El rector copión por Dios, por la Patria y el Rey.

 
Ni sabría decir cuántas peticiones recibí a lo largo de estos días pasados para firmar una carta exigiendo la dimisión de cierto rector copión. No me cogieron por sorpresa porque ya habían desfilado, bajo la mirada diaria a la prensa, innumerables titulares que informaban del asunto. Es más, sabedora de que publicar artículos-refrito, en lugar de originales más o menos científicos, nunca llegó a escandalizar a nadie ajeno al ámbito en el que se produce la alquimia, a veces ni en él, y bien consciente de que había cuestiones infinitamente más preocupantes dentro de casa como fuera de ella, ni tentada estuve siquiera a entrar en el cuerpo de la noticia, no le concedí mayor importancia. Hasta que un amigo, poniéndome delante una muestra del copieteo, exclamó: -Ya, pero es que este, querida, no hace refritos de otros artículos, no es que se “inspire” en ellos, los fotocopia, o, si me permites -me sabe vigilante severa y sin tregua del uso que se la da a la lengua, virtud o defecto nacido al abrigo de una deformación profesional de miura-: ¡este fulano cortipega! Y, en efecto, el texto B era idéntico al texto A, lo clonaba. Me dio un ataque de risa. -¡Así me gusta, Suárez, tío! ¡Con un par! Ni mis chiquitines de bachiller se permitían volar tan alto cuando saqueaban Wikipedia, porque sabían qué podían pescar y qué estaba terminantemente prohibido y hasta castigado con un suspenso ejemplarizante.

Con todo, y muy a su pesar, desconsideré el asunto de firmar exigiendo esa dimisión, un gesto inútil a poco que se sepa cómo anda la enseñanza en este país -la media, la universitaria y, por supuesto, la investigación-, a estas alturas, ya un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz, que dejó escrito Bécquer, fantasma del que cualquiera, eso sí, puede hablar, y habla, no faltaría más, pero en general sin idea del asunto o con la única de ayudar a mantener las cosas tal cual están, siempre de la mano de renombrados pedagogos, psicólogos, antropólogos, sociólogos y demás poetas. Y aunque me digan que siempre fue más o menos, o incluso que vamos a más y que nunca hubo juventud tan preparada, por las noticias que tengo y hasta por haber transitado tiempos muy otros, diría que, de los ochenta para atrás, los universitarios, los bachilleres incluso, sabían, mínimamente, escribir con absoluta corrección y leer entendiendo lo que leían, y por si fuera poco, oiga, algunos, leían, y conste que me estoy refiriendo a autores en general muy por encima de, pongamos, nuestros más renombrados novelistas y poetas actuales. Increíble, lo sé. Ahora vayan y cuéntenselo a nuestros conciudadanos, titulados o no, a los en trance de titularse, o a los profesores del nivel que gusten, que los mirarán con desprecio y les escupirán, como contagiados de una rabia común o insuflados de divina sabiduría, que la escuela tradicional, además de hincharnos a deberes, nos lo mataba todo, la creatividad, el respeto por la diversidad, la capacidad de integración y de emprendimiento, la… En fin, he olvidado el resto pero, vaya, por entendernos, nos capaba; intelectualmente, no consta, pero desde luego, emocionalmente y como personas, seguro, solo escucharlos con alguna paciencia, aunque sin mentarles los deberes, por Dios.

Así que, en este sentido de cómo van yendo las cosas del saber, parece que el tal rector apenas se limitó a llevarlas algo más lejos o, de otra manera, gracias a su impagable, asombrosa y personal contribución, una especie de guiño involuntario a la ciudadanía, se mostró públicamente el estado de la cuestión. El progreso humano es así. Aunque parezca que no se progresa, se hace, es decir, se tira p’alante, y las cosas resultan ya imparables. Es entonces cuando echamos la vista atrás y descubrimos que somos abuelos, que la vida pasó y que lo nuevo nos extraña, sin duda, porque sencillamente no lo entendemos. ¿Qué otra cosa, si no, podría ser esta sensación de que cada día somos todos un poco más imbéciles, sin que se nos ocurra siquiera advertir de ello al prójimo con un enérgico codazo?

