Actos violentos y vandálicos, el resultado en el marcador del partido de fúmbol disputado en Mestalla

 

El partido de la final de la Copa del Rey, disputado en València el pasado miércoles 16, dejó un saldo a favor de esta unidad de destino en lo universal que somos los españoles de unas mil doscientas butacas destrozadas en el estadio de Mestalla, junto con otros varios desperfectos en el mismo recinto, y aun la prensa tuvo a bien añadir con alegría aquello tan bonito y esperanzador de “con daños superiores a los registrados en 2009 y 2011”, no vayamos a creer, gente de poca fe, que la crisis podría habernos golpeado hasta en las manifestaciones culturales más propias y entrañables, esta, una de las más veneradas y caras a todo dios que cumpla con un manojo de virtudes, a saber: estar en posesión del balón… perdón, perdón… en posesión de una refinada sensibilidad, una educación y una cultura superiores a las otros pueblos, salud para dar y tomar y un altísimo sentido de la responsabilidad y el civismo.

Pero no solo mil doscientas butacas destrozadas, por supuesto. ‘Alguien’ golpeó o atropelló con su coche -qué menos, si hubiera sido con el de otro, bien pudiera no haber estado de acuerdo su propietario con la fechoría, caso de simpatizar con el equipo contrario, y me disculpo por no haberme decantado por uno de los dos verbos, pero lo eligen los periodistas, y en esta ocasión, no hubo coincidencia en el que usaron unos y usaron otros-, a unos aficionados del equipo contrario, ¡no iba a ser a los del propio, cony! , entre ellos, a una mujer y a sus hijos, dos menores, dándose a la fuga a continuación, como es coherente y natural, y aun hubo testigos que aseguraron que llevaba una camiseta del equipo contrario al de las víctimas, esa obviedad que me permití adelantar.

No es todo, sin embargo, ya que, además, dado que se habían consumido estupefacientes con generosidad, es de suponer en este caso que sin remilgos de si merengues o blaugranas, hubo ‘gamberradas’ -destrozos- en diversos puntos de la ciudad, pero debieron de ser pequeñitas, ya que, más que por la prensa, que chitón, se llegó a saber por el boca a boca del lanzamiento de objetos contundentes desde las gradas, de insultos a la policía y zarandeo a sus caballos, de diversos cortes de tráfico procurados y logrados, de la bandera con esvástica que estuvo presidiendo la entrada de una de las carpas de la afición madridista acampada en el viejo cauce del río como los sin techo o los inmigrantes subsaharianos, recién sorteadas las concertinas, quisieran, de abundantes símbolos de homofobia y catalanofobia que se exhibieron, en fin, la parafernalia que acompaña siempre a este tipo de ceremonias antes y después de que los sacerdotes satisfagan los instintos más primitivos y acuciantes de sus tribus. Y a todo esto, la policía sin cargar, los antidisturbios sin aparecer y ni una sola lechera mencionada; desde luego, si la hubo, fue discreta, no se vio.

En descargo de los vándalos llegados a saber de qué urbe, pueblo, aldea, padre y madre, no deje de considerarse el hecho de que La Fiesta, incluido el macrobotellón que celebraban jóvenes nativos de esta otra tribu que los acogía, dio comienzo con varias horas de antelación con la finalidad de que el personal abriera boca, lo que se tradujo, por ejemplo, en que -y tomo precisamente este y no otro, por homenajear y al tiempo alardear de la vieja idiosincrasia del pueblo que me dio el ser y que me lo quita con obstinación envidiable- algunos varones, de la conducta de las señoras se carece de información, decidieran orinar en la vía pública, ¡es la Copa, leñe, a ver quién mea más lejos! Algunos, no sé si antes, durante o después de orinar, ni siquiera si el motivo fue tan leve, o fue de no decir, fueron detenidos por la policía, aunque no informó la prensa respecto de la ideología política de unos y de otros: que aprendamos que el fúmbol uniformiza cabezas y en alto grado, como le gusta al poder, debe de ser la razón de la falta de datos al respecto. Sin embargo, por confidencias de un amigo médico, de guardia el día de autos, y por las de otro, este, dueño de una tienda de delicatessen, me inclino a pensar que los medios de comunicación no airearon sino un piadoso y arancelario en torno al cinco por ciento del total de actos vandálicos. Recemos, pues, por el noventa y cinco restante, ciego y sordomudo, y al tiempo, hagámonos una pequeña idea sobre la naturaleza y conducta de nuestras leales fuerzas del orden (1).

