“El miedo de los perros y los lobos”.

 

Título y texto tomados de Cartelera Turia. País Valenciano. 17-23 de junio de 2016. Autor: José Manuel Rambla.

 
«Dicen que los lobos huelen el miedo. Pero no solo el miedo presente, también el miedo presentido. De ello ha hecho virtud el magnate George Soros, experto en el arte de predecir las catástrofes mucho antes de que comiencen a intuirse. El viejo lobo de Wall Street abre bien sus aletas nasales, inspira con fuerza y pone toda la atención de su pituitaria en descubrir la más leve fragancia del miedo. Su rastro le permite ser el primero en detectar esa próxima crisis financiera, ese cercano hundimiento bursátil, esa calamidad económica que desata todos los temores con solo imaginarla. Entonces, sabedor de lo que los demás prefieren ignorar, Soros reorganiza sus inversiones. Y espera. Solo es cuestión de tiempo porque, cuando llegue el momento, será el mejor situado para hacerse con el despojo del siguiente desastre económico, con la misma tranquilidad con la que los profanadores de tumbas aguardan a las puertas de los cementerios.

Estos días el aparato olfativo de Soros está a pleno rendimiento. El magnate está agitado, nervioso, con esa excitación de las fieras cuando saben que su presa anda confiada a la simple distancia de un zarpazo. Está tan seguro de la ceguera ajena que no le importa gritar a los cuatro vientos que siente las mismas sensaciones que precedieron a la interminable crisis de 2008. Por lo pronto, según nos cuenta The Wall Street Journal, el rey de los especuladores ya se ha puesto manos a la obra y anda vendiendo parte de sus acciones a precios de saldo para comprar oro. Así que, mientras el resto de animales de la selva capitalista se mantienen ignorantes del miedo que se les avecina, el viejo lobo ya se relame ante su próximo bocado.

Pese a su interés premonitorio, refrendado por no pocos economistas, la noticia no ha tenido mucho eco en esta España electoral. Por otro lado, tampoco sorprende porque en este país los lobos de la economía no son muy dados al aullido mediático sino que, desde los tiempos de la acumulación originaria y el estraperlo, prefieren la discreción de la guarida. El ruido lo dejan para los perros, animales que, como es sabido, también huelen el miedo aunque no logran predecirlo. Eso sí, están siempre preparados para provocarlo con su ladridos amenazantes, unas veces, en su versión paternalista de perros pastores, para proteger a los miembros del rebaño, otras, en su papel de perros de presa, para conducir a la víctima hasta la mirilla de las escopetas. El objetivo, no obstante, es el mismo en ambos casos: despertar el miedo necesario para que quien lo sufre se sitúe en el lugar que la jauría le ha asignado.

En este campaña electoral, en el que no son pocas las ovejas decididas a dejar el redil alentadas por la candidatura de Unidos Podemos, no están faltando los ladridos. Y los que se avecinan. Porque frente al tándem Iglesias-Garzón, bendecido por Colau, se ha ido conformando una pinza canina donde perros de presa y presos pastores confluyen en un mismo ladrido que anuncia el desastre. Un día el gruñido surge maternal de la garganta de Susana Díaz, otro, casposo desde las fauces del ministro del interior y al siguiente se trata de un gruñido sesudo y editorial procedente de la académica materia gris de Juan Antonio Cebrián. La ruina, nos vienen a decir, se esconde en nuestro voto, mientras se apresuran en disimular el exhibicionismo de Soros y su descaro al admitir que en el fondo la calamidad es la clave de las reglas del juego.

El problema del miedo surge cuando nos satura tanto que termina devaluándose, como en esas películas baratas de serie B que ya no logran asustar a nadie. ¿Para qué escuchar las advertencias protectoras del perro pastor, si el lobo nos advierte que el rebaño no nos salva del peligro? Al final, es la misma lógica perversa que nos pone entre la inmisericorde espada de la crisis y la desconcertante pared de la recuperación: el eterno retorno que nos conduce a acatar nuevos recortes y renuncias que aplaquen la voracidad de la crisis, o nuevos recortes y renuncias que permitan alimentar el apetito de una antojadiza recuperación.

Es la lógica gastada de los canes, aquella que Georges Soros nos desnudaba al afirmar que la lucha de clases seguía viva y la iban ganando los lobos. No es extraño, pues, que a estas alturas del desastre cada vez sean más los que están cansados de tanto ladrido, los que aburridos por tanto miedo aspiran a escuchar sonidos nuevos que solo el tiempo dirá si eran cantos de sirena»

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