“¡Se acabó la broma!”. Huida a ninguna parte con albariño y ostras.

 

Que porque soy gallega debiera callar qué opinión me merece ese pueblo, alguno de sus rasgos más sobresalientes, es algo que se me acaba de pasar por la cabeza y que dejé resuelto más o menos así: A modiño, miña nena, ti fai xusto o que queras, que ven a ser o que fixeches case sempre, ¿ou non? Pois iso.

Recuerdo una ocasión, de tantas como íbamos a Galicia, en que entramos a comer en una de esas modestas casas de comidas de las que decir que se come muy bien y abundante es como afirmar alguien que Quevedo no era mal escritor. Debíamos de ir por el segundo plato, cuando el padre de mi hijo, dirigiéndose a la dicharachera moza que nos atendía, le dijo con cierta sorna: –Escoita, nena, inda que esté ben amormelada a vosa carne asada, faime falta un … un… (se balanceó unos segundos, estuvo a punto de caer antes de encontrar la palabra que buscaba en lengua que utilizaba una vez al año, que no era la materna y que tampoco, ni por entonces ni ahora, estaba dispuesto a hablar con uno cualquier gallego, aunque, terminó por cazarla al vuelo)… un coitelo, fai o favor, anda-.  La respuesta nos llegó veloz, antes, diría, que la última sílaba de coitelo: –¡Ai, señor, non sexa tan fino, diga “cuchillo”!Agora mesmiño tráigollo, síntoo moito, no sei no que ando hoxe-. La mirada regocijada de mi hijo, un casi adolescente aquel verano, se cruzó veloz y luminosa con la mía, que, absolutamente feliz, la dirigí a mi vez a su padre, quien nos la devolvió a cada uno, o por partes, enterita o tal como la había recibido de uno y de otro.

Aquella lección de la muchacha, envuelta en el finísimo papel de la burla, justo la que entraña el sentido del humor genuino, o lo que es lo mismo, gallego, había sido más transparente que el agua del mar en que nos habíamos bañado aquella misma mañana, incluida la malicia, pero una malicia que nos era tan familiar y tan tierna, que ningún gallego se ahogó aún ni en aquella playa, ni en muchas otras de esas en las que ahogan con tanta frecuencia los turistas, en aquel tiempo y por fortuna, forasteros o veraneantes. Fue exactamente una lección por el método de darle la vuelta a la tortilla con habilidad y con limpieza, método que, si no todos los gallegos, los más lo llevan en los genes.

Porque precisamente los más de ellos, en especial los que nacimos mucho antes de la Transición -transición a no recuerdo qué, pero era a algo, seguro-, oíamos desde los primeros dientes frases reiteradas varias veces al día de boca del conserje del colegio, del portero, de la boticaria, del cartero y aun de parte de la parentela propia, a modo de método Berlitz de aprendizaje lingüístico, feedback o realimentación, es decir, oíamos que la lengua gallega es muy otra cosa que el castellano, al menos en ciertos aspectos esenciales que se dan por supuestos y que resultan indiscutibles. A saber, o ejemplo, varios: «Ni castellano hablaba, era una mala bestia el pobriño». «Fíjate cómo será su abuela, de qué aldea habrá bajado, que todavía habla gallego». «Es una niña fina, de ciudad, y habla el castellano de los señoritos». «Emigró a América y allí, no solo hizo una enorme fortuna, sino que aprendió a hablar castellano». Alguno de los ejemplos es tan precioso como el que sigue, por lo que merece un comentario algo más prolijo: «-Papá, hay una niña en el cole que no sabe decir naranja, dice naranga-. -Por ultracorrección, hija mía, pero no del tipo de los españoles que dicen cónyugue por cónyuge, sino por miedo compensado: en gallego no existe el sonido “j”-» Y al tiempo, en buena parte de él, sí existe la geada o gheada –admitida por la Real Academia Gallega-, que consiste en pronunciar el fonema velar sonoro “g” como “j”. Es decir, que el fonema “g”, que sí existe en el sistema fonológico gallego, se realiza en parte de la geografía galaica con el sonido de una suave casi jota, de la que, insisto, carece el sistema fonológico gallego -el trabajo> o traballo; la abeja > a abella; yo traje > eu trouxen-, o como la hache aspirada inglesa. Lo peor, admitido, es cuando los huevos son juevos, en lugar del correcto ovos, y ustedes ya entienden por qué mala pata sin que lo explique. Muy otra cosa es que la gallina sea, correctísimamente y por geada, jaliña. No sé si me siguen, o más exactamente, si he logrado explicarme con la exigible eficacia pedagógica. Pobre niña porque, además, a decir verdad, la naranja en gallego-gallego es laranxa. Y por rematar en torero el párrafo, no sé si conté ya de mi tierno pasmo cuando, allá, en tiempos del franquismo duro -¿y cuándo no lo fue, si aún andamos en ello y miren con qué pelos?- una elegantísima señora, en A Coruña, se me acercó para preguntarme sonriente: “¿La calle Guana de Veja, por favor?”.

