¿No hay salida? ¿De verdad?

 

La contemplación de los seres humanos que pueblan calles, plazas, antesalas diversas, locales de esparcimiento o entradas a santuarios para bodas y funerales, podría llevarnos a creer que se trata de gente que vive ajena a todos aquellos males que a muchos nos quitan el sueño, ajena a todos cuantos están disponiendo de nuestras vidas en prácticamente casi toda vertiente, excepto el escaso o raro resquicio por el que escapamos, o lo creemos. Escruto algunos rostros, observo la conducta de otros, me pasmo ante el conductor que, no sé si estaciona o deja tirado su coche en marcha, el morro rozando la mesa de la terraza en la que estamos sentadas cuatro personas a las que de pronto nos sube la temperatura y el nivel de adrenalina, y que se aleja, a saber por cuanto rato, escucho las risas de los vecinos de otras mesas, me pregunto la razón por la que un buen número de extranjeros se ha trasladado a vivir en el infierno que sabe ser esta ciudad cuando quiere, y suele querer, pero es así, porque me llega fonética rusa, alemana, norteamericana, italiana, inglesa… Tiene que tratarse por fuerza de gente que trabaja para mafias extranjeras emparentadas con las nuestras -políticas, financieras o empresariales- por efecto llamada, aquel que acuñó el PP para las amenazantes oleadas de inmigración, estas otras llamadas probablemente por el buen hacer de La Banda y sus indiscutibles logros; ha de haber mercados apetitosos y seguros en esta ubérrima ciudad, quizá en buena parte del País Valenciano. ¿Qué otra explicación darnos, si no? ¿El clima? ¿La paella? ¿Las Fallas? ¿Rita?

Pero es el panorama en su conjunto el que despierta mi curiosidad, su bullicio, su satisfacción, su acuerdo con las cosas, y busco una explicación que me satisfaga algo. Una de tres: o bien asisto a una representación teatral, una especie de fingimiento social consolador, decidieron tácitamente, todos a una, convencernos, y convencerse, de que vivir es fácil y posible dentro de un sistema desalmado, corrupto y feroz, o su conducta habría sido la misma sabiendo que el fin del mundo anda al caer, sencillamente se comportan así por las inercias derivadas de los viejos hábitos, es decir, son medio zombis, o finalmente, la explicación se halla en que vivir instalados en mundos sólidos, reales y verificables por los sentidos es posible desde una dosis considerable de ignorancia en casi todo, que es justo la que los crea, esos mundos. Debe de ser esto último, y lo corroboran retazos de conversaciones que llegan a nuestra mesa, el contenido y la expresión, acerca de qué hicieron el pasado fin de semana, lo insoportable que se está poniendo el abuelo, los conflictos de la chiquilla al iniciarse en la larga travesía del colegio, los días de agosto vividos en Múnich o acampados a un paso de Compostela, la boutique en la que encontrar -te lo digo yo- las mejores marcas a precios por debajo de las demás, por qué no hay que perderse BoyhoodLa isla mínima, cómo falleció por infarto un amigo que estaba sano y que vivía tan campante, el muy desaprensivo… y así, una tras otra, tal que si se tratara de mis amigos en los dorados ochenta, nuestras madres en los sesenta, o las comedias cinematográficas de los setenta. Ni una palabra fuera de lugar, una crítica, discreta, ácida o furibunda, una triste blasfemia por los desmanes cometidos en estos y en otros lares por los piratas, los cuatreros, los gánsteres y los forajidos que sientan sus repugnantes traseros en el primer sillón que pillaron vacío.

