Imputolandia. La große Koalition de la imbecilidad moral y la imbecilidad a secas.

 

¿Qué es ESO tan nuestro, de estas tierras, que siempre está ahí por años y años que pasen y que tanto nos molesta cuando caemos en la cuenta de que realmente viene siendo así desde el principio de los tiempos? Por ceñirme a solo una de sus manifestaciones, a modo de ejemplo con el que ilustrarlo, ESO que hace que no pase nada y que la mañana o el anochecer sigan transcurriendo tranquilos, al menos en la superficie, cuando alguien de los que están sentados en la mesa del restaurante o del bar contigua a la nuestra se pone a escucharnos con descaro pueblerino, cruza una mirada cómplice con alguno de sus amigos o, en su caso, levanta la voz, y tanto, como para que podamos oírle con meridiana claridad, que es de lo que se trata, y no solo los más próximos, ciertas consideraciones que juzgamos las propias de un cretino desde la primera palabra emitida y, tras de sobre la docena, de un paciente diagnosticado de galopante imbecilidad puesto a opinar sobre quién sea o acerca de lo que sea, un partido político o cualquiera de sus representantes más mediatizado, y mostrando su desprecio en un juicio en modo alguno rebatible, definitivo, o por el contrario, su simpatía en cualquier otro asimismo incontestable, cierto que vergonzante y encubierta esta simpatía desde hace una temporada, pero deducida de las notables aseveraciones que aburriría silabear, del tipo de los viejos estribillos “todos los políticos roban” o “cualquiera haría lo mismo si pudiera”, y sustentadas las rotundas creencias en la fe del carbonero: yo creo y tú debes creer, es cosa de fe, no de razón ni de argumentos. Y ESO que también, por contra, logra que los demás hablemos tan quedo como se pueda al intercambiar información u opinión sobre lo que se tercie, incluidos los partidos y sus políticos, qué decir cuando de política a secas, harto sabedores de que hay que evitar que se nos oiga desde la mesa de al lado, su silla rozando cualquiera de las nuestras, y sus oídos de pronto aguzados, más toda la mala leche de la derecha española despertada -por intentar clasificarlos un poquito-, sus tambores de guerra al tiempo.

Más claro aún, por abreviar, ¿por qué no es que dé la sensación, sino que sigue siendo la misma bestia de entonces, la de siempre, la que puede decir cuanto le viene en gana sin que nadie, por educación y por prudencia, conociendo el paño, proteste, la misma prudencia que aconseja ignorar la descalificación y aun el insulto apenas velado que se permite lanzar el menos hábil de ellos en todo sentido dirigidos a nosotros o al aire, así, como sin querer queriendo y sin señalar señalando? Substituyan el asunto político de la hipotética charla por cualquier otro, prensa, cine, libros, educación, viajes, relaciones sentimentales, vecinales, sexuales… es igual, la situación no varía. Se adviertan entre ellos con una mirada, la fijen en nosotros como los chicos pendencieros o como los papanatas de la media sonrisita tonta, notamos que se nos escucha con una atención en absoluto disimulada, claramente descalificadora, pero descalificando ¿exactamente qué?  —Pues lo que me da la gana, oiga, me va a decir usted a mí qué es lo que debo descalificar… ¡Lo que nos faltaba, coño!—.

Lo cierto es que estuvo ahí desde el principio de los tiempos, al menos, del mío y del de algunos otros de idéntica camada, de quienes tuvimos algo más de suerte por una pizca más de escuela y unos progenitores y un contexto ajenos al pensamiento uniforme y a las formas sociales que le correspondían, un batiburrillo de ‘fenómenos’ que se daban puertas adentro de estas patrias y que nos cayeron encima a los más jóvenes, no solo sin apetencia o afán por parte nuestra, sino con una temprana e intensa sensación de rechazo y aun de asco, y que nos hicieron espectadores nada dormidos, más que actores, de lo que desfilaba, piano piano, por delante de nuestra nariz infantil, y ahora, por delante de esta otra en la que se convirtió aquella y que ya todo lo huele a velocidad de vértigo. Crecimos junto a ESO, entre ESO y contra ESO, un bárbaro espantajo en su conjunto, y a saber por qué milagro supimos reconocerlo, que no ponerle nombre, a fuerza de ajenos que se nos criaba a algunos a toda aquella ‘idiosincrasia’ o hediondo revoltijo de imbecilidad moral, mediocridad intelectual e ignorancia de casi todo, a la complicidad y aun al colaboracionismo consciente o inconsciente con la abyección que andaba terminando de conformar este país por entonces en todo asunto, porque el asunto político o res pūblica se limitaba a uno que abarcaba a todos los demás: amar al Führer sobre todas las cosas.

