Oda a la impasibilidad española.

 

Ante las sobrecogedoras panorámicas que de este país nos va brindando todo medio de comunicación -medios que me procuro estos días deliberada y tercamente en un acto de coraje tras los excesivos alejamientos-, más sobrecogedoras aun si grandes son los acontecimientos, y tan nuestros como la desaparición de una mil veces grande de España que escribía con entrañables faltitas de ortografía, la entrada en prisión de una folclórica aun menos escolarizada, sobre la que me sorprendo entendida en muchas de sus cosas, ¡oh, televisión-adormidera en cuyos brazos solía arrojarme años atrás, viernes tras viernes, agotada tras una inacabable semana de clases y de correcciones!, el revulsivo que, aun para los más moderados afanadores de lo que bien les venga, constituye la muchachada de Podemos, el número circense, los números, en realidad, de un Presidente de Gobierno que me describo en solo tres estribillos: mientras YO sea presidente, como DIOS manda y por mero SENTIDO COMÚN, y que sigue haciendo el muerto sobre la superficie nada tranquila de la mar del secular conflicto catalán, las mil y una sotanas del ancestral baile satánico con cuantos querubines van dejando atrás, el goteo de las imputaciones de cada día dánoslas hoy, más algunos otros espectáculos que para qué enumerar, si a estas horas habrán sido superados por otro movimiento sísmico más tremendo aun… me rindo desarmada ante la pesadilla de una película que nos pasan una y otra vez, con o sin arcadas en el espectador, enfermos o medio muertos, queriendo o no queriendo saber qué pasa, si es que algo pasara en un lugar donde no dejó de pasar lo mismo durante generaciones.

Qué sencillo sería decir que odio este país, si no tuviera que tragarme la frasecita catártica, porque hasta de ella se nos apropió un tal Kiko Rivera en Twitter. Literalmente, una vez civilizada su grafía, decía la criatura y decía la prensa: «”Ya se acabaron los problemas para los españoles, ¿no? ¿Ya toda España es feliz? ¿Ejemplarizante? Odio este país”, escribía el DJ con un fotomontaje de su madre cubierta por un pañuelo islámico al que acompaña el mensaje. “Isabel Pantoja. Justicia ejemplarizante o cabeza de turco”. Durante todo el proceso judicial de Isabel Pantoja, las muestras de apoyo de Kiko Rivera a su madre han sido constantes. Su perfil de Twitter ha sido el principal canal de comunicación para expresar sus quejas por lo que considera un fallo injusto de los tribunales» (diario Levante EMV. 21/11/2014).

A diario, caminando con toda esa carga encima, me descubro por la calle afanada en escudriñar los gestos, el rostro y la mirada de quienes empiezan a vivir, y no solo veo, sino que me consta su existencia antes de mirar, la hora del refulgente esplendor en la hierba que llevan en sus relojes; me alegro y me angustio por ellos, sé que dura un instante ese instante, pero una vez ido, ¿tendrán de qué vivir, a qué aferrarse? Trago saliva, me digo que han de saber buscárselo, que al fin y al cabo el paisaje real de nuestro propio resplandor no era mejor y, sin embargo, supimos buscar y disfrutamos de intermitentes rayos de luz. Pero resulta desconsolador pensar que el futuro de todos esos cachorros anda en las peores manos y que cada día que pasa esas manos son capaces de robar aun una brizna más de inocencia, a pesar de que nos creíamos de vuelta de todo y que nada relacionado con este país y con sus figurantes podía sorprendernos.

Cada uno vivirá la complejidad de esta realidad económica, política y social en función de una serie de factores y de circunstancias personales, pero me susurro que mi caso es más angustioso porque yo no tengo sensación de realidad, sino de irrealidad, que la impresión que me causa la actitud y el comportamiento de los fantasmas que desfilan por la prensa me producen más incredulidad que escándalo, que sé que Rajoy no existe y que lo sé precisamente por gallega. Al principio del infernal recorrido, hace seis, siete, ocho años, sí me sentía escandalizada, como esperaba que todo aquel arribado espectáculo esperpéntico tendría un desenlace rápido y ejemplarizante, y por eso, cada acto de manifestación y de protesta en la calle, frente a los propios Institutos de Educación, estaba lleno de energía y de coraje, empujabábamos con fuerza para alcanzar el final lo antes posible. Pero no ocurrió nada, nos mantuvieron en una especie de limbo o de calma chicha trufada de intermitentes sustos y escándalos, cada vez de peor naturaleza, aunque al modo en que ciertas condiciones atmosféricas prometen ofrecer, al final, el espectáculo sublime de una tormenta liberadora que, aun dejándonos sin techo o desnudos, nos regale, tras la purificación, la posibilidad de tornar a començar de nou, des del principi, com Sísif.

