El titular en cursiva de Grijelmo y el género manuscrito de Évole

No tengo nada personal contra Álex Grijelmo, pero por qué -me dije- no hacerlo blanco de mis consideraciones, si él mismo dirige las suyas, pero sin lograr hacer blanco, al producto de Jordi Évole, Operación Palace, su biografía profesional está ligada a PRISA y, por si fuera poco, escribe en El País, esa revistilla en que devino un periódico que muchos solíamos frecuentar y que ahora visitamos con la frecuencia de a una tía abuela nonagenaria ligada a una infancia feliz, pero solo por los recuerdos que nos despierta el perfume que sigue usando, no con inocencia, sino precisamente por tratar de engañarnos con que ella, la de entonces, sigue siendo la misma.

Acabo de darle un repaso a su biografía en la Wikipedia, no a la de una tía abuela, a la de Grijelmo, y estoy por asegurar que me he hecho con una perla: «En mayo de 2004, es nombrado presidente de la agencia Efe con la misión de hacer de esta empresa pública un medio informativo independiente. Durante su mandato, se ha negociado el primer código ético de los periodistas de la agencia y de su dirección y se ha conseguido, por vez primera en toda su historia, la entrada en rentabilidad económica». No me digan que no han dado en pensar lo mismo que yo, que la independencia informativa, junto con un buen código ético, renta. De donde se podría colegir que no hay lenguaje humano inocente. Uno deja caer con ingenuidad puritita información, y según mandan los cánones, en un lenguaje neutro y denotativo, y el receptor se monta un negocio. Me pregunto si estas cosas las sabe nuestro personaje. Pero, en cambio, sabe, cómo no lo va a saber, que EFE y el BBVA patrocinan desde 2005 la Fundación del Español Urgente -Fundéu BBVA-, institución cuyo principal objetivo es velar por el buen uso del idioma en los medios de comunicación, ¡y con qué éxito!, en especial los informativos, y para ello cuenta con el patrocinio y el asesoramiento de la RAE, cuyo director, José Manuel Blecua Perdices, es a su vez el presidente de la Fundéu BBVA. La pescadilla que se muerde la cola fue siempre lo nuestro, Grijelmo, que debe de ser por eso por lo que muchos no trabajan y otros no tienen trabajo.

Puesto que querría escribir sobre él, o más exactamente sobre su último artículo, si fuera el lector de este texto, en lugar de la disidente, me apresuraría a leerlo a vuelo de pájaro, justo lo que hice, antes de confiarme a la subjetividad de una bloguera medio anónima, para lo que hace al caso, más anónima que uno de esos negritos llenos de vida y sonrisa luminosa que se empeñan en entrar en Eldorado europeo, saltando las concertinas españolas que para ellos dicen que ordenó instalar el PSOE y que, más tarde, robusteció y afiló, con la pasión que pone en este tipo de asuntos, el PP. Al fin y al cabo, todos suelen llamarse Mohammed, Muhamadoud, Ahmed, Mustapah, Mamadou o Hamadou, díganme si esos son nombres o una burda maquinación suya para pasar lo más desapercibidos posible al pisar este paraíso. En fin, aquí, el producto o tribuna del periodista para que, después de haberme leído, no vayan a decirse sibilinamente engañados:

Jordi Évole y la división de géneros periodísticos

http://elpais.com/elpais/2014/03/04/opinion/1393964550_945694.html

Leonardo Sciascia, ese genio siciliano entrañable, analizó con mucha frecuencia en sus artículos periodísticos las ventajas de proclamarse antimafia como método o instrumento de poder personal, o de grupo, en la Italia democrática, así como el juego que a la fascista de, por ejemplo, Cesare Mori, le daba la mafia. Para quienes no lo hayan frecuentado aún -hasta hace unos meses, mi caso, y cómo pudo haber sido, ¡gente instruida!-, podría resumir la cuestión a mi manera, diciendo que, en Sicilia, en Italia, quien no se prestara encantado a realizar con retórica infatigable ciertos gestos teatrales de repulsa y asco contra la mafia -y para ello existían, entre otras varias posibilidades, organizaciones antimafiosas- corría el riesgo de ser considerado sospechoso en el mejor de los casos, en el peor, cómplice de la mafia, si no mafioso sin más. Hasta cierto punto, el caso del propio Sciascia en cuantos artículos periodísticos solían escribir ciertos melindrosos de la antimafia como reacción a los suyos que señalaban, precisamente, la impunidad de ciertas actuaciones que, al cobijo de esa bandera exhibida, adolecían de poco escrupulosas en la aplicación de la justicia o en el respeto a las leyes. Por contra -y estoy tratando de ceñirme en lo que soy capaz al autor siciliano-, quien así se posicionaba con tales manifestaciones públicas, formando parte de una de aquellas organizaciones contra la mafia, o incluso enarbolando su crítica ciertos congéneres maliciosos de los de mirar con lupa lo que decía o escribía Sciascia, adquiría la ventaja, no ya solo de estar libre de toda sospecha, y no en exclusiva en el campo de la mafia, sino de poder llegar incluso a tutearse con una famiglia o cosca siciliana sin apenas levantar sospechas. Un poco, vaya, al estilo del PP, o se está de parte de Gürtel, en cuyo caso queda limpio como una patena quien sea, pero hasta de memoria delante de un juez o, en caso contrario, se convierte ipso facto uno en un ultrarradical de izquierdas, un antisistema, un okupa, un indigno iaioflauta, un kale borroka o aun un sindicalista defensor de los derechos del trabajador.

Con gente como Alex Grijelmo viene a ocurrir algo parecido, se manifiesta cualquiera un purista de los géneros periodísticos, ¡y hala!, a hacer de su capo un sayo y a poder gritar lo que nos grita Grijelmo desde El País. Y así, afirma: “Los actos humanos no se pueden juzgar aislados, sino en contexto”, que es justo lo que trato de hacer, al considerar su artículo, de estrecha colaboración con El País, con Prisa, tan peligroso contexto situacional. Asimismo se atrinchera en cantos de sirena como el que sigue (sic): El Libro de estilo de EL PAÍS ordena en su punto 1.3: “La información y la opinión estarán claramente diferenciadas entre sí”. Conmovedor y convincente mandamiento, quién podría negarlo. Y que es precisamente por lo que llevo una buena temporada tratando de diferenciar en El País noticia de opinión, a la búsqueda de información veraz -esa a la que él se refiere- sobre lo ocurrido en Ucrania, y no doy crédito a tanta, no sé si veracidad o desfachatez. Ah, pero indaguen por ahí en su contexto, en el situacional de sus lectores más crédulos por el ser vos quien sois, y escucharán la guerra de aquel país en la fantástica versión que les va proporcionando El País y todo medio de comunicación oficialista, una versión decantada por el viejo ¡madre, que vienen los rusos!, bobada a la altura de aquella comedia norteamericana del submarino ruso que encallaba en un lugar de la costa de los Estados Unidos, pero esta vez sin concesiones buenistas, los rusos no aprenderán jamás por bondadosa y paciente que sea nuestra conducta y actitud para con ellos. Claro que la Presidenta del Partido Socialista Progresista de Ukraïna, Natalia Vitrenko*, sostenía en una entrevista realizada el pasado 25 de febrero muy otra cosa: “En Ucrania ha habido un golpe de estado neonazi impulsado por Europa y EEUU”. Y a mí que esto sí que me huele a información más que creíble, veraz, y conste que Vitrenko no es amiga mía, ni siquiera la conozco personalmente y, en cambio, a ciertos periódicos, no de una vida, pero vaya, vaya…

«El lector toma las noticias como un relato de hechos ciertos, y baja la guardia ante ese texto informativo porque le presupone una objetividad. En cambio, ante un texto de opinión (diferenciado de la noticia mediante códigos tipográficos; en el caso de EL PAÍS con titulares en cursiva), el lector sube la guardia porque entiende que está ante un enfoque particular del periodista o de su medio, con el que podrá o no sentirse de acuerdo». «El programa de Jordi Évole se emitió con la apariencia de un documental informativo. Los rasgos de fuerza formal percibidos por el público (aun cuando hubiera sutiles diferencias con emisiones anteriores) invitaban a tomar aquel contenido como un relato de hechos comprobados. Y es ahí donde se produce el ruido, la alteración de los principios generales del periodismo defendidos por los códigos más prestigiosos del mundo». «Cierto que el engaño no fue total, pues al final del programa se advirtió del montaje. Pero eso no justifica la trampa mientras duró»

