Monarquía y República: Textos de Alberto Caffaratto Ladoire

 

Dicebamus hesterna die, es decir, ayer, en la entrada de este blog -y no hace cinco años y mediando cárceles e Inquisición- que iríamos con Alberto Caffaratto Ladoire y unos textos suyos tomados de su Blog y Magog. Así que vayamos con ello. O a ello.

Sé de quienes descubrieron a este escritor, Alberto Caffaratto, precisamente aquí, en dissidens. Para ellos, o con su permiso, una observación. Si en su día juzgábamos que sus textos recordaban los de don Rafael Sánchez Ferlosio, desde hace un tiempo, no sé qué dirán ustedes, pero por si andan preguntándose algo como, ¿a quién me recuerda a mí este señor? ¿A qué me saben sus textos? Créanme, no le den más vueltas, ya se las he dado todas yo. Tienen justo el sabor de un autor siciliano que hemos leído todos, Leonardo Sciascia. Y si están conformes, sean amables, no dejen de decírmelo. O al menos, de decírselo a él en su propio blog.

 

Textos de Alberto Caffaratto Ladoire sobre Monarquía y República tomados de su blog, Blog y Magog.

 

 

Conversaciones en la Castellana (6 de abril de 2013)

El antiguo debate entre monarquía o república, que procede de la antigüedad clásica, pero que en sus formas modernas es del siglo XVIII, se hizo álgido en el XIX y fue resuelto en la inmensa mayoría de los países entre dicho siglo y el XX. Algunas monarquías nos quedan, así como teocracias, pero son simples relicarios sin reliquia, humo sin fuego, residuos de antiguas costumbres más que de realidades sociales que resurgen o mueren acá o allá, pero que andan ya fuera del camino de la historia. Una tarde cualquiera caerán la teocracia iraní o la monarquía saudí, y esos países, o cualesquiera otros sometidos a parecidos anacronismos, embocarán vías más modernas y no habrá mucho más que hablar. 

Y lo mismo cabe decir de las monarquías llamadas constitucionales del Reino Unido, de Holanda, de España u otras asimiladas donde, a buen seguro, ni siquiera se cortarán cabezas el día del cambio. Porque en el fondo de su corazón las ciudadanías no creen hace ya mucho en esas instituciones. Lo que mantenemos a sabiendas es un aparato parecido al de la ópera, con sus teatros, actores, coristas, galanes, coimas y cuerpo administrativo, y seguramente por la única y sencilla razón de que el montaje operístico alternativo, zarzuela en nuestro caso, conocemos igualmente que nos vendría a costar lo mismo.

Con ver el espectáculo de colgantes, cintas, dorados, bruñidos, taraceas, oropeles y la substancia de los discursos que se emiten desde iguales alturas en Rusia, en Francia, en China o en Italia para incensar a sus republicanísimas presidencias, y sin tener que darse un paseo por mayores exotismos, creo que cualquiera entiende en su fuero interno que, para dar en eso, poco debate merece celebrarse. Por lo cual, pues no se celebra, pues el fuero real de la cuestión hace ya tiempo que está resuelto, a lo Lampedusa, y la discusión por el huevo parece que tampoco vaya a quitarle el sueño a demasiados.

Pero sí es cierto, en cambio, que no hubo que ir por ninguna parte del mundo rompiendo candiles a sablazos para substituirlos por bombillas eléctricas. La gente, ella sola, fue deseándolas y obteniéndolas. Lo contrario sí que es cosa hoy de hacerse notar, como prohibir la música o cerrar una web porque publicó una foto de alguna princesa a la que el viento alzó las faldas o la de otra que liberó en privado sus reales tetas para darse un baño en el mar, pero siendo pilladas por un paparazzo, ¡ay desdichadas!, quedando así privadas, al parecer, de su sacralidad y el adquirido tono azul de su torrente sanguíneo. No son todo esto más que payasadas destinadas a acabar, aunque eso sí, solo para dar en otras. Recorrer el camino que lleva a substituir el Nos del plural mayestático y el pellejo de armiño por lo de los miembros y las miembras se hace y se hará siempre, pero a mí me permitirán que me ría de corazón de ambas cosas.

Y como bien decía Manuel Vicent en celebrada columna en el diario El País, es increíble la calidad y variedad de cosas que la gente es capaz de ponerse en la cabeza, y se refería, de hecho, a sombreros o asimilados, que no a metáforas –aunque igual se podrían considerar también–, y desde esa óptica, lo que sí que merecería apuntarse también es la pasión de la especie por el disfraz en general.

Pasión que parece obedecer al mismo mecanismo psicológico que se rastrea desde la infancia más temprana, el de los niños de dos años que creen que tapándose los ojos ya no son vistos por los demás, quedando así sus acciones en la impunidad. Tal parece calcado el mecanismo del gusto por el disfraz, y casi nadie reniega no ya de él, sino de la creencia, igualmente absurda que la del niño, de que alguien vestido de algo es efectivamente ese algo de lo que se viste. Y de ahí, al pontifical, al sambódromo, al alzar la pirámide, al baldaquín de Bernini, al día del orgullo gay, al desfile de los espermáticos mozos en uniforme de gala, a la genuflexión o al besamanos, poco camino hay que andar. Y lo anduvimos, lo andamos y lo andaremos siempre y sin falta y por mentira que parezca.

Y por mucho que la realidad pase una vida informándonos a todos de que las cosas no son así, casi nadie deja entreabierta la puerta del ascensor de casa, con la debida deferencia, para que el conocido e inofensivo yonqui del sexto que viene detrás suba con nosotros, pero sí lo hacemos, en cambio, con el caballero desconocido pero impecablemente trajeado de Armani y perfumado de lavanda  que entró cuando se cerraba el portal, y que, casualmente, fue el que atracó a mi hermana mayor cuando regresaba a casa del banco, donde ya se había fijado en él mientras traficaba muy serio con unos papeles. –Y es que no veas qué hombre, un caballero en toda la acepción de la palabra… el último de quien se te podría ocurrir que te fuera a sacar una navaja…–  

Así que, reenlazando, el problema de la monarquía o la república, y en razón, precisamente, de ser un problema resuelto, es lo que lleva a la curiosa consideración de cuántos son los problemas aparentemente resueltos que parece que se niegan a admitirlo ellos mismos, casi como si poseyeran personalidad y se resistieran a abandonar su puesto de trabajo. Trabajo que consiste, en lo básico, en darle trabajo en vano a quienes se tendrían que aplicar a resolver otros problemas más reales y acuciantes que los ya resueltos, y no alcanzándose a imaginar tarea más baladí a la cual dedicarle esfuerzo…

Y de esta manera seguía perorándole el hombre de edad mediana al anciano que estaba sentado a su lado en el penúltimo banco público que quedaba en el Paseo de la Castellana.

¿Monarquía o República, entonces? ¿Pero es que está usted de broma amigo Job, es que de verdad cree que no hay nada más substancial de lo que ocuparse? Nosotros mismos, y el paisanaje alrededor, nos estamos empezando a morir literalmente de hambre ¿y el problema es la forma del Estado? No, por favor, el problema es la substancia del Estado, no lo dude ni un segundo, y cuanto más dure el debate sobre la forma, más se le seguirá haciendo el juego a todos los que no están interesados en el debate sobre la substancia, que es lo que de verdad nos da y nos quita y nos trae esta desolación que tenemos–.

Porque este tipo de problemas ya resueltos parecen casi cosa, o caso, o como si se tratara de amantes despechados de los que no se resignan nunca a la situación de su despido, sin duda procedente. Y lo hacen como tantísimos otros que, por más que resueltos, siguen dando sus absurdas vueltas y su testimonio permanente de algo que no parece otra cosa que simple discapacidad intelectual. Ya lo habían resuelto con excelente juicio nuestro abuelos y nuestros tatarabuelos y mire vuesa merced de lo que nos ha servido…–.

Y sin embargo siempre existen y seguirán existiendo. Y así, leí hace pocas semanas que dos profesores de Matemáticas -uno en el País Vasco, otro en Murcia- sostienen que la Tierra no se mueve y que está es el centro del Universo. Y se ponen, ecuaciones en mano, a demostrarlo en el libro que escribieron. Y a su alumnado que le den. Y si protesta alguien, se saca a pasear la libertad de cátedra, señora a la cual, como lleva por nombre Libertad, no hay quien se le acerque a darle un bofetón, demás que sería delito. Y el indignado a la cárcel y el bobo a impartir conocer y sabiduría. Como toda la vida.

– Y otro más, un mandocantano cualquiera, un tal señor Güemes, so capa de venirle cómodo a sus intereses, acusó a un médico prestigioso, un tal señor Montes, nada menos que de ¡cuatrocientos! asesinatos. Ni que decir tiene que, ante la profunda lógica del asunto, intervino la Fiscalía y se estudió a fondo la cuestión. Y que los muertos apenas superarían el millón lo dejó bien claro el que el galeno no hubiera pisado la cárcel ni pagara multa alguna–.