¿Dónde están las muchedumbres enrabietadas y coléricas dispuestas a todo, cuyos comentarios se leen a diario en los foros de tantos medios, las entradas llenas de santa indignación que multiplican blogs, a su vez plagados de agradecidos, vehementes, audaces y radicales exabruptos en torno al tópico virtual hasta aquí hemos llegado, atrás, ¡casta putrefacta!, los brevísimos y encendidos tuits? Sea como sea, estos no son aquellos. Ni hablar. Así que habrá que colegir que los frecuentadores de los lugares más informados, críticos, inquietos y dispuestos a lo que sea antes que seguir permitiendo que insaciables piaras de cerdos o de pirañas furiosas se coman lo que queda, incluidos nosotros mismos, salen poco de sus casas, o peor, son pocos, pero la pasión que ponen en el teclado ha terminado por convencernos a algunos, también fácilmente contables y sin necesidad de calculadora, de que sí, habrá que hacer algo: señorito, deme argo de lo que nos han robado, joer, o ya verá cómo me enfado yo cuando me enfado en condiciones…

Tanto es así, al menos por mi parte, que no tengo amigo, conocido o vecino, a quien no le haya preguntado por qué tarda tanto en llegar una buena movida que cambie el miedo de trinchera. En otras palabras, ¿qué porcentaje de la sociedad no está abducida, se libró gracias a un buen bachillerato y a la calidad de la sesera, al punto de que pierde su tiempo clamando en este desierto abrasador, en lugar de seguir viviendo entretenido con los afanes de antaño, cuando, o nos robaban bastante menos, o lo hacían con cierta amabilidad y sin ponernos al tanto de cuán lejos había llegado su codicia criminal? Y aun suponiendo que sumemos unos cuantos millones, ¿quién de nosotros será capaz de promover y de estimular con éxito una buena algarada -a la catalana, por ejemplo- que nos arrastre a los más, o a casi todos, a poner en su sitio a los ejércitos de golfos, canalla encorbatada de la que parece no haber existido antes de ahora, al menos simultáneamente y en el mismo suelo? Algo como: «¡Hijos míos!, está bien, os veo henchidos de heroísmo, llenos de santa indignación…», que escribió Unamuno, o el «a galopar, a galopar, hasta enterrarlo en el mar…», que escribió Alberti. Lo diré más crudo aun: ¿no es posible una revolución que finalmente los ponga en su sitio, la trena, y una vez cada cual donde debe estar, iniciar las duras y reñidas negociaciones para alcanzar un the end justo para unos y justiciero para otros?

Acabo de dejar resumido cómo anduvo entreteniéndose mi enfebrecido cerebro durante buena parte del día de ayer, pero las cosas tampoco terminaron como me habría gustado. Y lo tengo bien merecido por haber regresado a la prensa en cuanto pisé mi despacho de nuevo, en lugar de sentarme a leer las sabias y rigurosas reflexiones de Sciascia o la prosa morriñosa de Pessoa. Y volver a la prensa significó en este caso ponerme a leer, no un periódico de verdad, sino la hoja parroquial en que devino El País y en la que un erudito escritor surcoreano, instalado en Alemania en torno a sus veinte años, y desde hace un par, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín -al que para mayor inri no conozco absolutamente de nada-, publica un artículo con un título que me atrajo de inmediato y con mayor intensidad que a Rita Barberá su triple sueldo de alcaldesa, diputada autonómica y Autoridad Portuaria, 156.000 euros en total, tan brutos como quiera considerarse: “¿Por qué hoy no es posible la revolución?”

 
¡Tenía que habérmelo pasado por alto! ¡Qué estúpida! ¿No es posible, entonces, la revolución, Byung-Chul Han? Aunque acabo de verificar en la Wikipedia que también puede llamársele Pyong-Chol Han, tal como sospeché de inmediato, que no en vano mis listas de alumnos estaban plagadas de nombres exóticos, y hoy es el día en que aún no entiendo que no sufran serios trastornos mentales los pobriños que se deciden a homologar su nombre, como tampoco el orden en el que deben figurar en las listas escolares, entre otras, dos apellidos seguidos del bautismal o de pila, elaboradas dichas listas a lo europeo, pues no, a lo español en concreto, y sé muy bien qué digo, ya que precisamente mi hijo, desterrado en Alemania por una cuestión del cielo, hubo de enlazar ambos apellidos con un guión porque no daban una cada vez que lo mencionaban, por escrito y aun oralmente. Y debe ser muy molesto que, si nos llamamos José García Pérez, se nos llame con tantas variaciones, que ni la madre que nos parió nos reconozca, ya que García José, José Pérez o Pérez García, etc. no alcanzarían a rozar el maternal oído.

