Carta a los Reyes Magos.

Hace un montón de años que no les pedía nada a los Magos de Oriente, pero no hace ni una hora decidí escribirles de nuevo. Cortipego la cartita, al estilo de aquel catedrático exrector de la Universidad Rey Juan Carlos, Fernando Suárez.

 

Queridos Reyes Magos:

Sabéis que en los últimos lustros no os he pedido absolutamente nada, a pesar de lo buena que he sido. Consideré que millones de niños exigiendo sus regalos tenían que ser una carga tan pesada para solo tres, en especial, la de tener que ir yendo de casa en casa, que debía renunciar al sueño infantil; ya estaba lo bastante crecida como para dejaros en paz. Pero, probablemente porque se va infantilizando uno a medida que se cumplen años, hoy he vuelto a sentir con tanta fuerza aquella vieja ilusión de antaño, que estuve en un sinvivir hasta que me decidí a escribiros. Sin más circunloquio, pues, paso a describiros lo que quiero que me traigáis este año.

Quiero una rata grande, muy, muy grande, y en concreto rata macho, también conocida, al menos por el DLE, por rato. Si este antojo os parece excesivo o puro esnobismo, es que no habéis leído el artículo de hoy en el diario Público, “Anatomía de una rata”, firmado por un tal Juan Carlos Escudier. Esa, esa es justo la rata que pido pero, por favor, no me la traigáis suelta, me dan miedo, y tampoco muerta, me dan asco. Tráedmela enjaulada para que pueda disfrutar mientras la observo pasear por ella como si se tratara del palacio de Buckingham, ¡así son estas ratas, aun enjauladas!, pero sin temor a que me muerda o pueda contagiarme algo infernal y apestoso.

Por si no tenéis tiempo a leer el artículo, os facilito algunos datos que la hacen inconfundible, con tal de evitar que Vuestras Majestades me traigan una rata cualquiera de las más comunes y que tanto abundan en mi patria, una simple rata registradora de privilegios, cédulas y cartas, con sus sobrecitos y su canesú, o de géneros y mercaderías que vayan a entrar o a salir de su madriguera común. No, insisto, yo me he encaprichado con una rata capaz, además de cuanto resulta esperable de ellas y que acabo de deletrearos, de estas avezadas en dejar maltrechos a cuanto y a cuantos se le ponen delante, bien por inocencia, bien por ignorancia, bien porque no hay más remedio.

Más datos. Habita el espécimen concreto este de que hablo, a pesar de oriunda de mi país la especie, en el Reino Unido, concretamente en Londres, y se mantiene, al parecer, desde hace un tiempo a costa del Grupo Collosa y del Erario Español, últimamente, por solo el más que menguado erario nuestro de cada día, más y más menguado por una deuda tan odiosa que, aun pagando, en lugar de mermar, crece, cosa de no creer o de brujería.

Finalmente, se me ocurre que, tal vez, en lugar de tener que pasarse en persona SS.MM por esta casa, podrían subcontratar para su transporte un Yakovlev con la misma empresa que subcontrataron en otra ocasión, junto con esta misma rata, otras de la misma o similar camada, en aquel caso, para el transporte de unos soldaditos de regreso a casa, ¡angelets!, o incluso que esa subcontrata subsubcontrate con los mismos que, a su vez, vayan a saber por qué, subsubsubcontrataron con los dueños del Yakovlev, el amedrantador Yak-43 o Yak de marras. El avión de entonces ha volado, pero volado en su peor sentido, ¿me entienden?, ya que terminó por estrellarse tal como intuían aquellos aterrorizados muchachos que iba a ocurrir, pero es seguro que se hallarán otras aeronaves a la altura de la rata esta que será en esta ocasión su pasajera de honor, por así decirlo.

Aún recuerdo sus solemnes funerales, sobre los que un escritor inteligente y sensible dejó escrito para las ratas que aún pudieran llegar: «¡Ay, esos funerales con solemnes horrores de Estado, que se les fija la hora de las salvas y las salves y que si, para entonces, no se ha llegado todavía al número de pedazos suficientes, de inmediato, se asignan los que faltaran sacándolos del saco de los despojos sobrantes y adjudicándolos al azar, por comprensibles razones de estado que todos debiéramos hacer el esfuerzo de entender, según nos recomiendan seguido…! Vean qué asunto tan vidrioso este de la caridad cristiana con sus exequias a tiempo y como Dios manda, y que muy bien nos lo podría explicar don Federico Trillo, de tan doctorales saberes en ambas materias, en teoría del estado y en caridad cristiana, parigualmente» (Alberto Caffaratto Ladoire en “Barbarie sostenible”, Madrid, 2015).

¡Ah, y una última advertencia! De estrellarse también este Yakovlev encargado de transportar la rata, que nadie se moleste en tomar muestras de ADN. Sus restos mortales serán fácilmente reconocibles, entre otras características, por su hocico o morro.

Suya,

Hanna y los lobos

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