La grande bouffe o enchenta.

 

Hasta los seis o siete años, estuve viviendo a unos veinte metros de la playa. Estaba la playa, estaba nuestra casa y absolutamente nada más, con la excepción del pueblo a unos kilómetros; así que, invierno y verano, mi vida giraba en torno a aquel lugar y a cuanto ofertaba a la mirada siempre asombrada de un niño. No es mi propósito escribir sobre aquella etapa salvaje y hermosa de mi infancia, sino sobre ciertas imágenes que marcaban el tiempo de playa y el tiempo de no playa, a la que, sin embargo, continuaba yendo durante las horas más benévolas del invierno, salvo los días de temporal y frío insoportable, sencillamente porque vivía allí y la playa era mi casa, justo debajo de aquella donde vivía con toda la familia.

Sin embargo, aquel cambio de tiempo para muchos, tiempo de playa, tiempo de no playa, con gente y desierta, tiempo de verano, tiempo de invierno, solía indicarlo y dejarlo marcado sobre la arena el mar al retirarse. Si la fina orla que quedaba era una franja ondulada y limpísima, constituida por pequeñas conchas nacaradas, diminutos caracoles perfectos y trocitos de vidrio multicolores con el aspecto y la textura de un canto rodado, era verano, y cada mañana la playa amanecía virgen, perfecta, aún sin la huella de nadie, poco más que el rutilante aspecto de la ría llamando al baño interminable y a la expedición a cada una de sus rocas de concavidades tentadoras para las manos exploradoras de los chiquillos. Cuando nos íbamos, la playa parecía arrasada, sucia y fea, pero daba por descontado que el mar haría su labor durante la noche y que al día siguiente volvería a aparecer intacta la arena y deslumbradora el agua y su llamada, siempre en su sitio la línea de delicado encaje que dejaba al retirarse manso el mar.

Sin embargo, una mañana cualquiera de un día siempre incierto, en aquella aldea de un sola casa, el mar ofrecía muy otro espectáculo, el de las olas encrespadas, el agua obscurecida, enturbiada, y un cambio en lo que abandonaba en su orilla la fuerte resaca del Atlántico: piñas, maderos parcialmente pringados de chapapote, manchas de brea también en la arena, bellotas y hasta manzanas y castañas, botellas rotas, ramas de árboles, algas marrones, enormes y resbaladizas al tacto, piedras de aristas cortantes, fragmentos de tejas, qué sé yo… El milagro había desaparecido, la playa ya no era mi playa, perfecta, casi increíble, y con todo, aun a regañadientes, siempre terminábamos por hacer las paces ella y yo. En alguna ocasión, debí de confiarle algo sobre el asunto a la muchachita que nos cuidaba, porque tampoco olvidé sus palabras -ni cómo fue despedida porque un día, mientras charlaba distraída con una compañera y nosotras saltábamos a la comba, estuve en un tris de ahogarme al adentrarme en el mar tras de algo que el viento había hecho volar; menos mal que mi madre sobrevigilaba infatigable full time desde la amplia galería gallega-, algo como: “El viento y el mar son tragones, se lo llevan todo por delante, y el mar, después de la enchenta, arroja los restos a la playa.”

Ese viejo recuerdo de la arena en los meses de invierno se me presenta con frecuencia últimamente, hace muy pocos días mientras leía un artículo de Juan Goytisolo, nada que no se hubiera sido dicho demasiadas veces, pero quizá de otra manera. Inconscientemente, busqué un periódico gallego, y en El Faro de Vigo me llamó la atención una noticia y los comentarios suscitados por ella en los que aparecían los nombres de docenas de políticos gallegos corruptos. El artículo se llamaba “La destrucción del paisaje” -“El culto al dinero fácil ha convertido la costa mediterránea de España en un espectacular adefesio”- y el titular de la noticia era: “Rueda afirma que los gallegos entendieron que los recortes no fueron por capricho”, con entradilla: “El vicepresidente de la Xunta señala que la reducción de escaños en el Parlamento se aprobará después del verano”. Artículo y noticia, en especial sus comentarios, aquellas lecturas, volvieron a empujar a la memoria los objetos que vomitaba el mar y que dibujaban sobre la arena una especie de presagio intimidatorio, dado que también mostraban restos de otros oleajes, otros naufragios, otras corrupciones, la fealdad hecha carne e instalada para quedarse a lo largo y ancho de las costas, ciudades, pueblos y aldeas transformados en lugares de pesadilla, en infiernos estivales de colmenas donde casi todo el mundo tenía, los más siguen teniendo, su apartamento, tal vez una casita, un chalé, un bungalow en esta o en aquella urbanización del campo o de la playa, ¡qué campo y qué playa, Señor!, urbanizaciones desiertas en invierno y remedo en verano de las propias ciudades de las que se huye, con su deprimente supermercado, sus frecuentados y agobiantes cajeros automáticos, las pringosas comidas para llevar, los bares y restaurantes de bazofia a precios de viandas comestibles, los interminables desiertos de escasa vegetación calcinada, arena sucia y agua turbia, lugares todos ellos en los que pasta, compra y dice descansar gente gregaria, burda, chillona, maleducada y capaz de ensuciar con sus hábitos las mismísimas patenas del Vaticano.

