Hemos ganado. Casi.

 

Desde la madrugada del domingo electoral, llevo incrustada en el cerebro una emisora de radio en la que alguien canturrea: ha vuelto a ganar la imbecilidad moral, ha vuelto a ganar la imbecilidad moral… De cuando en cuando, la voz de un presentador, un tipo políticamente correcto, interrumpe para advertir: Lo de la imbecilidad no es insulto, es el diagnóstico que aprendimos hace mucho tiempo de estudiosos de la psiquiatría, la psicología, la sociología, la criminología y aun la teología moral. No sé qué pensar.

En los comicios del 26J estaban llamados a votar más de treinta y seis millones de españoles, pero solo lo hicieron sobre los veinticuatro (el cálculo en este asunto bobo me pone de pésimo humor, me disculpo por la posible inexactitud de los datos). El PP rozó los ocho millones, se le escaparon, pues, los más de quince que se decantaron por otros partidos, a los que vinieron a sumarse los doce que se fueron tranquilamente a otra cosa, mariposa. ¿Y eso? ¿Pereza de los unos y cuestión de ideología de los otros? Por Dios Santo, no lo creo, atiborraban las calles como si regalaran capazos de euros, y qué ideología ni qué zarandajas de este mundo por fin moderno y civilizado del siglo XXI. Al fin y al cabo, PSOE y Ciudadanos no son sino más de lo mismo, si lo prefieren, PP descafeinado.

Sencillamente, no lograron colmar nuestras ansias y expectativas, exigíamos bastante más, mucho más, y el PePé nos defraudó. Va un poco más lejos en ese quehacer tan suyo, tenaz y reiterado, como harto demostró desde por lo menos los tiempos de Iribarne o quizá desde antes, de los de la dictadura de la que venía Iribarne, aquel camino que tan apasionadamente retomó Núñez Feijóo con su amigo Marcial de la Isla o el mismo gran líder en persona al alternar con la marinería y patrones de los barcos de Os Caneos -¡oh, el preciosísimo Moropa, del que Mariano andaba tan enamorado!-, en lugar de con tanto tiento, tan prudente disimulo y tanta monserga, más propia de gente mojigata, mucho más a tumba abierta, bien pinchados los teléfonos de los despachos de varios ministros, ¡no el de uno, qué querer y no poder!, por todo lo alto, con ansia, y se llevan la totalidad de papeletas porque ni un solo español habría hecho pellas ese día (hasta circuló por la redes la imagen de un Franco familiar y entrañable regañándonos: “Llego a saber lo subnormales que sois y hago elecciones”. Enfado lógico del padre, que bien podría decirse). Pero henos aquí, finalmente, hechos unos zorros, un país europeo cuyo gobierno apenas fue capaz de rebasar la conducta y gestión de otros bastante más modestos, pongamos con enorme generosidad por nuestra parte, Venezuela. No lograron siquiera emular a una Austria que debe repetir elecciones presidenciales por alguna irregularidad en el recuento de votos. ¡Pueblos bárbaros que dan lecciones a la medula misma de la cultura europea, a esta pata imprescindible de la cuna de la civilización occidental!

Y hay que ver con qué generosa y desinteresada entrega se habían puesto a su disposición todos los medios de comunicación, las empresas demoscópicas, la paciencia de los sondeados a pie de urna, los párrocos y los obispos, la Falla del País Valenciano, sus propias víctimas -no me refiero ahora a las víctimas de la Falla, sino a las procuradas por el PP-, las Fuerzas Armadas y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, qué sé yo… pero ni con esas. Admitamos con amargura que el PP no se portó, que diría adolorida una casada infiel. Porque, a estas alturas, nadie puede negarse a reconocer el fruto maduro de la tenaces enseñanzas que proporcionaron a este pueblo cuarenta años de dictadura franquista y otros casi cuarenta de santa transacción, que esa sí que era pedagogía y no la que predica por ahí tanto advenedizo.

