La pesadilla.

 

El alcantarillado de Valencia deja mucho que desear, al menos es lo que se dice, como se dice que es así porque aquí casi no hace falta, no llueve. Y al margen del estado de las alcantarillas, es cierto, en el País Valenciano puede no llover durante meses, aunque eso sí, cuando por fin ocurre, lo hace copiosa y torrencialmente durante horas o días enteros, y en ocasiones, más que llover a cántaros, jarrea, diluvia, descarga con furia al modo tropical y al punto de poder llegar a perder de vista la casa de enfrente a escasos metros de la propia. Los valencianos rehúyen el trato con la lluvia, se desentienden de ella, o más bien, se diría que no la entienden por escasez de trato, así que lo esperable es que digan sin más que anulan incluso la cita para salir a comer porque está lloviendo, o verlos correr hasta el aparcamiento para coger el coche y desplazarse hasta el supermercado más próximo, a tres o cuatro manzanas de casa, o al colegio a recoger a los chicos, en general, también a dos patadas, que es en el que se les matricula, de acuerdo con lo estipulado por o con la Administración, aunque esta en ocasiones considere presiones y enchufes de quienes viven al otro extremo de la ciudad. Si solo llovizna o cae un chaparrón, las calles se secan antes de mojarse, con lo que, más que refrescarse el ambiente, se hace más sofocante, húmedo e insoportable, en especial en verano. En este caso de lluvia menor, la gente saca el paraguas, paraguas que se convertirá en un juguete roto abandonado en la primera papelera o contenedor con que se tope su dueño, y roto, no sé si por las fuertes rachas de viento que a menudo acompañan la lluvia, o porque hay pocos españoles más inútiles y peligrosos que un valenciano enarbolando uno a modo de bandera y por pequeño que sea. En una palabra, o no salimos de casa, si llueve como sabe llover aquí -pero un gallego diría que aquí no sabe llover-, o cuando el breve chaparrón o la lluvia tenaz pero fina nos permiten salir, se hace presa de una irritación en grado de no contar, y la palabra “llueve” entonces se adueña de calles, bares, ascensores, tiendas, sacristías, charlas telefónicas, en fin, del alma de todos. Viene a ser algo similar a cuando el cielo permanece nublado más de veinticuatro horas, en cuyo caso, la depresión substituye a la irritación. Con todo, he de admitir que este tono de estúpida superioridad, que en principio me otorgaría el hecho de ser gallega, me abandonó en cierta ocasión en que hube de hacerme a la mar en coche para rescatar de una piscina, situada a veinte minutos de casa a pie, a mi hijo, cuatro o cinco años, y a su abuela, ambos prisioneros colgados de un teléfono hasta que me decidí a coger el coche, y en el breve trayecto de casa al aparcamiento, no solo la mar brava se llevó mi reloj de pulsera y mis sandalias, sino que las tareas de rescate fueron con el agua hasta la rodilla y literalmente empapada de pies a cabeza. Y es que, aunque la lluvia cese un rato, quedan los ríos, riachuelos, lagos, lagunas, estanques, charcos…

Pero en Valencia, no solamente no sabe llover y de la red de alcantarillado ni se sabe -y menos aun yo, que ignoro si dispone o no de una red unitaria, es decir, de esas que transportan conjuntamente las aguas pluviales y las residuales, si en caso de lluvias persistentes y torrenciales el agua podría desbordar la capacidad del sistema, provocando inundaciones, que diría que sí, a juzgar por lo que se viene viendo desde ni recuerdo, y si hay o no aliviaderos y depósitos de retención y tantos otros detallitos imprescindibles, parece, allá Rita con sus gin-tonic y el resto de los de la banda con sus negocios- sino que, además, hay ratas como gatos que a veces pasan como una exhalación por debajo de los coches estacionados, o que pacen como palomas bobas al arrimo de una chiquillería que se entretiene arrojándoles los restos de los bocatas -la primera vez que observé e interpreté en su justa medida el espectáculo, no caí al suelo desmayada gracias a sus burlonas miradas clavadas en mí con insistencia cruel- y hay cucarachas enormes, algunas voladoras, que debieran haberme convencido tiempo ha para dejar de usar sandalias, en especial por la noche, porque Rita ya no nos alumbra las calles como antaño, cuando eran una fiesta y en los pisos más bajos se podía leer a la luz de sus farolas, ¡lo que ahorrábamos en luz en aquellos tiempos!, es más, he recuperado las noches de mi infancia, a veces hasta la noche cerrada, ¡y qué gusto volver a sentir miedo, como en los viejos tiempos, cuando regreso sola a casa! Y hay también un olor a cloaca en puntos concretos de la ciudad y por días, que va del hoy apenas huele, o del aquí no huele tanto como allí, al hedor declarado a grito abierto, inmundo, se diría que por todo el País Valenciano. Cierto es que, a veces, huele tan intensa y embriagadoramente a flor, a jazmín incluso, que uno podría perder el sentido.

