Però què dius? ¡Yo soy español!

 

Un gallego se siente diferente de un catalán, y viceversa, uno y otro, de un andaluz, y viceversa, un murciano, de un vasco, y viceversa, y así sucesivamente, al extremo de que todos los mencionados y los que dejo de mencionar se sienten diferentes de un castellano, y este, asimismo, respecto de todos los demás.

Y sin embargo, a lo largo y ancho de este país, en una como en otra autonomía, existe, además, el español, prototipo, encarnación o cogollo de esta bendita nación que cuenta con… ¡Chissssst!… ¡Oiga!… ¡Oiga!… ¡Usted!… ¡Chisssssssst!… ¡Eeeeh!… ¡Eeeeeh!… (a lo que precede se le llama chistar un español, para entregar, por ejemplo, un bedel de Instituto, unas cartas, unos manuales, o sin más y directamente, propaganda editorial)… de esta nación que cuenta -iba diciendo, perdón- con varios siglos de antigüedad, al punto de que es, si no la más antigua de todas las europeas, sin duda de entre las primeras en haber levantado la mano para pedírselo, y en haberlo logrado, hecho este que hizo público, no recuerdo en este preciso momento si Isabel o Fernando, pero inmediatamente después de haber matrimoniado -y a pesar de la Concordia de Segovia- en declaración a la prensa, radio y televisión incluidas, para participar el acontecimiento histórico a todos sus súbditos en general: Españoles, ¡España ya es España! ¡Id y divulgad la buena nueva!

Y conste que tengo noticia de que en otros países hay franceses, ingleses, rumanos, alemanes, italianos y hasta armenios, pero me temo que no nos referimos a lo mismo. El español es un logro específicamente nuestro, producto del especial empeño que pusieron en ello quienes, a lo largo de muchos, muchos siglos, y hasta este preciso momento, nos gobernaron, que es por lo que resulta extraño que no haya entre los que se expresan con total corrección en catalán, en castellano, en gallego o en vasco, ni uno que no se sienta contrariado, por mal identificado,  hasta insultado, si se le llama español: -¿Es a mí? ¡Me parece que se ha confundido, amigo!-. Y con más intención científico-pedagógica que por afán de entretenerme con ello, podríamos equipararlo con el monstruo creado por Mary Shelley, Frankenstein, pero a condición de que no se vea en él, de entre tanto que se quiso ver en la criatura, una alegoría de la perversión que podría traernos el desarrollo científico, sino rigurosamente lo contrario, el ser petrificado que alumbraron siglos de estancamiento civilizador y la adecuada administración del veneno de la ignorancia a cucharaditas… esta por papá… esta por mamá… y al menor descuido, ¡zas!, a cazos, con el resultado de la desafiante chulería que produce ese tipo de alimentación, y por que no fuera a torcérserles el tierno brote, bien atenta la mano extendida de la iglesia, esa roca o peñón. El producto, por actualizarlo en lo posible, y por querer ser plástica, vendría a ser un Ruiz-Gallardón, un Fernández Díaz, una Botella, un Wert, una Cospedal, un Rajoy, una Camacho, un Montoro, pero, vamos, en realidad, seres que pueden hallarse en todas y cada una de las clases sociales, profesiones, oficios y rincones de una como de otra autonomía, y aun habiendo sido su lengua materna el castellano, el catalán, el gallego, el vasco, o cualquiera de sus variedades, dialectos y subdialectos, todos los que un recio español auténtico negará hablar, admitirá como mucho entender vagamente, o despreciará sin mayores melindres con esa llaneza tan suya, al considerarlos, intuitivamente, variedades rurales y vulgares que habrían de prohibirse; como mínimo, espantar a toda persona educada, pro definitiva instalación de la única lengua que, limpia de impurezas, debe hablarse. Por supuesto, sin olvidar el dominio del inglés por ponerse el español a la altura de otros ciudadanos europeos, o por labrarse un porvenir, más aun, del chino mandarín, vieja aspiración del PP para el Aula Pública del País valenciano defendida en su día por el exconseller Alejandrito Font de Mora, y que, en cierto modo, acaba de cristalizar, no justo como aprendizaje escolar, sino en la patada que el Gobierno acaba de darle al Principio de Justicia Universal por satisfacer al chino, sin que ni la prensa haya lanzado un ay, ni el ciudadano común se haya lanzado a la calle;  la patada, con objeto de que los responsables de determinadas acciones criminales, chinos en particular, y de refilón, norteamericanos, israelíes o iraquíes, eviten vérselas con más causas abiertas en la Audiencia Nacional, que a ver para y por qué esta nación de naciones va a meterse en líos con países grandullones, sin habérselo comido ni bebido, amigo Sancho.