Y con todo, sí que le costó el puesto de trabajo, que dependía de Güemes, privándonos así a todos de saber si el tal Asclepio habría logrado superar a Stalin, a Pol Pot, siquiera a Mengele, como tantos creyeron al punto, pero el Güemes en cuestión, sin embargo, ahí siguió  tranquilamente con sus actividades de trasvase de lo público a lo privado, sin padecer mayores molestias laborales, desazón moral de ninguna clase, ni un existir siquiera Fiscalía que lo importunara en razón, digámoslo así, de sus fantasías catastrofistas. Hoy trafica libremente con enfermos, enfermedades y los beneficios que le aportan, es su trabajo, y a pocos asombra que sea tal y como debe ser para seguir manteniéndonos todos dentro de esta lógica estricta que nos rige–.

Y aun hay un otro mandocantano, ahora aspirante al cargo de Nuestramo, en unas tierras ultramarinas que les dicen el Venezuela, que afirma que el buen Padrecito anterior se le aparece en forma de pajarillo para bendecirlo, pero no se le ríe nadie, pero nada, ni una risilla por lo bajo, ni lo agarran dos mozos como dos castillos y se lo llevan al hospital a que los entendidos en el asunto le den corrientes o le den tisanas, y tampoco un solo huevo se le ha estrellado en la cara, ni le han tirado una alpargata, y amén más, otro orate completo, prepósito igualmente al mando de su pedanía, una Corea de Arriba, sale en la tele amenazando con una pistola a los Estados Unidos de América… Ahí es nada–.

Y tenemos también aquí mismo, para seguir celebrando la ceremonia de la razón, dos millones de pisos vacíos que nadie puede soñar con comprar, y ya al margen de la profunda lógica de su construcción, siendo así que nuestro crecimiento vegetativo nunca alcanzó el de la India, ni se plantea siquiera la idea de bajar su precio a los niveles necesarios para su venta, ni se ponen tampoco en alquiler, pues faltaría otro desfalco… Simplemente se quedan ahí, ¡por razones contables y de balance!, centenares de kilómetros lineales de urbanizaciones a medio empezar, a medio seguir, a medio acabar, o ya terminadas y vacías para siempre. En pocos años serán una ruina real, pero todavía un bien contable. Seguramente. Y no habrá campo de reeducación, ni veinte años de trabajos forzados capaces de hacerle entender a quien carezca de lógica suficiente para sumar dos y dos que la contabilidad, incluso la bancaria, también es ciencia tiene que quedar supeditada a razón, y no viceversa. Cuando hasta la Teología acaba por tener más sentido que la práctica bancaria es señal de que verdaderamente ya solo queda esperar en los cielos. Oremus, pues, amigo, tal y como nos aconseja nuestro Santo Padre Francisco, que de pura pena que deben de darle el género y la grey, ni Papa de Roma dice querer ser, su obispo solo… y va que arde. Y no me extraña, la verdad…–.

En resumen, amigo Job, que andamos ahora mismo Infanta de España abajo, Infanta de España arriba… ¡pero por Dios, con lo buena moza qué parecía y con esos querubes de niños que tiene!… con su augusto padre tocado del ala, del colmillo de elefante, de la costilla numeraria y de las supernumerarias o flotantes, tocado de las vértebras de su real espinazo, tocado de sus imperiales hinojos también y tocado de los yernos, uno demasiado besugo, el otro demasiado vivo, tocado de mal de abdicación, que es disfunción terminal entre los de su clase, y como consecuencia de todo ello, andamos unos con las quijadas desencajadas de asombro, otros indignados, otros alzando los hombros y… y… ¡que advenga el Príncipe!, como claman otros más, o usted mismo, desdichado amigo mío, pero ya casi sin cabeza como veo… Como si acaso fueran a cambiar los que les escriben los discursos y los que les eligen las tapicerías de los sofás y el ton y el son, estos últimos, con mucho, lo peor. Para eso hace falta mucho más que una Revolución francesa, tendrían que recomponernos el genoma a la especie. Así que átame usted esa mosca por el rabo…–.

¿Y a imagen y semejanza de quién dice usted que habría que recomponerlo, don Alberto?–.

¡Ay, calle, calle, don Job! ¡Jesús, qué espanto! Tome, tome usted otro pedacito de pan y atendamos a las palomas. Atender y cuidar, cuidar de lo necesario, atender a lo imprescindible, al hambre de las criaturas… No seamos como ellos… Pero écheles poquitas migas y despacio, ¿sí?, que todavía nos queda una hora para que abran el comedor de Caritas…–.

 

Monarquía y República I (7 de abril de 2013)

Realmente y puestos a mirar con seriedad, la monarquía como tal no tiene en lo fundamental casi ninguna culpa de lo que está pasando hoy en el país. Sí es, para muchos, la primera o la más conspicua y popular de las instituciones del estado, la que detenta la jefatura nominal del mismo o su supuesta encarnación como tal y aquella a la cual, por lo tanto, se le dedican las mayores lisonjas y ditirambos en el entendimiento de que constituye algo así como la piedra clave del ordenamiento jurídico e institucional.

Pero también es aquella contra la que cargan, y con muy buena razón, otros muchos igualmente, por su mala imagen actual y pasada, por su teórica inutilidad y, principalmente por lo mismo, por su poder de representación, por resultar la cabeza visible de un sistema que parecía razonable pero que se está haciendo realmente invivible.

Sin embargo, nada es así. La piedra clave del estado es el relativamente pequeño y casi sencillo texto jurídico que es la Constitución, al cual y por su mandato, la monarquía debe plegarse la primera, así como el resto de las instituciones, al menos en lo que atañe a las intenciones o al espíritu del texto.

Y esto es así porque ya desde la constitución de los Estados Unidos de América, y de todas las que le siguieron después, orientadas en la misma línea y que son las que hoy predominan en el mundo, estos textos o acuerdos legales de base, lograron vehicular la primacía de los pueblos como generadores de derecho sobre la voluntad de simples o únicas personas físicas a las que se les retiró finalmente su inacabable y ya entonces –y no digamos hoy– por completo incomprensible e indefendible suposición de sacralidad e inviolabilidad. Naturalmente esto incluye de igual manera a los dictadores, que nunca faltaron, y cuya principal tarea, demás y después de los fusilamientos, es la de modificar estos textos a su antojo y necesidad.

Y esta proclamada primacía de lo popular y también cabría que decir de lo público, que palabras son las dos casi de la misma matriz, es un hito histórico y jurídico que es el principal legado intelectual del Siglo de las Luces, pero hijo legítimo también de los largos quince decenios de luchas sociales libradas por todo el mundo y que abarcan desde la Revolución francesa hasta la época de la Gran Marcha china, hace apenas setenta años. Y aun todavía faltan hoy países que tienen que adaptarse a estos hechos, que para algunos todavía serán nuevos.

En este contexto, la supresión o no de una monarquía parlamentaria, como es la española, no equivale en absoluto a la remoción de la piedra miliar o al establecimiento de un nuevo punto cero del sistema. Porque el verdadero punto cero es la Constitución, el estado de derecho que sanciona y la institución de la democracia parlamentaria que prescribe como mecanismo de funcionamiento para la sociedad. Dentro de ello, y no hay más que mirar al mundo alrededor, que la institución de la jefatura de cada estado sea una monarquía, una república u otra forma de las que tantas hay, apenas tiene alguna importancia real ni fáctica en el mundo actual.

Por lo tanto, tan posible y viable es un cambio de monarquía a república como el contrario, aquí y en cualquier parte, no suponiendo apenas más que modificar algunos puntos de las constituciones diciendo Presidencia de la República donde dice Corona, o viceversa.

Tal es exactamente la realidad y aunque muchos puedan desear y buscar hasta una guerra civil para que nunca ocurran una de esas cosas o su contraria, lo cierto es que entregarle y dedicarle a la cuestión más de lo que se merece, que es bien poco, será perder el tiempo, el dinero, las energías y, dado el caso, la sangre.

Pero lo que sí es cierto es que hoy son dichas instituciones presidenciales y mucho más las monárquicas las responsables de su propia supervivencia y ello por simple razón de su posición. Haciendo un paralelismo seguramente comprensible, una república o una monarquía contratan mediante mecanismos vicarios y bien pautados, por lo general, elecciones, a los señores entrenadores de cada equipo de fútbol, que son, en el ejemplo, los gobiernos de cada nación. Cuando van mal las cosas o al gusto de los menos, los entrenadores se cambian, y son los primeros en caer en épocas de malos resultados como cualquiera sabe. Pero cuando las cosas van realmente muy mal y de forma muy continuada, los señores aficionados salen a las calles a quemar automóviles y tiendas, a gritar que no hay derecho y a exigir la cabeza del presidente, la modificación absoluta de la manera de funcionar de la entidad y a pedir la asunción de la representación de tan sagrado bien por otro equipo institucional nuevo que haga las cosas o las mande hacer de otra manera, deseablemente mejor.

Y hoy, tal vez, nos encontremos o nos vayamos aproximando ya bastante más al segundo de estos casos que tanto desquician a la afición. Porque las cosas van muy, muy mal y además de forma continuada. La crisis es ya casi constitucional, en el sentido de que los mandatos, exhortaciones o deseos del sagrado texto no se cumplen en su buena mayoría. Algunos sobran, otros faltan, otros son puro cascarón y oropel vacío de cualquier contenido real y faltos de la existencia de ningún mecanismo que los convierta en imperativos. El derecho al trabajo y a la casa, la protección jurídica y social de los más débiles, en fin… para que contar. Cualquiera lo conoce.

