Tierra quemada

 

 

Es muy tarde y me asomo a la ventana a fumar el último cigarro del día. Me resisto a acostarme a pesar de la dejadez y la somnolencia que empiezan a vencerme, por querer prolongar un día de dulces sensaciones que no me visitaban desde hace tiempo. Pero huele a… ¿A qué huele? ¿A paja de arroz quemada en la Albufera? No, es muy tarde para quemar paja. Creo que huele a madera quemada. Y sí, por detrás de la parroquia, se alza un leve y extraño resplandor que no sé cómo pudo haberme pasado desapercibido, de no alertarme los tan de mi infancia a metros del mar incendios, ambos olores mezclándose, que se iniciaban a lo lejos en la fraga gallega, esa que -siempre me obligo a puntualizarlo- no es breñal, sino bosque, pero no solo de pinos o de castaños o de robles o de eucaliptos, que sería bosque sin más, y yo me refiero a ciertos bosques gallegos cuyos árboles, de nombres siempre diversos, reconocía siempre, y se mezclaban con frondosa generosidad en lo que es mucho más que un bosque, es el remoto, sobrecogedor y mágico bosque gallego. O muy cerca, cuando ardía un montículo de pedacería de madera del aserradero vecino a nuestra casa. Otro incendio, ese es el olor.

El País Valenciano viene quemándose con especial intensidad, por los cuatro costados y en todo sentido -me digo- desde que gobierna el PP, mientras mi memoria se afana en hallar una de aquellas complejas y fabulosas maldiciones capaces de afectar, arrastrándola hasta el infierno, a toda una estirpe en varias de sus generaciones hacia adelante y hacia atrás, estas con causa, aquellas, no por arúspice yo, sino por predecibles. No la encuentro, pero en algún espejo interior hay un rostro liso y romo, casi inhumano y tenuemente cambiante que… ¿me confunde? No me confunde en absoluto: es el rostro de Juan Cotino, de Carlos y de Alberto Fabra, de Rita Barberá, de Rafael Blasco, pero también el de Arias Cañete, Dolores Cospedal, García Margallo, Cristóbal Montoro, Ruiz-Gallardón, Ana Mato, Rajoy… qué sé yo. No queda nada en pie en el País Valenciano. No queda nada en pie en el resto de las llamadas comunidades autónomas de este país. No queda, pues, nada en pie en esta nación siempre diferente a las demás.

De nuevo, la derribaron, la patearon, la vencieron y le escupieron los de siempre, mala gente que camina y va apestando la tierra, que adjetivó Machado, y a la que los libros de historia van poniendo nombres y apellidos después de las fechorías y los crímenes, fechas y lugares en los que ganó una y otra vez sus batallas y sus guerras, su conjunto, vastísimas exposiciones depositadas sutilmente, como para sacárselas de encima alguien, en manuales que asombran y que aburren a partes iguales a los escolares más laboriosos; otros, más despejados, o mejor conducidos por la mano experta de maestros lúcidos y con conciencia, buscan la historia en los diccionarios de su lengua materna: saben que ciertas palabras tienen que estar por fuerza y que otras no pueden estar, o que, de estarlo, significarán otra cosa que difumina o que enmascara los significados esperables; esperables, en función de que así figuran en la de algún país vecino, más libre y más afortunado, procedentes, sin embargo, de idénticos étimos.

Pero las gentes de este país, junto con el dolor, el hambre o la enfermedad, la escasa o nula formación política y ética, a veces junto con la humillación y la rabia, siguen siendo, con o sin titulación de bachiller, de graduado o de licenciado, espectadores dormidos sentados en una mesa de bar o en el sofá de casa, desde donde rugen a la pantalla que les dispensa el partido de fútbol, fármaco y enfermedad, alimentan su poquedad a base de concursos y debates amañados y con concursantes y tertulianos siervos y enclenques, con sucesos mil veces repasados, analizados y gozados, el pan de cada día para lo que se llamó con desprecio mundo porteril desde el principio de este periplo televisivo, pero que desde hace ya décadas recorre el cuerpo social de arriba abajo; en otras ocasiones, consumidores pacientes en el centro comercial en el que pasan la tarde familiar, o fervorosos consumidores también de primeras comuniones, bodas y funerales, estupidizada masa apacentada por curas, tenderos, curanderos, horteras y escritores ramplones que les siguen vendiendo, década tras década, prácticamente el mismo producto, un producto esencialmente intragable e ilegal, aunque las leyes le hayan otorgado el nihil obstat, juguetes con los que se nos entretiene mientras permanecemos a la espera de leyes, jueces y justicia auténticos.

Sobre “Legitimidades”, escribe Urbano García, en la Cartelera Turia de esta semana: «En el Parlamento Europeo actúan más de 3000 lobbies sin apenas control. Son un poder en la sombra. Nadie sabe qué hacen, a quién seducen con sus propuestas o a quién compran con sus dádivas. Muchas de las decisiones que salen de la cámara europea han estado condicionadas, asesoradas y hasta pagadas por grandes grupos industriales y financieros. Acabar con esa opacidad es una de las tareas que tendrán los nuevos eurodiputados que salgan de las urnas el 25 de mayo. El tema no es baladí. Ahí están como prueba la tolerancia respecto al fracking o las negociaciones de una alianza trasatlántica que nos convertirá en poco más que una colonia para algunos productos procedentes de los Estados Unidos».

Cuando leo algo como lo escrito, el cumplimiento del deber reclamado al representante político de turno con apariencia de exigencia, me suena a la oración con la que aspiramos a exorcizar los demonios desde el sillón y casi sin esperanza. Desde hace meses, el PP y el PSOE transitan en dirección a Europa, pero para al menos quedarse en casa sin que sufra daño irreparable su imagen de guardadores del bosque, caminando por encima de sus cosas, jamás yendo a las nuestras, sigilosos, como pisando huevos, o pisando como cadáveres hinchados, los suyos, para que no se les despanzurren o les revienten a la vista de los más ingenuos o los más infantilizados que aún no saben qué diantres pasó aquí, no solo desde el comienzo de “la crisis”, sino desde el comienzo de la carnavalada de la Transición o desde el final de una dictadura cerrada tan en falso, que les está reventando entre las manos, y sus muertos, bien vivos, suben desde donde quedaron enterrados de cualquier manera, a puñados de tierra apresurada y torpe.

En fin, no cabe duda, es otro incendio. Lástima. Porque, hoy sí, creí que iba a acostarme con la ligereza gozosa de un día vivido casi al margen de toda responsabilidad, dormido el sentimiento de culpa, es decir, al margen de la guerra. Pero no podrá ser; la infancia acaba y lo hace para no regresar. Mientras considero si tendrá fundamento esta sensación mía de casi toda la vida de que, en este país, a nadie le interesa nada de nada de lo que de verdad importa, mientras va viviendo como puede, cree, se le permite, en realidad, enciendo otro cigarro y, como buena española, cierro los ojos para desear con devoción que se produzca un milagro que nos salve de la bestia.

 

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