¡Por fin en condiciones de opinar!

 

De reacciones lentísimas, aún resuenan en mi oído ecos de la sempiterna reflexión materna hecha en voz alta, con la sana y principal intención de que yo la oyera y dijera algo: ¿Qué le pasará a esta chiquilla? Es ver una película un domingo y no reaccionar hasta el miércoles como pronto… Se calla y no hay manera de que diga si le gustó o no, ¡ay, qué esconderá esa cabeciña, por Dios, da miedo a veces…! Y aun añadía en ocasiones, si de mi terca obstinación no lograba arrancarme nadie ni nada: Pero sea lo que sea, o esta niña es boba o es muy rara… ¡Pobre madre mía, si supiera que no le he progresado nadiña!

Pero, aunque sigo haciendo lo mismo que cuando era una mocosa o una casi adolescente, esperar a tener algo que decir para abrir la boca, lo cierto es que mi madre, como mi padre, me llevaban a ver películas que no debían de ser toleradas para menores, porque todavía, pasadas décadas y décadas, recuerdo la impresión que me producía, por ejemplo, una de Ingmar Bergman, de entre tantos que podría citar, ¡qué suecos estos, madre mía! Y ya si pienso en alemanes, se me eriza la piel. Es decir, que aún se me llena el alma de aquel mismo silencio que seguía a tantas de aquellas pelis, y de loas el pensamiento, al tiempo, para con la alegre desenvoltura de mis progenitores en lo concerniente a la educación de la chiquillería, porque, y no solo, hoy soy capaz de mayores prodigios, como leer por la noche, ya en la cama, y sola en casa, y así caigan chuzos valencianos de punta, truene o relampaguee, “La quinta mujer”, “El chino” o “Pisando los talones”, de Henning Mankell, sueco, sin dejar de dormirme dulcemente extenuada tras la lectura, jamás desvelada por presa del miedo, incluso del pánico que me confían algunos si, nunca a voluntad, viven experiencias similares. Y es que, créanme, respecto a la educación que pudiera convenir a un infante estamos en mantillas. Yo misma le compraba de armas de juguete al mío cuantas nos pedía, como lo educaba incansable en no hacerlo competitivo, y no habrá pacifista al que se me elogie que encuentre a su altura yo, y muy poquitos disputarán o reñirán una plaza de científico a su muy bélica, aunque caballerosa, manera; pero, en fin, así anda asimismo la Medicina o la Economía y no se nos ocurre rasgarnos las vestiduras. Pero vayamos con muy otro cuento que nos contaron el jueves de la semana pasada y vayamos precisamente con ese retraso en la reacción que les confiaba.

¿A que resultó en extremo decepcionante la doble coronación del príncipe y la sorprendente cenicienta vestida como para un bautizo o una boda? Ustedes, ¿la soñaban así? ¡Yo no! Decir que a primera hora ya estaba sentada delante del portátil para presenciar el directo que ofrece con generosidad y harta frecuencia una portada, de cuyo nombre no quiero acordarme por no hacerle publicidad gratuita, sería mentir, pero como a segunda, quizá tercera, y además, duchadita, desayunada, acicalada y presa de una ilusión como no recuerdo desde fastos similares, aquellas boda reales, por ejemplo, que solo recordar, llenan mis ojos de lágrimas y mi alma de nostalgia, pero todo cuanto al nivel de un 23-F, un suponer… Pues ese mismo hijo al que me refería, por único, el pobre, en distintas etapas de su desarrollo -hubo varias, etapas como bodas, y bodas como etapas político-monárquicas-, su padre, un pedazo de padre y de esposo en cualquiera de las etapas de la paternidad y el matrimonio, la mujer que me echaba una mano en las tareas propias de mi sexo, y que exigía, por cierto, uno de los mejores puestos -era producto nacional aún, no extranjero, estas resultan muy reticentes cuando nuestros espectáculos, y por obscuras y complejas razones que no creo haber entendido, o que la cortesía me obliga a omitir-, más una vecina cualquiera, siempre acogida en casa por miembro de una familia enemiga de fastos por severos principios ideológicos, tal vez republicanos, un amigo dado a la maría, arrojado de su hogar por cierta propensión a la disidencia cuando el convergente intercambio de pareceres, yo misma, ¡o qué creían!, bien arrellenados todos en dos cómodos sofás, más un par de sillones, arrastrados descuidada y alegremente desde otra habitación, nos mostrábamos dispuestos, henchidos de ilusión y en buena armonía, a compartir los hechos históricos, con sus detallitos y más detallitos, que aun repasaríamos durante días, y más que hechos, por cierto, gestas de quienes nacen predestinados a protagonizar auténticos cuentos de hadas -creo recordar que, por aquel entonces, andaba por descubrirse, desde luego por ser utilizado, el término evento, llegó después-, único e irrepetible cada uno de ellos, y por lo mismo, de los que produce muy de cuando en cuando la historia de una nación noble y añeja, la nuestra sin ir más lejos.

