Protestar sí sirve, escribir sí sirve

 

Texto y título tomados deBLOG Y MAGOG. Alberto Caffaratto Ladoire.

 

Existe un discurrir, un ruido de fondo, en buena parte soterrado, sobre las protestas de la población, pues es asunto al que unos y otros, entiéndase PP y PSOE y demás partidos ‘de sistema’, por llamarlos de alguna manera, prefieren no prestar demasiada atención mediática y dedicarle demasiadas declaraciones (que no en sus privados conciliábulos, pues les preocupa, y cómo), protestas causadas por todo aquello a lo que la ciudadanía está sometida y que son crecientes en todas partes, y en todas sus vertientes y variantes.

Hay avisos templados y destemplados del gobierno al respecto, apoyo de la oposición y comentarios con la boca pequeña (ya sabemos, ya saben todos, no hay que dar alas…), amenazas veladas y también leyes más coercitivas, y abundancia de discursos dirigidos siempre en el sentido de que, en democracia, el poder no puede tolerar determinados comportamientos a los que tilda de forma sistemática como antidemocráticos.

Pero este sempiterno sacralizar o satanizar regímenes políticos solo por su nombre, es vicio (y tontuna) bastante antigua, pues cualquiera sabe que lo importante no es el nombre, sino los hechos, más aquello que se hace y cómo en lo que atañe al bien común y amparándose siempre en los nombres, considerados como evangelios, para acabar finalmente vaciándolos de todo contenido, como ya va siendo el caso.

Porque el discurso tiene la fuerza intelectual de lo siguiente: como nuestro régimen político dice ser en lo formal el de una democracia parlamentaria que atiende a las necesidades y anhelos de todos y ha sido votado por todos, las protestas no son comprensibles, atentan contra dicho régimen democrático y, en consecuencia, no pueden ser otra cosa que perniciosas, y si no son todavía ilegales, habrá que procurar que lo vayan siendo. Y los emisores del flato se quedan así tan contentos y realizados, como si las inundaciones se pudieran parar con palabras y no con sacos terreros y mucho trabajo de muchos, y esforzado.

Pero claro, también cualquiera sabe que el paso de tildar a las protestas de antidemocráticas, para así ilegalizarlas, queda siempre bien cercano al de preguntarse, de paso, por la salud mental de los ilegalizados, incapaces de ver las bondades de ese régimen ‘democrático’, y de ahí, a empezar a pensar en ensañamientos o gulags, más o menos severos, más o menos hipotéticos, ya quedará poco. Y, desgraciadamente, demasiados conocemos también que esos son caminos que se andan con entusiasmo, particularmente en limusina, reconociendo el terreno, pero luego tienen que recorrerlos los reeducandos a pie y, preferiblemente con nieve o, en nuestra versión más vernácula, al sol y sin agua, pero siempre a mayor gloria de la ‘democracia’.

En paralelo, este estado de queja permanente, con sus quejumbrosos, entre los que sin duda me cuento, lleva, cada día con más frecuencia, a consideraciones por parte de los mismos sobre la utilidad de las quejas mismas, por lo general nunca atendidas, o mal y muy poco. Y en este sentido, se preguntaba por ello, por la utilidad de las quejas y de las suyas propias, este domingo pasado, 26 de enero de 2014, Javier Marías, en la trasera de El País Semanal, o como se llame ahora el acreditado colorín.

Y solo quiero decirle que yo me encuentro, sin más, en condiciones de contestarle. Es útil, don Javier, sí, es extraordinariamente útil. No una queja, ni un escrito, el de cualquiera, el de usted, con nombre o sin él, ni cincuenta ni cien y el mío menos. Ninguno de ellos en sí vale para nada. Pero sí es útil y determinante la fuerza del número, la creación del estado de opinión.

Es útil lo que lean uno o diez solamente, que en teoría no vale para nada y más lo que lean diez mil o un millón. Es útil todo por la sencilla razón de que crea un estado de opinión capilar que se extiende muy lentamente a ras de suelo, que es personal y vivido de uno en uno, considerados individualmente los ciudadanos, pero que es lentamente socializado y que permea, y al tiempo justifica y hace comprender la sensación de desasosiego de cada cual, de tantos, de tantísimos, que se ven así englobados en una realidad social que es casi, hoy, la de una anti-iglesia verdadera, la de una feligresía no militante, cierto, pero hoy sin duda la más amplia, y antes o después, poderosa, que es la feligresía de los desdeñados, los engañados, los robados, los parados, los estafados, los despedidos, los mal atendidos, los explotados, los maltratados y la de todos los muchos etcétera que hoy ya nadie desconoce, del ama de casa al alto cargo, del lumpen al doctor en jurisprudencia, pero que ya, en la práctica, va pareciendo esa inmensa mayoría de la que hablaba el poeta.