Con todo, al margen de esa imprescindible homogeneización nacional, español mediante, no me digan que no resulta curiosa, e inconveniente, tanta y tanta diferencia de todo tipo en un país cuya mayor distancia peninsular en línea recta es de poco más de mil kilómetros, y la mayor entre dos capitales de provincia, la existente entre Gerona y Pontevedra, 1.267 km. Y así, sin ir más lejos, verifiquen el mal de la disidencia, o de la diferencia, frente a la soñada uniformidad. ¿O uniformización? Yo misma soy gallega, y al tiempo y no solo de adopción o de acogida, sino de sentimiento, medio asturiana, un cuarto de valenciana, sobre un quinto de salmantina y aun una pizca de catalana y de vasca; el todo suma uno, uno mismo. Hablo, escribo y hasta leo -puntualización imprescindible- en castellano, en gallego, en catalán y, si me apura mucho la ira, me exalto en español. Pero soy disidente, aunque me consta, y cómo, no solo que el español besa de verdad, sino que hubo disidentes desde el momento mismo en que fue engendrado el primero de ellos, y con él, la medula o meollo de nuestra idiosincrasia. Y qué curioso hecho que, aun habiendo nacido en Madrid algunos de los que discreparon -no todos, claro, ancha es Castilla, y más ancha aún España-, hubieran de exilarse, en ocasiones pegándose un tiro o arriesgándose a que se lo pegaran. Larra, sin ir más lejos, antes de cumplir los 28, se expatrió, que qué Armijo, ni qué Dolores, ni qué ruptura con Dolores, ni qué acta de diputado truncada por el Motín de La Granja, sino el testamento que nos legó en El castellano viejo y en tantos otros artículos. Y no solo Larra, ¡cuántos disidentes se nos fueron o se nos los llevaron por haberse negado a ser españoles como Dios manda!

¿A dónde iba yo, por cierto? ¡Ah, sí! Quería seguir yendo al ciudadano español por antonomasia, ese que fatiga, que irrita, que enferma y que empuja, aunque nos resistamos, a la cólera del más templado pero cuya lengua -materna o no- fue, en el tiempo que fuera o en este mismo que corre, ninguneada, burlada, perseguida, acosada, silenciada, exterminada incluso. Y así, un español sabe que no acabo de escribir sino un rosario de majaderías, y con animus injuriandi, ni siquiera con el iocandi; para burla y juego, los suyos, como a pelotas y a cartas, pero me cabrá el honor de haber estimulado su donaire castizo y, así,  alzará el vozarrón, o la vocecilla, desdeñoso de la menor prudencia, para verterme su compleja idiosincrasia en una única intervención: ¡Que no te enteras, tía! De donde se colige que el español posee un fino oído, pétreas convicciones y es muy dado a defender recintos amurallados antes de que sean atacados; tal vez, de ahí, el imperio con el que logró hacerse. Pero conviene no contraargumentarle, permitirse uno la menor matización, porque las mariconadas lo ponen fuera de sí, y una vez fuera, puede resultar, no solo perdido el tiempo de uno, sino el receptor de su violencia.

