Círculos viciosos.

 

Título y texto tomados de “Blog y Magog”, de Alberto Caffaratto Ladoire – Jueves, 10 de enero, 2019

 

Todo este vocerío de Vox y sobre Vox, es decir, tautológico, no deja de tener exquisita enjundia, y la primera reflexión que viene a la mente, contemplando el carnaval a la debida distancia, es que resulta clarificador tanto ruido sobre lo obvio, el ruido propio de ellos mismos y el rebotado por las lujosas maderas de nuestros circos locales, es decir, palacios, parlamentos, puticlubs exclusivos y reservados de restaurantes de lujo.

Por todas partes se oye un espantoso crujir de huesos y lastimeros aullidos de buenos cristianos y convencidísimos demócratas del último día, mesándose las barbas y arrancándose las guedejas. ¿Y a santo de qué tanto muro de las lamentaciones? Pues de lo obvio. Ha llegado un tipo del que lo mejor que se puede decir de él es que lleva pistola y que afirma que eso es lo fetén.

Y claro, ya con esta edad, no he dejado de acordarme de la canción Círculos Viciosos, popularizada allá por los tiempos de la Mandrágora, que es algo que suena a antiquísimo, cantada a duo por Sabina y Pérez, pero que en realidad se le debe al genio infinito, por no decir clarividente o profético, de Chicho Sánchez Ferlosio, casi único intérprete canónico, junto con su hermano Rafael, del verdadero y profundo significado del fascismo español. Contexto que en su momento tal vez podría haber tenido visos de tratarse de algo todavía coyuntural en España, pero que hoy ya sabemos que es sempiterno, consustancial, arquetípico y de tan honda raigambre como tirar la cabra desde el campanario, con el sereno goce que eso proporciona a tantos valientes. Solemne festividad que pronto será restaurada con todos los honores. Y vean, por favor, lo que tan bien conocía Chicho y que tuvo a bien comunicarnos mediante las voces de los cómicos de la legua.

Esta es la interpretación de Sabina y Pérez, del disco La Mandrágora, 1981, grabación realizada en directo en la sala La Mandrágora de Madrid y firmado el LP por Krahe, Pérez y Sabina, con letras propias y algunas de otros autores, como en este caso.

 

 

Y esta es la letra, debidamente transcrita, y no con las infames redacciones que circulan por la red.

 
– Quisiera hacer lo que ayer,
pero introduciendo un cambio.
– No metas cambios, Hilario,
que está el jefe por ahí.
– ¿Por qué está de jefe?
– Porque va a caballo.
– ¿Por qué va a caballo?
– Porque no se baja.
– ¿Por qué no se baja?
– Porque vale mucho.
– ¿Y cómo lo sabe?
– Porque está muy claro.
– ¿Por qué esta tan claro?
– Porque está de jefe.


Eso mismo fue
lo que yo le pregunté:
– ¿Por qué está de jefe?

-Yo quiero bailar un son
y no me deja Lucía
– Yo que tú no bailaría
porque está triste Ramón.
– ¿Por qué está tan triste?
– Porque está malito.
– ¿Por qué está malito?
– Porque está muy flaco.
– ¿Por qué está tan flaco?
– Porque tiene anemia.
– ¿Por qué tiene anemia?
– Porque come poco.
– ¿Por qué come poco?
– Porque está muy triste.

– Eso mismo fue
lo que yo le pregunté:
¿Por qué está tan triste?

– Quisiera formar sociedad
con el vecino de abajo
– Ese no tiene trabajo,
no te fíes, Sebastián.
– ¿Por qué no trabaja?
– Porque no lo cogen.
– ¿Por qué no lo cogen?
– Porque está fichado.
– ¿Porqué lo ficharon?
– Porque estuvo preso.
– ¿Por qué lo metieron?
– Porque roba mucho.
– ¿Por qué roba tanto?
– Porque no trabaja.

– Eso mismo fue
lo que yo le pregunté:
¿Por qué no trabaja?

– Quiero conocer a aquel,
hablarle y decirle hola.
– ¿No le has visto la pistola?,
deja esa vaina, Javier.
– ¿Por qué la pistola?
– Porque tiene miedo.
– ¿Por qué tiene miedo?
– Porque no se fía.
– ¿Por qué no se fía?
– Porque no se entera.
– ¿Por qué no se entera?
– Porque no le hablan.
– ¿Por qué no le hablan?
– Por llevar pistola.

– Eso mismo fue
lo que yo le pregunté:
¿Por qué la pistola?
¿Por qué no trabaja?
¿Por qué esta tan triste?
¿Por qué esta de jefe?