Por lo tanto, me atrevo a vaticinar que dentro del orden de prioridades con el que está urdido el estado español y que es el siguiente: constitución de la que emana el estado de derecho, monarquía simbólica como jefatura del mismo con cierta función moderadora añadida, y los tres poderes teóricamente equivalentes y clásicos, gobierno, parlamento o poder legislativo y poder judicial, lo que más se tardará en retocar a fondo en el sentido de reformarlo para hacerlo más eficaz e imperativo será el texto de la Constitución.

Los gobiernos, que caen mucho antes que el resto de las instituciones y que van y vienen de forma continuada, están destinados precisamente a ello y son, de hecho, la válvula de escape del sistema, y bueno es además que no se eternicen siempre los mismos porque eso no genera más que corrupción sobre más corrupción, como igualmente y para nuestra desdicha tan bien sabemos, pero en el estado de profundidad de la crisis que nos ocupa, el PP será sustituido sin duda en dos años por otro partido o coalición que muy difícilmente podrá cambiar el estado de cosas. Si la profundidad de la depresión sigue siendo la misma o parecida, y no digamos si peor, el tiro al alza irá entonces e inevitablemente contra la monarquía y, es más, de poco le servirá a esta haberlo hecho muy bien, regular, mal o peor, porque la afición lo que pedirá entonces será la cabeza del presidente de la entidad y dará más o menos lo mismo que sea el actual, su hijo o una nieta bajo condiciones de regencia, que eso sí que sería chusco y decimonónico, pero lo que nunca es descartable, demás que los males siempre gustan de arracimarse.

Naturalmente, siempre cabe imaginar en política acciones contra natura, porque bien podría desde luego la monarquía instar un cambio constitucional en el sentido de primar iniciativas populares ya imprescindibles y de dotar del contenido y los medios que le faltan a determinados mandatos constitucionales, los arriba citados y alguno más, pero esto, salvo milagro inimaginable, no es algo que pueda esperarse de esta monarquía, de la cual tampoco cabe decir, salvo verse obligado a ello por acontecimientos por ver, que cuente en sus filas con algún Solón de Atenas.

Y estas mismas consideraciones son válidas para otro tipo de formas de estado. Detrás de la catástrofe política y económica actual de la Unión Europea, acechan sin duda cambios de esta clase. Suponer una monarquía en Francia parece tal vez excesivo, pero en Bulgaria sí han hablado de ello. Imaginar una República en España o algún tipo de dictablanda aquí mismo, en Italia, en Grecia, en Polonia o en Hungría, donde casi han llegado a bordearla recientemente, no me parece hoy que sea hablar con grandes fantasías.

En definitiva, y regresando al símil, que las aficiones salgan a la calle cada vez más embravecidas con los malos resultados de la Liga, no es fantasía en Grecia, sino ya realidad, no lo es en Portugal donde apenas es poco menos y lo será pronto aquí o en Italia y de seguir los acontecimientos al ritmo que se suceden.

Por todo, y a mi entender, la monarquía española no esta solo debilitada por sí misma o por su mala cabeza, porque desde luego bastante se ha ayudado ella sola en los últimos tiempos, dilapidando un abundante capital social, sorprendente por las condiciones en las que lo obtuvo, pero que sin duda era un haber más que apañado, sino que lo está mucho más en su función de ser la cabeza visible del estado. Y, para su desgracia, este estado poco crédito merece ya de la ciudadanía. Difícil será que el promedio de la misma le eche las culpas a la Constitución, que también las tiene, y mucho más fácil será ver una propensión al republicanismo, y no tanto por sí mismo seguramente, sino porque algo hay que cambiar cuando truena. Y tronar, lo que se dice tronar, ya está tronando casi lo suficiente. Y si, finalmente, cambiados dos o tres gobiernos más, nada sirve para nada, le llegará verdaderamente el turno de la cirugía a ella misma y para entonces quizás ya ni pueda ni sepa cómo pararlo y su supervivencia resulte más que dudosa. 

Otra cosa es que seguramente tampoco solucione ya gran cosa un cambio de forma del estado, porque el mayor de los males ni mucho menos reside aquí, en la monarquía, o en Portugal, en su República, aunque sí sirviera eso de revulsivo y alguna cosa se hiciera algo menos peor, lo que ya sería algo para muchos a saludar con alegría y esperanza. Pero de ninguna manera se resolverían los problemas reales, estructurales y de fondo, que hoy son mucho mayores que los de sufragar un príncipe, un rey o un presidente, porque no está ni estará en manos de cualquiera de ellos el resolverlos salvo cambio de una estructura e ideología de base mucho más arduas de modificar, que son todo el paradigma actual de la globalización con su desestatalización sin sustituto visible, con su dictadura de las finanzas y el propietariado, con su errática y desigual política impositiva, con su obligación de privatizar los bienes públicos, con el abandono de los conceptos de propiedad pública y de servicios público debidos y no sujetos a la tiranía del beneficio, con su libertad de comercio sin contrapeso ni contrapartida y con el desmantelamiento generalizado en Europa de las industrias estratégicas nacionales y de las de producción de bienes de consumo locales, que es de donde procede verdaderamente el monto mayor del paro.

Si alguien cree de verdad que todo este conglomerado de males absurdos y su rapacidad asociada, que es lo que ha traído los actuales seis y los futuros siete u ocho millones de parados, van a poderlo cambiar el futuro Señor Príncipe o el futuro Señor Presidente de la República, que tengan suerte y que puedan soñar cosas tan deseables dormidos como las que sueñan despiertos.

Porque finalmente, cuando se derrumben las mesas y los rascacielos de los trileros, lo cual ocurrirá sin duda, y las santas, esquilmadas, robadas y pacientes poblaciones se vean en las calles convertidas primero en indigentes y después en hordas, que es lo que acaba ocurriendo cuando no se atiende a ellas como es debido, y se hagan estas conscientes de su enorme poder, no quedarán helicópteros para que salgan volando los presidentes, los monarcas y sus hechuras, porque ya habrán escapado en ellos los financieros, que conocen muchísimo mejor que nadie cuando se hace necesario abandonar a tiempo. Y no, no sé qué será peor, si que tardemos mucho o que tardemos poco en verlo, porque si llega a verse ese día, solo significará que para entonces ya todo será un andrajo aún mucho mayor de este que ya padecemos.

 

¡Abdicó el monarca, viva el monarca! Monarquía y República II (6 de junio de 2014)

A mi entender, la monarquía ha jugado su baza de la abdicación en el momento exacto, con precisión suiza y visión estratégica china, a largo plazo, larga vista y con inteligencia. Y el que yo, como tantos, sea republicano no debiera interferir en el juicio, con lo cual y además, de nuevo se recibe la lección de que quienes hacen, o hacemos, es decir, los republicanos, las cosas invariablemente en contra de nuestros intereses, bien podríamos tomar ejemplo.

Porque que pintaban bastos para la Corona lo sabe cualquiera, pero cómo encajar ella misma el bolillo bien encajado, según estaba el patio, ya era cosa de bordadoras con experiencia. Pero alguien, quien fuera, atinó con el botón adecuado dentro de ese panel pavoroso donde había centenares de ellos, todos parpadeando en amarillo, naranja y rojo, más todas las alarmas sonando, y ni uno en verde que en algo sosegara al piloto.

El cuadro era el siguiente. Si no se decidía ya por la abdicación, concluía el período normal de sesiones en Cortes en menos de un mes, llegaría el verano, a cuya vuelta se preparan siempre los otoños calientes, en este caso, ardiente por los resultados electorales de hace unos días y, sobre todo, por el compás de espera que impone el PSOE para su nada imposible reestructuración, pero de la cual probablemente podría salir otro buen manojo de bastos para la Corona, de darse en sentido contrario a sus intereses dicha reestructuración, y caso de haberla. Porque el que el PSOE lleve divorciado de sus bases cuatro decenios, no implica necesariamente que estas vayan a seguir contando otros cuatro, y las bases del partido, desde luego, no mantienen, militante a militante, ni muchísimo menos, el mismo discurso que el aparato, y este discurso de ‘abajo’, que quiere subir ‘arriba’, tampoco aparenta ser favorable a la Corona. Máxime con una previsible elección por la totalidad de la militancia, pues aunque el aparato pueda controlar las candidaturas, lo cierto es que las posibilidades de control no serán las mismas, y en el futuro, menos.

Porque el garante principal de la monarquía española, por más que verdaderamente cueste pensarlo, decirlo y escribirlo, es precisamente el aparato del PSOE, que hoy ya no tiene necesariamente que obrar según los mismos condicionamientos que en la Transición lo llevaron a adoptar la postura que aún mantiene, pero contra la innegable esencia de su propio ser. Y la duda de la postura que adoptará el PSOE en el futuro de unos meses, que no tendría que ser necesariamente una opción republicana, sino, por ejemplo, la laxa, bien adecuada a esas almas ni frías ni calientes, pero igualmente temible para la monarquía de optar simplemente por la abstención, llevaría a la Corona a quedar solamente mantenida por, además de en, manos exclusivamente del partido de centro derecha, el PP, en libre caída electoral, puesto que de los partidos catalanistas y vascos bien poco le cabe ya esperar a la institución.