Diría, pues,  que en esta ocasión encontré decepcionante el acto, por no decir tristón, extraño, ajeno, surrealista, frío, en fin, un poco como de mentirijillas. Y no. No, porque es un hecho incontestable que a día de hoy el Rey de España es otro que el que había hace unos pocos días. Y eso… ¿es una coronación, por Dios?, me pregunté decepcionada, con el índice enhiesto señalando el PC en una suerte de interrogación retórica, que dejé sin responder, justo por retórica, pero googleando ya mis dedos a la caza de la noticia que diera el espaldarazo a mi estado de ánimo, o justo al revés, que me sacara del pozo de una frustración insoportable. Pero las noticias pasaban como por encima, o iban en otra dirección de lo que yo miraba y veía en mi pantalla: alejamiento, frialdad, desánimo, un ¡guapa! que sonaba como lanzado por un noruego, un muy poquita gente en las aceras que iban recorriendo las cámaras al trotecito lento del Rolls-Royce Phantom IV Landaulette, modelo exclusivo encargado por Francisco Franco a finales de los cincuenta, tengo entendido, y así, en efecto, como de la posguerra todo, inverosímil, ilusorio, fantasmagórico, no real, en una palabra. Solo hallé fotos, portadas, narraciones que seguían, escena por escena, secuencia por secuencia, cuanto probablemente tendría que estar ocurriendo, a destacar, de entre tanto que había, pero que no era lo que buscaba, los suave pastel, o blanco roto -crudo, caramba, crudo, parece mentira que ni para alcanzar el nivel de la entrada de un blog estemos preparados- que vestían las señoras, y que se repetía como un parte de guerra, ya saben, en el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales… bla… bla… bla… la guerra ha terminado. Una tontería porque las guerras, de terminar, terminan siempre bastante después que los bandos.

En este sentido, a destacar, por ejemplo, por la impresión brutal que me causó, el vestido y abrigo en suave azul pastel, y a tono con los zapatos el clutch, de la bizarra Mari Loli Cospedal. Mucho ojo aquí, porque ya el propio google nos orienta a un diccionario ad hoc, es decir, el adecuado para la fashion victim, en el que se nos precisa que clutch no es una onomatopeya bajo ningún concepto, sino el nombre dado a ciertos bolsos o carteras de mano, de esas, bien lo saben mis lectoras, en las que apenas cabe el móvil, el tabaco y el microsalvaslip de sentirte siempre fresquita; en fin, cabe y no, porque, aun presionándolos con la fuerza que nos quede, no precisamente la de un mozo de cuerda, una vez vestidas y repasadas por toda suerte de profesionales para la ocasión, permanece abierto, porque no hay dios, y menos, diosa, que lo cierre, aunque, al menos en mi caso, no sé en el de las damas de a la coronación, me desentiendo del asunto, jamás me desapareció el tabaco, el minimicrofresh o el iPhone. A aquella Fabra, la de A fodervos, ¿recuerdan?, no la hallé, y cómo lo siento, debe de ser que no se la invitó, que su mérito no alcanzaba, por ejemplo, el de una Santamaría, de alma y corazón tan breves, vestidita con un abrigo blanco -en guiño a Letizia, dicen, debe de ser por lo de la comunión o lo del bautizo, que les decía-, este con detalles en plata y sobre vestido tipo cocktail, pero corto, y zapatos Louboutin. Relaxing cup of café con leche estaba, pero esta, en guiño municipal de, ahora sí, sumar peras con manzanas, vestía ¡traje rojo dos piezas! En fin, había de todo, caso de leer como conviene, menos de lo que yo buscaba, alguna noticia que diera fe y credibilidad de una alegría, una emoción, un jolgorio, un pueblo madrileño feliz y echado a la calle hambriento de fasto, o aun llegado de la mismísima periferia a la que tanto suelo referirme, por alumbrada en ella, apretujándose en las aceras a la espera impaciente de que pasaran Letizia y Felipe, las señoras, delante. Es más, fue al día siguiente, el pasado veinte, cuando, ¡por fin!, y en prensa extranjera, encontré justo lo que buscaba, la confirmación de que no tengo tendencias depresivas, sino a la cordura incluso, pero de lo que tampoco decía palabra un nacional de ese mismo día. Por ejemplo, el gabacho La Dépêche du Midi, pego, para eso precisamente lo guardé:

«Le défilé du couple royal dans les rues de Madrid s’est déroulé dans une ambiance étrange. La ville, décorée de milliers de drapeaux et de fleurs, semblait pourtant bien vide et triste en ce jour férié. Faut-il y voir un désaveu royal? La monarchie est, en effet, au plus bas dans les enquêtes de popularité. Les 7000 policiers présents pour boucler le centre-ville veillaient à la sécurité du nouveau couple de souverains… mais également à ce qu’aucun partisan de la restauration de la IIIème République espagnole ne vienne troubler la fête. Hier, les drapeaux républicains, agités par les contestataires, étaient tout simplement confisqués par les forces de police. De même, les manifestations en faveur d’un changement de régime étaient interdites» (1)

A mí, me encanta la prensa extranjera, qué le voy a hacer, esencialmente porque me deja informada. Y esto de sentirnos tan atraídos por lo de fuera de casa debemos de llevarlo como en los genes porque, el mismo diecinueve, nuestros periodistas se entregaban con pasión al turismo extranjero, vayan a saber si guiados por mi mismo afán, algo con lo que calmar su propia hambre y, ya puestos, la de los lectores:

«Cientos de turistas de visita en Madrid han vivido hoy la proclamación de Felipe VI entre el entusiasmo de quien se sabe testigo de un acontecimiento que no existe en sus países y la confusión de quien ignora por completo lo que está ocurriendo.

Es lo que le ha ocurrido a una estadounidense de 23 años, estudiante en Sevilla de paso por Madrid hacia el norte para hacer el camino de Santiago, que al llegar a la Puerta del Sol, centro del operativo de seguridad de la jornada, ha confundido el fuerte despliegue de medios policiales con un golpe de Estado.

La chica ha roto a llorar y ha llamado a su casa para contarlo llena de pánico, hasta que una periodista de Efe le ha explicado lo que ocurría.

El llanto de la joven se ha transformado entonces en euforia y en medio de la plaza ha comenzado a gritar: “¡Qué suerte tengo!”» (2)

Diría que fue sobre el día veintitrés, ¡veinticuatro, San Juan!, cuando la totalidad de mi cerebro fue tomado por una interrogación ya nada retórica, porque ahí, hube de responderme a la fuerza: ¿Que habrá dentro de la cabeza de un príncipe, incluso en la de un príncipe que llega a ser rey? ¿Cuál será el tipo de educación profunda, no de mera urbanidad, que recibe? ¿Diferirá mucho de la que les daba yo misma a mis alumnos de la Pública en los escasos ratitos en los que dejaba de ser ama de casa? Hmmm… No hay manera, aún sigo dándole vueltas a la cuestión… Tal vez, poniendo mucho de mi parte, y pasando de algo tan abstracto como la educación, al ejemplo o la circunstancia concreta de la conducta observada en el alumnado, imaginada en un príncipe de por esa misma edad, logro visibilizar –madre mía, Ignacio Bosque, ¿por qué no retiráis este pedazo de cosa del drae, y nos dais el cambiazo con algo más presentable?- visibilizar, decía, ciertas diferencias. Pongamos una multitud surgida de pronto como de la nada frente a un aula. ¿Qué pensaría, qué diría, uno de mis alumnos, si le diera por asomarse a la ventana? Pues, de entre tanto que podría, por ejemplo, un: –Luisa, mira… Tiene que pasar algo, porque fuera hay un montón de gente gritando y mirando hacia el Instituto. ¿Y un príncipe? ¿Qué pensaría en idéntico caso? Pues supongo que se le estimularía algo, lo adecuado, por supuesto, y aparecería a modo de nubecilla de viñeta en su cabeza un sencillo y regio: ¡Chusma! No, no, no es broma, es muy serio lo que acabo de decir, cada uno es educado conforme a los intereses de sea lo que sea a lo que pertenezca, y no me refiero a clases sociales solo, me refiero a muchísimo más.