Pero, retomando el tema, lo que ha venido a hacer Abascal con el escuadrón de pretorianos que le rodea es aquello que proclamara Adolfo Suárez, y que tanto se le alabó en su día: “Elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal”.

Y lo normal, según por cuáles bares y barrios se acabe deambulando, es llevar pistola, lo normal es majar a hostias a la parienta, a la novia o a una que pase por ahí, si el cipote está tenso, empuja y exige lo suyo, y además se tengan esas siempre justificadas ganas de darle una bofetada a una zorra, que encima es un alfeñique. Lo normal es ahogar o siquiera, como medida de tolerancia, dejar que se ahogue al que llega en la patera, total, es negro, o moro o chino y, lo más insoportable, no es cristiano… Lo normal es prohibir el aborto y volver a las agujas de punto o a la camilla ensangrentada en un sótano, dulcísima imagen para contento de prestes. Lo normal es derogar la Ley de Memoria histórica, insufrible revanchismo de derrotados. Lo normal es eliminar los subsidios a las mujeres maltratadas –algo habrán hecho–. Lo normal es cantar el Cara al Sol, curiosamente obra de Sanchez Mazas, padre de los Sánchez Ferlosio, ya ven qué cosas, pero tal vez la explicación de por qué sabían tantísimo esos muchachos, y desde bien jóvenes.

Y lo normal, cómo no, desde hace 500 años, es mandar la tropa a Cataluña cada vez que la desafección y la insumisión, el monarca –por lo general un Felipe–, el cardenal primado y el espadón a cargo lo aconsejen, lo normal debería volver a ser la masacre profiláctia y periódica de obreros –si es que hoy en día queda de eso–, lo normal sería llevarse a Franco a la Almudena para adorarlo mejor, bajo palio, pues tal era su derecho, jamás derogado por nadie, como lo normal debería ser derogar la Constitución, las Autonomías y el Sistema métrico decimal y volver al Fuero de los españoles, a medir por arrobas y con varas castellanas y a pagar en maravedíes. Y restablecer la Inquisición. Pero dejadme que yo prefiera la hoguera, la hoguera, la hoguera… naturalmente, Javier, amigo. Y lo bien que supiste hacer mutis a tiempo y cómo te lo envidio.

¡Ah!, y se me olvidaba. Lo normal –qué menos–, sería volver a legalizar el Toro de la Vega, con todas esas escenas de inmarcesible heroísmo, necesariamente generadoras del carácter de nuestra inigualada y bendecida raza.

Pero, de la venturosa llegada de Vox, lo más destacable es aquello que John Le Carrè llamó en una de sus más afiladas novelas “buscar el negativo”, es decir, averiguar aquello que sistemáticamente había sido obviado, omitido y, si percibido por alguien, mandado a tapar y hecho prestamente desaparecer, en el entendimiento de que debajo del manto de cosas variadas que sí se dejaban ver para mejor desviar las pesquisas, se encontraría la información que daba la clave para conocer aquello que se pretendía ocultar.

Porque, efectivamente, lo que Vox parece venir a hacer es “positivar el negativo de nuestra realidad”, poner en papel, negro sobre blanco, todo aquello que en la realidad ocurre y que es lo que le conviene al poder establecido, pero aquello de lo que éste jamás puede permitirse hablar ni expresar por claro, so pena de definitivo desenmascaramiento.

Porque casi todo lo que pretende Vox, ya se hace sobradamente y esto sí que es lo verdaderamente chusco. Por ejemplo, desde la misma Constitución, pero expresándolo por contrarios y dejando la aplicación y la interpretación a los entendedores pagados para interpretar, o, mejor expresado, para tergiversar lo que haga falta, venido el caso.

Así, donde la Constitución dice: “derecho a una vivienda digna”, se expresa en positivo aquello que en la realidad jamás se ha contemplado hacer de ninguna manera, donde se dice “trato igual frente a ley”, se expresa otro concepto en positivo, pero vacío igualmente, imposible de llenar si la justicia no es gratuita en su totalidad, que, por supuesto, no lo es. ¿Y por qué no lo es? Pues por otras disposiciones adicionales, naturalmente. ¿Y qué significa entonces gratuita y universal? Pues el negativo de sí misma, cualquier cosa menos gratuita y universal, es decir, lo que manden, pero no lo que la norma básica cree decir con tan hermosas palabras, perfectas para que las estudien los niños como el idílico cuento que son.