Y la perspectiva de que el PP pudiera en las próximas elecciones bajar de un tercio del total de sufragios y, por lo tanto, dejar de bloquear las reformas constitucionales y un posible referéndum sobre monarquía o república, ciertamente era y es difícil, pero de ninguna manera imposible, porque cualquier futuro vaivén a peor, tampoco imposible en la actual situación económica, vaivén que bien podría llegar, y además por terceras vías ajenas que la soberanía nacional no puede controlar (por ejemplo, el FMI ya solicita otra subida del IVA y más contención de salarios), dejaría todo el tinglado institucional en una situación no vista desde la muerte del dictador. Y la muy respetuosa transición que se hizo entonces, por no decir obsequiosa, envainándose la izquierda la mayoría de sus postulados, bien podría no ocurrir de la misma manera, de existir en el futuro próximo diferentes mayorías. 

Además, el ejército no es el de entonces, la Iglesia tampoco o, mejor dicho, pesa muchísimo menos, aun a pesar del mantenimiento todavía de privilegios sin sentido ya en el mundo actual, y el mundo económico, el verdadero y todopoderoso poder fáctico del presente, no se casa con monarquías o repúblicas, que no son cosa de su mundo, pues por ello son precisamente los verdaderos reyes del presente y se casan con quien les da la gana y se divorcian igualmente, y de patada en la popa, si les cuadra. Y el que exista un contubernio milenario entre monarquías y poderes económicos, y no digamos ya en España, no quita que en cada ocasión en que el poder económico lo juzga beneficioso para sus intereses se las quite de en medio, igual que también, por cierto, puede adoptar el camino contrario. En resumen, se apoyan mutuamente y pueden ser amigos ocasionales por el interés, pero también pueden dejar de serlo en función de las circunstancias.

Lo cual no quita, por cierto, para que, también esta mañana, el rey haya recibido una de las ovaciones más largas de su carrera, precisamente en un foro empresarial. Y aunque en este mes veremos aún muchas, largas y repetidas, porque, como le dijo Mariano Rajoy a Pérez Rubalcaba, en uno de sus raros rasgos de humor, en este país enterramos bien, lo cierto es que da lo mismo porque, al margen de que las ovaciones agradan a cualquiera, aunque vacíen la cabeza y entumezcan el conocer, sabe también la Corona, que tiene larga memoria, como la Iglesia, que las palmas de hoy bien pueden ser pitos mañana, por no decir palos, mediando cualquier fruslería.

Y el año próximo es año electoral, y hágase el CIS el loco o no, y fuera que de verdad desconociera las previsiones electorales para las europeas, o fuera que prefiriera callarlas para no atizar la hoguera, hipótesis a la cual me apunto, lo cierto es que todas las opciones de reparto del espectro político apuntaban en estos últimos meses a una situación muy poco desahogada para la Corona.

Añádasele a todo esto la bomba de relojería catalana, también para el otoño, y la subsiguiente que siempre puede activarse en el País Vasco en cualquier momento, es decir, el viejo e irresoluto problema de la estructuración territorial del Estado y de sus separatismos, y en dos Comunidades donde el PP es ya solo un partido testimonial, más el descontento social permanente por los recortes y el paro, que todos los otoños se agudiza por la caída, del todo inevitable, de la actividad turística; y el panorama se hacía de verdad descorazonador para los intereses y la estabilidad monárquica o, con mayor rigor, descoronador.

Por lo demás, plantear la renuncia monárquica a mediados del próximo año, ya en puertas de la campaña electoral de las generales, obvia el decir que llevaría a la Corona a unas perspectivas y a una incertidumbre todavía mayores y para ella indeseables.

Con todo ello, las fechas se iban cerrando porque, antes de las europeas, en campaña o en precampaña electoral, era impensable que el rey, salvo gravísimo asunto de salud, pudiera abdicar por la misma razón de incertidumbres y de posible introducción de factores contrarios a su propio interés en la campaña, y después de ellas solo quedaba la ventana de un mes para disfrutar de un período medianamente cómodo, cómodo al menos en lo referente al apoyo en Cortes, por la ayuda segura que el ya dimitido Rubalcaba se ha apresurado a prestar, con lo cual, el asunto numérico queda resuelto sin más y se puede alardear de un 80% de mayoría favorable, que es tal y además es cierto en términos institucionales, pero que cualquiera sabe que es una cuenta que cualquier tarde puede resultar como las de Bankia, a nada que otro vaivén electoral convierta a la calle en institución y a algunas instituciones les pueda señalar la calle. Y eso, por más que el sistema bien se cuida siempre de que no pueda ocurrir, es igualmente cierto que en ocasiones ocurre, y entonces es cuando los monarcas cogen los trenes, los aviones y los helicópteros hacia sus dorados y llorosos exilios.

Y, no me abstendré de decirlo: en esos casos las coronas pagan no solo sus culpas, sino y con buena demasía las ajenas, máxime en estas monarquías constitucionales y parlamentarias actuales, donde las coronas tiene un margen relativamente cerrado de actuación. Pero esto y alguna cosa más y con cierta extensión, lo expuse hace ya un año en otro texto, Monarquía y República I, en este mismo blog.

Con todo lo dicho, pues, el monarca ha obrado perfectamente según y para sus intereses. Su decadencia física es obvia, y de eso, nadie puede culpar a nadie, pero su ascendiente (o decadencia, ponga cada cual lo que prefiera) es hoy la tercera parte del de hace veinte años, aunque en este caso sí por culpas exclusivas del monarca mismo y de su familia.

Así, con el paso dado el lunes, la monarquía se ha asegurado el borbón siguiente en el trono, con las bendiciones numéricas todas y, por lo tanto, con las loas institucionales generalizadas, en estos días rayanas en el ditirambo, más las que vendrán que las harán pequeñas, y solo con un posible cuestionamiento efectivo, desde ahora a dos años vista, pues el moral de poco vale, y que podría depender de un vuelco electoral general, añadido a otro vuelco en sentido pro republicano, nunca imposible dentro del propio PSOE, pero hasta ese momento el nuevo rey, a poco bien que le vayan los asuntos, estará bien asentado en el trono, caso de que no intervengan nuevos factores, hoy imponderables, o de él mismo, y con torpezas parecidas a las de su padre. Visto de esta manera, la monarquía tiene por delante casi dos años de partido sin presión y en cabeza de la tabla, que no es poco rédito. Y del caso Urdangarín y señora, ya se ocupará quien tiene que ocuparse de ello.

Porque el que a la monarquía la ayudan todos y a la república nadie no es una fantasía de republicano, sino la constatación de toda una vida, como la de que las feas nunca gana los concursos de mises. Y de la imbricación del aparato estatal de todos con la monarquía de unos deja testimonio un esclarecedor ejemplo de esta misma mañana. Preguntado el Fiscal General del Estado por un periodista sobre el posible desarrollo futuro del caso de la Infanta Cristina, el señor Torres Dulce contestó dulcemente –qué menos–, lo siguiente: –Hombre, tampoco vayamos a creer que la justicia sea el lobo feroz…–. Así que, y atragantado por el respingo, como de costumbre, por mi insana costumbre de ver el noticiero a la hora de comer, cosa que cualquier médico de familia debiera prohibir, me dije: –Vaya, pero si este señor es nada menos que el fiscal general… y lo que está haciendo, en su infinita bondad, es tranquilizar nada menos que al imputado. ¡Qué grandeza de corazón la suya!–. O, en síntesis, haciendo lo que cualquier fiscal de a pie, siempre mirando todos ellos por el sosiego y el bienestar de los acusados. Y si esto no es poderío institucional, Majestad, venga Dios y lo vea.

Y bien, terminados los antecedentes, vayamos ahora con otras consideraciones.

Pienso que en España se confunde con frecuencia la Monarquía con la existencia del propio Estado de derecho y con la Constitución que la sanciona. Es más, se oye con frecuencia decir por parte de los interesados en ello que la Monarquía fue quien trajo el Estado de derecho. Pero no es así, porque estos dos entes, el uno abstracto, más o menos, y que viene a ser la suma integral de una plétora de corpus jurídicos, y el otro, solo el principal de ellos, están bien por encima del hecho de que la Jefatura del Estado la ostenten una monarquía o una república y ambos son fundamentalmente ajenos a ello, si de verdad hablamos de Estado de derecho y de lo que es en esencia una Constitución, respectivamente.

Y del actual régimen de libertades existente, más o menos efectivo en según cuáles aspectos de las mismas, también se oye proclamar que, en buena parte, se debe a la voluntad del Rey. Yo no creo que sea así, y esto sin entrar a discutir de su mejor o peor voluntad o valía personal. La Constitución y el marco de derechos vigentes hoy en España son, con los matices que se deseen, los que corresponden a nuestro tiempo, lugar y compromisos internacionales, y cuando no era así, durante la Dictadura, y particularmente hacia su final, resultaba ya del todo obvio que, aun a pesar de la Dictadura misma, la aspiración de una buena parte de la población no era nada más que a parecerse en todo lo posible a los países de nuestro entorno, lo cual incluía necesariamente, entre otras cosas, adaptar nuestra juridicidad.