Sé que no puedo seguir por aquí, pegando párrafos y párrafos del artículo, en realidad, lo único que me apetece hacer; si uno sabe leer, y lee el artículo de Grijelmo, lo demás sobra. Sin embargo, aún quedan ciertos exalumnos que me piden que les amenice, con la seriedad que me caracteriza, lo exclusivamente solemne; son jóvenes en exceso aún para enfrentarse a la solemnidad y que les entre la risa, algo que, en cambio, remontados los cuarenta, ocurre con una sencillez de pasmo. Yo misma, llegada a lo que sigue, desatendí un arroz que se hacía en la cocina y me quedé sin cenar, y aun no sé si por el tiempo que tardó en reaccionar mi capacidad intelectiva o por un absurdo ataque de risa que me obligó, lo uno o lo otro, a leer y a releer: «Puede que se nos informe mal, pero hay que distinguir entre el error y la falta de ética. Cuando un periodista o un diario se equivocan, no saben que se están equivocando. Los errores forman parte de la condición humana, y lo que distingue a una persona de otra no es si comete o no errores, sino la forma de rectificar ante ellos cuando sabe, ya sí, que se ha equivocado». Literalmente, sin palabras, pura emoción.

«La tesis de que se puede manipular con facilidad desde un medio informativo (caso de que se quisiera demostrar eso en el programa) vendría a demostrar lo contrario de lo que pretende. La mentira solo funciona si está rodeada de verdad. Gran parte del público se creyó la patraña de Évole precisamente porque creía en Évole y porque suele creerse los documentales informativos de televisión. Y eso no implicaba un problema de credibilidad. Tal vez sólo de credulidad, que quizá se transforme ahora en un problema de credibilidad» Concluyo esta parte, coligiendo que, ya que El País, pero no solo, no faltaba más, no rectificó una sola de las patrañas que nos lleva contadas -que, a ver, en realidad, no son patrañas, sino el integrarse como un personaje más en las historias que nos va contando, es decir, en el sistema-, cómo puede ser posible ser crédulos de su información muchos parroquianos de ese increíble periódico, como respetuosos, y no solo de boquilla -actual y cansina urbanidad que debe dispensarse a cualquier opinión o postura por sistema-, con la opinión, en este caso, sobre el asunto Évole, de una de las plumas colaboradoras del diario.

«El periodismo sostenido por unos pilares éticos se basa en la premisa de que el lector tiene derecho a saber desde el principio en qué registro se le cuentan las cosas» De ahí, de la ignorancia del registro, Grijelmo, mi hábito de leer la información que ofrece El País como si fuera opinión, y la opinión como si fuera la información que termina por dejar con el culo al aire a quien firma lo que sea que lea. De otra manera, a estas alturas, los registros los voy decidiendo en función de lo que leo y en razón de que los tiempos exigen técnicas a su altura, y en esta tesitura, como sigo adorando jugar a separar el polvo de la paja, voy registrando: grano… paja… paja… paja… paja… casi grano, pero paja… Y así. Y porque lo que persigue la prensa actual, al menos la nuestra, que es a la que tuteo con mayor comodidad, no es siquiera silencio de cementerio, sino un ruido infernal similar al de los sables de entonces -y el ruido, conforme, Grijelmo, impide la comunicación- que nos mantiene en este estado, no sé si de inercia, de atonía, de miedo cerval o de sumisión a todo Gürtel, llámese Troika, Reich a su servicio, al de USA, o mundo en manos de un poder económico enloquecido de codicia que, como la Santísima Trinidad, incluye a todos los demás, padre, hijo y espíritu santo.