Porque este es el verdadero efecto del goteo de la queja frente al goteo, igualmente inacabable, de las prevaricaciones y de las cosas perpetradas en contra del bien común. Crea opinión y crea conciencia, y eso ya es un paso fundamental que lleva al siguiente, como le ocurre, les guste o no, a los cuerpos en movimiento.

Porque esa misma ‘marea’ de los médicos y el personal sanitario en contra de ese desafuero sin nombre de la privatización de la sanidad madrileña, y que ha tardado, de concentración semanal en concentración semanal y a furor di popolo, un año en ser escuchada, no por el gobierno, sino por la judicatura, es la misma marea que lleva a que no se pueda entrar en taberna, oficina, casa, colegio, ambulatorio o despacho donde ya no se emita y reemita parte del mismo discurso quejumbroso, negativo, pues otro de verdad no es posible y, afortunadamente, cada día más insumiso, sobre el estado de las cosas.

Porque además, cuando a quien se le oye quejarse, cada vez más alto y mejor razonado es al médico, al jurista, al periodista de renombre, al catedrático y al famoso también, y así sea famoso o famosa solo por la mostración de sus curvas o por peinarse mejor que nadie o por dar patadas incomparables a un objeto de cuero, y además al político de tercer escalón y al profesional liberal y al maestro, al mecánico, al tendero y a la de la manicura, y ya no solo a los tradicionalmente ninguneados y despojados de toda la vida, como el parado, el mendigo, la viuda, el desahuciado, el enfermo y el depauperado económico –antes pobretón–, lo que viene a oírse entonces es el sonido de la crecida del Ebro, por la sencilla razón de que lleva, mucha, mucha, mucha agua. Y a estas alturas de la avenida, ya pocos tontos deben de quedar que no la oigan, aunque descartando, eso sí, a los sordos de profesión.

Por lo tanto, todo sirve para hacer caldo, para parar esta locura e insensatez. Nada en concreto valdrá de mucho, pero el conjunto crece, las incomodidades que experimenta el poder para seguir adelante con sus usos habituales y radicalmente empeorados en los últimos lustros ya aparece a diario en los periódicos, y esa manera de actuar, de imposición en imposición, de mandato en ukase y de ordeno y mando en porque lo digo yo, se les hace cada día más difícil de sostener. Y tanto es así, que ya no solo cabe esperar en un vuelco electoral, pero que siempre puede traer pareja, además, la perpetuación de los mismos hábitos, sino que la esperanza verdadera, viene del resultado de este estado general de opinión y de las movilizaciones, esas que tanto execran, pero que son las primeras que, por primera vez en largo tiempo, paralizan proyectos y actuaciones evidentemente contrarios al bien público.

En este sentido, la sucesión de reveses e incomodidades, en parte llegados de la judicatura, a la que se han visto abocados los gobernantes y los principales partidos, indica claro que es posible que se haya superado un punto de inflexión, no ciertamente en lo económico, como el gobierno propala día a día, y nadie cree, pues la losa del paro es exactamente la misma, y estrangula al país en cualquier aspecto que se quiera considerar, sino en la actitud de la población que va pasando lentamente del pasmo, el acobardamiento y la pasividad a un estado de intervención más activo y menos sumiso.

Por ello, seguir haciendo sangre con las teclas es imprescindible, porque cuanto más se diga algo, más será oído e incluso algo más, también, será escuchado. Y hoy Internet, las redes sociales, los blogs y el periodismo en la red son cada día más eficaces en la transmisión de unos mensajes en los que el común cree cada vez más, y nada más que por razones del propio sentido común, al mismo tiempo que deja de creer, de comprar y de ver los medios tradicionales de comunicación, irremediablemente infiltrados por el poder, por no utilizar el manido vendidos, pues tanto la prensa tradicional como no digamos ya la televisión, ocurre sencillamente que ya no sirven contenidos que la gente aprecie o en los que crea.