Y los ejes fundamentales del Estado de derecho y la Constitución misma fueron pergeñados en la Transición con la colaboración de una muy amplia representación de opiniones, y modificados sucesivamente por causa de nuestra pertenencia a la Unión Europea, y todo ello no fue obra del Rey o de la Monarquía más que en parte. Igual que los vehículos de una época más o menos son todos parecidos en lo substancial, lo mismo ocurre hasta cierto punto con las legislaciones, y tan difícil es atribuir la paternidad del mecanismo de un artefacto, retocado en todas partes por miles de ingenieros, como atribuir a una u otra cabeza, coronada o no, los méritos de cuerpos jurídicos que se redactan en comandita, consensuando toda clase de aspectos y que, en substancia, son extremadamente parecidos entre sí en la mayoría de los casos, aquí, en Finlandia o en Sudáfrica.

Una constitución es un marco legal y solo dice, en el caso de la española, que la forma del estado y su jefatura es la Monarquía Parlamentaria y Constitucional y estableciendo, además, muchísimas más cosas, pero estableciendo también que, mediante los acuerdos necesarios, se pueden institucionalizar otras alternativas diferentes, así como eliminar las que se acuerden. Y este poder establecer otras cosas, se entiende que debe producirse dentro de la legalidad, no a porrazos. Ese es el consenso y hasta aquí, se diría que más o menos pudiéramos estar todo el mundo de acuerdo. Y la misma Constitución señala además, es decir, incluye, los mecanismos mediante los cuales se estipulan los porcentajes necesarios a recabar para poder ser modificada de nuevo legalmente. Y más que claros, son meridianos, por lo que no resulta difícil en absoluto atenerse a ellos. Imposibilita cambios fáciles, es cierto, pero no los prohíbe. Una vez más, mediante los acuerdos necesarios, cualquier cosa podría cambiarse. Es más, deben cambiarse en ocasiones, en la medida en que la juridicidad es como la ingeniería, una obra humana que constantemente se moderniza y adapta a circunstancias nuevas y cambiantes. Lo válido antes, no tiene por qué serlo más tarde. Y aunque la jurisprudencia va más despacio que la informática, también avanza y se cambia a sí misma.

Sin embargo, lo importante en sí, es el Estado de derecho y sus instrumentos, el primero de los cuales es la Constitución, donde, más o menos, está escrito lo que se puede y lo que no, según acuerdos que siempre pueden modificarse.

A su vez, la Constitución establece también los supuestos para llamar a referéndum, estipulando nuevamente cifras y casos. Así, en general, la Constitución bien podría verse como una digna y vieja dama respetada por todos que dice una buena mayoría de cosas preciosas, sensatas y razonables, aun omitiendo otras. Pero lo malo, el pero, es a quién se las dice y cómo se la escucha y atiende, que es por donde empiezan los descosidos en la convivencia.

Y sin duda cansa oír estos días el discurso siempre machacón del Presidente Rajoy apelando a las mayorías necesarias, nunca existentes, para poder ponerse a modificar asuntos, la Constitución misma, o el convocar un referéndum sobre monarquía o república. Y cansa precisamente, y duele, porque niega, por supuesto, y con la ley en la mano, la misma ley que, sin embargo, cuando le conviene, le permite sin mayores problemas alterar lo que sea de su interés. Y porque es cierto, además, que existen mecanismos de discrecionalidad bastante absoluta, por no decir absolutista, mediante los cuales los gobiernos hacen o dejan de hacer a su mejor albedrío, rompiendo así con sus mayorías parlamentarias puntuales mecanismos de determinados consensos, que tal vez no deberían estar tan sujetos a los vaivenes de estas mismas mayorías. Porque lo cierto es que, cuando interesa, la Constitución se modifica, y en un solo día si preciso fuere, como en el caso nefando de la inclusión en la misma de las cláusulas para el pago de la deuda exterior.

Pero resulta aun más chocante el permanente atenerse unos y otros a cumplir escrupulosísimamente ciertas partes de la Constitución, y el dejar por completo de lado otras. Y esto sí que ya da para más preguntas y considerandos porque, en castellano, este uso tiene un nombre inapelable, el de Ley del Embudo, pero sobre la cual, sin embargo, la Constitución no se pronuncia, aunque bien hubiera debido. Y además, faltan casos contemplados en la Constitución que, no obstante, resultan casi obviedades a nivel de la ciudadanía, como el del derecho a la sanidad, por ejemplo, aunque sí figura en ella el de la vivienda digna, que ya me contarán los lectores… Porque, así expresado, queda serio y grandilocuente, pero no es más que un mal brindis al sol, pues no solo no compromete a nada, sino que carece de toda articulación para imponerlo, y encima, seguramente haya sido todo ello así redactado ex profeso, indicando la necesidad pero dejando su solución a voluntades jamás habidas, lo cual seguramente sea aun más grave y significativo y hace que duela más, porque viene a ser como instituir el derecho a comer jamón, pero sin fijar cantidades, ni calidades, ni frecuencias, ni tamaños del marrano y pudiendo además pasar por jamón, entonces, los muslos de ratón como los de elefante, o un saco de heno.

Son esos aspectos de la Constitución que no son sino humo; en resumen, simple filfa, paripé, irrisión. Y sobre todo ello, vienen después y además las interpretaciones de la misma, materia esta ya del todo celestial, pura patrística de la modernidad, contar los ángeles que caben en la cabeza del alfiler, verdaderamente. Porque este es otro de los grandes problemas a resolver, no ya solo el de la Constitución en sí con sus aciertos y errores, sino el de sus interpretadores a sueldo de los intereses varios a obedecer, que llevan igualmente a que se cumpla el sacro mandato con todo el escrúpulo posible para esto sí, pero para esto otro, no y nunca. Y se acabó la discusión, dejando amplios territorios de insatisfacción, sensaciones de pésima administración de la justicia y de los derechos por parte de la población, y un desacuerdo muchas veces generalizado.

Y tenemos, a mayor imperfección y carencia democrática, al gran ausente, la posibilidad de convocar un referéndum a instancias de la población, y no del poder, sobre cualquier asunto; a la suiza, para entendernos, mediante un número de firmas X reunidas por parte de la ciudadanía. Y esta sí que es la carencia de las carencias, pues aunque sin duda podría constituir la puerta de entrada para multitud de cuestiones de índole seguramente populista, como de hecho ocurre asimismo en Suiza, no se puede negar que es la forma de expresión más directa posible de la voluntad de una mayoría. Y, de hecho, de existir en la Constitución española dicho mecanismo, bien diferentes serían los usos de la clase política, que podría resultar enmendada en multitud de cuestiones por parte de la población mediante decisiones directas, claras y fundamentalmente democráticas, bien diferentes a los excesos de la representación vicaria y siempre per interposta persona, la de los diputados y senadores, atenidos fundamentalmente, no a complacer a sus votantes, sino a seguir la disciplina de su partido, lo cual necesariamente diluye la mayoría de las reclamaciones y deslíe por completo la representatividad, pero esa representatividad que, sin embargo, es la que se esgrime siempre casi como arma arrojadiza y como sagrado argumento para justificar abusos cuando se presentan reclamaciones que, en virtud de ello, encima, se tachan de ilegales y antidemocráticas. Todo lo cual, contemplado nada más que con un poco de distancia intelectual, parece propiamente un espectáculo circense y no algo investido de la necesaria seriedad que la política demanda.

Porque, de disponer de un mecanismo siquiera medianamente automático de referéndum y por exigente que fuera éste sobre el número de firmas, la población, que se supone y dice la Constitución que es la depositaria última y verdadera de la soberanía, dispondría así de un verdadero sistema de control y de contrapeso sobre los órganos que la representan –o que no nos representan, como reza el eslogan–, y no solamente de ese tardío recurso al pataleo que son las elecciones cada cuatro años, siempre a toro pasado y mucho después de los hechos, y sometidas además a toda clase de violencias y tergiversaciones institucionales, vía masaje televisivo y mediático, y por la bastante incomprensible de la mixtificación de la voluntad de los votantes en razón de la Ley Electoral, esta en sí, realmente otro circo y verdadera catástrofe antidemocrática, con algunos casos en verdad insultantes, como el del valor y representatividad de un mismo número de votos emitidos en según cuál lugar del país, y con los cortes obligatorios, además, de los porcentajes mínimos, que no solo eliminan la riqueza que supone la abundancia y diversidad de ideas, por más que algunas fueran peregrinas, sino recompensando en todavía mayor demasía a los que ya han ganado de por sí, siendo esto un perfecto ejemplo, uno más, de refinada injusticia antidistributiva también en este campo.

Así, todo el sistema, que se desgañita hablando de transparencia, pero que no dispone todavía ni siquiera de una ley al respecto –uno de los dos países de Europa donde aún pasa esto, tengo entendido– y que, sin embargo, proclama a toda hora su inocencia y buena intención, no permite de ninguna manera ser ‘auditado’, ni mínimamente, por la población, remitiendo solo cada rectificación de decisiones ad calendas graecas de las siguientes elecciones. Es decir, en resumen, vuelva usted mañana con sus molestas quejas.