En fin, ya que sigue lloviendo en este país –cinc dies que plou i no es pot treballar… què fa el cel amb nosaltres?- conviene ir al grano, a lo recién pasado que tanto fruto dio y sigue dando, en concreto, al hecho de que, poco después de iniciada nuestra modélica transacción, la prensa, la televisión, las emisoras de radio y hasta las universidades anduvieron entre los antojos de los partidos políticos. ¡Había tanta hambre…! Bueno, de los partidos políticos y de la iglesia, pero la iglesia siempre estuvo ahí, con sus antojos bien satisfechos, pero los partidos políticos llegaron con esta gozosa demosgracias de la que estamos disfrutando. Hablo del PP y hablo del PSOE, partidos que, a imagen y semejanza de tiempos aun más pretéritos, se turnaron en el poder y lo usaron en la medida en que se lo fuimos permitiendo, es decir, abusando, ya saben… você abusou, tirou partido de mim. Y en ello andamos y andaremos vayan ustedes a saber. Se sabe, por ejemplo, que el PSOE se hizo la Carlos III para los suyos y que la pusieron en manos de Gregorio Peces-Barba, entusiasta cristiano convencido de que la voz del pueblo era la voz de Dios, el PP, la Rey Juan Carlos para más de lo mismo, y los jesuitas, por no ser menos, o AMGD, la Pablo Olavide de Sevilla, de la que no sabría decir si en ella estudió parte de los dirigentes de Podemos, o si solo salió de allí el invento, un invento que probablemente se les haya ido algo de las manos, pero que está por ver, ¿o no, Jorge Mario Bergoglio? Fíjense bien, otro suceso curioso, primer Papa latinoamericano y primer jesuita Papa, tres en uno, o “hecho histórico para el planeta”, que diría Leire Pajín… -¿y qué será de esta mujer?, ¿y qué será de la infanta consorte?… perdón, ¿del consorte de la infanta y de la infanta misma?, ¿y de Bárcenas?, ¿y de…? Dejémoslo aquí o en Navidad seguiría en el intento-. Todas estas cosas, y alguna más, las conoce sobradamente la prensa, cómo no va a conocerlas, pero, en lugar de ir a la raíz del mal llamándolas directamente por su nombre, lo que conllevará ciertos riesgos, me digo, poda ramitas insignificantes, como jugando a ver si adivinamos de qué van ciertos negocios. Tal el artículo cuyo enlace dejo debajo, seleccionado un poco al azar de entre tantos que se escribieron sobre tan significativo suceso.

¿Y qué será lo peor de todo este entramado de intereses? Caramba, pues, para empezar, que estos asuntos han de desprestigiar por fuerza la universidad pública en beneficio de la privada, ¿o no?, lo que no me digan que no es como para tirarse de los pelos, el hecho de que, encima de que hayan creado cátedras y otras sinecuras y momios para los suyos el PP como el PSOE, hayan mantenido al tiempo, con mano férrea, a la iglesia más que tranquila, satisfecha. Y si a ello añadimos nombrecitos como Carlos III o Rey Juan Carlos, nos dirigimos, no al futuro y a la idiocia, como llegaba a temerme líneas arriba, algo propio del progreso imparable, sino a aquel lema triádico de otrora “Por Dios, por la Patria y el Rey”. A falta de educación y de sabiduría, ancestral ignorancia apuntalada con renovado brío.

Y que a estas alturas haya identificado el PP y el PSOE con la patria no debiera chocarle a nadie. Consta que en su nombre, el bien de España, poco ha que terminó de perfilarse la gran coalición que aún no nos gobierna, cierto, pero démosle aire y un poquito de tiempo y verán qué bien puede llegar a hacerlo y con solo echar una mirada a lo bien que lo hicieron el uno y el otro por separado, de manera que qué no podrán hacer estrechamente coaligados, ¿verdad, mi inefable José Bono, tú que tanto sabes también acerca de la iglesia de Pedro? ¿Y Catalunya, escribidora? ¡Ah, cierto, Catalunya…! ¡Siempre nos quedará Catalunya! Habiendo desaparecido, por fortuna, ETA, Catalunya sigue ahí, a modo de eterno conflicto o primer motor que nos empuja, al menos, que da la sensación de que nos empuja y de que nosotros nos movemos, aun sin movernos -admitido- un palmo del lugar asignado secularmente a esta gran nación de naciones a la que vienen llamando España desde mucho antes de que naciera, sin duda, una especie de palpitante premonición.

http://ctxt.es/es/20161214/Politica/10061/Plagio-rector-Universidad-Rey-Juan-Carlos-Fernando-Suarez-Bilbao-PP.htm

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5 comentarios en “El rector copión por Dios, por la Patria y el Rey.

