Ruido.

 

Cuánto ruido, por Dios, toda esta temporada pasada, ¿no notaron? ¿No? Entonces quizá haya sido cosa mía, pero solo me llegaba ruido y más ruido, un ruido infernal, no oía nada ni recuerdo desde cuándo, pero quizá desde bastante antes de los atentados terroristas de París y aun de las elecciones catalanas, y mi cerebro cedía a una especie de vaivén monótono y cotidiano cuando la nada o un batiburrillo de necedades recurrentes se instala en su interior. El ruido, al menos para mí, es peor que la obscuridad, porque la obscuridad puede ser sonora y aun en ella intuirse la vida.

Así que, ayer, harta del ruido, del de dentro y del de fuera, me dije que me convenía más ruido, el debate a cuatro… ¿a cuatro?… de la Sexta, por ejemplo. Ustedes saben que, a veces, hay que dejarse caer hasta el fondo del pozo para lograr remontar la adversidad. Y aunque detesto los espectáculos de masas, esos en los que cientos de miles, o millones de personas, se juntan para presenciar al unísono, de una u otra manera, lo que acontece en un determinado lugar, con todo, me obligué a ver la mise en scène -en la que, por cierto, vetaron a personajes imprescindibles, como Garzón-, la corrida, el reestreno, semejante partidazo, paliza, o ustedes mismos.

¿Quién ganó?, se preguntaban ayer, y continúan preguntándose hoy, los muy majaderos medios de comunicación, procurando alargarnos el banquete. Obviamente -me dije- ganó el único actor que percibimos como de carne y hueso, con su cerebro, su mirada, su lengua y sus gestos de expresar lo que hay dentro de una cabeza. Los otros tres son maniquíes, actores de una obra que no se han leído, que apenas si les contaron de qué va y muy por encima. Riverita se moría de ansia y de miedo escénico, Sánchez, el pobre, no terminaba de encontrar aquella su sonrisa ancha con la suele cubrir su entera desnudez socialista y Soraya nos dio el parte de los viernes, a pesar de que era lunes.

Como consideración más personal aun, diría además que, de Soraya, me habría suicidado hace ya mucho tiempo, de Sánchez, le habría cedido el puesto a otro más espabilado y, de Rivera, habría caído en la cuenta de que, precisamente, no le salen las cuentas que otros echaron por él. Ni de coña le salen, por más que su hambre le diga una y mil veces que sí, que claro, que qué otro, buen Dios, si se lo han confiado amorosamente al oído por activa y por pasiva.

RIP, pues, un debate más, o RIP el debate por antonomasia. Pero que nos echen más y más y más, que sean buenos y generosos, queremos parecernos a USA, tal que quieren los alemanes, los franceses y tantos otros. Morimos por ser como USA, asín que, más fúmbol, por favor, amos nuestros.

Lo que me importa de verdad es que lo logré. Hace un rato, leía o, mejor, releía…

«Seis días después, Hervé Joncour se embarcó en Takaoka en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó a Sabirk. Desde allí remontó de nuevo la frontera china hasta el lago Baikal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, alcanzó Kiev y recorrió en tren toda Europa, de este a oeste, hasta llegar, después de tres meses de viaje, a Francia. El primer domingo de abril –justo a tiempo para la misa mayor- llegó a las puertas de Lavilledieu. Se detuvo, le dio gracias a Dios y entró en el pueblo a pie contando sus pasos, para que cada uno tuviera un nombre y para no olvidarlos nunca más.
– ¿Cómo es el fin del mundo? -le preguntó Baldabiou.
– Invisible.
A su mujer Hélène le llevó de regalo una túnica de seda que ella, por pudor, no se puso jamás. Sí se sostenía entre los dedos, era como apretar la nada».

Y de pronto trinó un pájaro en el silencio de esa lectura a la que acudí en un momento de lucidez o de instinto de supervivencia, consciente de que no estaba paralizada por el miedo o por la confusión, sino por el ruido. Cualquiera podría hacerlo, porque fue tan sencillo como esto: me levanté, me duché, me vestí, desayuné, cogí el libro, pero no cualquier libro, quería plasticidad y sugerencia, la música sonando bajita. Y regresó de golpe el silencio, y con él, síntomas claros de actividad mental. Bienvenida a casa.

 

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2 comentarios en “Ruido.

  1. Me quedé dormida en mitad del espectáculo, no se si por aburrimiento, por ya sabérmelo de memoria, por cansancio o , ahora que te he leído, simplemente por buscar el silencio. Me ha encantado

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