Y, por todo lo citado, el debate sobre monarquía o república y sin necesidad siquiera de entrar a ponderar sobre las bondades de una o de otra, queda simplemente rechazado por el sencillo sistema de la dilación permanente. Mañana, mañana, mañana… Rechazo sobre el referéndum y sobre su mera posibilidad, rechazo sobre la transparencia de las actividades y acciones de la Casa Real y sobre la propia necesidad de su existencia o no, rechazo a debatir sobre la representatividad democrática y el control de las instituciones, sobre las cuentas de los partidos, sobre los mecanismos para controlar la corrupción, sobre una nueva ley electoral, sobre el problema territorial. Y descubrimos hoy que, además, y después de cuarenta años de reinado, resulta que tampoco existían previsiones, legislación ni estatus alguno sobre la abdicación y el abdicado, que hay ahora que improvisar en tres tardes, como si no hubiera en el país más juristas que bares, como si fuera un asunto de marcianos, ontológicamente imposible, y como si no hubieran abdicado ya hasta el Papa de Roma y la mitad de los reyes del entorno. 

Es el no hacer, más el no dejar hacer, la política del perro del hortelano y el someter toda cuestión de urgencia al pudridero, los dos cajones que enseñaba Franco, según la anécdota seguramente apócrifa, pero intelectualmente más que ben trovata, el de los asuntos que solucionaría el futuro y el de los asuntos que ya había solucionado el pasado. Franquismo puro y duro, pues, pura abdicación de la realidad; en resumen, confiar en que el problema, cuando explote, le explotará en las manos a otros. Y, Virgencita que me quedé como estoy, como último y refinado instrumento de reflexión intelectual, jurídica y política.

Y sí, muchos queremos una república, y es por la misma razón por la cual la gente prefiere un portátil a una pizarra, una cuestión de lógica de los tiempos y de modernidad, de preferir bombillas a candiles, por más que también de los segundos se puedan reportar algunas ventajas. Pero es igualmente verdad que, en los términos planteados, lo que falta en realidad no es más que muchísimo más Estado de Derecho, mucha más representación de la voluntad popular, pero la cual, por cierto, y en el caso de la Monarquía, también podría resultar no ser republicana.

Y, en definitiva, el personaje-florón al que se coloque, constitucionalmente, al mando supuesto, pero representativo del Estado, sea éste rey, sea presidente –y digo supuesto, porque el mando real evidentemente lo detentan otros personajes en otros lugares y del todo ajenos a la soberanía y a la elección y control democrático de los mismos, aunque eso sea otra cuestión–, creo que es asunto definitivamente mucho menos importante que todo lo anterior. Será tal vez una cuestión de corazón y, seguramente, incluso de estética, pero ni el rey ni el presidente de la república son quienes ayudan a comer, a vivir, ni establecen derecho alguno. Los sancionan y, a lo sumo, incluso pueden instigar a que se satisfagan necesidades, pero este es trabajo de otros y es con mucho el más importante.

Y no digamos hoy, cuando es la casa lo que se cae por los cuatro costados, el gas se escapa de las tuberías, los cristales están rotos, el tejado deja entrar el agua, pero los vecinos, por lo que discuten, es por la derrama para comprar una alfombra y por su color y dibujo. Y además, todo lo que digan los catorce de familia que andan gritando en el salón se la trae al pairo al abuelo, que se ha quedado con el mando del televisor en el bolsillo y que de ninguna manera piensa devolverlo. 

Y por supuesto, será manido, pero también viene a cuento, preguntar si esta república-panacea que muchos preferimos será la república francesa o la norcoreana, esto al margen de que, si fuera uno a leerse sus respectivas constituciones, se parecerán más de lo que cualquiera imagina. Por lo tanto, y algún político también lo ha señalado, primero habría que, entre los republicanos, pero también entre el resto, ponerse a hablar y alcanzar acuerdos sobre de cuál república exactamente se estaría hablando, y con cuál entramado constitucional habría que urdirla, para empezar.

Además, y de últimas, resulta siempre que es más la discrecionalidad del poder que la Constitución quien verdaderamente dispone y hace o deshace, y que, por lo tanto, otra de las cosas a las que convendría mirar con mucha seriedad, y también antes, es hacia estos mecanismos de discrecionalidad del poder, legislando sobre cuáles poderes discrecionales serían de verdad necesarios, y en según cuáles supuestos, para evitar que, so capa de eficacia y operatividad, la excusa habitual y sempiterna, el poder de cada momento se lleve, de hecho, la Constitución por delante u obre como si no existiera, como tantas veces ocurre.

¿Un ejemplo? Asunto libertad de expresión, cortesía de un lector, es el siguiente, no por pequeño –no es un desahucio–, sino una mudanza voluntaria, menos significativo.

http://elventano.blogspot.com.es/2014/06/la-casa-del-rey-obliga-el-jueves.html

Y a resultas de todo ello, la Monarquía y sus partidarios, hoy mayoritariamente pertenecientes a partidos de la derecha española, y lo cual, por cierto, no fue así en el primer tercio del siglo XX, han tomado los deseos del republicanismo al pie de la letra. Y salmodian todos ellos igualmente y con el mismo entusiasmo: España, mañana, será republicana. Mañana, mañana, mañana.

Y mañana será siempre mañana mientras los partidarios de la república no ganen unas elecciones y tres quintas partes de este país se pongan de acuerdo para revisar bastantes cosas que hoy parecen demandas de simple justicia y claras necesidades de este tiempo, modificando la Constitución en lo que sea necesario y se acuerde, permitiendo referéndums por iniciativa popular, instaurando salarios sociales, garantizando la sanidad sin excepciones, construyendo y alquilando viviendas populares de propiedad del Estado, con los beneficios sociales que ello supone, controlando escrupulosamente el gasto público y auditando severamente –y antes– cada razón para acometerlo, más la transparencia en sus licitaciones y resultados, dando preferencia a la enseñanza pública y considerándola lo que es, una cuestión estratégica y la principal inversión de futuro generadora de riqueza y estabilidad, respetando y vigilando el medio ambiente, cuyo deterioro es otra inmensa fuente de gasto innecesario, fomentando la igualdad entre sexos y sancionándola legislativamente de manera efectiva mediante leyes vinculantes, arbitrando protección para las gestantes y la infancia y ayudas a las familias, pero sancionando todo ello igualmente mediante leyes para que se cumpla, y no al estilo del ojalá simple del derecho a la vivienda digna… carente de cualquier efectividad jurídica y fáctica, como la que pueda contener una oración o un ruego a cualquier deidad.

Y, finalmente, juzgando a las personas detentoras reales de derechos inalienables que solo pueden ser retirados cuando estos perjudiquen a terceros de manera objetiva y comprobable, y estipulando estos derechos claramente como existentes y pertenecientes al marco exclusivo de las preferencias personales de cada cual, y sobre las cuales ningún estado tendría nada que objetar: expresión, reunión, libertad de cultos y de opinión y propiedad de las personas sobre sus cuerpos. Es decir: aborto, eutanasia y testamento vital, sin otros condicionantes que los imprescindibles para evitar que estos se vean mediatizados por la voluntad de terceros, libertad de consumo de sustancias cualesquiera y la legalidad de las mismas, incluso de las que lleven al deterioro de la salud, pues de igual manera matan el conducir, el trabajar y el alimentarse mal, y a nadie se le ocurre prohibir los medios de transporte, el azúcar, la sal o el trabajar en andamios.

Y la totalidad de lo dicho es por completo independiente de la forma de representación del estado y atañe a cuestiones de mayor calado y significación para el bienestar de las sociedades y de las personas que las forman. De esta y de cualesquiera otras.

Por lo tanto, ¿libertad para optar por monarquía o república? Sí, por supuesto y apenas se pueda, y exigiéndola permanentemente en la calle y en toda otra clase de foros pertinentes, pero este no es más que uno más de los derechos que por el momento nos están vedados. Y por lo tanto, el principio de su solución, hoy, pasa solamente por un triunfo electoral que dé los números suficientes para poder modificar la Constitución y sus omisiones, dirigiéndose en primer lugar a discutir a fondo sobre la propia legitimidad democrática del prohibir asuntos que para nada tienen que ver con el derecho penal o el delito y que en nada recortan los derechos de nadie. Resuelta esa primera cuestión, tan cara a los autoritarismos en general, el resto vendrá por añadidura.

Y hoy, horas después de publicado el artículo, veo que don Andrés Rábago, El Roto, ha publicado hoy esta síntesis del estado de la cuestión, tan esclarecedora y lapidaria y, al tiempo, tan perfecto resumen de lo aquí expuesto, que no me resisto a enlazarla para mis lectores.


http://elpais.com/elpais/2014/06/05/vinetas/1401988655_004525.html

Amores, pues, que son votos, y sin ellos, no quedará otra que seguir sentados esperando en las gradas del circo, pero pagando, para seguir viendo los tristes números de las antaño hermosas fieras, hoy mansamente amaestradas.

 

Monarquía y República III (9 de junio de 2014)

Tal vez sea lo más chocante del presente debate sobre la Monarquía en España, la necesidad de legitimarla con el advenimiento de cada nuevo monarca. Y ello, en rigor, es radical y precisamente contrario al hecho de regirse por una monarquía misma y es, sin duda, bien significativo. Porque el paso de un rey al siguiente, cumplidas las condiciones hoy legales de la aceptación por las Cortes y del juramento del investido, advenido o ensalzado en los términos que especifican las leyes, debiera al menos aparentar ser un hecho perfectamente natural, fuera de pleitos dinásticos, que, por esta vez, parece que es lo único que no se suscita. Algo es algo.

