¡Franco, Franco, Franco!

 

Título y texto tomados de “Blog y Magog”, de Alberto Caffaratto Ladoire. 8 de noviembre de 2018.

 

Francisco Franco lleva muerto cuarenta y tres años. Bien es cierto que unos opinarán que diez, otros que sesenta, otros que doscientos, otros que quince, otros que ni idea de quién se está hablando, pero, resumiendo y para entendernos, esa cifra de cuarenta y tres años se podría entender como una media razonable entre sabedores o siquiera medio informados, quinquenio arriba o abajo.

Sin embargo, no es cierto y no está muerto en absoluto a sus ya cerca de ciento treinta primaveras. Es más, goza de excelente salud física, mental y ética. La verdad es que simplemente decidió abandonar algunas de sus funciones, –las de menor calado– por sobrevenido exceso de catéteres, según quiso aparentar para poder retirarse a una finca funeraria de su propiedad, supongo que para despistar en lo esencial con respecto a quién seguía mandando y, además, imagino taambién, para quitarse de en medio al yerno, que era un verdadero Jack el destripador, aunque titulado. Dime con quien andas… Aunque, eso sí, reservándose orientar en todo momento el qué hacer, como Lenin, viejo colega de momificación, aunque a la larga bastante menos exitoso este último en cualquiera de sus empresas.

Y este orientar, cualquiera lo entenderá, tampoco es otra cosa más que un eufemismo. El supuesto finado manda más desde debajo de una lápida que cualquier emérito de sangre azul, en activo o futurible, incensado, coronado y aposentado en el trono a título de Rey. Y más que cualquier tío Gilito March o tía Gilita Botín bañandose en el oro de sus cámaras acorazadas, que cualquier espadón durmiendo laureadas siestas sobre una caja de granadas y, por supuesto, más que cualquiera de los más que severamente vigilados capataces que ha ido permitiendo que figuraran sucesivamente en la presidencia del banco azul. Que es exactamente eso, el banco de los bancos, donde se alterna la gobernación, unas veces del BBVA, otras del Santander. De Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas, que son plaza y calle en Madrid. Y no hay más.

Aquellos pobres psicópatas de Hitler, Stalin, Hiro-Hito, Mussolini, Mao-Tse-Tung (o Mao Zedong, como prefiera cada cual, según su nivel de mandarín), o aquel besugo de su vecino Caetano, que se dejó dar un golpe de estado por capitanes y comandantes  –algo así como un rector de universidad depuesto por bedeles–, son calificados sin duda y bastante meritoriamente como dictadores en cualquier libro serio de historia. O por lo menos, hay desalmados que así los llaman, negándoles los méritos.

Sin embargo, nuestro amado Generalísimo (apodado igual que el chino Chiang Kai-Shek, aunque miren cómo acabó el pobre, al mando de una pequeña ínsula, por no haber matado lo suficiente) concursa en toda otra categoría. La del dictador inmortal, y en esto supera a Julio César, a Alejandro Magno, a Gengis Khan o a Napoleón, que a los cuarenta años de su desaparición, sin duda, todavía daban miedo, pero un miedo retroactivo, porque ya no pintaban nada, ni siquiera pésimos paisajes o bodegones. Quedaban bien de personajes para cualquier panoplia histórica, para dar miedo a los niños, para la historia general de la infamia incluso, o para una buena escultura, es cierto; pero mandar, lo que se dice mandar, ya no mandaban nada, lo que desde luego no es el caso de nuestro General Superlativo.

Que lo dejó todo atado y bien atado y que bien lo sabía y alardeaba de ello. Y los que no lo creíamos éramos los vivos que quedábamos en su cortijo-cuartel. Infelices, incautos, desconocedores, en fin, optimistas, que es lo peor que pueden permitirse ser quienes se adornan de avisados, porque… hombre… lo de atado… ¡qué modestia! Cementado, solidificado, indestructible. Una obra de duración ajena a lo humano, de orden metafísico o cosmológico, pero además una construcción de basalto verdadero y que se manifiesta con la misma realidad que alzar un edificio, trazar una autopista o, todavía con mayor solidez y tangibilidad, en la redacción de jurisprudencias que apenas pueden diferenciarse de los que él dictaba más que por la calidad de los modernos maquillajes legales, que esos sí que han cambiado superlativamente a mejor.

Pero lo que es la chicha y el esqueleto de lo mandado y la chicha y los esqueletos de los que mandan son exactamente lo mismo y de la misma sagrada materia que él dispuso y los mismos que nos regirán por los siglos de los siglos, siendo optimistas.