Pero cómo haberlo amado, si en la casa del padre de algunos afortunados se tomaban a chirigota al Fhürer, a los suyos, a sus ejércitos, a su iglesia, la conducta de la sociedad visible y la de la más invisible, por las ocasionales incursiones que en ella se hacían, la copla y el flamenco de entonces, los colegios de monjas y de curas, a sus intelectuales y escritores orgánicos que, por genética como por vocación, usaban cerebros adictos al régimen desde la cuna y parían productos tipo NO-DO, los que sigue pariendo, pese a tanto camino como se juzga andado, su copiosa descendencia. Y tal que se despreciaba el uniforme militar y la sotana, en la casa del padre se hacía burla impía de los desechos uniformados o ensotanados que redactaban a gogó batallones de titiriteros de María con la misma sabiduría, arte y savoir faire de los noticieros y documentales empantanados que se proyectaban en los cines -obligatoriamente hasta 1976- antes de la película, esta, debidamente censurada para los adultos hechos niños por la gracia de Dios, hoy abuelos que querrían llevar a sus nietos a ver títeres al aire libre, pero que no saben qué son títeres, qué titiriteros y qué aire libre. Es coherente y natural.

En esa tesitura, caímos en la cuenta de que toda la enseñanza de la iglesia del Führer, fruto que mordisqueamos no por condescendencia paterna, sino porque para existir resultaban imprescindible la fe de bautismo, la primera comunión y las clases de religión de irse graduando en todo ámbito académico, giraba casi en exclusiva, directa o indirectamente, en torno al sexo, pero en versión de prohibir su práctica, salvo dispensa por el sacramento que permitía copular para engendrar -aquí te pillo, aquí te empreño-, lo demás, pura y dura concupiscencia, como gustaba de repetir el más pequeño y repugnante de sus monaguillos, monaguillo de toda clase de misas. Primera inmersión, pues, y de la escuela a la titulación universitaria de algunos, de la cuna a la sepultura de casi todos los demás -pero estos, robustecido su primer aprendizaje con confesiones, misas, procesiones, comuniones, novenas, ejercicios espirituales, caras al sol y visitas domésticas a sus pares-, en la brutal y descorazonadora obscuridad de la ignorancia, esa rancia sacristía de la que emana el ser y el estar de sus ovejas, a día de hoy algo más sueltas en apariencia, pero casi en general, enemigas de frecuentar la razón, la ética, la lectura y aun la recta dicción y grafía.