Sin embargo, el debate sobre la legitimidad monárquica es el verdadero fondo de la cuestión y lo curioso es que no solo lo suscitan quienes dudan de ella, o manifiestamente proclaman que no existe, sino que sus propios partidarios apelan a su nítida existencia –a su entender– como si fuera un artículo de fe, cuando, sin embargo, pocas cuestiones más espinosas y enquistadas nos trajo el pasado y mantiene aún el presente, por ser, en definitiva y como mínimo, dicha legitimidad más que discutible y sin duda opinable. 

Y este debate sobre la legitimidad no resulta ocioso, pues es el fondo verdadero de la cuestión. Y es el fondo de la cuestión porque el pleito sobre Monarquía o República ya había quedado zanjado en 1931 con la renuncia, huida o dimisión de Alfonso XIII, después de un largo reinado, en lo básico desastroso, permitiendo una dictadura, la de Miguel Primo de Rivera, que logró enemistarse con todo el espectro político, desde estudiantes a militares, desde conservadores a republicanos, y enfangarse en las guerras africanas, cuyo único beneficio verdadero lo experimentaron los fabricantes de ataúdes. De últimas, solo salvó el reinado el propio hecho en sí de su partida y la admisión en la célebre carta del Duque de Maura firmada por el Rey como la de su renuncia al trono, que no abdicación, en la cual la Corona hacía depositaria de la soberanía de la nación al pueblo español. Tardío, pero significativo reconocimiento, viniendo de quien venía, y aunque fuera per interposta persona.

Sin embargo, toda la articulación legal y constitucional inmediatamente posterior del Estado español, libremente constituido en República, perfectamente legítima y democrática según los usos de la época, quedó desmantelada con el sanguinario golpe de estado del general Franco que, tras su victoria, hizo y deshizo a su antojo la totalidad del entramado institucional, sustituyendo en la práctica cualquier legitimidad por el derecho de guerra y su artículo único de obligado cumplimiento en lo substancial: el simple vae victis.

De esta forma, mediante un referéndum sin control alguno, y con la propaganda a favor del ‘No’ prohibida, es decir, ajeno a cualquier uso democrático civilizado, incluso para la época, el franquismo estableció en 1947, por su cuenta y riesgo y desde los poderes omnímodos de aquella dictadura, que la forma del Estado Español sería, en lo sucesivo, nuevamente la monarquía, esta con el trono vacante y desempeñando de manera interina, pero a perpetuidad, la Jefatura del Estado el propio dictador hasta nueva orden del mismo, o hasta que se produjera el ‘hecho sucesorio’, es decir, su propio fallecimiento, como con pintoresco –o patético– eufemismo se denominó oficialmente y en lo sucesivo el asunto.

No siendo suficiente la parcial y atrabiliaria decisión, endosada a los españoles apelando a su propia y falseada aquiescencia, el año siguiente el dictador comunicó al detentor de los derechos dinásticos de la monarquía, Juan de Borbón, que esta, por decisión igualmente exclusiva del dictador, no sería repuesta un día en su persona sino en la de su heredero Juan Carlos, saltándose así, en primer lugar, con la decisión anterior, la legitimidad democrática, y con esta segunda también la dinástica. Ni que decir tiene, aunque conviene recordarlo, que esta segunda decisión, una vez más, no fue negociada, votada ni consensuada sino, sencillamente, impuesta sin más, un trágala enésimo, en este caso para la dinastía, con carácter de irrevocable y por supuesto no sometida a consulta de la voluntad popular y fuera de cualquier tipo de ejercicio democrático de ninguna clase.

En 1969, otro referéndum, en similares condiciones de transparencia y de desigualdad sobre la propaganda de las opciones, algo más maquilladas, eso sí, por los tiempos, pero substancialmente las mismas, es decir, ninguna, refrendó la así llamada Ley Orgánica del Estado, separó los cargos de la Jefatura del Estado y de la Presidencia del Gobierno, ostentados hasta entonces conjuntamente por el dictador y estableció como su futuro sucesor, a título de Rey, a Juan Carlos de Borbón.

Hasta aquí, en muy sucinto resumen, la torcida legalidad franquista, que infectó, inficionó, o como mejor prefiera decirse, la legalidad de esa reinstauración por decreto de la monarquía. Decisión tomada en solitario por la Dictadura y que por muchas gruesas capas de maquillaje que le colocara ella misma, más las sucesivas, aportadas con delicado esmero en la Transición –pero estas, si se me permite la puntualización, de más difícil justificación intelectual–, trajeron en su conjunto el hecho cumplido e inevitable de la restauración monárquica, aunque jamás sometida a refrendo popular en igualdad de condiciones frente a la opción contraria, la de la República.

Fallecido el dictador, dio comienzo la llamada Transición, durante la cual se llevó a cabo la labor, suficientemente conocida y ponderada por todos, de adecuar la legislación de la Dictadura, transformándola, hasta convertirla en otra muy diferente, adaptada a usos democráticos más o menos asimilados con los de nuestro entorno y tiempo.

Y esta tarea, también hasta cierto punto, ha salido airosa en gran número de aspectos y durante un buen plazo de tiempo, pero se acometió también con el defecto de base de no enmendar algunos de los enredos más intrincados que dejó la dictadura fascista. Y aquel espíritu no revanchista y el acuerdo de no pedir cuentas que caracterizó fundamentalmente a la Transición, pudo tener sus aspectos positivos y resultar comprensible, máxime entonces, en el sentido de que el borrón y cuenta nueva parecían producirse en beneficio general o mayoritario para no añadir aun más graves problemas a los ya gravísimos que existían en la época.

Pero lo cierto es que en la reinstauración efectiva de la Monarquía y la articulación por aproximado consenso de la Constitución del 78, se atendió a muchos aspectos positivos por entonces novedosos aquí, en particular en lo tocante a la inclusión de derechos nunca disfrutados y que los tiempos demandaban, y que así acabaron por hacerse felizmente consuetudinarios, pero, a su vez, se cerraron en falso otros asuntos que decidieron no tocarse y sobre los que no fue posible establecer nunca ningún tipo de matizaciones. En consecuencia, a día de hoy, algunos preceptos constitucionales empiezan a ser chocantes por su existencia y, en cambio, otros no se cumplen, y aun otros más sencillamente no existen, constituyendo todo ello razones justificadas, y por las cuales también se insta hoy, desde muchas posiciones diferentes, a los necesarios retoques a efectuar a la Constitución; nada que suponga enormes revoluciones. Los mayores buques, de vez en cuando, recalan en astilleros y nadie se hace cruces por ello, incluso si salen pintados de otro color.

Porque, frente a quienes argumentan que la Constitución fue votada mayoritariamente en el 78, y tal cosa es cierta, y que dichas elecciones fueron democráticamente impecables, lo cual también lo es en el sentido del recuento, pero algo menos en el de la igualdad de oportunidades para la propaganda de las opciones al sí o al no, en cuanto a lo que significaba y trajeran una u otra opción, lo también cierto, y que resulta en un grave vicio de fondo sobre la realidad democrática de entonces, es que, con las cuestiones puestas sobre el tapete de la Transición, y con los fusiles hasta después del 23-F todavía apuntando a las sienes de la izquierda, la posibilidad de optar o no por una Monarquía o una República, literalmente no existió jamás. Y esto, además de no ser, por una vez, un vicio más del franquismo, pues fue posterior, sí que atañe, y muchísimo, al fondo actual de la cuestión de la legitimidad y sirve más que bien de justificación para todos aquellos que siguen siendo partidarios de proponer una confrontación civilizada entre ambas opciones por la única vía posible, la del referéndum.

La izquierda, en aquellos años, seguramente con buena parte de razón para obrar así y justificarlo, intercambió su derecho a la existencia o a la vida, hasta entonces no solo cuestionada, sino sencillamente prohibida a todo efecto institucional, por la firma de una especie de perdón, extensivo al futuro, no solo sobre los hechos militares y sus secuelas, sino también sobre buena parte del entramado legislativo sucesivamente impuesto de manera del todo ajena a toda posibilidad de discrepancia y consenso a un 50% como mínimo de la población de España. Es decir, en otras palabras, y a falta de otra alternativa, ya que era un lo tomas o lo dejas, la izquierda de la época se avino a legalizar a posteriori el robo ya acontecido de la soberanía al conjunto de los españoles a cambio de la seguridad de no volver a ser fusilada y de la inclusión de algunas de sus aspiraciones en la Constitución. Y si tal cosa fuera comprensible entonces, sin embargo, hoy ya no lo es con toda certeza.

Así, la Monarquía se vio en la tesitura de ver añadidos, volente o nolente, a los ya habidos vicios o carencias de consenso en los mecanismos de su reinstauración durante la Dictadura, en lo tocante a su legitimidad verdadera, otros, menos ostentosos, pero de la misma índole, es decir, de insuficiencia flagrante de su legitimidad democrática misma, por vicio de nacimiento, podría decirse, durante y a consecuencia también de la Transición. Y así hasta hoy.

