This is the end. Y no como Dios manda. A contratiempo

 

Aviso a navegantes tibios, un buen puñado de patriotas, cómplices indiscutibles de tanta miseria y en cualquier acepción de miseria… ¿Cómo era aquello? ¡Ah, sí! Era más o menos: yo te conozco, no eres frío ni caliente, ojalá fueras frío o caliente, pero por cuanto eres tibio, en lugar de frío o caliente, yo te vomitaré de mi boca. Pero, dicen que, frente a ellos, el haber estado indignada otra buena parte de la ciudadanía, y no en exclusiva por los motivos que podrían haberme encantado, derivó en estar más que cabreada, que es ya una olla que amenaza con ir a estallar por exceso de presión, y que esa ira o cólera empujó tiempo atrás la activación de una borrasca de cuyo vórtice surgió un 15-M, después Podemos; así que, los más prudentes y sensatos, tengan la bondad, háganse a un lado, podrían resultar dañados, bien por la explosión, bien por el ciclón, bien por la celebración del natalicio. Asimismo dicen que el triunfo sin discusión de Podemos no se debe al carisma de Pablo Iglesias, ¡qué tontería de ocurrencia!, sino al hecho de que se puso ahí al haber percibido entre los primeros que se aproximaba un sistema de bajas presiones, o al de que pusieron a modo de espita tratando de  evitar males mayores. El meollo de la cuestión es que vaya a servir para lo que aparenta, pero si las predicciones de Metroscopia para El País se hacen carne, y así lo creo, no queda sino el humilde hágase en nosotros según tu palabra, castas diversas, la misma en la cosecha de víctimas.

No me gusta Podemos. Tampoco Pablo Iglesias, Monedero o Errejón, al modo en que me sentía muy distante de aquellos alumnos, febriles líderes de lengua fácil, buenas notas y escaso saber matizar su aturdida comprensión de los textos y lo que oían en clase, pero que creían interpretar fielmente, negados para el juego de la burla, en especial la dirigida a sí mismos -los líderes carecen de sentido del humor- y siempre negados para la poesía. Y aunque este tipo de disgusto suelo manifestarlo en público cuando los asuntos están resueltos, o casi, significa que voy a contracorriente también esta vez, porque en el pasado, antes del poder, muy específicamente en el poder, y qué decir del después, tampoco me gustaba el PSOE, me quedaba cortito, y en cualquier sentido de la cortedad. Ahora, el elegido, el PSOE, el futuro, es Podemos. En ningún momento se me olvidaron unas palabras muy concretas de Pablo Iglesias que repitió en diferentes medios de información y que figuran en su programa: “El programa de Podemos es lo que cualquier formación socialdemócrata hubiera adoptado en los años 80”, palabras que muchos interpretaron, también esta mujer, como un: no haremos sino lo que debió hacer el PSOE cuando estuvo en el poder. ¡Caramba! Ojalá que se hagan con él lo antes posible, dentro de un orden, el de las elecciones, porque ni alcanzo a saber enumerar la cantidad de cosas que le quedaron por hacer al PSOE, si consideramos lo que se esperaba de él y la fuerza con la que salió a la plaza aquel torito de casta, como las que sí hizo, en cambio, con total desvergüenza.

Sobre estas y otras cosas, me acaba de escribir un amigo: “El consenso de la posguerra en torno a las reformas de Keynes funcionó muy bien hasta que Margaret Thatcher y Ronald Reagan llegaron al poder con las ideas económicas de Friedman y de otros servidores de las grandes corporaciones para diseñar y para hacer triunfar el modelo o paradigma económico actual. ¿A quién ha beneficiado? Al uno por ciento de la población mundial que, encima, no paga impuestos. Fue una estafa en toda regla. Y aún se preguntarán por qué y para qué surgió Podemos… Para realizar la labor de control y de contrapeso que debiera haber hecho la socialdemocracia, pero que no hizo, y así nos fue. Nos robaron la cartera y el futuro, y aun pretenden que sonríamos y que echemos una siesta en razón de tanta tranquilidad”. En realidad, estas palabras las hemos leído ya docenas o cientos de veces en los últimos tiempos.