En Viena, por seguir mareando la perdiz, quienes hablan el dialecto, suelen negarlo: No lo hablo, lo entiendo. Y eso, a pesar de que la versión estándar de su dialecto está recogida por el Ministerio de Educación, Arte y Cultura en un diccionario, el Österreichisches Wörterbuch, el Duden alemán, que viene a ser. Y sin embargo, en cuanto entra por su puerta austríaca el electricista, de entre tantos que entrarán, su dueño departe cordial con él, no en alemán austríaco, en dialecto. Se trata, lo sé, de una hecho de cierta lejanía, pero cuya realidad puede verificarse directamente, o non direttamente, ma per interposta persona, que diría Italia. Pero a ver quién en Austria querría ser menos que un alemán, y conste que la lengua alemana de Austria tampoco es la estándar de Alemania, que tampoco habla Berlín, por cierto, vaya usted a decirle a un berlinés que le hable estándar. ¡Qué paciencia hay que tener con las lenguas, lieber Herr Wilhelm Meyer-Lübken, mein Gott! Con todo y más, un alemán se dice alemán, un austríaco, austríaco, y todos entendemos qué significa; no es el caso del  español, bajo ningún concepto. Pero sigo y digo que a ver quién en València querría ser menos que un catalán, per l’amor de Déu! Es decir, grosso modo, pero muy groso modo, la situación lingüística del vienés valsar vendría a ser la de un valenciano. Pero un blavero, el valenciano más molesto con la situación, teme in pectore, y cómo, que la brutal sospecha que alberga su corazón pudiera corroborarla el hecho mismo de que, al hablar el dialecto, alguien quisiera pretender que es catalán, razón por la que muchos de ellos se convirtieron en un pispás en españoles y hablan español -o castellano, ambas denominaciones son válidas, como sabe la gente alfabetizada y de recta moral-. Esa conversión no fue por azar, ni tan espontánea como podría parecer. Pero no deja de ser curioso en extremo que prefiera llamarlo español, tanto el valenciano que considera el dialecto una lengua diferente al catalán, que quien sabe de qué va el asunto y quiere así manifestar su disgusto ante el hecho de que el valenciano -es decir, el catalán- sea en su tierra lengua B, en lugar de A. Porque lo es, B, es decir, que la situación de diglosia, no de bilingüismo, fue la lograda en el País Valenciano, y por cierto, en toda comunidad con lengua propia más lengua impuesta, que viene a ser como si pretende el invitado dormir en la cama del anfitrión, una insolencia, diglosia quieras o no, y a codazos, a garrote, a lo bestia, a lo PP. En el País Valenciano, al punto de haber sido silenciada en todo medio la menor de edad desde que, por acallar, acallaron los medios de comunicación propios y los catalanes.

Y por dar aun otra pincelada de la situación del dialecto, moribundo y aun muerto, añadir que la gente de alma fallera –porque la falla siempre echa una mano a la lengua y se la echa al PP, algo similar a la iglesia, es decir, si la mano no regresa vacía al bolsillo- llega a sostener que la lengua valenciana es anterior en el tiempo a la llegada del latín a esta provincia aquende o citerior. ¡Cuánto le habrá extrañado al tierno soldadito de Roma lo familiar que sonaba a sus oídos la mera mención de sus progenitores!  Aquel pare, mare, él mismo, fill de sa mare, que se iría traduciendo a sus entresijos con un bárbaro patre, matre, filiu, tan ajeno su sermo vulgaris a Cicerón como a Viriato. Pero fue tal que nos instruyó el altavoz mediático de cierta conselleria dirigida por uno u otro de los imputados: En verdad, en verdad, os digo, valencianets, que si la lengua existía antes de la llegada de los romanos fue precisamente porque hunde sus raíces en el íbero. Recollons! Y hasta habría jurado que, de fondo, se oía en ancestral íbero el Per a ofrenar noves glòries a Espanya.