Ah, por cierto, que no se me olvide mencionar la torpe irrupción de Podemos, su obviar durante la segunda campaña hechos de inmensa trascendencia, cuya autoría nadie se habría atrevido a disputar al PP. Pero no, un Pablo Iglesias astutamente comedido se estuvo manifestando como un Pedrito cualquiera, tibio y antañón, quién sabe si actuando incluso a las órdenes de Francisco, el primer jesuita en la cima del poder vaticano. Ya alguien se refirió a él con estas palabras: “Tiene nombre franciscano, viste como dominicano, pero en el fondo es jesuita”. ¿Se podría describir mejor la vieja y astuta contradicción de esa gente? No y mil veces no, así que vayan a saber cuánto del Vaticano podrá haber en Podemos, y a saber con qué intención irrumpió en esta nación, a la que nadie podrá romper jamás, tanto populista, radical y comunista que, por si fuera poco su más que desafiante vestimenta, sus rastas y sus piojos, se manifiesta con ineficacia, altanería y soberbia. Tengo un amigo que ocupa no sé qué cargo en dicha organización a quien, desde el lunes de los tristes resultados, no se le caen de la boca unos versos pretenciosos que dirige a simpatizantes, militantes y votantes del PP, seguidos de altaneros e incisivos comentarios. Trataré de abreviar el conjunto de tanta mala baba: Llegaron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. ¿Se resentirían mucho los monolíticos cerebros de los malos si alguna vez miraran, escucharan y leyeran? ¿Son malos porque se tapan los ojos, los oídos y la nariz, o porque quod natura non dat, Salmantica non praestat?”. Ya digo, arteros y sinuosos, jesuitas pasados por Latinoamérica.

Y para finalizar un texto que impulsó la rabia causada por lo que pudo ser y finalmente no fue, díganme, ¿logrará nuestro líder supremo, Mariano, el de la mirada penetrante y el lenguaje preciso, formar gobierno tras un calvario a lo Pedrito que deberá recorrer sí o sí? De las mil propuestas que llevo leídas, ninguna produjo en nadie el menor entusiasmo. ¿Cómo es posible que ninguno de los expertos en esas lides, por perspicaz que sea, no haya caído aún en la única solución que salvaría la España irrompible que deseamos? La dejo aquí, bajo estas líneas, con ánimo de que los lectores la difundan con el entusiasmo tan de esta nación UNA, GRANDE Y LIBRE Y UNIDAD DE DESTINO EN LO UNIVERSAL.

Solución para formar gobierno Mariano: Ciudadanos, el PSOE y el propio PP deben renunciar al nombre de sus partidos porque son uno. ¿Y qué nuevo nombre será capaz de recoger los nimios e imperceptibles matices de cada uno, pero con todo matices, y al tiempo, capaz de albergar, a modo de manto protector, a la burguesía, a la clase media, al proletariado, a los humildes hijos de la patria que rozan el umbral de la pobreza o a los ingresados de lleno en la pobreza de solemnidad? Tiene el acierto sonoro de las soluciones sencillas: Frente Amplio Azul Cielo. Todo español se sentiré concernido. Y no dejen de considerar el detalle Cielo, un guiño certero y fraternal a la buena gente de Cañizares. ¡Adelante, Mariano, adelante Frente Amplio Azul Cielo!  Y, por si no han caído en la cuenta, la letra del himno nacional será coser y cantar, solo resta desearnos suerte, mucha suerte, España. ¡Y pensar que mi hijo lleva dieciséis años en Berlín, dándole a los agujeros negros y a las ondas gravitacionales como un idiota, con pobres criaturitas nacidas alemanas, habiendo podido quedarse en este hermoso país, para ociar al solecito de las terrazas, seguir disfrutando del jamón y de los partidos de fútbol después de la paella o de la fabada familiar! Ya digo, un idiota.

 

 

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4 comentarios en “Hemos ganado. Casi.

    1. Gracias por todo, Albi. Es muy malo estar solo, pero la verdad es que, por fortuna, os siento por ahí… Y seguramente somos muchos más de los que imaginamos, desde luego, de lo que imaginan otros.

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