Y donde se habla de derecho a la atención sanitaria universal se obvia la parte evidente, escrita en otro lugar de las leyes donde, por unas u otras razones, este derecho le es coartado de una y otra manera a determinados colectivos. Y esto por no hablar del famoso salario mínimo, recientemente retocado, pero excluyendo de su aplicación esto, lo otro y lo de más allá, y a estos efectos, quizás, pero a estos otros, ya veremos, ya regularemos, si eso… ya se informará…

Todo espitas chapuceras, pero perfectamente intencionadas, por donde se escapa todo sentido de la palabra mínimo, que de inmediato deja de significar mínimo, para que puedan seguir cobrando 700 euros los que cobraban 700, o incluso los que cobraban 800, en razón de que en el decreto 57, apartado 9, epígrafe 42, codicilo 4, del Reglamento del Ministerio de la Paz Social y Obrera, se especifica claramente que “Donde dije digo, digo Diego”, y, arreando, pedigüeños. Con lo que queda ese mínimo de 900 euros en gracioso guarismo para que los que puedan se echen con él unas risas, así como de los parados, lo cual no es fantasía, porque a algún diputado del PP se le ha visto haciendo exactamente eso, reírse de los parados en el Parlamento. Lo que no es violencia, bien se entiende.

¿Y qué viene a querer hacer Vox? Pues a pretender que el negativo, todo lo omitido, se escriba por positivo, como prohibición manifiesta y no simplemente de facto, es decir, que se dé carta de existencia legal a todo aquello que ya ocurre en el limbo de lo alegal, de lo no sancionado, de lo no escrito. Es decir, que se le niegue, por las claras, la asistencia sanitaria al inmigrante, el derecho al aborto a quien ya lo tiene, que se limite el derecho de otras confesiones a profesar sus convicciones, pero defendiendo y ensalzando solo las que proclama la confesión propia, el nacional-catolicismo, y que se conviertan el maltrato de facto (sea por machismo, sea policial o empresarial), y la expulsión sin derecho a ser oídos, el silencio administrativo, o la prevaricación, en asuntos no ya proscritos, sino prescritos por las leyes.

De ahí al paso dado por otro fascista, el presidente brasileño Bolsonaro, o por un asesino surto al poder en Indonesia, de legalizar y, en consecuencia, bendecir, por no decir recomendar, todo asesinato cometido por las fuerzas de seguridad, ¿cuántos pocos metros de camino nos pueden faltar? ¿Dónde quedan doscientos años de mejoras penales y legislativas en la gran mayoría de los países del mundo? ¿A cuál parte de la Edad Media nos proponemos regresar, votando agradecidos?

Porque… ¿en dónde diablos está escrito en nuestras leyes que la Virgen del Pilar o la Macarena o la de la Regla, deban recibir un sueldo o dádivas? En ninguna parte, no lo duden. Sin embargo, estas supercherías reciben dádivas, emolumentos y donativos, no solo de los fieles, que tienen todo el derecho a ello, sino de organismos del estado que no deberían tenerlo, pero se lo arrogan, como bien demuestra una reciente sentencia ante los gastos de un ayuntamiento con el fin de amparar a una de estas pobres Vírgenes desamparadas, que ha dictaminado, y vaya nadie a saber apoyada en qué dicha sentencia, que estos pagos fueron legales, ajustados a derecho y condenando además a pagar las costas a quien denunció tan evidente malversación.

Pues bien, de lo que se trata, es decir, positivando el negativo, es que asuntos como este queden sancionados por ley, colocando a los legisladores, tan partidariamente disciplinados ellos, en la obligación de dictar leyes aun más manifiestamente de parte de lo que ya lo hacen, es decir, quitándoles definitivamente la careta con respecto a las contradicciones que ya exhibe la legislación.

Es decir, si aquel espectáculo inverosímil de María Dolores de Cospedal con la mantilla, o el de aquellos criptofascistas, que no ministros, cantándole el himno de la legión al Cristo procesionado, resulta hoy en día no ilegal, seguramente, pero sí de insigne imbecilidad, por no llamarlo prevaricación, lo que se pretende es escribir y prescribir tal uso como legal, es decir, como conveniente y necesario, que es lo que una ley viene a decir por el hecho de serlo. Y con todo ello, al parecer, se protegerá mejor la Semana Santa, por si no se protegiera ella sola ya suficientemente, que a ver quién será el guapo que proponga quitarle los tres día de fiesta a cualquier ateo, no digamos ya a un misacantano. Del que osara semejante cosa no quedarían ni las cenizas para mearlas, incluso sin la ayuda del señor Abascal.