Así que hoy andamos al retortero de pedirle permiso a él mismo para llevarlo a otro lugar. Y estamos los que sí y los que no, rojos de ira unos y otros por cambiarlo o no de nicho, de pudridero, de gusanera… Todos a mordiscos por un muerto que no está muerto… ¡Hay que joderse! Hoy incluso se ha sabido que hay un detenido por pretender atentar contra el presidente del gobierno –como si un presidente del gobierno español tuviera acaso vela en este entierro o desentierro–, por causa de que el guapo mozo insiste en expresar su deseo de sacar a Ello, a la Hispanidad misma reencarnada en un fajín, de su sepultura entre sus víctimas, para llevarlo a quién sabe dónde, quién sabe cuándo, y no a donde disponga, sino a donde le dejen y si es que le dejan y si es que un vulgar presidente del gobierno tiene alguna capacidad de disponer algo en España. Porque me da a mí que el General está para aguantar pocas moscas en los huevos, y ya veremos qué dispone sobre sí mismo, que es quien debe y puede. Y en eso estamos, a lo que haya de obedecerse.

Pero un tipo que prefirió enterrarse con los que asesinó –lo que no dice poco del personaje– y con los que murieron para construir su pirámide, como un vulgar faraón, y un tipo al que prácticamente lo despedazó su yerno en vida sin lograr arrancarle un ¡ay!, no es pájaro del que nos vayamos a deshacer tan fácilmente. Por eso, tengo para mí que enterrarlo en la Almudena, junto al Apóstol Santiago, con Santa Teresa, en el vientre de una ballena, en un predio de la familia (que tiene algunos), en un nicho con otro nombre, o incinerarlo, mear las cenizas y esparcirlas por un vertedero o, por el contrario, despacharlas bendecidas por el Cardenal Primado a que nos vigilen desde el espacio en un satélite Hispasat, nos va a dar exactamente lo mismo.

Porque el tipo no está muerto ni vivo, el tipo ES. Como Aleister Crowley, el embrollón y ocultista, yo soy aquel que es. Y este es Franco, es la España inmortal, la de Rinconete y Cortadillo, la de March y Gil y Gil, la de Bárcenas y la del concejal socialista que le paga las putas al empresariado con los fondos del paro, esa España en la que jamás se pone el hambre, y jamás y siempre son lo mismo y ÉL mismo. ÉL es el hilo de maravedíes, hogueras, garrotes y galeras que une al Cid con Isabel la Católica, a Cisneros con Torquemada, al Conde Duque de Olivares con Fernando VII, a Primo de Rivera con el primo de Rivera y del IBEX, que es de lo que se trata. ÉL cambia de nombre a capricho y se reencarna donde le cuadra a mayor gloria de sí mismo y como corresponde a todo buen budista, apostólico y romano. Toma nombres y especies como el personal que lo cree muerto se toma felizmente una caña o se cambia de camiseta, tacones o reloj, sin saber que el beneficio último de cada caña, de cada camiseta, de cada tacón y de cada reloj acaba en sus bolsillos, en los de los suyos y en aquellos de quienes ÉL disponga exclusivamente.

Y una mañana se llama Lesmes, y es la Ley con puntillas y el personal de rodillas, otra Rajoy, y es el Poder de abogar por Isco o por Carvajal o por ambos, otra Arrimadas, y es la Nueva Falange de todo lo viejo, otra Tejero, y es el Prototricornio, otra Cospedal, la verdad por siempre en diferido, otra Billy el Niño, el torturador de cámara –¿Aprieto más, Excelencia?–, otra Villarejo, el Primer Escucha del Reino, otra Jiménez Losantos, el bufón de Corte, otra González, hombre blanco hablar con lengua de serpiente, otra Aznar, el señor de las patas en la mesa de los gánsteres, otra Marichalar, la debilidad heráldica, otra Leonor, el futuro pasado por el pasado, otra Don Juanito, la comisionada bragueta, otra Trillo, el muñidor de todos los ordeños, otra Cifuentes, la cleptotitulada, y otra el siempre coral: –Les pido a perdón a todos, nunca volverá a suceder–.

Y no, no sucederá que se muera nunca. Así que llévenselo a donde les dé la gana o déjenlo donde está. Nos va a dar lo mismo. Gobernaba, gobierna y seguirá gobernando mientras el Pisuerga siga pasando por Valladolid. Y si no, como si pasa por Córdoba. Gobernará igualmente y sin meterse en política, como siempre hizo. Y a nuestra entera satisfacción, por añadidura.

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com/2018/11/franco-franco-franco.html

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s