A las personas honradas, civilizadas y coherentes que también tiene que haber por fuerza en este país, se les sumará esa otra gente, y esta, de recta moral o no, en tanto que no vive de la mano de la reflexión y el juicio moral por causas ajenas a su voluntad -las de las urgencias que impone la apretada agenda del subsistir-, que perdió durante el actual conflicto bélico las dos piernas, brazo y medio, o a la que le volaron la cabeza, más todos aquellos otros que en cualesquiera circunstancias van a lo suyo en exclusiva, suyo del que uno y otro partido retiró buena parte de lo que solía darles. Unos y otros, todos ellos -dicen-, antes o después, votarán a Podemos; parece lógico y coherente. Y hasta cabe la posibilidad de que el tiempo les ofrezca una buena explicación, no sé si la razón, de ese voto, lo que equivale a decir que podría producirse el primer milagro político de la historia de España: el pueblo habrá podido elegir con total libertad y por primera vez entre Podemos y Podemos.

Lástima que a mí los milagros me den algún miedo, el mismo que me dan las religiones, la ignorancia, los porque sí o por las gónadas del convencimiento que nace en medio de la obscuridad: “Y la mano del Señor se apesgó sobre los azocios, y los destruyó, e hirió a Azoto y sus confines en la parte más secreta de las nalgas. Y hirvieron las aldeas y campos en medio de aquel país en ratones que aparecieron, y la ciudad fue consternada en la grande mortandad”. Son palabras de la Biblia Vulgata, la que leía Chicho Sánchez Ferlosio en ocasión que dejó grabada, y cuya lectura le divertía tanto como a mí escucharlo. Fuimos la generación del mientras el cuerpo aguante para juegos diversos, pero juegos, o mejor dicho, unos cuantos de esa generación pudimos permitírnoslo porque no éramos ni mancos ni ágrafos, vivir en libertad y despreciando la dictadura y a sus acólitos, riéndonos de ellos. Aunque tampoco vayamos a engañarnos en exceso, porque Chicho, ese nombre tan de andar por casa, oculta aquel otro con el que fue bautizado, José Antonio Julio Onésimo, y no estoy nada segura de que ciertos lectores, por su juventud, hayan caído en la mala jugada o en la jugada política que se le hizo ya en el pila bautismal: así no hay manera de que se críe sano nadie. Y con todo, su padre, Rafael Sánchez Mazas, a pesar de la mano falangista, a pesar de haber sido mano o ministro sin cartera del dictador -cargo que, en cierto modo, abandonó por propia iniciativa, desde luego, sin ser cesado ni substituido oficialmente ya que Franco se limitó a ordenar que retiraran su sillón, ¡se retrasaba a las sesiones!-, tal vez no haya sido tan mal tipo, quizá hasta alguien medianamente sensible y culto, y digo medianamente, porque, de haberlo sido entero, habría sido del todo improbable la autoría de ciertos versos del Cara al sol o del bestseller en un solo verso “¡Arriba, España!” y aun de otras majaderías que le servían, ya no recuerdo si a uno de mis profesores o a mi propio padre, como ejemplos precisamente de qué es majadería.

Lástima que me den tanto miedo los milagros, decía, aunque me consta que tampoco es soportable, aconsejable, saludable siquiera, seguir arreando cargados, por una parte, con los últimos estertores del régimen franquista, que serán estertores y últimos, pero que siguen y siguen bajo forma de unos partidos políticos a los que no les queda fuelle sino para repetirse en intención, acción y dicción de tanto como soplaron -y soplar, en más de una acepción del DRAE-, por más asombro que cause la insistencia y la reiteración de unos maneras y unos modos que son los mismos con los que hicieron transcurrir nuestra infancia, de continuo visitada por la bestialidad eclesiástico-militar y por el NODO, después, televisión de la infancia de nuestros hijos y aun de nuestros nietos -¿cuántas generaciones caben en setenta años largos?- que nos informaba de dónde, cómo y cuánto había cazado el milico enano, del capricho de su esposa en las joyerías que no habían aprendido a cerrar antes de que ella las visitara, de las andanzas de las cochambrosas familias de aduladores, obispos, generales e inacabable tropa de figurantes, o de las espectaculares corridas de toros y los equipos de fútbol, fútbol dominguero de una vida, atroz runrún que traspasaba el recinto de bares tristísimos, del resto de murgas; por la otra, cargando con criminales elites financieras y económicas que en nuestro imaginario colectivo se nos presentan con las fauces siempre abiertas, con las órdenes de los mercados, las troikas, las ceoés, las ocedés y otras entidades que nos parasitan, la impunidad de unas fuerzas del orden cuya única misión es mantenernos sometidos al poder y a su pestilencia, como ganado congelado para la eternidad en una imagen idéntica y al margen de países y de épocas.

