Tu quoque, Tania… El dulce lamentar de otra pastora.

 

A medida que disminuye la presión de aquellas durísimas informaciones que cada día nos servían los medios de comunicación, así, sin más, sin hacerlas preceder siquiera de la exigible advertencia de que podían herir la sensibilidad de los lectores, y que nos pesaban tanto cuanto se esforzaba en lanzárnoslas, con ánimo de producir el mayor descalabro y desánimo, un gobierno que, desde el primer minuto de haberse hecho con el poder, se dirigía a nosotros como a gente vasalla e invariablemente a cara de perro, o de perra -tal vez no tengan otra-, se siente un delicioso relajamiento muscular junto con una tonificante paz espiritual que, ahora sí, nos permiten considerar aspectos ya no centrados en La Banda en exclusiva, lo que no tiene precio, y si lo tiene, ya veremos qué se debe ir haciendo en cada circunstancia. Es decir, no conviene lanzarse a la tarea con la cabeza puesta en toda la calle que nos queda por barrer, sino solo en el trocito concreto al que nos vayamos enfrentando, tal que explicaba Beppo el barrendero a la pequeña Momo en la magnífica novela de Michael Ende del mismo nombre, Momo, publicada en 1973:

«-¿Ves, Momo? A veces tienes ante ti una calle que te parece tan terriblemente larga que nunca podrás terminarla de barrer-. Miró un rato en silencio a su alrededor, y siguió: -Entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa, pero cada vez que levantas la vista ves que la calle sigue igual de larga. Y te esfuerzas todavía más, empiezas a tener miedo, al final te has quedado sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer-. Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando: -Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Solo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente. Entonces es divertido, y eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser. De repente, se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se queda sin aliento-»

Pues bien, cambio de tercio, al menos en apariencia, para centrarme ahora en la imputación de la exdiputada de IU Tania Sánchez, noticia que llevo arrastrando como Sísifo su piedra, y que el diario El País presentaba así el pasado día 2 del mes en curso: «Tania Sánchez, excandidata de Izquierda Unida a la Comunidad de Madrid, y Pedro del Cura, alcalde Rivas-Vaciamadrid, han sido hoy imputados por un juzgado de Arganda del Rey tras una denuncia presentada en enero por el Partido Popular y admitida a trámite a mediados de marzo. En la querella se les acusa presumiblemente de prevaricación, malversación y tráfico de influencias por el caso Aúpa. El Ayuntamiento de Rivas otorgó, entre 2002 y 2008, contratos por 1,4 millones de euros a Héctor Sánchez, hermano de la exaspirante. El padre de los Sánchez, Raúl -también imputado- era concejal todos esos años y no se inhibió en las votaciones. Tampoco lo hizo en la última adjudicación a esta cooperativa sociocultural la propia Tania por un valor de 137.000 euros (…) Tanto Tania como Raúl Sánchez negaron siempre que supiesen que su hermano e hijo fuese el gestor de la cooperativa a la que el Ayuntamiento otorgaba contratos. Incluso aunque trascendió que la propia exdiputada recibió clases de canto y batería (…)».

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/06/01/madrid/1433176330_276547.html

Mi proceso mental ante tan obscura cuestión -he de confesar que no es la primera vez que me ocurre, y me refiero al discurrir tontorrón de la mente de la mujer adulta que debiera ser a estas alturas y que no soy- había seguido aproximadamente el siguiente, tortuoso, derrotero. 1. ¡Vaya, la Banda trabajando de nuevo, ni caso! 2. Pues, mira, parece que algo hay… Pero Tania lo ha desmentido, no tenia ni idea del asunto, así que debe de tratarse de algo similar a lo de Errejón, que si el permiso de la universidad fue oral o si fue escrito… ¡anda y que os den, ni caso! 3. Tania, por Dios, rehúye esas explicaciones, bonita, son un clásico, rehúye la cháchara hueca de los expertos en ese tipo de cuestiones, di lo que tengas que decir, pero no repitas como un loro lo que dicen día sí, día no, los de La Banda y los de las banditas, el estribillo de que no estás acusada de nada y que lo único que podría atribuírsete sería un error tonto, o que se querellaron los habituales en querer enfangarlo todo, porque lo cierto es que estás más limpia que una patena ¿a que sí? Huye del estúpido y simplón mecanismo acusación-negación por toda reacción, ya no funciona de tanto que abusaron de él tirios y troyanos. 4. Que no… que nooo, majadera -y de esto hace un tiempo, cuando la entrevista en La Sexta-, mira de frente a Gonzo, o míranos, y cuéntanos, por favor, algo creíble, no que ignoras qué significa conducta ética, no trates de colarte, porque de colarnos, ni hablar, que los vínculos de consanguinidad no excluyen, prohíben, ciertas actuaciones.