Mientras leía, además, mis ojos multiplicaban el recuerdo de docenas y docenas de urbanizaciones a medio construir abandonadas, los esqueletos de los edificios, las ciudades de cierta importancia que hoy albergan otras ciudades de nombre rimbombante y cemento con la nada en su interior, junto al habitual descuido de las casas, palacetes y barrios más antiguos y hermosos de cada ciudad, porque en este país, no se recupera, se repara o se restaura, se deja que el tiempo haga su labor de convertir lo que sea menester en ruina, estercolero, algo a derribar para construir a la medida de cada imbécil sobre la belleza perdida para siempre. Construir lo que fuera, pero que fuera, sobre todas las cosas, poco amable o incluso inhumano, mediocre, vulgar, feo, se suele decir que al alcance de todos los bolsillos, y para disfrutarlo ese bolsillo o revenderlo o alquilarlo a un turismo asimismo fácil en cualquier sentido.

Y a tono con estas catástrofes, y muchas otras que resultaría fastidioso solo consignar, mi mente recorría, ya puesta, lo que vomita a diario el mar de los medios de comunicación, la cotidiana enumeración de la corrupción más apestosa de que tenga noticia, por más que recortada y no importa con qué honestidad profesional para lo que hace al caso en estas líneas: descubierto, denunciado, acusado, imputado, encausado, sospechoso, incriminado, encarcelado, cómplice, etc., etc., un alcalde, un conseller, un diputado, un concejal, un presidente de diputación o de autonomía, un senador, un juez, un director general, un pariente real o real pariente, un subinspector, un chófer, un banquero, un ciudadano normal y corriente. La enchenta, la grande bouffe, fue la de quienes fueron capaces de robarlo todo, y desde luego, no faltaría más, con la complicidad y colaboración de tanto pícaro ladronzuelo que siempre hay por aquí y por allí, y que aspira a ser tan desenvuelto y tan hábil delincuente como el amo al que sirve, sus manos tan dispuestas como el culo, tanto y tanto tremendo ganapán que, sin embargo, después, cuando la feria y los feriantes se fueron al garete, se dijeron, se dicen, ¿se lo creen incluso?, burlados, presionados, coaccionados, engañados, inocentes, ajenos a cualquier asunto, y a pesar de la segura opinión en contra de sus propias madres, pero su sueño íntimo fue el de volar tan alto, tan alto, como, por ejemplo, un Camps, un Urdangarín, un Fabra, un Blasco, un Pujol, una Marta Ferrusola, qué menos, es decir, un capo con los más altos galones de militancia. Aquellos excesos exigen una buena purga, hay que ponerlos a dieta y durante tanto tiempo como sea menester hasta lograr que les regrese la salud de la regeneración, y me refiero a los más repulsivos delincuentes como a sus más mínimos y ridículos bufoncillos de a ver qué les cae. Quizá no resulte tan difícil, cada uno de nosotros conoce, personalmente o de vista, a un buen puñado de ellos, son ciudadanos comunes. Dicen.