Nos lo sabemos todo acerca del deporte, mi querido Einstein, y desde tiempos ancestrales, mens sana in corpore sano, aunque lo de si el fúmbol es deporte o no es una cuestión que cedo encantada a gente más acostumbrada al ejercicio de la reflexión epistemológica y escatológica. Y así, hay que considerar que, si la carretera exige sus tributos, sus víctimas propiciatorias, a ver por qué los sucedáneos de las religiones no van a poder exigirlos, y esto, al margen del ambientazo que proporciona cualquier religión en sus manifestaciones; piensen, si no, en las solemnes procesiones de esta Semana Santa y en las de todas cuantas la precedieron. Yo misma, que más que vivir, me desvivo en València, al oír los helicópteros de la policía sobrevolándonos, las ambulancias y las patrullas con sus sirenas disparadas, todos ellos alegremente yendo de allí para allá, al ver avanzar manadas de simpatizantes merengues como blaugranas, al observar a los tenderos desprenderse satisfechos del acopio de existencias que habrían hecho con diligencia en fechas muy anteriores, al escuchar los rugidos que salían de bares y restaurantes, a tope, los corteses bocinazos del intercambiarse saludos los paisanos o los practicantes de una misma religión, me iba diciendo: ¡Pero qué bonito es el fúmbol, hija míal! El porqué de que la Banda no nos eche al menos un partido de la Copa del Rey una o dos veces al mes o, cambiando de tercio, quién será el corto que se niegue a admitir que esta sería la manera más sólida, eficaz y definitiva de terminar con la tan traída y llevada crisis, más traída que llevada, cierto, son interrogantes que no satisfacen ni nuestros representantes políticos ni la prensa. ¡Pero cómo nos cambiaría el ánimo, llevándolo del pesimismo más hondo y negro, propio de los pueblos viejos, al optimismo cuajado de los jóvenes!

Apenas se me escapa un detalle, uno solo. De carácter trivial, o tal vez achacable esta debilidad mental a mi condición de mujer, todas nosotras con una potencial maternidad a cuestas que está exigiendo en propiedad, quizás a modo de sobresueldo, quizás como tesoro del Patrimonio Cultural Inmaterial de España, el reprimido fiscal y ministro Ruiz-Gallardón, ese menjaciris*, basabanchi* o meapilas*. Me refiero a cuál habrá sido la razón por la que el objeto de toda esta movilización, un partido de fúmbol, no haya sido prácticamente silenciado por los informativos de los medios de comunicación en general, para centrarlos, como era su obligación, si es que aún conserva la prensa una mínima ética, en los brutales episodios de violencia callejera y mestallera, tal que viene ocurriendo cada vez que se juntan unos miles de ciudadanos, o un par de millones, con la aspiración común de ganarle la partida, no un partido, al gobierno, partida esta que me atrevería a llamar, empujada por el tiempo de Pasión en que nos hallamos inmersos, de La Última Cena, la que sabemos que se nos echará encima, una vez que ya hemos ido adelgazando gradualmente la cantidad y la calidad de desayunos, almuerzos y cenas sin el menor éxito, para afear, en cambio, también como de hábito, el que unos se hubieran dedicado a atropellar con su coche a los del equipo contrario, a destrozar muebles urbanos sin más razón que la de porque sí, a molestar y aun insultar a pacíficos viandantes, a dejar destrozado un estadio -de acuerdo, medio estadio-, otros a vociferar consignas antes y después del partido sin considerar enfermos, ancianos y niños, a lanzar bengalas entre las multitudes, a enzarzarse en peleas brutales en las que, de refilón, cobraban otros, etcétera, etcétera, etcétera, y más valdría tener detalles fehacientes del contenido de estos tres etcétera como mínimo. En síntesis, cuanto contribuyó a deslucir y a descalificar el partido, el fúmbol en general y las justas y nobles aspiraciones y reivindicaciones fumboleras.

Y a la vez, por qué no se coreó precisamente en esta ocasión una tan merecida descalificación como cuando el resto de las que fracasan, en forma de los gloriosos adjetivos y sintagmas nominales habituales en la prensa y por boca de sus más eximios e inefables comentaristas, en uno de esos debates televisados, ya tradicionales, programados en paralelo y ad hoc cada vez que los ciudadanos se echan a la calle para lo que sea que les urja, toda esa ubérrima ristra de disfemismos -que se querrían, los muy discapacitados- que recita de memoria cualquier mindundi o alumno que haya cumplido un programa de Diversificación Curricular. A saber: violentos, panda de salvajes, ultrarradicales, rojos fascistas, desestabilizadores del sistema, grupúsculos de ultraizquierda, bolivarianos, seguidores de Willy Toledo, castristas de mierda, resentidos sociales, esbirros a sueldo del comunismo cubano o venezolano -¡lástima de URSS!-, energúmenos, individuos con rastas, terroristas batasunos… Qué sé yo, pero algo, ¿no?

Y sobre todo, hay que denunciar el hecho de que no hayan incidido los mamporreros del poder en general, en particular los de la prensa, radio y televisión, en el hecho de que todas estos desatinos y salvajadas ocurrieron por un partido de fútbol más, que apenas si concentró en Valencia a unos cientos de personas. ¿Por qué callaron la cifra los medios de comunicación? ¿Quién o qué tiene amordazados a nuestros más admirados y valientes periodistas? ¿Por qué el cuarto poder no se pronunció esta vez, como suele? ¿Quién se comió los jazmines valencianos antes de que florecieran? ¿Los merengues o los culés?

(1) http://elcomunista.net/2014/04/18/un-joven-es-apaleado-por-la-policia-en-mestalla-te-vas-a-enterar-catalan-de-mierda/

http://www.levante-emv.com/deportes/2014/04/19/vas-enterar-catalan-mierda/1102414.html

*menjaciris: cat. comecirios

*basabanchi: it. besabancos, generalmente, el que el devoto tiene inmediatamente delante

*meapilas: cast. dícese de quien, en lugar de orinar en la vía pública, lo hace dentro de la pila bautismal

Escena costumbrista ancestral para lectores despistados por la pasión:

http://elpais.com/elpais/2014/04/17/vinetas/1397754639_038240.html

 

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