Y entonces, me vinieron al recuerdo un par de episodios que me dejaron informada a muy temprana edad sobre asuntos de naturaleza similar al que parecía haberse enfrentado la familia de Tania. Un tío, quizá tío segundo incluso, substituido por otro profesor en el tribunal de la prueba de ingreso y primero de bachiller -que por ley debía hacerse fuera del colegio en el que se estudiaba-, a la hora de juzgar los exámenes de una niña de diez años, yo misma. Más tarde, con dieciséis, ya en la universidad, fui testigo, ese mismo curso y el siguiente, de cómo los exámenes de uno de mis compañeros eran calificados sistemáticamente, no por su padre, catedrático de la asignatura, sino por un colega. No había demasiadas vueltas que darle a esa clase de asunto, a no ser que uno fuera rematadamente idiota, aunque consta que haberlos, húbolos y haylos. Así que, a la hora de encargarme de parecidos asuntos, tuve que decirles a mis alumnos de bachiller que mi hijo, recién licenciado, no podía darles clases particulares de Física al ser alumnos ellos en el Instituto de una asignatura a cargo de su mismísima madre, y aun siendo muy otra la asignatura. Hay cosas tan de cajón, que nunca llegué a entender, o lo entendí tan bien que hice lo posible por olvidarlo, por qué muchos colegas decían no entenderme: -Pero qué ganas de complicarles la vida a los chavales y a tu hijo, querida; fulano, mengano y zutano, en verano, dan clases particulares a sus propios alumnos suspendidos, y no hay nada de malo en ello, y en este caso, encima, se trata de tu hijo, no de ti-. Entonces, como ahora, me preguntaba si había en este país gente que estuviera bien de la cabeza, que entendiera las cosas de la única manera que deben entenderse en este y en otros asuntos, porque se trata de santa y sagrada evidencia que no exige un segundo de deliberación previa. Clases particulares con sus honorarios, y clases oficiales con sus exámenes y con sus notas, mezclado con personajes emparentados y en la misma comedia, ese todo, o, mejor, totum revolutum, podría sintetizarse en el viejo refrán: -Nene, caca, tira eso inmediatamente, no seas guarro.

Pero sigo con los pasos mentales en pro de la dilucidación de la asignatura Ética y Estética a impartir a nuestros escolandos, en general por encima de los treinta cumplidos. 5. Que Tania Sánchez hubiera cursado Educación Social en la Universidad de La Salle, institución católica, llegué a preguntarme, ¿tendría alguna relación con su cacao mental –lo coloquial resulta más expresivo y en ocasiones funciona incluso como eufemismo-, con su negar la evidencia y con su insistencia en los “yo no sabía, ‘cometí un error de principiante’, ‘¿habría cambiado algo, si yo no hubiese cometido aquel error? ¡no!’, ‘creo que se ha pasado un límite, que esto es difamación’, ‘se podría haber presentado otra cooperativa, pero solo se presentó esa… y se siguieron los trámites de siempre’… toda esa retahíla con la que nos hemos desayunado años y años? No he citado sic, ojo, citaba de memoria, y si alguna de las frases resultara ser sic, considérese prueba contundente de a qué punto cada una de ellas iba calando los huesos de mi infantil, raro y ruin puritanismo protestante -de protestar, atención, no de adhesión a confesión religiosa alguna-. ¡Qué desastre de adulta! Pero ahora sí, rotundamente sic: “Cometí el error de no ser consciente de que se estaban adjudicando contratos a la cooperativa de mi hermano” (véase entrevista en La Sexta; el enlace, debajo). Resulta absolutamente imprescindible observar y escuchar con atención, oír las insistentes pruebas de descargo y con ánimo contrito por haber creído en su día que no todos los españoles tenemos que ser, por definición y como mínimo, caraduras. ¿Será que no queda sino aceptarlo? ¿Será la cultura del sur? ¿La de los países católicos? ¿Acaso la regalada excelencia de los parámetros climáticos que disfrutamos?  Qué será, será, Señor…

http://www.lasexta.com/programas/el-intermedio/gonzo/tania-sanchez-cometi-error-ser-consciente-que-estaban-adjudicando-contratos-cooperativa-hermano_2015012600388.html

