Se murieron pero no lograron matarlos: Krahe y Chirbes.

 

Recientemente nos abandonaron dos seres humanos que para muchos de nosotros eran como de casa, tan diferentes en su manera de ser y de hacer, como dueños ambos de una integridad y de un talento muy poco frecuentes, raros. Y como consta que nuestra buena idiosincrasia nacional incluye la envidia, que suele florecer en un espléndido rencor, esa envidia y ese rencor que se despiertan ante la excelencia ajena deben de ser los que guían la mano de tanta lujosa plañidera del BOE periodístico cuando se enfrentan a desapariciones de la envergadura emocional y social de un Javier Krahe o un Rafa Chirbes, a los que ya en vida racanearon a tal punto lo que merecían, que buena parte de la ciudadanía ignora, aun día de hoy, quién fue uno y quien fue otro. ¿Imaginan de que muy otra manera se hubieran sentido o hubieran vivido ambos en Francia, en Inglaterra, en Alemania o en Italia? A finales del siglo XIX, la Tercera República honró la muerte de Víctor Hugo con un funeral de Estado al que asistieron más de dos  millones de personas. No pido tanto, por Dios, y además corren muy otros tiempos, ¿pero qué tal haberlos mentado en vida la prensa con la frecuencia con la que mentan productos de mano redactora fabricados por poderosas empresas, de cuando en cuando ciertos programas de televisión o de radio, en las clases de la ESO o de bachillerato perversos profesores de manual que desgranan monótonos nombres de vivos muertos o de los que fenecieron sin haber parido sino mediocridad? Y así, en lugar de obligar a leer a García Montero de entre los más vivos, prescindiendo desde luego y por ejemplo de informar a los alumnos de su poder en casi todos los jurados de premios poéticos, y de entre los muertos-muertos, en lugar de decir Campoamor o decir Núñez de Arce -ayer, en La Sexta, Marhuenda reivindicaba la excelencia de Pemán- pero hay más donde elegir, decir Javier Krahe, es decir, jugad con las palabras, niños, aprended a ser palabristas, vocabulario, a hablar delicadamente de sexo y con cierto humor de la traición o del volumen de cierto órgano vital, y aprended además y nada menos ingenio, ternura, humor y a ser personas. ¿No se está reivindicando hasta el hartazgo otra manera de enseñar y de aprender, el desarrollo de la creatividad de los infantes? Búsquese el método, porque no todo va a ser hallazgo tecnológico internetero por todo instrumento y todo contenido. ¿Y decir Chirbes en lugar de, un suponer, Isabel Allende o Javier Marías y un largo etcétera que se me sube a la lengua cuando digo Marías o digo Cercas o digo Puértolas, sin que lo pueda evitar? Y si a la envidia y al rencor les sumamos algunos otros rasgos de esta idiosincrasia nuestra, como el escaso amor a la escuela, a la lectura, a la música o al teatro, por una parte, y por la otra, el tan desaforado al fútbol, a los toros, als bous al carrer, a las verbenas de la Paloma, a las Fallas, a los Sanfermines, a la Tomatina de Buñol, al botellón y a los bocatas de calamares fritos, ¿cómo no se nos va a romper EjpaÑa, Rajoy, BOE, majestades, medios, decid? A ver si por fin un día amanecemos despiezados del todo para montar el puzle de nuevo y sobre todo de forma más sana, civilizada y culta.

Es lo que hay, pero, por fortuna, también excepciones, de las que hoy he seleccionado dos. Una, Alfons Cervera, entregado a su amigo Rafa Chirbes, otra, Alberto Caffaratto a su no menos amigo Javier Krahe. Así que, tras leerlos, el corazón se me puso en su sitio. Por si se vieran en mis amargas circunstancias idiosincrásicas, léanlos, no sean bobos, por qué negarle salud al corazón y al cerebro…

 

«La insumisión hecha literatura». 


Autor: Alfons Cervera. Cartelera Turia.  21 – 27 de agosto. País Valenciano.

