Sobre mí

Hasta donde puedo recordar, el lenguaje directo nunca me bastó para decir ciertas cosas, o las más de ellas, preciso del apoyo de la más leve de las burlas, la ironía, aunque siempre aspiro al humor, el terreno donde me siento segura para decir que sí, que no, o que ya veremos, mi amor. Y me siento más segura porque, desde la óptica del humor, mucho más que una herramienta, podemos hablar en serio sin caer en el horror de la solemnidad, y también conocer la altura a la que es capaz de volar aquel con quien uno aspira a comunicarse, su naturaleza, su experiencia y su madurez, su bonhomía. En suma, el humor es una posición ante la vida y quizá la única en la que me encuentro del todo cómoda, pero no me explayaré más respecto a algo que conocen muy bien, no solo los humoristas de oficio, escritores y más, sino todos cuantos, como yo, lo son sin más y para casi todo. Debajo de estas líneas, hay alguna breve consideración extraída de “El humor en la literatura española”, de Wenceslao Fernández Flórez, su discurso de entrada en la RAE, por elegir a uno de los más entrañables de entre tantos que hubo, no solo por gallego, pues, y con más frecuencia fuera de este país, que dentro de él. En ellos, o de su mano, aprendí a leer.

«El humor puede no ser solemne, pero es serio». «Es sencillamente, una posición ante la vida… Cuando ni gemimos ni nos encolerizamos ante lo que nos disgusta, no queda más que una actitud: la de la burla. Es esta una posición desde la que no deseamos matar al adversario, sino, en todo caso, hacer que se suicide; ni aspiramos a contagiarle nuestras lágrimas, sino a que sea la sonrisa la que se le pegue y lo desarme. En este caso, la impresión hiriente no pasa tan solo por el corazón para tomar en él bríos de protesta o acentos aflictivos, sino que se deja macerar en el cerebro, de donde sale como amansada, más pulida, más cortés y, sobre todo, más comprensiva». «El humor tiene la elegancia de no gritar nunca, y también la de no prorrumpir en ayes. Pone siempre un velo ante el dolor: miráis sus ojos y están húmedos, pero, mientras, sonríen sus labios. En el fondo, no hay nada más serio que el humor, porque puede decirse de él que está ya de vuelta de la violencia o de la tristeza, y hasta tal punto es esto verdad, que si bien se necesita para producirlo un temperamento especial, este temperamento no fructifica en la mayoría de los casos hasta que le ayudan una experiencia y una madurez». W. Fernández Flórez. “El humor en la literatura española”. Discurso de recepción en la Real Academia (1945)

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