Ya veremos qué ocurre en su momento, pero por encima, o más bien al margen, de que Tania sea declarada inocente inocente o culpable culpable, interesa dejar nítidamente rotundo que, aunque no sea uno partidario de actuar al pie de la letra con la radicalidad casi militar, con aspecto de brutal incluso, con que suelen hacerlo los nacidos en países de tradición protestante, gentes que, ante cualquier caso de fraude, defraudación al fisco, hurto, robo, etc., denunciarían al vecino del quinto o a su mismísimo primogénito, antes de dedicarle un minuto a tan amada criatura para pedirle detalles sobre el caso, afearle la conducta o protestar enérgicamente, en este caso por haber defraudado la esperanza depositada en él, ¿no les parece que esta querencia tan nuestra, de los católicos, de andar protagonizando conductas que, además de feas e inmorales, son, con menos frecuencia, pero son, ilegales al tiempo, y que es un asco, y un asco de lo más asqueroso, al punto de que debiera obligarnos a ir a consultar a un profesional en Ascos, Arcadas y Bascas de etiología diversa para suplicarle diagnóstico completo y terapia, postrados ante él, si así lo demandare, pasando a continuación por caja para abonar la factura correspondiente… con IVA, con IVA, siempre con IVA, que a modo de fino encaje orlara dicha factura por honorarios percibidos, justo allí, supra la firma del recibí, o infra la cantidad satisfecha? ¡Bufff, qué descanso tras la parrafada!

Y no me pregunten por qué, si llevamos siglos actuando de la misma manera, y tan sanos que nos hemos criado, vamos a empezar ahora y en un quítame allá esas pajas con los asquitos, es decir, a tener que desprendernos de buena parte de nuestra idiosincrasia, en lugar de, por ejemplo, reunir firmas para exigir que la picardía, la desvergüenza y la muy familiar, acogedora y gratificante calidez de la relación mafiosa se declaren bienes dignos de figurar en el Patrimonio Histórico de España, en un acto que, además y por qué no, sirviera al tiempo para animar a otros países, más que vecinos, hermanos, como portugueses o italianos -los franceses van por libre en este y en otros asuntos-, a hacer precisamente otro tanto. Quizá, se me ocurre a modo de respuesta, porque nadie como La Banda nos haya brindado una lección tan espléndida sobre a do conduce la moral laxa, la supresión de la ética, no solo en los planes de enseñanza, sino en buena parte de las familias, lejos también el savoir faire de maestros y profesores, hoy démodé, y de los colegios religiosos muy en especial, centrados como andarán aún en la importancia de la urbanidad, el orden establecido y el fornicar como Dios manda, de manera que, de golpe y porrazo, hemos caído en cómo nos las gastamos los españoles desde mucho antes de la invasión de los romanos. Y sí, sí, sé que el problema no es únicamente que intercambiemos favores, hoy por ti, mañana por mí, que robemos o que nos roben a calzón quitado, sino el que, desde hace un tiempo, vaya el hábito acompañado de cierta intrascendencia o desparpajo en el gesto cuando se nos pregunta acerca de algo realmente mal hecho, incluso de un pomposo y condescendiente desdén, presente también en la mirada, desdén que, bien traducido, vendría a ser: oiga, robo lo que me sale de las gónadas, que a ver con quién cree usted que está hablando, tengo amigos poderosos, ¿sabe?, incluso jueces, que pondrían, no sé si la mano en el fuego por mí, pero desde luego el tiempo que sea preciso para dejarlo a usted en su sitio, y a mí, tras el generoso espectáculo de entretenimiento brindado en telediarios y más telediarios, libre para volar al primer paraíso que se me pusiera en mitad del entrecejo, este que, ya ve, tengo tan poblado.

En fin, no sé para qué un texto tan extenso, si realmente lo único que quería confiarles es que, al menos a mí, la niña Tania se me parece cada día más, salvando cuantas distancias haya que salvar, a la Infanta Cristina. Eso sí, pelín más joven. No sabría decir si solo físicamente, en el madrileñismo, en lo olvidadizo, en el empeño en prestar ayuda desinteresada a la parentela o en la alegría de sus cabellos al viento.

 

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