Pero si alguno de los lectores está suponiendo, por desconocer aquellas tierras aun en viaje rápido organizado por una agencia, en autobús y con parada y fonda en Sanxenxo, que los gallegos somos una tribu rara que habla una lengua primitiva y tan ajena, la tribu como la lengua, que debiera independizarse de España como Cataluña, yerran, y con error de manual escolar. En la Introducción del Diccionario de usos Castellano-Gallego, de Xosé María Freixedo Tabarés y Fe Álvarez Carracedo, excelente, publicado por Akal en 1985, se lee: «Cando un xa vai canso de abrir e pechar, o diccionario castelán, mesmo da ledicia topar nel: congostra, coroza, meigo, chaira, chubasco, chamuscar, e a tan usada en castelán que nadie se lembra de que é galega: macho. E aindamáis como nos din a nos os casteláns. Mesmo neste século, onte coma quen di, entraron: lacón, gafe, queimada, pufo». Y, añado por mi cuenta a este exiguo corpus de galleguismos que ese señor pasmado y bizco a quien hicisteis presidente de la nación española es gallego. Así que, de tonterías, las justitas.

A miña ledicia… ¡ay, perdón, señorito!… Mi alegría al enterarme, en este epílogo agónico de la legislatura del PP, de que Rajoy quiere meterle el gol definitivo a las veleidades catalanas, mediante reforma del Tribunal Constitucional, que podría suspender en sus funciones a Mas en caso de desobediencia, y con el 27-S a la vuelta de la esquina, es decir, que quiera modificar la ley para que las sentencias del Tribunal Constitucional sean de obligado cumplimiento, fue tan grande, que ayer salí a cenar con un independentista y regresé de madrugada y cantando. “¡Se acabó la broma!”, tal que parece que dijo Xavier García Albiol dirigiéndose a los rumanos y otras gentes de mal vivir, una especie de: ¡Hasta aquí hemos llegado, se acabó la fiesta, todo dios a casa, y a casa, por etnias, ojito! Un Xavier con equis, por cierto, cuando, de siempre, todo nombre y aun apellido español rehuyó y rehúye esa equis para decantantarse por la viril y marcial jota de Javier. ¡No te jode el pringao del Albiol!

¿Y quién le habrá aconsejado ese camininito a Rajoy? Pues a la fuerza tuvo que ser un amigo suyo soutomaiorés, socialdemócrata galleguista in pectore, pero con toda la mente dominada por el pavor de sopesar el tiempo que les queda aún por delante de soportar al Presidente de la Xunta, Núñez Feijóo -amigo íntimo que fue del narco Marcial Dorado, de la Illa de Arousa-, quien, ante la pregunta angustiada de Rajoy de qué hacer con el ancestral conflicto catalán… porque, tío… ¡ahí, joder, ahí me juego las generales, las generales, la Gürtel, la Púnica, la…! (no, no, esta parte se la calló seguro, porque tendría prisa en ojear el Marca, depositado con sumo cuidado sobre la mesa al llegar al restaurante, un dos estrellas Michelín), le habrá puesto la mano sobre la fina camisa para tranquilizarlo, mientras lo aconsejaba: -Espera, Mariano, y estate quietecito, que el Marca puede esperar. Verás, y sé muy bien qué me digo: ¡Ni de co-ña te me-tas en los a-sun-tos de los ca-ta-la-nes, non vaias a fodela, pon el a-sun-to de in-me-dia-to en ma-nos de o-tros que te es-tén o-bli-ga-dos-! Y para sus adentros, con franco regocijo, el rostro pétreo, porque las Michelín y otras prebendas y canonjías, tal vez la amistad con el alcalde de Sootomaior, del PP, lo habrán hecho ya un sí es no de derechas, una cosa tipo Pedrito Sánchez, rumió: De todas formas, te vas a dar una hostia del copón, Mariano. Y a continuación, hizo una enérgica y cordial seña al maître.