La grande bouffe, la enchenta, fue toda suya, en efecto, pero la indigestión, el malestar y la resaca, como la impaciencia, la desesperación y la rabia, fueron después todo nuestros y en exclusiva, muy en especial de quienes hace lustros que veníamos observando, deduciendo, y no por intuición precisamente, que algo demasiado gordo tenía que estar ocurriendo por fuerza, que como mínimo se robaba a manos llenas, ¡y con qué desvergüenza y desparpajo!, como de arriba abajo se sometían tantos y tantos a lo que hubiera que reportara ganancia y sin que a nadie le importara por entonces qué decíamos, denunciábamos, criticábamos o gritábamos en manifestaciones que fueron tan, tan precoces, que eran pocos los que participaban y menos quienes dicen recordarlas, porque entonces no existía cabeza sino para el dinero fácil o el favorcillo que las llenaba de apetecibles planes y proyectos, ajenas esas cabezas a cualquier noticia o reflexión moral, estética al menos, que surgiera sobre lo que andaba a la vista, pero cuya denuncia pudiera poner en peligro el negocio; en las sentinas hay siempre para todos.

Muchos hospitales están ya privatizados, o en trance de, así como infrautilizados, a medio construir o abandonados los grandes proyectos que cada gran mafioso político puso encima de la mesa, fuera AVE o autopista o ciudad de… a ver qué pillamos, junto con la pérdida de, por ejemplo, las líneas de ferrocarril que unían infinidad de pueblos entre sí y con las ciudades, porque ¡válgame el cielo, si por fin éramos USA, coge el coche, tomar el autobús o esos trenecillos prehistóricos debiera avergonzaros! Los centros de enseñanza, escuelas como institutos, muchos de ellos con la connivencia de sus directivas, fueron diezmados, castigados y empobrecidos en beneficio de la ancestralmente apetecida por este pueblo de poca letra enseñanza religiosa, mi niña va a las monjas y el chico estudia con los jesuitas, costeada la enseñanza pacata religiosa por todos los demás, incluidos quienes elegían la enseñanza pública para los suyos por mil razones al alcance de solo los más exigentes.

Ruinas y más ruinas, fealdad, gentes sumisas que se dicen confundidas por una crisis y que aún se preguntan a estas alturas de la epopeya cuándo volveremos a la normalidad, cientos de miles de seres, tal vez millones, esperando a ver de dónde podrán volver a llevarse aquella ganancia fácil que hubo, para cuándo el poder volver a comprar hoy para vender mañana, ejércitos de borregos a la espera del regreso al infierno de otro apartamento en la playa para el nene y su chica y un coche nuevo y molón para la mamá. Nunca se ha visto un fenómeno de semejantes proporciones y tan persistente en este país de cabreros, y por másteres que hubiera seguido el chico, incluido el propio chico de los másteres, casi siempre educado por afanosos meapilas.

Hay mil preguntas que le haría a los líderes de Podemos respecto a la educación. No me llega que en su programa aparezca la exigencia o promesa de una educación pública, gratuita, laica y universal, y la eliminación de cualquier subvención y ayuda a la enseñanza privada, incluida la modalidad de concertada, destinado ese ahorro a la financiación y mejora de los centros públicos. Preciso, ansiosamente y lo antes posible, todos los detalles y la articulación para la puesta en marcha de ese sueño. Y junto con el logro del resto de su programa, es posible incluso que nos regresen las playas de los veranos de mi infancia.

http://elpais.com/elpais/2014/07/04/opinion/1404467694_368257.html

http://www.farodevigo.es/galicia/2014/08/10/rueda-afirma-gallegos-entendieron-recortes/1073468.html

 

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4 comentarios en “La grande bouffe o enchenta.

    1. Debieras haber hecho un mejor reparto de adjetivos: sublime, tu sombrero, tan francés; y feroz, la entrada, pero por el tipo de agresividad que suele despertarme la fealdad en cualquiera de sus manifestaciones. Merci bien, mon amie 🙂

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  1. Sinceramente la comparación que haces es espectacular. Puedo, según te leo, ver las imágenes.

    Y solo puedo esperar que me demuestren con hechos que soñar aún es posible, y que ojalá “regresen las playas de los veranos de tu infancia”.

    Es una entrada genial.

    Un beso.

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    1. Playas que superaron con creces las tuyas, por cierto, y razón de que, conforme leías, te pareciera espectacular la comparación. Aunque también es cierto que tus paraísos perdidos contrastan con solo los infiernos gallegos que llegaron, y esos son bastante menos infierno que los mediterráneos, por fortuna para todos, y por más tesón que hayan puesto vuestros particulares capos y xentiña a sus órdenes.

      Besos de obstinada soñadora de paraísos llenos de niños felices y curiosos, risas, escuelas, libros, música, juegos civilizados y una pizca de locura en la enseñanza y en el aprendizaje.

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