«Le sacaba las tripas a la vida. Miraba como nadie desde su atalaya secreta en Beniarbeig. Antes, muchos años atrás, Rafael Chirbes hacía lo mismo pero no a tiempo completo como ahora. Trabajaba en la revista Sobremesa y recorría el mundo con auténtico espíritu viajero: empaparse de los sitios, de sus gentes, de lo que saben e ignoran, de todo lo que se respiraba en el adentro y las afueras de esos sitios. Había nacido en Tavernes de la Valldigna y pronto buscó otras residencias. La militancia antifranquista ocupó buena parte de su juventud y esa militancia le sirvió años más tarde para convertirla en literatura. Vivió en Marruecos y de esa experiencia salió su primera novela publicada: Mimoun. Un golpe de escritura. El gozo de una lectura tan apasionada como aquella escritura. Casi ganó el premio Herralde de aquel año, no sé cuál, no miro esos detalles. Después siguió escribiendo sin parar. Lo que contaba era el descrédito del tiempo convertido en engañifa. El pasado no puede ser el refugio para nada ni para nadie, y aun menos un refugio para la impostura.

Estos días leo algunos artículos sobre él y me lleno de vergüenza ajena. Auténticos depredadores de la ética* -y no sólo literaria- en erigen en defensores gallardos de la ética que Rafa Chirbes concedió siempre a las derrotas. Y se quedan tan panchos. El cinismo no tiene límites cuando se trata de robarle a la muerte hasta los sueños del vencido. Esto lo sabía bien él, mejor que nadie. Vivió al margen de las fanfarrias sociales. Leyó hasta que los ojos se le caían por las noches. Fumó hasta reventar. Sabía cocinar y comía igual de bien que lo hacía todo, el muy cabronazo. No hace mucho un amigo, prestigioso crítico literario, profesor universitario, me decía en Alemania: “Chirbes lo sabe todo”. Así de claro. Habían asistido los dos a un encuentro literario en Italia y conforme recorrían los lugares de excursión o de trabajo, dejaba Chirbes a todo dios con la boca abierta. No había monumento, rincón callejero o plaza que él no conociera desde que alguien, siglos atrás, los plantara allí mismo o los abriera a los canales de la historia del conocimiento. Era una enciclopedia siempre abierta. ¡Cuántos libros me recomendaba en nuestras largas conversaciones telefónicas o en directo! Imponía su criterio porque le sobraban razones para esa imposición. “Lee, si aun no lo has hecho, Imán, de Sender”, y yo a obedecer. No había leído esa primera novela de Sender. Una obra maestra. Y así siempre. Rara era la semana en que no hablábamos. En los últimos tiempos, había radicalizado sus posturas en el terreno de la política. Estaba harto de tanto cinismo: “Tenías razón en tus cabreos, yo estoy tan cabreado como tú con los que nos gobiernan”, me decía no hace mucho. Como me comentaba en Denia, el día de la despedida, su amigo Alejandro Nogales: “Era un insumiso frente a cualquier poder”. Y tanto que lo era.

Seguramente ha sido el mejor escritor en castellano de los últimos tiempos en un país que hasta hace poco lo negó hasta las cachas. Después de Crematorio todo cambió y los cohetes le llegaron con En la orilla. En Alemania era el escritor más respetado y además vendía libros por un tubo. Lo sé de buena tinta porque tengo testimonios directos de lo que digo. La Turia premió Crematorio en 2008. La bandera republicana envolvía el féretro con su silencio esa mañana y a mí me entraban ganas de gritar sin contemplaciones que la vida es una mierda demasiadas veces. No sé si habrá más novelas entre los miles de folios que tenía encima de la mesa. Él siempre me decía que no, que ya no escribía más. Era mentira, por suerte para nosotros eso era mentira. La palabra que siempre me sale cuando hablo de Rafa Chirbes y sus novelas es intemperie. Detesto la escritura que esconde imposturas a destajo, que abriga a quien escribe, que busca lecturas complacientes. Escribir es jugártela en cada frase, saber que al lado de lo que escribes sólo hay un cuarto oscuro lleno de monstruos. Y eso lo sabía mejor que nadie Rafa Chirbes. Mejor que nadie. Y ahora va y el muy canalla, sin avisar y sin nada, nos ha dejado bien jodidos muriéndose. El abrazo, grande, Rafa. Como siempre».

 