Así como la han hecho, la vida fatiga, indigna, cabrea, aburre, hay que cambiarla, es preciso un milagro, sí. Así que, con o sin miedo, me guste o no Podemos, me gusten o no Iglesias, Monedero o Errejón, prometo apuntarme a cuanto suene a imprescindible y necesario, a distinto, a humano, a razonable, a coherente, a acorde con lo que se debe, guardándome reticencias, suspicacias y temores para aquellos otros a los que bien conozco y a los que podría reconocer por la tos de su alma tísica, al estilo de la de la leyenda de Bécquer vuelta del revés. No es miedo, es terror lo que me produce que, por suspicacias y reservas frente al cambio -somos un pueblo inmovilista, resultado tal vez de una escuela escasa y de las lecturas que no hubo-, vayamos a seguir bajo la férula de mafias criminales, de corte nacionalcatolicista sus amigos e intermediarios, y se llamen PP o se llamen PSOE. Cuando el horror se instala en nuestras vidas son más precisas que nunca la lucidez y el coraje para saber corregir su rumbo, algo similar a decidir pasar por la mesa del cirujano para recuperar la salud, en lugar de vivir agonizando.

¿This is the end? Así lo espero. No el the end que se había dispuesto contra nosotros, el que queremos, otro.

Añado algunas de las cositas que me alegraron el domingo.

 

CHICHO  (Jesús Munárriz)

 
El corcho de los años nos rodea
machacón, nos insensibiliza,
nos protege del mundo,
nos aísla.
La muerte ajena a cierta edad es ya
insistente costumbre recurrente
que no sorprende y, aunque duela,
ya no nos impresiona.
Pero hay muertos y muertos.

Todos somos distintos, cada cual
es cada cual, diverso, diferente,
todos irrepetibles. Pero hay muertos
y muertos.

Si alguien fue independiente, ese fue Chicho.
Si alguien fue generoso, ese fue Chicho.
Si alguien fue desprendido, ese fue Chicho.
Si alguien no doblegó la cerviz nunca,
si alguien no permitió que pensaran por él,
si alguien le plantó cara a la injusticia siempre,
a las tramas y engaños,
si ha existido alguien único, ese fue
Chicho Sánchez Ferlosio.

Nunca quiso aprender a someterse
a las reglas del juego, de este juego
sin principios ni fin justificable
que nos engloba y nos tritura.
Regaló su talento a manos llenas,
derrochó corazón como si nada,
huyó del triunfo, rechazó el sistema,
eligió la amistad, la inteligencia,
los rumbos sin marcar,
las tierras sin cercar,
las gentes sin domar,
el campo abierto.
Entre la corrupción, la falsedad, la servidumbre
fue íntegro, fue auténtico, fue libre.

Era de ley, no de la ley;
creía en la justicia, no en sus profesionales;
apoyaba a los débiles, les buscaba los fallos a los fuertes.
Aborrecía la cosmética, el perfume
del disimulo, la máscara
tramposa.
Ni la riqueza le atraía ni le asustaba la pobreza,
y aunque de casa bien, pasó muchos apuros
en muchas ocasiones.

No le gustaba el mundo que le tocó en herencia
porque lo conocía, y cuando eligió otros
fue siempre a contratiempo,
y de los que no estaban permitidos.
No encajaba en las hormas.
Le sacaban de quicio los abusos.

Le repelían los solemnes,
congeniaba con los sencillos.
Fue siempre, en el sentido mejor de la palabra,
bueno, fue buena gente
hasta las cachas.
Eso a lo que llamamos corazón,
la ternura, el cariño, la entrega, la bondad,
no en palabras, en actos,
presidió su quehacer.
Ni pasaba la cuenta ni guardaba rencores;
ni toleraba imposiciones, ni imponía.
Creía que las cosas deben ser
de quien más las aprecie
y lo practicó siempre con las suyas.

Siendo hijo de quien fue,
y llevando por nombre José Antonio
Julio Onésimo, pronto
se quedó sólo en Chicho
y le bastaba.

Y a nosotros también,
a los que disfrutamos del regalo
de ser amigos suyos,
nos basta con su nombre: esas dos sílabas
por las que respondía alguien irrepetible,
alguien que ya no está
pero que va a seguir acompañándonos
mientras el cuerpo aguante.
Jesús Munárriz
(Cuadernos del Matemático, n.º 31-32. Getafe, 2003)

http://www.portaldepoesia.com/Textos_poetas/Jesus_Munarriz_ChichoSanchezFerlosio.htm

Homenaje a Chicho Sánchez Ferlosio. Programa de “Las noches blancas”, de Fernando Sánchez Dragó

“A contratiempo”. Letra de Agustín García Calvo, compuesta a partir de una idea y de un par de versos, los dos primeros, de Rafael Sánchez Ferlosio.

 

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