Para alcanzar a comprender en todas su dimensión los férreos logros de la instrucción y la educación derramados, generación tras generación, por inquisidores, reyes, virreyes, enviados, obispos, verdugos, curas y demás mangantes en cualquier rincón de esta nación, España, que, aunque su razón le grite lo contrario, existe y no, pruebe a decirle a un anciano, gallegohablante como todos sus ascendientes hasta el origen mismo del dialecto latino, con sus intrusismos celtas, que resulta gloria bendita falar na lingoa dun mesmo con uno de sus nietos, justo ese que se tituló en la universidad y que después anduvo por el mundo como quien anda por Pontevedra. El abuelo, con la mirada obscurecida de pronto por un temor ancestral a ser despreciado y humillado en todas y cada de las generaciones que le precedieron, humillación que bien podría renovarse en él, lo desafiará hosco, negando la evidencia: O rapaz non pudo falarlle en galego porque non o fala, só fala castelán. Y podrá añadir aun con una mezcla de burla fina y de servilismo cazurro: Coma ós señoritos, mesmo coma vostede. Como podría probar yo misma a provocar a un español de València: Quina sort, jo parlo català tambè, podem entendre’ns!, que responderá como un autómata: Podem entendre’ns? Quina sort? Vosté està boja: jo no parle català, sóc valencià!

Pero queda por derramar mucha tinta y mucha saliva hasta alcanzar de cierto qué diantres será lo que le ocurre a esta nación, aunque llevemos siglos dándole dándole al porqué somos como somos y, por si fuera poco, por qué los catalanes y aun los vascos serán tan así, que los gallegos, entre otros, quedaron tan enterados de cómo es el español que ni pían. Por lo que ese sesudo español, voluntarioso monolingüe rodeado por cuatro lenguas españolas, que cree oír día y noche en cualquier variación de su lengua de mono: Visca Catalunya Lliure! ¡Viva Galicia Ceibe! Gora Euskal Herria askatuta!, y aun -vean qué pasa cuando las malas compañías y peores ejemplos-, en el colmo del ritual de la sidra, Puxa Asturies dixebrá, o en moro de la morería, “Con permiso…¡Viva Andalucía libre!”, volverá a afanarse en una nueva aventura investigadora sobre los fundamentos, naturaleza y demás de su idiosincrasia. Lo veo en su despacho sumido de nuevo en hondas reflexiones intelectuales, como lo veo abandonar la tarea, levantarse del sillón y, a saber por qué impulso ancestral, asomarse a la ventana para gritarle a la chusma andaluza, catalana, gallega, castellana, vasca o murciana solo existente en su cabeza, y no en el registro bestial que sigue, apenas justificado por su intención expresiva: ¡Me cago en vuestros muertos! De origen caló, quizá, la expresión, caló en su variedad española, o caló, caló, y con tan breve catarsis recuperada la paz, regresar al escritorio, en el que, tras años de ardua entrega, finiquitará teorías y conclusiones en una obra en media docena de volúmenes y varios apéndices. Mientras, no queda sino reconfortarse con cualquier cosilla cantada o escrita con las vísceras de cualquier mindundi provocador, grosero y semiágrafo de los que enferman al español auténtico. Sin ir más lejos, Pi de la Serra.

http://www.youtube.com/watch?v=xEUYJ_mjYks

Siempre que escucho a Quico Pi de la Serra me viene a la memoria el concierto que se celebró en el Palau Sant Jordi de Barcelona el 23 de abril de 1993: Homenatge a la cançò Al vent, de Raimon, más conocido como 30 anys al vent. Entonces, veinte años atrás, interpretó L’home del carrer, no recuerdo si alguna otra.

http://www.youtube.com/watch?v=eKOOBMuN1SY

 

Anuncios

4 comentarios en “Però què dius? ¡Yo soy español!

  1. Creo que hay algo que no podemos obviar al hablar del término español (o incluso España) para entender el por qué de la posición y actitudes de unos y otros.