Y, razón muy de más, las movilizaciones sí son efectivas y más lo son cuanto más se parezcan a las movilizaciones tradicionales y hoy ya por completo olvidadas del viejo movimiento obrero, de los movimientos reivindicadores del voto, del femenismo, de mejores salarios y condiciones sociales, en fin, de aquellos momentos del gran salto social del primer tercio del siglo XX, con todas sus conquistas y su sentimiento de una nueva y legítima posesión y disfrute de derechos, antes siempre negados y cuestionados, y que es todo aquello que hoy, precisamente, se está pretendiendo negar y retirar a las ciudadanías.

La ejemplar huelga de basura de Madrid de este verano pasado; la también ejemplar movilización del sector médico JUNTO a la población también madrileña en reivindicación del sector público sanitario; el éxito de la protesta popular en el Gamonal, en Valladolid, precisamente contra uno más, uno cualquiera y seguramente uno pequeño de los infinitos gastos innecesarios en los que la administración, da igual local que autonómica, entierra los sudados impuestos de la ciudadanía, en lugar de proporcionar con ellos los imprescindibles servicios comunes; la creciente y previsiblemente exitosa movilización contra la disparatada y anacrónica ley del aborto del Ministro Gallardón y el goteo constante de demostraciones de que la población, acá y allá, ya no desea tolerar usos que considera caducos y deleznables, no es más que un verdadero torrente de buenas noticias dentro de este río que todavía nos lleva de las muy malas.

Pero otros usos sociales para el futuro cercano ya se imaginan y crecen y van siendo viables, hay medios de oponerse para conseguir éxitos puntuales, para hacerle la vida más difícil a quienes nos la hacen imposible.

Y la receta es, y precisamente contra quienes la esgrimen como burda palabrería, la democracia misma y su admirada hija natural, la transparencia. Daba hoy verdadera gloria democrática leer como la Generalitat Valenciana denuncia en los juzgados e investiga las fugas de información sobre aspectos tan abracadabrantes o bochornosos como esas clases a precio de oro tomadas por el mandocantano local.

Es decir, lo que se investiga son las fugas, pues, la posibilidad del conocimiento público de ciertos hechos de gobierno, pero no lo que sí se debería investigar según el sentido común, que es el dispendio y el despilfarro de los altos cargos en fruslerías, cuando la población se muere de hambre, no, pero sí de paro y de abandono, por parte del estado, de sus funciones, aquellas para las que se le sufraga. Eso es lo que les preocupa de verdad a esos altos cargos, y es extraordinariamente bueno saberlo, y es extraordinariamente bueno saber que les hace daño y lo temen y que ponen por ello denuncias y querellas, porque indica exactamente el camino de lo que hay que hacer y hacerles. Y eso que hay que hacer es denunciar y es filtrar, filtrar y filtrar, anónimamente y como mejor convenga, airear. Y que se sepa, que se conozca, que se venteen los contratos, los cambalaches, la juridicidad torcida que está detrás de tanto y tanto acto inútil de gobierno.

Porque orear y ventear, véase el caso Bárcenas, véase Snowden, es democrático, es necesario y es sano para el bien común. Deben conocerse los malos comportamientos, qué los causa y qué los permite, para poder ir al meollo y atajarlos. Desconocer es antiguo y casi viejuno, como se dice ahora; lo sanitario, lo saludable es saber de lo que no se quiere que se sepa, porque es evidente que si no puede hacerse público es porque es pernicioso y además, y seguramente, ilegal. Razón pues de más para escarbar, para averiguar, para conocer. Cada mecanismo de chanchullo, de conchabamiento que se destripe y se haga de conocimiento público, ya no podrá utilizarse con la misma facilidad, ligereza y sensación de impunidad. No cabe duda de que se arbitrarán otros, pero el acoso social, informativo y jurídico a quienes nos acosan, antes y más, con su mal hacer y, además, solo y exclusivamente para robarnos, es sin duda la respuesta. Y esta necesidad de claridad pasa necesariamente por que la sociedad, o sus jueces, pueda ponerles sus propios papeles delante de la cara, avergonzarlos y empapelarlos con sus propias firmas. No habrá cosa a la que teman más, y por eso hay que hacerla.

Porque lo que hay que hacer es precisamente acabar con los aspectos por completo innecesarios de la privacidad de ciertos actos públicos y por parte de los servidores públicos, privacidad que si bien es necesaria para determinadas actuaciones en beneficio de todos, no lo es cuando las actuaciones son solo para beneficio de algunos, pero llevadas adelante con los caudales de los impuestos y con el único objeto de apropiarse ilegalmente de parte de ellos.