Con tan robusta preparación que se le daba a la masa celtibérica de cualquier clase social, lo esperable fue lo que hubo, que viene a ser lo que sigue habiendo, un ameno e inacabable prado en el que triscan rebaños de animalillos dóciles, todos ellos con derecho a voto como en cualquier democracia auténtica y una ancestral querencia por los gozosos acontecimientos familiares, a saber, la paella dominical, plato que cambia con las geografías, los bautizos, las primeras comuniones, las bodas, civiles y no, los sepelios, los fines de semana en el apartamento de la playa y los puentes largos en Andorra, en Mallorca o en la Disney francesa, junto con el gusto por seguir educando a los más desprotegidos, la prole, en colegios religiosos. ‘Si eso’, es decir, si los pluses que siempre cobran a las familias los colegios de la iglesia, por subvencionados que estén, les vienen mal, o consideran que esa plata rentaría más y mejor invertido en una plaza de garaje, o temen, erróneamente, lo que juzgan grandes exigencias de la prueba de selectividad al final del bachiller o las del aula universitaria, allá, cuando los dieciséis o diecisiete años, finalizada la primera e indeleble imposición de manos para la urbanidad -en su pobre entender, educación-, se transige muy a regañadientes con la enseñanza pública, una desdicha en todos sus niveles, cierto, y desde hace demasiado tiempo ya, pero desdicha deliberada y propiciada por los partidos turnantes en el poder, aunque siempre menor que la de la santa madre, porque, si en los IES el profesorado es mediocre, en los colegios religiosos roza lo ágrafo con frecuencia, por no mentar lo que aburriría mentar aun en breve adenda. Así que, para convencer la escuela a secas desde el abecedario, hay que pertenecer a una familia modesta, pobre incluso, o inmigrante, o bien a otra, esta de clase media media o media alta pero lo bastante cultivada, aunque, obviamente, los pobres y los inmigrantes ganan por goleada. Es un placer observar cómo se relacionan unos y otros sin mayor problema, salvo allí donde la pobreza es miseria a secas, y no solo material, porque lo uno anda casi siempre con lo otro, y entonces, sí, todo es problema que se multiplica.

Además, y dudo que fuera en exclusiva fruto acrecido y fortalecido al amor de la escasa instrucción, la represión sexual o la práctica inexistencia de poetas y creadores en general, en suma, al cobijo de la ignorancia, fuimos, seguimos siéndolo, uno de los tres o cuatro países europeos en los que el intercambio o trueque de bienes -bien, en su más amplio sentido, al que cabría llamar trapicheo o beneficio secular, de menudencias a auténticos disparates- es el pan bendito de cada día, porque como la hiedra, la hiena caciquil clientelar sigue trepando robusta por los muros de la patria. Qué suerte, pues, que en la casa del padre también a algunos se nos hubiera enseñado a fijarnos en ello y a señalarlo con el inmenso desprecio que surge burlón del espíritu refinado frente al grosero acomodo consentidor de medio pelo que frecuenta cualquier tipo de cofradía, si la cofradía dispensa bienes terrenales envueltos en celofán celestial o divino, una especie de regalo endemoniado.

Cliente ignorante de casi todo, mediocre e inculto, temeroso y sumiso, amigo de las fiestas y del chismorreo y enemigo de las verdades como puños, el españolito de marras, este que vota al PP, sigue siendo cómplice queriéndolo y sin querer, un poco al modo de las muchachas católicas de la Sección Femenina de FET y de las JONS de los tiempos del Führer cuando la relación sexual. Así que, llegadas las cosas a estas alturas, más bien bajuras, considero que habría que cortar por lo sano tomando una decisión drástica y pragmática. Tal vez, se me ocurre, iniciar todos los telediarios, los debates de La Sexta y los de La noche en 24 horas, el Intermedio, los boletines informativos radiofónicos, la sesión cinematográfica, la editorial de los periódicos y cuanto se nos vaya ocurriendo sobre la marcha con algo a modo de cuña publicitaria. Por ejemplo: ¡Españoles y españolas: España sigue yendo francamente mal. Mirad a ver si podéis hacer algo por vosotros y por vosotras, todos juntos y juntas, porque así nos vamos al carajo! Es posible que muchos… sí, vale, y muchas… optaran por tomar cartas en el asunto de una bendita vez, interviniendo en la forma más hostil, oportuna y eficaz la que está a punto de caernos encima, una vez más o de nuevo, porque, consta, nunca es tarde si la desdicha fuera menor que la que parece venir trotando segura. ¡Ach, España, no seas así, regenérate, anda…! Prometo mantenerme a la expectativa de cuanto vaya ocurriendo con exquisita atención, pero formar parte de esos escuadrones de ir a salvar a España me resultaría imposible, y explico gustosa por qué, no me cuesta nada. Wenceslao Fernández Flórez, escritor humorista gallego, decía que las arengas lo electrizaban sin que pudiera evitarlo, a mí, en cambio, en absoluto: amo el erotismo tanto como detesto la pornografía, no me pone en absoluto, al contrario, me entibia y aun me enfría. Cierto que él lo decía irónicamente y que yo siempre hablo en serio.

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