    Por ejemplo, “españolizar a los catalanes” es una frase que no tiene ningún sentido ni debería herir ninguna sensibilidad si no fuese porque lo que interpretamos el 99% de los ciudadanos es “castellanizar a los catalanes”.

    Y es que no puede tener ningún otro significado. Si el concepto España fuese entendido como una suma de identidades el concepto “español” no sería tan discutido a un y otro lado.

    Los catalanes, vascos, gallegos, … serían tan españoles como el resto de ciudadanos hablen el idioma que hablen. Los nacionalistas (los de la España unida al precio que sea) no harían alarde del término como si fuese dogma. Los otros nacionalistas tampoco se sentirian ofendidos cuando alguien les preguntase “¿qué pone en tu DNI?”.

    Creo que el problema no es más que ese, asumir que sólo hay un modo de ser Español, que es mediante el uso (casi exclusivo) del castellano y el deseo de uniformización. Unos no quieren dejar el monopolio de lo que significa ser español porque pasar de ser el centro a ser uno más no ees fácil, y los otros dicen, “si ser español es esto entonces es que yo no lo soy”.

    Me gusta

    1. Completamente de acuerdo. Ocurre que has sintetizado la cuestión como quisiera saber hacerlo yo: por la vía rápida. “Si el concepto España fuese entendido como una suma de identidades, el concepto “español” no sería tan discutido a uno y otro lado”, dices; y en efecto, así sería, o debiera ser. Solo añadiría algo que no sé si has considerado: si el españolista pretende uniformarnos a todos los españoles, obligarnos a hablar, y en exclusiva, la lengua que precisamente habla él -con frecuencia, la única de entre todas las españolas-, es porque anda desvalido o privado de algo. ¿Capacidad reflexiva? ¿Educación? ¿Lecturas? No lo sé, pero si que se suele caracterizarse por algo más, y no precisamente agradable o que mueva a simpatía, sino molesto en grado sumo. ¿Quizá un cierto ‘energumenismo’, aunque el DRAE no me acepte el término de momento?

      Sea lo que sea, gracias por haberte tomado la molestia de entrar al asunto. Un cordial saludo.

      Me gusta

  2. Buenos días,

    La identidad española no es equivalente a identidad y cultura castellanas, esto es una cosa que deberían entender tanto la gente del centro de España como especialmente las de la periferia. Como valenciano que soy, tengo muchos amigos que interpretan que ‘lo español’ es lo de otros y que las fallas son valencianas, como la paella y la muixeranga. Lo que no comprenden es que el hecho de ser valencianas es lo que las hace ser españolas, igual que si Lorca y el Cid son españoles son por haber sido uno andaluz y el otro castellano.

    Su escrito denota un cierto sentimiento despectivo hacia ‘lo español’, equiparándolo como algo vulgar y soez, y es algo que no comparto. Yo me siento profundamente español, y nunca en mi vida se me ha ocurrido decirle a nadie cómo debe de hablar o qué tiene que pensar. Ser español no es patrimonio de la derecha, y nunca lo fue. La nación española fue promovida primero por liberales, luchando contra esa concepción absolutista de España que tenían los carlistas, y en la Guerra Civil los que primero usaron el patriotismo español fueron los republicanos, al contrario que los sublevados que utilizaron el catolicismo.

    Los prejuicios de las regiones costeras sobre los del interior nunca dejarán de sorprenderme.

    Saludos.

    Me gusta

    1. Entiendo, pero se confunde. No hay desprecio hacia el español o lo español a secas o sin más, lo hay hacia el español ignaro y semiágrafo y, por lo mismo, solemne, soberbio, ridículo y, con frecuencia, en palabras suyas, “vulgar y soez”.
      Si me quejo -y lo hago con frecuencia, qué decirle en época de fallas o de otras juergas nacionales- es por lo que abunda el espécimen.

      Gracias por la lectura y el comentario. Un saludo.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s