Por supuesto, no hay hoy legislador en sus cabales capaz de instar semejante esperpento legislativo, pero nuestra realidad –al margen de la ley o amparada por cualquiera de las infinitas excepciones de la misma– es que el esperpento ya se da por sí solo y siempre torcido en el mismo sentido, el de favorecer al viejo fascismo, como es el caso de nuestro mal llamado estado aconfesional, siempre ocupado en financiar entidades confesionales. O ese otro esperpento judicial que permite que un juez sentencie que 27 puñaladas a la cónyuge no son ensañamiento, abracadabra que también se vio pocos años atrás. Y ante esto, la solución de estos nuevos joseantonios y ramiroledesmas que nos han caído en suerte es reescribir los códigos en sentido por completo opuesto a lo que la modernidad nos ha traído, porque la modernidad no trae solamente esmarfones y redes sociales para poder lucir el palmito y maravillosos robots para perder el trabajo, sino modos de vida y libertades hace poco inimaginables y, por supuesto, radicalmente opuestos a lo que nuestro del todo vigente fascismo y nacional-catolicismo predicaron siempre y seguirán predicando.

La novedad de Vox, hoy, está en las formas y en esa especie de enmienda a la totalidad a los comportamientos de una derecha en la que el mismo Santiago Abascal ha medrado apaciblemente los últimos veinte años, en unas y otras autonomías de las que hoy reniega. Y, por cierto, bien cogido a los pechos de uno de los mayores talentos para descubrir ladrones, saqueadores de lo público y prevaricadores, que resultó ser la nunca demasiado bien ponderada doña Esperanza Aguirre.

Y lo bello, sin duda, es ver hoy cómo la derecha brega con el terrible problema de haber sido expulsada del poder por robo. Un robo instrumentado con toda suerte de triquiñuelas legales, paralegales, ilegales y todas ellas, por supuesto, semi toleradas, consuetudinarias y artificio común y sacro credo de toda una clase empresarial. Una casta, y esta vez sí que el término de verdad viene al hilo, hecha a unos usos que en Europa –eso que sigue empezando en los Pirineos– les hubiera supuesto acabar en prisión hace más de veinte años, y que decidió de últimas apelar como solución al tranquilizado y bien alimentado fascismo que dormitaba bajo sus acogedoras faldas, desde que Fraga así lo dictaminara, por cierto, con excelente criterio.

Y así, a base de alimentarlo y de llevar dos años gritando como orates ¡155, 155, 155!, despertaron al animal con su gorrilla de legionario, su ¡Viva la muerte!, su Cara al Sol, su rogativa al Apóstol Santiago para que nos guarde de todo mal y su mesa petitoria de votos para otorgarle amparo al maltratador, al ladrón, al asesino y al chulo simple o fascista estándar, es decir, a sí mismos.

En resumen, para hacer todo aquello que ya se hacía por detrás, medio a oscuras, con cuidado, con precaución para no despertar un avispero, con sigilo, con profesionalidad, con eficacia, con doblez suficiente para alimentar dudas, con negociación para repartir, con reserva y sin hacer más que el ruido imprescindible. Pero llega la bestia y se pone a dar gritos y coces, a reventar el vallado, a romper cristales y, lo peor, a quitarles el carné de apóstoles a los apóstoles de la Patria y a exigir que se ponga por las claras y que se convierta en ley lo que de siempre se venía haciendo en su respetada casa, pero sin ruido: violar a la prima o a la criada, mandarlas a Londres a abortar, pero aquí no, que es pecado, robarle del sueldo al mozo de cuadras, negarle el pan a la vieja yaya, robar a los aparceros de la finca, reventar a currar al esclavo negro, al amarillo, al verde o al blanco, porque son todos lo mismo, son esclavos y ellos se lo han buscado, y apalear al enfermo y al necesitado… En fin, lo canónico.

Así que, el niño ha salido de esa placenta nutricia, pero que no da para tantos, a grito limpio, dando patadas enloquecidas a propios y extraños y se ha presentado con cajas destempladas a cobrar la herencia, todavía en vida de sus gimoteantes y moribundos progenitores, hoy apuñalados por Ciudadanos, apuñalados por sí mismos, apuñalados por amigos y por enemigos, apuñalados por los mismos jueces que amamantaron, apuñalados por la clase empresarial a la que ayudaron a saquear sin misericordia durante cuarenta años para quedarse con las comisiones y beneficios de tanta liberalidad, y ahora apuñalados también por el hijo bienamado. –¿Tu quoque, Santi, fili mi?, que viene a llevarse el último prado, el último piso, el último dinero en B y la cartilla de ahorros, dejándoles solos con su ancianidad, su enfermedad terminal y la sede pagada en negro, que igual el día menos pensado va Podemos y se la embarga.