Pero no hubo tormenta, hubo amagos tormentosos conforme el cielo se obscurecía más y llegaba el ruido de unos truenos tan inmediatos al resplandor del rayo en ocasiones, que más que próxima la tormenta, parecía estar sobre el tejado de casa. Y esa sigue siendo la foto fija, salvo que algunos no esperamos ya a estas alturas tormenta alguna. Quizá ocurra como cuando, durante el inacabable estío valenciano, el polvo acumulado por meses de sequía, la humedad y la presión imponen una respiración tan angustiosa, que todas las esperanzas se depositan en el milagro de un diluvio que devuelva la vida, pero casi siempre, tras un breve chaparrón, el cielo se despeja, el sol sale de nuevo, el agua se evapora en instantes contribuyendo a hacer más sofocante aun la atmósfera, y no pasa absolutamente nada, salvo que nos sentimos más sucios y más agobiados. Y aunque llevo cuarenta años viviendo en esta ciudad, sigue sorprendiéndome la naturalidad con la que los más de sus habitantes son capaces de correr a la playa entonces, aun sin ir a meterse en el agua, a rebozarse en el arenal de unos paisajes desérticos bajo una luz cegadora y fantasmal. No solo Castilla aprendió a vivir en las circunstancias más adversas, este pueblo, todos los pueblos de España, estamos preparados para soportar las más rigurosas condiciones sin quejarnos gran cosa, sin extrañarnos, sin decidir siquiera que, ya que no es posible influir en el cielo, haya que cambiar el estado de cosas, al menos los hábitos. Por ejemplo, irse a la playa en primavera, en otoño y durante buena parte del invierno, y meterse en casa en verano a esperar a que escampe y lluevan guijarros. Esto no es Catalunya, esto es España, nois.

Me fuerzo a salir de una especie de reflexión recurrente, en círculo y, a saber por qué razón, antes de irme a la calle, ojeo una noticia sobre una armenia, una tal Lilit Manukyan, treintañera afincada en esta ciudad desde hace siete, cuya lengua materna naturalmente no fue el castellano, ni siquiera otra románica, que acababa de resolver el rosco del concurso televisivo Pasapalabra. Miro el vídeo, empujada por el recuerdo de exalumnos que llegaban a mis clases de Castellano directamente de Ucrania o de Rumania, y a cuerpo limpio -aún no sé nada de ella- escucho cómo va desgranando respuesta tras respuesta. Llega el par de palabras que le quedan para ganar: el “nombre de la labor en hueco sobre metales preciosos, rellena con un esmalte negro hecho de plata y plomo fundidos con azufre” y el de “halago engañoso, cariñosa ficción que atrae y convence”, y me digo que no tiene una sola posibilidad de acertar, que es más fácil ganar en la lotería. Entonces, cuando Lilit responde “niel’ e “ilécebra”, una detrás de otra, vuelvo a enfadarme con el mundo, preguntándome qué necesidad hay de engañar en un simple concurso televisivo, porque obviamente ha sido informada antes, cómo, si no, una armenia que estuvo trabajando en esta ciudad de empleada doméstica y de cuidadora de niños podía haber acertado, por muy economista y técnica titulada en Comercio Exterior que fuera. ¡Qué mierda de país!

Sed non semper ea sunt quae videntur, me digo después de informarme: Lilit ha vivido ochenta y cinco programas en un par de años, y desde hace cinco, estuvo preparando su participación en el concurso, es aficionada a las lenguas y a estudiar diccionarios, el DRAE y el María Moliner en especial, de los que es capaz de memorizar unas cincuenta palabras diarias. Ya, ¿pero niel? ¿Ilécebra? Sí, y ha respondido con otras así de inusuales, parece. Caramba, sigo pensando mientras me levanto del sillón, pues si alguien que sesea en castellano, que lo habla aun con cierta inseguridad y cuya labor en este país no fue más allá del de una modesta ama de casa, fue capaz de tal proeza, cómo no vamos a ser capaces los españoles de, como mínimo, limpiar el campo de batalla y ponernos manos a la obra para empezar guerras muy distintas. Termino de alzarme con determinación, cojo el bolso y los guantes, y antes de cerrar la puerta de casa de un portazo, me digo, bajando la cabeza con pesadumbre: ¡Ya, pero Lilit es armenia, joder. No española!

 

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