La certeza de que así tienen que ser las cosas por fuerza, cómo piensa una cabecita normal frente a la de todo un príncipe, desencadenó una suerte de otras varias certezas que me fueron acercando a lo que tiene que haber, pero mucho más tarde, dentro de una cabeza real -si el príncipe cuaja en lo que debe, claro-, frente a lo que hay en la de un ciudadano común y corriente. ¿Y que podrá haber de diferente en una cabeza y otra? Pues tendría que volver a explicarlo con una suerte de metáfora o de comparación. Pongamos ahora la visión de un par de docenas de lecheras con su correspondiente equipamiento. ¿Qué se le pasa por la cabeza a un rey? ¿Y a un ciudadano? Pues estoy casi segura de que ahora se invierte la cosa, en la cabeza real se desarrolla todo un pensamiento: Esto es parte del grueso muro que me protege de seres desalmados y enemigos, forma parte de mis bravos y leales ejércitos –no ejército al pie de la letra, cuidadito-, el sostén de mi pacífica existencia en los palacios y los jardines, los desplazamientos, los viajes, las aventuras, forman parte casi de mi substancia… etcétera, etcétera, etcétera. Y en la nubecilla del ciudadano, en cambio, un simplón: ¡Hostias, la pasma! O su variante clásica: ¡Joder, los maderos!  A la postre, visto el ejemplo 1 y el ejemplo 2, no hay tanta diferencia, pues, entre uno y otro, depende de las circunstancias de cada uno. ¿Habían caído en ello?

Por decirlo mejor -si capaz fuera-, se trata de mundos muy distintos, ni siquiera más o menos paralelos, cada uno en el suyo, y aquí paz y después gloria, de ninguna manera. Son mundos encontrados o contrarios, nada de lo que concierne a un ser de hueso y carne palpitante tiene nada que ver, o más bien, depende siempre de lo que se le vaya pasando por la cabeza al príncipe, ya devenido rey, y sea este monolingüe o políglota, un pedazo de animal o un chaval de estos de la generación … ¿cómo se le llamaba, Luisa? ¡Eso es, cony, JASP, Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados! ¿Se acuerdan de aquello? Se utilizaba, o se creó precisamente, para vendernos, un Renault Clio, mediada la década de los noventa, es decir, precisamente la generación de nuestro recién coronado Rey, Felipe VI, Dios lo guarde, ¡lo que daría yo por tener un catalán barceloní como el suyo! (3)

Y sin embargo… Y sin embargo, estoy absolutamente segura de que, el día de la coronación, en la cabeza del Rey de España, Felipe VI, como en la de la ciudadanía española en general, y quizá por primera vez desde que comenzó el reinado de su padre, el ya exrey Juan Carlos I, hubo una absoluta y rotunda coincidencia en lo que acudió a la mente del Rey y lo que acudió a la mente de la ciudadanía: Todo esto no es real, de un momento a otro, voy a dejar de verlo: se trata de una alucinación, o voy a verlo de muy otra manera: es una pesadilla. Y precisamente esto -y es natural, soy una ciudadana más- es lo que yo veía en realidad y sobre lo que ningún periódico nacional abundaba por la razón que fuere.

Qué contenta se pondría mi madre si pudiera ver por un agujerito que no he cambiado nada, que sigo siendo la de siempre, la que abre la boca cuando tiene algo que decir, razón precisamente de que, aparte de por la inmensa admiración que me causan, los textos de Alberto Caffaratto deba colgarlos en dissidens, como los de algunos otros, para que mis lectores no caigan en la cuenta del silencio que se cernería sobre este blog por temporadas interminables, y que, al final, dejaran incluso de entrar a leerme.

  1. http://www.ladepeche.fr/article/2014/06/20/1904198-un-monarque-tres-bien-prepare.html
  2. http://www.lavanguardia.com/local/madrid/20140619/54409191777/los-turistas-entre-el-entusiasmo-y-la-confusion-en-medio-de-la-proclamacion.html
  3. https://www.youtube.com/watch?v=vV3cOyt3_E8
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s