  1. Lástima que no sepa yo escribir como tú. Ya poco importa que unos creen una universidad y otros otra; ninguna de ellas servirá para mucho, excepto el proporcionar el sillón, o lo que sea, al enchufado de turno. La Universidad del futuro poco se parecerá a aquella de Fray Luis de León en la que parece que muchos se han quedado anclados. Si la razón de ser de una Universidad es la transmisión del saber, hay hoy día muchós procedimientos que hacen esa función con tanta o más eficacia que la que se proporciona hoy día desde las poltronas de las cátedras.
    Lo del plagio es otra cuestión. Lo de este rector es para nota; ni molestarse en intentar disimular un poquito como hacen muchos de sus colegas…, pero bueno…ese tema da para otra entrada en tu blogg y seguro que sería muy interesante.
    Un saludo.

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    1. Listener, puesto que usted suele escribir más que correctísimamente, he de recordarle que me debe una explicación acerca de esa afirmación suya de que «Si la razón de ser de una Universidad es la transmisión del saber, hay hoy día muchos procedimientos que hacen esa función con tanta o más eficacia que la que se proporciona desde las poltronas de las cátedras». Como en principio no estoy de acuerdo, y usted lo sabe, no lo tuteo precisamente en razón de una deuda que espero que satisfaga a la mayor brevedad para sacarme del error o confusión. Un cordial saludo.

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  2. Lo primero que debo hacer Dª Luisa, es disculparme con usted por la tardanza en darle esa explicación que tan justamente reclama. Mi retraso se debe un poco a mi despiste y otro poco a razones que, por su carácter personal, no sería adecuado exponer aquí.
    Pero vamos a lo nuestro; quizá la brevedad de mi afirmación, hecha de un modo genérico no sea del todo exacta, y necesita una aclaración un poco más detallada. Lo que yo afirmo es que la universidad del futuro, se parecerá poco a la que hemos conocido los que ya tenemos una edad; pues en aquellos tiempos el docto profesor llegaba a su clase y soltaba un discurso más o menos preparado, mientras el alumnado se limitaba a tomar apuntes como mejor podía. Esos apuntes, validados por la contrastación con los de otros compañeros, generalmente se convertían en el principal material de trabajo (y en buena parte de los casos, el único) utilizado por el alumno en la preparación de la asignatura. Para mejorar esta forma de trabajar, a principio del siglo XXI, y aprovechando las nuevas tecnologías y el auge de internet, los rectorados de casi todas las universidades decidieron poner en marcha los planes de innovación educativa que básicamente consistían en dotar a las aulas de los avances tecnológicos de la época (ordenadores, cañones de proyección, etc), y utilizar las “Aulas virtuales” en donde el profesor podía poner al alcance del alumno los apuntes que antes explicaba en la pizarra y que el estudiante podía leer de antemano, permitiendo de esta manera una mayor fluidez en la clase y una mayor interacción tanto profesor-alumno como alumno-alumno. Y es cierto que algo se avanzó con relación al anterior modo de proceder; si el profesor era algo habilidoso, podía plantear en ese aula virtual cuestiones a discutir y resolver en clase logrando captar la atención del alumnado; pero como de todo hay en la viña del señor, los profesores con no mucho entusiasmo por la docencia se apoyaban en el aula virtual para descargarse de una parte de sus obligaciones y el resultado acababa siendo similar al sistema anterior, es decir, confección de unos apuntes con vistas a la preparación del examen.
    Últimamente, me ha comentado algún profesor que cada vez que pregunta algo en clase, los alumnos utilizando los iPhone, tablets o similares, le responden de inmediato por compleja que sea la pregunta. A consecuencia de ese hecho decidió no poner “sus apuntes” en el aula virtual, sino que se limita a enunciar el temario, y son los propios alumnos los que elaboran los dichosos apuntes (hoy día el Google lo responde prácticamente todo) y en clase discuten la conveniencia de incluir tal o cual cuestión.
    Yo, la verdad, es que no sé como será la universidad del futuro; pero por lo que oigo, estas cosas que he mencionado están consiguiendo que buena parte del profesorado se esté planteando la forma de compatibilizar su función tradicional con los condicionamientos inevitables propios de nuestro tiempo. Cuando alguien encuentre la solución estaremos entrando en la universidad del futuro en donde el papel del profesor ya no será el que hemos conocido hasta ahora.
    Yo solo soy un jubilado que ha querido saldar una deuda con usted; pero, conociéndola, me temo que me va a poner usted unos cuantos peros.
    Reciba el testimonio de mi consideración y afecto.