Yendo a la anécdota, por sumar otra opinión a tantas que van yendo, los que siguen este blog, un puñado de locos y otro de exalumnos románticos, saben que hace años que no veo televisión, eso sí, de comida enlatada, me zampo cuanta considero, selectivamente. Y, por si fuera poco, dado que el documental de mentirijillas coincidió con una de mis etapas de cíclica misantropía, lo seguí sin ir avisada, cosa que agradezco como no imagina Grijelmo ni el propio Évole. A medio espectáculo, me dije: ¡Anda, mira, se quieren cargar la monarquía, quizá solo al rey, tergiversando algo las cosas como fueron! Porque, claro, también me fui tragando la historia, a pesar de lo que chirriaban ciertos detallitos y de que nunca me gustaron los remakes ni los refritos, y que, de aquella película que nos pasaron en 1981, llevaba leídas un puñado de versiones e interpretaciones que se sumaron a lo que no sabíamos, pero imaginábamos. Vamos, que lo esperable era que chirriara lo que debía y que dejara de chirriar lo indebido de la gloriosa transición. Quizá no me explique con la claridad requerida, añada el lector tanta como sea capaz.

Y aun así, pese a ni natural suspicacia y a mi naturaleza gallega, no estallé en carcajadas hasta casi el final, cuando Garci dio en cambiar el tejerazo que vi íntegro por la tele con mi hijo, de siete años recién cumplidos, y que su padre, de regreso del gimnasio, atrapado dentro de un taxi en las Grandes Vías por los tanques de Milans del Bosch y Ussía, contó como solo fue capaz de hacerlo él de entre cuantos me rodeaban, familia, amigos y compañeros del trabajo, quizá por hijo de ingeniero militar, por él mismo tan aficionado al cálculo por profesor de matemáticas, como a burlarse del militar que juega a soldadito, es decir, de los militares, por dotado de un intelecto para ese tipo de cosa muy infrecuente por estos pagos. Pero en la versión Operación Palace resulta que un tal Ramón Samper, coronel retirado -de la comedia de la antigua farsa-, en un momento determinado, afirma con el aplomo del que se sintió capaz el actor: “En València, solo teníamos seis carros, pero para aparentar que eran más, se les hacía pasar varias veces por la misma cámara”. Detuve el vídeo, corrí a Google, encontré un ejemplar de Levante** y leí: «Medio centenar de vehículos de combate y dos mil soldados de la División Maestrazgo III, con sede en Bétera y Paterna, se desplegaron por la ciudad y tomaron los puntos estratégicos de la misma. Una docena de ruidosos M-47, tanques equipados con un cañón de 90×38 milímetros y tres ametralladoras Browning, así como decenas de tanquetas de patrulla, se desplegaron por las grandes vías Marqués del Turia y Fernando el Católico, por el segundo anillo que conforman las avenidas Pérez Galdós, Giorgeta y Peris y Valero, y también por la avenida del Cid y la avenida del Puerto». Que coincidía casi al céntimo con lo que calculó dentro del taxi durante el recorrido él, y yo asomada a la ventana de la cocina, que daba justo a Peris y Valero, donde, desde diría tanque y no tanqueta, una ametralladora apuntaba justo en dirección aproximada a nuestra casa.

Así que di en pensar que el documento de Évole empezaba a estar a la altura de la prensa diaria, más hilarante que inquietante, por lo que, cuando el the end con todas sus letritas, me dije: ¡Ole tus huevos, Évole!  No como los de un amigo mío entrañable, pero con una inclinación genética al humor negro, que años atrás me había hecho creer que se moría sin remisión. Aún recuerdo con nitidez como, durante días y días, incluida una semana de viaje, después de maquillarme los ojos cada día, las lágrimas, de las que me reconozco muy poco partidaria, surgían tan a borbotones que arrastraban a la mar salada el lápiz, el rímel y mi paciencia para retocarlos. Cuando decidió que me había tragado la historia fúnebre, no hizo lo que Évole, sino que se me plantó delante con la bravura y la intención de un toro de miura, y, por no descabellarlo así de entero, me puse a quererlo más y, miren, hasta hoy. Admito que me gustan las emociones fuertes, que quien sea haga que me sienta viva, lo que lograron entre otros Évole y aquel amigo, y no moribunda o matada, que es justo lo que querrían los Gürtel y sus secuaces, los escribidores de lo que les manden o convenga. Y no solo para el día a día me quiero viva, para cuando vuelva a sonar aquello tan bonito de ¡Arriba, parias de la Tierra! ¡En pie, famélica legión!, que por fuerza tiene que andar al caer.

