejo cacharro arrumbado y del todo inofensivo…

En resumen, y por suerte, conocido o desconocido por el común, y lo haya habido o no –que vaya nadie a saber–, el fascismo en España ya está derrotado y bien derrotado, según afirman los que entienden de ello. Incluso a pesar de que ni siquiera el PSOE, en veinticinco años de gobierno, no encontrara tiempo para suprimir esa insignia infamante para sustituirla por whatever. Porque exactamente cualquier cosa hubiera valido para cambiar aquello, incluso un monigote de Mariscal o un churro… perdón, una ensaimada de Mirò, o hasta una paloma de Picasso, que cualquiera de ellos adornaría más que decentemente el cetme, el tricornio y el uniforme. Eso o cualquier otra cosa mejor que esa vergüenza que siguen teniendo que exhibir obligatoriamente y que muchos no sabrán ni lo que es ni lo que representa, y todo ello a exclusivo beneficio ideológico de aquellos fascistas que impusieron su uso hace tres generaciones y que, sobra decirlo, ni seguimos teniendo al mando ni jamás lo estuvieron.

Y, por lo tanto, tampoco la ley Corcuera, aquella de la patada en la puerta, que vino a consagrar lo que de siempre venía ocurriendo en la realidad ya desde Chindasvinto, para convertirlo en razonado acto de ley, aunque hoy casi a añorar, una vez sustituida ventajosamente por la ley Mordaza, que añade la obligación del bozal a lo anterior; ni los recién advenidos a la reestrenada categoría de presos políticos, ni el trato a los inmigrantes, ni el apaleamiento de los votantes catalanes, abuelas incluidas, ni ese suspenso general que nos otorgó ayer la Comunidad Europea en la lucha contra la corrupción (incumpliendo apenas once puntos de sus directivas, sobre once en total) pueden derivar de aspectos o actitudes procedentes del fascismo. No, pues de ninguna manera puede derivarse nada de algo que no existe ni existió, así que no seran más que visiones mías, me temo. Simples alucinaciones. El fascismo no existe hoy ni nunca existió en España, y ya está.

Ciertos comportamientos solo serán cosa del clima, de nuestra peculiar idiosincrasia o simple designio del Altísimo y de la Virgen del Pilar, que no quiere ser francesa, y que siempre se han ocupado muy especialmente de nosotros. Pero fascismo no lo es, seguro. Lo he meditado mucho escribiendo estas líneas y ahora sé que puedo descartarlo por completo. No saben qué alivio.

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