Y ese pobre tarugo a escala industrial, ese besugo de 700 kilos que ahora rige los desatinos mucho mejor que los destinos del PP, aun le va pidiendo cuartelillo al flechilla de la OJE hoy surto a jefe de centuria, porque le van el sueldo y las alfombras en ello, y que esta misma tarde ha conseguido un botellón de oxígeno, bueno, no, de manzanilla de Sanlúcar. Pero ya sus barones, su ejecutiva, los empresarios de cabecera, esos caudillos de taifas y esa legión de sabedores que durante cuarenta años tejieron las pacientes e infinitas telarañas de los desfalcos, de las privatizaciones innecesarias, de los desvíos de fondos, de las empresas interpuestas, de las ventas de lo público a los buitres amigos elegidos para aportar las vitales comisiones, es decir, su sustento, le piden a su advenedizo jefe que pare ya con el coqueteo, que las cosas deberán seguir haciéndose como siempre se hicieron, que el jolgorio excesivo perjudica, que la luz daña la vista y los taquígrafos los oídos, que de nunca ha prosperado quien roba haciendo ruido, que el sigilo es cosa de sabios, que el caco para robar con alguna garantía de impunidad lo último que tiene que hacer es vestirse de ladrón o contarle a los vecinos que sale a afanar, porque la vida está mu achuchá, cualquiera lo comprende.

Y así cerraremos el círculo vicioso. Aquellos salvajes de los correajes y las pistolas que se adueñaron del país a finales de los años 30 ya han tenido tiempo de enroscarse y enrocarse varias veces alrededor de sí mismos. Han cambiado las camisas azules por niquis rosas, el cinturón con la hebilla para brear a latigazos a quien fuera menester por la pulserita de cuerda con la bandera, el pistolón de enderezar obreros por las sucesivas reformas laborales, que seguramente ya cuenten en su haber con más hambrientos y más gente que no tiene para calentarse de los que consiguiera el fundador a palos y a tiros. El pelo con la gomina p’atrás joseantoniano, hoy es el pelo con la gomina p’atrás, pero sin rasurarse el cogote, sino con patricios caracolillos en el mismo, porque la vida sí cambia en algunas cosas sustanciales. Y poco más.

Fraga, que era un fascista, pero con más cabeza que puños, metió a los fascistas en la bodega con la condición de que no hicieran ruido, pero con permiso de opinar y hacer, dentro de las paredes domésticas, casi todo lo que les viniera en gana. Pero a la chita callando y cobrando con la debida discreción, y el que diera un mal paso o levantara el brazo estirado, puerta, porque si bien eso todos ellos lo hacían en la intimidad, ¡y a mucha honra!, igual que hablar catalán, eso no se podía hacer en la calle, y no porque lo prohibiera Santiago Carrillo, que le hubieran metido cuatro tiros, sino Fraga precisamente, que sabía lo que hacía mejor que nadie. Y aquello funcionó incluso con Aznar, incluso con Rajoy, que se permitió hasta darle la patada al Delfín, al ínclito Gallardón el Ambicioso, cuando sacó los pies del tiesto y se puso a quebrantar los consensos con los que unos y otros más o menos vivían tranquilos y todavía repartiéndose lo que había que repartir, que nunca fue poco.

Pero casi como aquellos desdichados judíos de los duelos y quebrantos de los sábados, estos especímenes fascistas tan nuestros, pocos, pero aguerridos, se tuvieron que comer el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual, lo LGTBI, el orgullo de Chueca, el ejército pacificando Gabón o Mali, en número de cincuenta efectivos –en lugar de con 50.000 presidiendo el Imperio en Sidi Ifni–, a Puigdemont y otras cuantas cosas así. Demasiado para cualquier desdichado fascista alimentado a base de libertades, angustiosa pitanza, incluso cobrando algunos lo que veinte cristianos trabajando. Pero el malabarismo funcionó mientras no se les vieron demasiado las hechuras y mientras el desfalco perpetuo no se convirtió en gigantesca obviedad, ya imposible de silenciar o de tapar ni siquiera plantando encima de la alfombra de la realidad un escuadrón de ballenas. Y cuando fueron los jueces, y no solo veinte millones de españoles, los que acabaron proclamando que eran una partida de ladrones, reventó el casino.

Y hoy, de los restos de la explosión de la supernova, ahí tenemos a la camada negra, renacida como ave Fénix, como siempre en esta desgraciada tierra, revestida con las versiones modernas de los mejores correajes de los años treinta y el jefe con el pistolón y el Cara al Sol como bagaje teórico. Pues como toda la vida. Casado, tú cría, cría cuervos, chaval. O círculos viciosos, appunto.

 

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com/2019/01/circulos-viciosos.html

 

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