*La llamada, toda mía, por supuesto, no hay tal en el artículo de Alfons Cervera, quede muy claro. Ocurre que me pasó algo parecido, si no idéntico, a lo que le ocurrió a Alfons, me dio por leer cuantos artículos, a modo de obituario, publicaron los periódicos de mayor renombre, algunos de ellos auténticas joyas como hojas parroquiales de larga trayectoria. Y en habiéndolos leído, y después a Cervera, me dice para mis entresijos: qué otro podría servir mejor para ilustrar lo que dice Alfons, y pienso yo, sino el que escribió para la ocasión Juan Cruz, adjunto a la dirección de El País, que fue además, creo recordar, coordinador de varios proyectos del Grupo PRISA y director de comunicación del Grupo Santillana. “Honestidad de la rabia” lo titula. ¡Mecachis! Pero si hasta podría dársele la vuelta: Rabia de la honestidad. Y aún destacaría del contenido del artículo dos raras perlas, por si a alguien le pasaran desapercibidas. Esa en la que dice: «En ese entonces, un noble artículo de Antonio Muñoz Molina (En folio y medio, publicado por este periódico) puso a Chirbes en el destacado lugar al que lo llevó su esfuerzo moral por escribir lo que veía y lo que sentía sin romper sus fronteras estéticas y sin renunciar a sus convicciones éticas». Me llamó la atención por la ambigüedad, tal vez deliberada, que hace dudar de si quien puso a Chirbes en lugar destacado fue Muñoz Molina el noble, fue El País o fue el propio Chirbes per se. ¡Madre mía, qué compromiso ser incapaz de despejar la incógnita! Y esa entereza y ese valor de Cruz que lo empujan a escribir: «Era ya, pues, un maestro, alguien a quien los jóvenes visitaban para encontrarse a un personaje distraído, de mirada clara, la boca siempre en estado de estar callada, escuchando sin hablar, escuchando siempre, dándole vueltas, aunque no lo tuviera, al cigarrillo cuyo humo veía como un abrazo del aire». ‘La boca siempre en estado de estar callada…’ ¿Pillan el hallazgo semántico, el acierto fonético, la aliteración e incluso la inconsciente, en su dejarse ir, ruptura con la lengua castellana? Se podrá decir más breve pero no tan pintoresco. O ese ‘escuchando sin hablar’… Y es que así son algunos, capaces de escuchar sin hablar, mientras los más, bien lo sabemos, escuchamos hablando. Dios te bendiga, Alfons…  digo, Cruz.

Y, por fortuna, no tengo que teclear el siguiente artículo como tuve que hacer con el de la Turia, ya que constituye la última entrada de un blog magistral a la que remite el enlace que dejo debajo.

 
«Javier Krahe. Que ruede la rueda y gire la noria… amigo»
Autor: Alberto Caffaratto Ladoire (Madrid, 1954) Blog y Magog – 14 de julio

 

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com.es/2015/07/javier-krahe-que-ruede-la-rueda-y-gire.html

 

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2 comentarios en “Se murieron pero no lograron matarlos: Krahe y Chirbes.

  1. Me ha gustado mucho el post. Es la primera vez que paso por tu blog (hace tiempo me comentaste pero no te devolví la visita) y las tres entradas que he leído me han resultado interesantes. Volveré.

    De Chirbes no he leído nada; es más, casi ni lo conocía, lo que confirma lo que dices en el post. De hecho, supe de su existencia hace pocos años, tras ver la adaptación televisiva de Crematorio e interesarme por quien había escrito esa historia. Tras leerte, así como el artículo que transcribes, tengo claro que he apresurarme a llenar esa laguna. Lástima que tenga que ser después de su muerte.

    Krahe, en cambio, era casi de mi familia (él no lo sabía, claro). Lo sigo desde principios de los ochenta, desde que lo descubrí en la mítica Mandrágora madrileña y, por supuesto, me sumo a todos los elogios que se merece. Más o menos una semana antes de su muerte estuvimos viéndolo y escuchándolo en el que probablemente fue su último concierto (en La Laguna, Tenerife). No puedes imaginarte el shock que me causó su sorpresiva muerte.

    Saludos

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    1. Si al leer alguna de las entradas de tu blog te dejé un comentario, es que me gustó, no lo dudes, soy de las del halago tacaño, como me vuelco sin pensar ante lo que me suena a auténtico, a original, a literario, en su mejor acepción, y qué decirte si, encima, está bien redactado (escalofrían los disparates lingüísticos que se pueden hallar en textos de los más loados, incluso por profesores, académicos o críticos -¿hay críticos en este país?-, escritores españoles). Solo perdona que no recuerde ahora con exactitud qué texto o textos concretos leí, aunque eso tenga buena solución: la de volver a pasarme por Conciertos y Desconciertos.
      .
      Y sí, lee a Chirbes, y ojalá que empatices con su manera de ser, que vendrá a ser la de contar. Podrías empezar tal vez por En la orilla (2013). Como Javier, y sin que tenga en común con él más que lo que caracteriza a ciertas y muy contadas personas con las que se tropieza en algún momento de la vida, se convertirá también en alguien ‘casi de tu familia’, estoy segura.

      Y gracias por la visita.

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