Días de rosas, risas y caviar.

 

De «Barbarie sostenible. O la inyección de la piedra de la locura»  Alberto Caffaratto Ladoire  (Madrid, 1954).

Gobernantes absolutos (rueda de prensa)

El Virrey Don Francisco Camps, Nuestro Señor, ante el atril de caoba y pedrería en el porche del palacio virreinal, frente al pensil de los naranjos de Babilonia, responde a las preguntas de los periodistas acreditados en València del Tigris.

(Sigue a continuación su traducción del acadio con las inevitables imprecisiones, responsabilidad única de este lego al que sabrán, espero, disculpar):

¿Cree Su Benevolencia que su partido haya tenido alguna responsabilidad en este asunto?–
–No, en absoluto–

¿Albergaba Su Serenidad un conocimiento previo de los hechos?–
–Absolutamente no–

¿Conocía Su Totalidad la implicación de los imputados?–
–La desconocía en absoluto–

¿Contempla Nuestro Benefactor renunciar al cargo por este asunto?–
–Lo descarto absolutamente–.

Y tras prodigar secamente otra media docena de desmentidos absolutos y dando el Virrey por concluido el turno de preguntas con un gesto declinatorio de su augusta mano, se dirige hacia el pórtico. Al perentorio chasquido de los látigos se retiran los informadores, prosternándose y reculando.

El Ungido regresa a palacio. Le aguardan los mostradores de paños de Flandes, los cortadores de tejidos de Albión, los maestros de aguja de Lutecia, los teñidores de púrpura del País de los Cedros, los caligarii venidos ex profeso de Etruria, los talabarteros de Córdoba, el odontólogo esmaltador más afamado de Viena, su tintor personal de las sienes – ¡Ay, ese manazas otra vez, qué servidumbres impone la cabeza, Dios mío!–, y una delegación numerosa, arribada recién, de los más reputados pulidores de espejos que pudieron reclutarse en Zelandia.

Responsabilidades, siempre responsabilidades… Pero, ¿es que se le pueden pedir responsabilidades a una efigie como esta mía?-, pregunta irritado al Visir que se precipita a atusarle el puño de la camisa donde le baila un gemelo mal apuntado que ni él mismo, ¡inconcebiblemente!, había advertido.

–Y encima esto… En qué estaré, y a saber si no habrá salido descolocado en las fotos, Ricardo, ¡qué espanto, que ya vislumbro las befas! ¡Qué desesperación la política, las insidias, la insumisión, la ingratitud, las conjuras…!–.

Será una jornada agotadora y bien lo sabe el incomprendido Virrey que dolorido y cansado se asoma a un espejo y extiende silencioso la mano esperando el peine de carey que ya le tiende solícito el Protoeunuco Mayor, Prepósito de Peines y Bigudíes.

O bastante mejor resumido y enlazando, además: más alto sube el mono y más enseña el culo (Miguel de Montaigne).

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