Ah, y por cierto, y un cariñosísimo saludo al entrañable William Parker, supuesto exagente de la CIA, quien nos confiaba que la ayuda norteamericana había tenido un coste. ¿Recuerdan al Glez. -siempre lo llamé así en la intimidad- del OTAN, de entrada no, que en el referéndum propuso el sí? Pues el bueno de Parker lo salva por pelos, Leguina echándole una mano: “Para evitar reacciones indeseadas, se decide informar de la operación al Gobierno de EEUU a través de su embajador en Madrid, tal y como confirma el exagente de la CIA William Parker. El 16 de febrero, siete días antes del golpe, la Casa Blanca confirma, vía télex, que EEUU se mantendrá totalmente al margen. Pero a cambio impone una condición inesperada: España tenía que entrar en la OTAN” (Operación Palace, sic). En la realidad, Parker se llama Mark Parent y es profesor de inglés, y según el propio Évole, los alumnos que veían la tele lo cazaron. ¿No resulta todo enternecedor, aparte lo que haya podido pasar el 23 F, que ya dirán los que vayan a verlo en su día, caso de andar de humor para volver a empezar con el dale que dale? Grijelmo, chato, ocúpate de la lengua, que aunque sensu stricto tampoco es lo tuyo, molesta bastante menos. Todo, menos mentar el periodismo … ¡huy!, la bicha, cony.

La verdad es que no sé qué me da terminar el asunto habiendo mencionado a un italiano, Sciascia, en lugar de a un español. Así que, un poco a voleo, por que no se diga, ahí va el fragmento de un texto de Unamuno que, a pesar de que lo pegaré, me lo sé de memoria, conste: El sepulcro de don Quijote (1). Me gusta desde que lo leí por primera vez, en especial, si lo leo como si no fuera Unamuno su autor y desconsiderando las tonterías que, para su interpretación, le fueron colgando algunos eruditos al ensayo. Si me repito, chicos, como en clase, no dejéis de avisarme por correo electrónico o con un whatsapp al móvil. Y quede claro que, a mí, el Évole que menos me interesa es el de las entrevistas y reportajes con los que aspira a desvelarnos que, por ejemplo, Juan Cotino es un sinvergüenza o un degenerado, o que el accidente de la estación valenciana de Jesús -hoy, por echarle luz al infierno, de Joaquín Sorolla-, no ocurrió porque el maquinista, fallecido en buena hora, circulaba a una velocidad excesiva, sino porque la banda, por no hacer mudanza en su costumbre, andaba a lo suyo, como servidora con la chapa del Jo no t’espere prendido en la solapa de la chaqueta por ver de disuadir al Papa de hacernos otra visita. Porque… ¡a buenas horas, Évole, Grijelmo, las mangas verdes de los cuadrilleros de una Santa Hermandad!

«Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hace no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!

Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto —sea o no lo que ellos suponen— se dicen: ¡bah!, lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen perdió todo su valor la cosa. Para eso les sirve la lógica, la cochina lógica.

Comprender es perdonar, se ha dicho. Y esos miserables necesitan comprender para perdonar el que se les humille, el que con hechos o palabras se les eche en cara su miseria, sin hablarles de ella».

(1) Ensayo, publicado en La España Moderna (206, Madrid, febrero de 1906, 5-17), que antepuso Unamuno a Vida de don Quijote y Sancho en su segunda edición (1914).

*http://www.youtube.com/watch?v=RCmlVycCADI

**http://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2011/02/23/dia-tanques/785071.html

Por si queda alguien que no haya visto la nueva versión del 23 F:

http://www.atresplayer.com/television/noticias/lasexta-noticias/especiales/temporada1/capitulo-1-operacin-palace_2014022100224.html

 

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