Y esto es así, y lo será igualmente, al margen del desempeño, más acertado o no, de la función por parte de las personas llamadas a ello, el Rey Juan Carlos recién abdicado y el futuro Rey Felipe VI y sus sucesores. Y un asunto es la simpatía, el carisma, la popularidad y el acierto, o sus opuestos, con los cuales los titulares de la Corona y sus familiares desempeñaron, y vayan a desempeñar, sus tareas, y a su vez lo mismo es, en lo tocante a popularidad, antipatías o simpatías para quienes juzguen y contemplen desde su propia óptica, todas legitimas, por cierto, e igualmente respetables –pues tales se supone que son hoy las reglas teóricas del juego, y así se proclama a diario desde todas partes, salvo que se llegue a la conclusión de que nos están engañando–, y otra el hurto de soberanía consumado, ya de casi ochenta años de antigüedad, pero jamás reparado, y del cual, con mayor o menor voluntad propia, pero sin duda no con ausencia de ella, ha sido beneficiaria una institución que, desde la legalidad, sin embargo, y en parte por su propia decisión, ya estaba formalmente acabada y puesta fuera de juego.

Por otra parte, suponer grandeza, sentido de la justicia y de la historia y respeto a la voluntad popular, bien sabemos cualquiera que es mucho pedirle a instituciones que, en lo substancial, son mecanismos de poder, se benefician de él y llevan en el genoma la necesidad de ostentarlo y compartirlo lo menos posible, máxime cuando, además, dependen, para perpetuarse, del más antiguo y desprestigiado de los conceptos de cómo alcanzar el poder, el derecho de sangre, una anacronía histórica hoy casi imposible de comprender, como el derecho feudal o los juegos del circo romano.

No obstante, y a pesar de ello, hoy, día 8 de junio, decía Manuel Vicent en el diario El País, con su agudeza y limpieza habitual, que el mejor regalo que podría hacerse a sí mismo Felipe VI sería un referéndum sobre Monarquía o República, porque lo iba a ganar. Y añadiré que estoy casi de acuerdo en que, en efecto, lo ganaría, y seguramente de manera amplia, y en que el propio gesto en sí ahondaría la diferencia, a mayor abundamiento.

Pero no estoy de acuerdo con el fondo de la cuestión. Pues lo que pienso es que no es a la Monarquía a la que corresponde decidir sobre su legitimidad o plantearla. Lo que realmente cerraría la Transición y colocaría a España en el verdadero estatus de un auténtico estado de derecho, no solo proclamado de boquilla, sino real, ese con el cual toda la clase política gusta de adornarse, pero que en la práctica mal se compadece con los hechos observados, sería precisamente que dicho referéndum lo instaran el común acuerdo de los partidos, o una amplia mayoría de ellos, para así devolver la voz que le fue retirada a los españoles en su día por medios que hoy cualquiera considera por completo execrables e inadmisibles desde cualquier óptica que pueda contemplarlos.

Y es más, cerraría de verdad la Transición y España adquiriría el estatus de un auténtico Estado de Derecho, el que un mecanismo de consultas populares solicitadas mediante la obtención de firmas –en número siempre muy elevado, para evitar consultar sobre fruslerías,– fuera consagrado por la Constitución como método para la resolución de controversias, en aquellos casos en que la población lo solicitara, y no sólo dejándolo reservado a sus políticos, con su uso o, mejor dicho, desuso, del artificio vicario actualmente existente y, en virtud de la existencia de dicho mecanismo, entonces, ya por mandato constitucional, cualquier referéndum instado, sobre el asunto que fuera, hubiera de celebrarse dentro de determinados plazos, sin otros condicionantes y con resultados vinculantes para todos.

Por lo tanto, y ya me cuesta por lo que lo aprecio, quisiera enmendar a don Manuel y decirle que no es el Príncipe o el Rey quien tiene que preguntarnos, a instancia suya, si lo queremos mucho, sino nosotros, a exclusiva y soberana instancia nuestra, hacerle conocer nuestro amor o desamor, pero bien expresado en números y a los efectos oportunos, a él y a todos aquellos que pretenden obrar por bocas ajenas, ostentando una representatividad mediatizada y, como todos sabemos, falseada por demasiadas otras consideraciones. Porque las preguntas directas y efectuadas a todos sobre un asunto específico son las únicas que de verdad proporcionan la contestación adecuada y a la cual atenerse y, eso es, en definitiva, lo que se le hurta a la población al negarle la consulta y lo que constituye un verdadero vicio antidemocrático al cual no se puede negar que seguimos todavía sometidos.

Y entonces, oídos los interesados, es decir, todos los españoles, la Corona, de ganar, sí vería esta vez realmente legitimada su existencia, y tal cosa, la clarificación misma, sería excelente para toda la sociedad e incluso, en este caso, también para los republicanos, si perdiéramos, porque se habría elegido de verdad en libertad, y ese sí es de verdad el valor que cuenta. Y de perder la Monarquía no ocurriría más que habría que aportar los cambios pertinentes a la Constitución, y apenas nada más. Difícilmente fuera a cambiar gran cosa la existencia de los españoles con la victoria de unos u otros, pero sí ganaría, e inmensamente, la sociedad civil, finalmente propietaria así y responsable de sus decisiones, lo cual no sería pequeña mejora democrática.

Y una Corona o una República, verdaderamente legitimadas, que es por donde empezaba el artículo, no llevarían más que a evitar, hasta nuevos tiempos que nadie puede anticipar, un debate sobre legitimidad a cada nuevo cambio de monarca, y los que le sigan, debate lamentable, pero necesario por los vicios de origen expuestos, y que no vemos en los países de nuestro entorno cuando a un Presidente de la República le sucede otro con estricta normalidad, y lo mismo valga con la testa coronada que sigue a su antecesora y sin que a cada uno de estos relevos media Francia o media Holanda o media Europa sientan la necesidad de solicitar el debate o la revisión de su forma de estado. Pero, si aquí ocurre así, y no puede negarse que ocurre, habrá que preguntarse por las causas y dejar de hablar de atrabiliarias reivindicaciones de la izquierda, porque lo de verdad atrabiliario es a lo que estuvimos sometidos, todos, de origen, pero sin haberlo sabido enmendar jamás.

Por lo tanto, hoy, y se supone que desde unos usos democráticos teóricamente muy mejorados, al menos en teoría, solicitar, postular o exigir un referéndum sobre monarquía o república no parece tampoco más que hablar de una restauración más, y bastante suave, de hecho; pero nada menos que la del derecho de los españoles a expresar su opinión sobre uno de los asuntos de mayor calado en su convivencia y que afecta directamente a su forma de regirse en libertad.

Vendría a ser la petición formal al comité que corresponda para que la pelea la celebren de nuevo los dos boxeadores, pero sin que uno de ellos, siempre el mismo, lleve una mano atada a la espalda.

Tiene la Corona una buena tarea por delante, qué duda cabe. La primera, instar una solución del problema territorial que siga haciendo posible la propia España dentro de sus límites territoriales actuales, pero previa a esa, está la de instar una articulación de derechos, incluido el propio encaje territorial, que pueda satisfacer a los muchísimos más, y no a los bastantes menos, para así alcanzar de verdad un poder arbitral aceptado y respetado por mayoría. De no lograrlo, esa labor la hará una República y más antes que tarde, y la Monarquía no podrá ya vender su 23-F, incluso si fuera por todos proclamada su prístina inocencia, durante otros cuarenta años más. La monarquía, tradicionalmente, es una institución, al menos en España, más apoyada por la derecha que por la izquierda, y lo que tendrá que vender para sobrevivir es más democracia y representatividad y centrarse mucho, mucho más, en el sentido político de derechas e izquierdas en España. Si terminara por depender exclusivamente del apoyo del PP, o derecha equivalente, y tal cosa en un mañana imaginable no es para nada improbable, el primer vaivén electoral importante la llevaría al desván de la historia.

Esta transición monárquica, hoy obligada por errores de bulto en su propia gestión interna más que por el propio deterioro físico del monarca y llevada a cabo en estos días, probablemente con eficacia y oportunidad táctica en la elección de sus tiempos, tiene, sin embargo, que dotarse también de una visión estratégica que será lo único que podrá mantenerla a flote, máxime, cuando pilotará una nave que apenas mantiene con enorme esfuerzo la línea de flotación, con la mitad de la tripulación enojada con toda justicia, y parte de ella aun al borde del motín.

Ignoro si el futuro Rey instará un referéndum, no todo me dice que no para mi propia sorpresa, o si lo permitirá el PP en su lugar, u obrando como su testaferro algún día, pero, salvo milagro, antes o después habrá de hacerse, aunque solo fuera por salud democrática. Y que entonces gane el mejor.

Hoy mismo, noveno Roland Garros, Rafa Nadal for President… Y perdónenme los lectores el guiño.

http://albertocaffaratto.blogspot.com.es/2013/04/conversacion-en-la-castellana.html

http://albertocaffaratto.blogspot.com.es/2013/04/monarquia-y-republica.html

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com.es/2014/06/abdico-el-monarca-viva-el-monarca.html

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com.es/2014/06/monarquia-y-republica-iii.html

 

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