De hecho, no solo este hipotético, pero real amigo de Mariano, absolutamente todos estamos convencidos de que, si hay alguien capaz de lograr la independencia de Cataluña, es Mariano, el PP, TC mediante, o mediante lo que diga el PP. Porque este tipo de gente es la genuinamente española, se podría rastrear su estirpe desde los visigodos. Por cierto, en este mismo sentido, ¿ustedes, por casualidad, leyeron las charretas en la noticia «Las juergas sexuales de Enrique Ortiz y el exdirector de Bancaja, Aurelio Izquierdo»? Búsquenla en Levante EMV, léanla, me lo agradecerán y ampliarán su concepto de España. Yo las leí ayer en ese periódico, en vista de que, cosa rara, no aparecían en ningún otro, ni siquiera en el panfleto parroquial El País. Y tranquilos, sé que se trata de ellos, de Ortiz y de Izquierdo, porque, cuando los tipos… cómo decirlo… ¿tipos tipo Albiol o Fabra o Cotino o Rato?, eso es, me veo obligada a buscarlos sistemáticamente con Google, ya que olvido una y otra vez nombres, jerarquías, momios y sinecuras; ha de ser mi sistema inmunológico. Piénsenlo bien, la murga catalana nos la arregla en un pispás, quiero decir a favor de los catalanes, «la testosterona patriótica», que llamaba en El Diario mi paisano Antón Losada, poñendo o dedo na chaga nun chiscar de ollo.

¿Quién podría resolver definitivamente el conflicto catalán sino un español-español, un Rajoy? Pero una cosa así -segunda vez que remedo al presidente- no podrá ser, digo yo, con un simple: ¡Chissssst!… ¡Oiga!… ¡Oiga!… ¡Usté!… ¡Usté, sí, digo usté!… ¡Chisssssssst!… ¡Eeeeh!… ¡Eeeeeeh!… (Rajoy tratando de comunicarse con un catalán… bueno, o con un gallego, un vasco o un castellano). Pues no, y además para qué toda esa tensión, Virgen de Montserrat, ese temible enfrentamiento, teniendo a su disposición el Constitucional y tanto y tanto más de que echar mano y que me callo por prudencia, excepto las urnas, que me apetece mentar ahora. ¿Y a quién deberemos estarle muy agradecidos cuando ocurra? ¿A quién va a ser? Al del consejo, al vecino de Soutomaior, en cuyo castillo inauguró Rajoy el nuevo curso político, un gallego que se atrevió a hablarle al Presidente en el español palatino de los señoritos. Otra vuelta limpia a la tortilla, pero en sartén ajena. Y vayan a discutirme ahora lo que les decía líneas arriba del sentido del humor y de las lecciones que regalan los gallegos a los demás a cambio de nada, a veces, incluso a otros gallegos.

 

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2 comentarios en ““¡Se acabó la broma!”. Huida a ninguna parte con albariño y ostras.

  1. Xenial, dona Luisa (con todos os meus respectos). Así é: acabarán por facilitarnos a todos a independencia dese estraño país que algúns aínda chaman España (especialmente a vascos e galegos, que os cataláns, grazas ao birollo, xa o teñen a “huevo”). No que atinxe aos galegos que dan “leccións” de balde, eu tamén podería contarlle unhas cantas anécdotas, especialmente dende a miña profesión de xornalista (e comezando por ese “frijol” que se deixa agarimar por narcos e di que os que participamos en manifestacións en contra das súas políticas, por exemplo “sanitarias”, somos uns “pobriños”… O gran teatro do esperpento nacional (galego) e estatal (grazas a gallegos moi francos…). Un saúdo agarimosamente paisanal.

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    1. Non sei de fútbol unha soa verba, qué queres, Xoán, sou muller:-), mais co teu nome chegoume certo murmurio e díxenme: iste xornalista ben podería ser fillo daquel outro Xoán Acuña que xogaba no Deportivo da Coruña, ¿non?, cidade dos ‘cascarilleiros’, e que eles me perdoen, non, perdóame ti, Xoán, xa que mesmo eu o sou, cascarilleira -xustiño nada en Corcubión, Costa da Morte-, inda que ós sete, oito anos, xa xogaba pola rúa Pondal, a uns metros do ‘Colegio Academia Galicia’, duns parentes lonxanos, xente bendita desa que non hai xa polo mundo. Quen sexas, as túas verbas son de irmán galego, e dos bons -ti sabes ben do que falo-, deses que non teñen prezo. Hai ledicia, pois, hoxe nesta casa, a túa, e pra o que gostes, de agora en adiante.

      Graciñas e bicos, Xoán.

      P.S. Lembrádevos que temos que botar fora, non sei se birollo ou revirado, mais ise sen dúbida fillo da súa nai.

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