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    1. He de confesarle que he llorado de lástima conforme iba leyendo las penalidades a las que se han sometido, al parecer, motu proprio, los profesores universitarios, con tal de ahorrarse, por un lado, la lección magistral -¿recuerda aquella preciosidad, cuando el profesor era hábil, y lo era con bastante frecuencia?-, y por el otro, por haber querido juguetear, sin éxito, con la riqueza tecnológica a su alcance. ¿Le confío un secreto? ¡Va para largo, señor Escoitador…! Al menos, mientras no logremos que un profesor reúna las cualidades que debieran exigírsele por el mero hecho de serlo. A saber: estar tan empapado en lo suyo y en el manejo de la lengua, como en lo que concierne a chicos y a sus cosas, saber exponer lo que sea con la sencillez de un niño y la pasión de un enamorado, hasta lograr que en el aula se produzca la comunión de los santos, pues no sabría decirle, pero algo muy parecido, y allá él con qué éxito haya sido capaz, además, de trabajar mirada, gestos, cambios de ritmo, intensidad de voz…

      Y tanta riqueza de medios a su alcance y disposición, ¿no han de utilizarla, luego? ¡Pues no faltaba más! Y, por remontarme a la prehistoria de esos medios, le diré que el día en el que, antes de salir para clase, pude teclear y buscar en Google un par de versos, pongamos: “Tienen, por eso no lloran,/ de plomo las calaveras” y, ¡hale hop!, hacerme con el romance íntegro de La Guardia Civil, para, tras imprimirlo, llevárselo al bedel para que hiciera treinta o cuarenta fotocopias -qué invento también el de la fotocopiadora! aún recuerdo cuando entraba en el aula media hora antes de la clase para copiar en la pizarra una docena de versos de Homero-, en lugar de sentir como me subía el índice de adrenalina mientras luchaba con la tarea imposible de encontrar El Romancero en mis propias estanterías, con resultado casi siempre nulo, me arrodillé ante la santa tecnología. Imagine mi gozo ante lo que me cuenta, una pantalla, un profe, una pantalla, un nene, y así, hasta los cuarenta o cincuenta de la clase… Incluso una por cada dos o tres, para cuando les indicara servidora: Tecleen en Google “Diccionario etimológico de las lenguas románicas”, de Fulanito, y métanse con él, porque vamos a jugar, para empezar, a comparar términos de las tres lenguas románicas españolas, y además, les voy a contar una anécdota de mi primer día en la universidad. Y, hala, la batallita brutalmente pedagógica de una abuela recurriendo a los distintos registros de la lengua, al uso estratégico de silencios, miradas, gestos, cambios de ritmo e intensidad de voz, mientras los fuera examinando, a ellos y sus reacciones, es decir, mi éxito o mi fracaso.

      Tengo para mí que el día en que los chicos dejen de tener en el aula un buen referente humano, mala cosa, aunque, que se sepa, hasta hoy, no hay manera de substituirlo por más tecnología que le echemos. Y, sin embargo, conozco montañas de profesores que, desde hace doce o quince años, viven ocultos y medio silenciados detrás de correos electrónicos masivos, blogs hasta arriba de problemas de física o de matemáticas, explicados paso a paso y resueltos, de análisis morfosintácticos, idem, de versos latinos y griegos traducidos y acompañados de toda la parafernalia explicativa o de sus apuntes-refrito. Y todo ello, esencialmente por dos razones: porque son más bien vagos, creen, no sé si con inocencia, que la tecnología los descargará de faena con éxito -aunque sueñen con que los sustituyan del todo; eso sí, sin perder nómina ni vacaciones- y, por encima de todo, porque, más que amar la enseñanza, la odian: cayeron en ella por casualidad. Y usted lo sabe, vaya si lo sabe. Ya me lo confiará lealmente delante de unas cañas o un café cualquier día de estos…

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      1. Apabullante respuesta Dª Luisa; me rindo y confieso que ante unas “viejas tecnologías” como son el entusiasmo del profesor, su saber estar, la pasión de enamorado, la mirada, la voz…etc, las nuevas tecnologías se quedan en nada. Pero todo el que sepa algo de esto, sabe que la conjunción de todas esas cualidades no se da en todos los casos; quizá sea por eso que a veces se abusa de lo nuevo cuando no se tiene lo que hay que tener de “lo viejo”.

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