Bien, para variar, me he desviado. Decía que, según Byung-Chul Han, a día de hoy, no son posibles las revoluciones. Y parece que el meollo de la cuestión se halla en las consideraciones que siguen:

«Es sabido que Margaret Thatcher trataba a los sindicatos como “el enemigo interior” y les combatía de forma agresiva. La intervención violenta para imponer la agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder estabilizador del sistema.

El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.

El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad».

El poder estabilizador del sistema, ¿ya no es represor? ¿No hay un oponente, un enemigo? ¿De qué trabajadores habla este señor? ¿No andará en su cabeza Corea del Sur más que España, pongamos por caso? Entonces, ¿por qué sermonea desde una hoja parroquial, madrileña en concreto? Me parece que, al final, me convenció poquito -pensemos que es relativamente joven-, y con todo, de ustedes, le echaría una ojeada al artículo, nos proporciona elementos con los que reflexionar durante un buen rato. En mi caso, lo confieso, las reflexiones me llevaron a un desenlace que no creo que deba hacerle llegar, aunque para mí que a Herr Byung-Chul Han, que aprendió el alemán un poquito a marchas forzadas -mientras pensaba en coreano, lengua que no es ninguna tontería por más que los alemanes crean que podría ganarle la suya-, lo ha mareado algo el propio sistema de dominación neoliberal en el que debe de hallarse también inmerso, pero que, con todo, se ha decidido a analizar, y por cierto, con enorme éxito editorial.

El londinense Nicholas Mosley, en su novela Monstruos de buenas esperanzas (Ediciones Siruela, Madrid, 2000, 600 págs.: “Todos dicen que lo admiran pero nadie lo lee”. A. N. Wilson, escritor y columnista inglés), pone en boca de Eleanor, uno de los dos personajes o monstruos de la novela estas palabras:  «Durante el año que llevamos en África occidental, hemos registrado y tabulado los mecanismos que mantienen la estabilidad de esta extraña tribu: las estructuras de parentesco, los grupos de filiación, los sistemas de propiedad, las costumbres relativas al matrimonio y el divorcio. Hemos hecho preguntas y hemos estado a la escucha de las respuestas. Cuando llegaron las respuestas, tuvieron que ver con ordenar, clasificar, rechazar anomalías, establecer patrones: esto es lo que hacen las palabras, así es como se mantiene la estabilidad de la mente. No nos hemos preguntado -¿Qué hacemos aquí anotando y clasificando las costumbres de una sociedad? ¿No estaremos simplemente ejercitando nuestras costumbres mentales? Preguntarnos esto equivaldría a distanciarnos de los mecanismos de protección de nuestra propia tribu, sería arriesgar, quizá, la estabilidad de la mente. Pero como ya hemos dicho antes (tú y yo), ¿no podría haber una antropología en la que se viese al observador como parte de lo observado?». Pues eso.

La verdad, prefiero escuchar a este brigadista hispano-francés del vídeo, 95 añitos, que nació en Marsella por casualidad y que se llama Josep Almudéver. Me estoy imaginando su mirada y su sonrisa irónica, caso de que el prestigioso Herr Byung-Chul Han se prestara a explicarle con detalle sus teorías. Debajo, el coreano y el brigadista.

http://elpais.com/elpais/2014/09/22/opinion/1411396771_691913.html

https://www.youtube.com/watch?v=Gso9_xXWw4Q

 

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