Como hay, y este no ha de ser bien específicamente valenciano, sino común a la España de la ESO peninsular como insular, moda retro o regreso a la infancia, basura por doquier, restos del último botellón, de un sinnúmero de fiestas populares, así de guardar, juergas místicas, como de corte pagano, vestigios de las tracas de inexcusable presencia en comunión, boda y bautizo -pese a su prohibición y penalización con multa por una ordenanza aprobada hace años a instancias de la Unión Europea, ordenanza que, el mismo día en que se aprobó, el grupo socialista suplicó que se suavizara, y aunque se le denegó tajantemente, a cambio, se dejó la multa a cargo del sentido común de la policía, ¡no me digan que no resulta entrañable lo de los socialistas y lo del sentido común de la policía!- y del arroz de la fertilidad que se lanzó sobre la novia, contenedores a rebosar, y sumado todo ello a cuanto van dejando caer al suelo, con esa desenvoltura pasmosa que solo se adquiere en la infancia, viandantes de aquí o de allí.

Y ya lo tengo todo, la porquería a gogó, el alcantarillado deficiente, o insuficiente a todas luces, el olor nauseabundo, las ratas monstruosas, las cucarachas, voladoras o no, el agua estancada durante días antes terminar de evaporarse porque los imbornales, cegados definitivamente a saber desde cuándo, no tragan. Todo este infierno me obsesiona y es el protagonista de una pesadilla nocturna recurrente: el alcantarillado, harto de intentar tragar lo que ya no puede, no solo no lo logra, sino que ahíto, desde el albor de los tiempos que van corriendo a lo tonto, todo el sistema de tuberías y construcciones, comienza a devolver con furia cuanto albergan sus inmundas entrañas, imparable, incontrolable, apocalíptico. Constituye un espectáculo pavoroso, pero como nadie se me confiesa partícipe de la misma obsesión, menos de haber padecido pesadilla alguna, el otro día me acosté, después de un buen rato oyendo contar dinero a Alberto Rus… «mil, dos mil, tres mil… dos millones de pelas»… y a sus hombres contar también, pero del cobro de un 3% de comisión por adjudicaciones de contratos públicos… seis millones de euros en Torrevieja, la ciudad encantada por la que Rus habría suspirado, decidida a analizar el origen, naturaleza y etiología del malson, que es como llama el catalán a la vulgar pesadilla española, cada vez más unidas ambas patrias por la fraternal condición de sus representantes, la germanor, que dicen los valencianos. Y antes de acostarme, consideré una explicación o, mejor, tuve un presentimiento: quizá mi natural inclinación por la literatura, ya saben, las metáforas, las alegorías, los símbolos, el verso, me empujaba a una exageración desmesurada o hiperbólica de una realidad de lo más normal, pero que se hacía pesadilla precisamente por una especie de deformación profesional, tras una vida tratando de contagiársela a los alumnos, no la pesadilla, caramba, no se vayan a confundir, la literatura, mi amor por ella.

Sea como sea, volvió a visitarme aquella misma noche, pero, ¡oh, sorpresa de sorpresas!, las ratas que desfilaban ante mis ojos aterrorizados tenían esta vez el rostro de Rus, de Zaplana, de Camps, de Trillo, de Montoro, de Cospedal, de Rato, de Guindos, de Santamaría, de Aguirre, de Rita, ¡de Pujalte!, esa rata pavorosa con denominación de origen, qué respingo recordar su expresión facial… de tantos otros. Y este ejército, más que ejército, aterradora santa compaña, a juzgar por la lentitud con la que se movía y la dirección que tomaba, iba esparciendo a su paso montañas de nauseabundos excrementos y detritos pestilentes, cuyo hedor, aun dormida, sentí que inundaba mi dormitorio y casi toda la piel de toro, Perejil incluido. Y las vi, a las ratas, hozar en medio de un inmenso lodazal, más que como ratas, como cerdos de tronco céltico en sus variantes de porco galego y gochu asturianu. !Son llegados -me dije- los tiempos del cólera, de la peste, del Apocalipsis del Partido Popular, cuyo origen se remonta al repulsivo enano ferrolano! Pero el presidente Mariano Rajoy, del todo ajeno a mi espanto, más plantado en medio de la mierda que quieto, semejaba un espantajo -en su lengua, espantallo ou espantapaxaros, e inda que non ides a crerme, non daba medo ningún,  xúroo- que aún repetía monótono y con la pachorra habitual: Voy a seguir haciendo las cosas como Dios manda. Con sentido común.

Por fortuna, me despertó la radio. Alguien daba noticia de una sentencia que condenaba al PP por financiación ilegal de partido. O quizá, no me hagan demasiado caso, estaba medio endormiscada aún, que ese partido, no solo había sido declarado ilegal, sino además condenado por bárbaros crímenes cometidos, en general, contra la hacienda pública y la ciudadanía, y en particular, contra el alfabeto, el decoro y la urbanidad. Así sea lo uno o lo otro.

 

 

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