Y quien mejor puede airear toda esa montaña de estiércol es precisamente la larga legión de personal subalterno por cuyas manos pasan los secretos de los callados matrimonios entre tantos servidores públicos con los gánsteres, y eso cuando gánsteres no lo son ellos mismos. Y contra ello, hoy solo nos protege, dicen, una pretendida transparencia que apenas existe en la realidad.

Pero si esta transparencia verdaderamente indispensable es lo único que puede protegernos de verdad de la cacicada y del mal gobierno y, sin embargo, y solo por razones del propio interés gansteril, se resisten a que sea verdaderamente obligatoria e institucional, como debiera, sí parece entonces del todo legítimo apelar a conseguirla por las vías que sea, incluso por la de la delación, por supuesto, que sin duda es el camino más expeditivo para reconducir algunas modos de gobernar, hoy por completo descarriados y descarrilados, para devolverlos hacia las usos, con sus necesarias luces, por donde tienen que transitar.

Y así, ante la cerrazón culpable que necesita de la opacidad, solo cabe hablar de un proyecto de claridades, de inundar de luz e información todas esas oscuridades desde las cuales trabaja la política en demasiadas ocasiones en exclusivo y propio beneficio de tantos de sus profesionales.

Por eso, un llamamiento no solo a la movilización, sino a la democratización de la información y a la transparencia, por las buenas de la iniciativa de las propias administraciones, o por las malas de perder el miedo a hablar de tantos funcionarios, hoy mucho peor tratados que en el pasado reciente, para hacer así públicas las operaciones opacas que pasen por sus manos y sean de su conocimiento, es una práctica de regeneración que el poder contestará con leyes y denuncias y despidos, sin duda, pero que será lo que antes y mejor le obligará a desempeñar con mayor eficacia las funciones para las que está destinado y que nos resultan imprescindibles a todos y al propio estado para poder dignarse de ese nombre en el cual, demasiados de sus servidores, que no propietarios del mismo, delinquen.

Por lo demás, la propia judicatura, a su vez maniatada en parte, también parece estar queriendo empezar a decir que son necesarias otras reglas del juego y, a los hechos me remito, porque a pesar de la oposición de altas instancias y de partes de la propia judicatura, lo cierto es que hoy hay parte de la familia real imputada y bajo sospecha, otra parte de la cúpula de la clase política, otra más de la cúpula bancaria e industrial y una buena gavilla de intermediarios, empresarios, sindicalistas, cargos de partidos y de la administración que desfilarán por los tribunales en sucesivos juicios y averiguaciones, cuyo único resultado no puede ser otro (además de las inevitables absoluciones, dilaciones y prescripciones) que el ahondamiento de la brecha del horror. Y, al igual que a Al Capone en lo criminal, o a Berlusconi en lo político, pero también en lo criminal, es posible que el stop final a este estado del desestar o del toma el dinero y corre sea la judicatura la que finalmente se lo ponga, en una especie de actuación del estilo de la de ‘manos limpias’ de la judicatura italiana en los ochenta finales y primeros noventa.

Y todos sabemos que no sirvió de mucho, si bien algunos indeseables fueron barridos de la escena, pero tampoco los tiempos hoy son los mismos, Internet era un neonato, las redes sociales no existían, el flujo de información era incomparablemente menor, y los estragos de las políticas neoliberales, si bien anunciados ya entonces por muchos, en la práctica aún no se habían revelado en toda su magnitud. Hoy, cuando acabo estas líneas, Fernández Lasquetty, el Consejero de Sanidad del la Comunidad de Madrid, y ya es el tercero en el orden, ha dimitido. Se lo han llevado las batas blancas y su marea, los jueces le han dicho ¡basta!, no tal vez personalmente a él, pero sí a lo que representaba.

Es sin duda un triunfo de la democracia y del sentido común y, por suerte, no ha sido necesario, finalmente, hacerlo a la ucraniana, hacerlo a la rumana, como con Ceaucescu. Y así es de desear que sea con esta y otras cosas, con este personaje y con otros semejantes, de su partido y de otros partidos. Y tal cosa es buena. Porque si a la larga no se hicieran así, esta y otras cosas, entonces llegaría el momento, e incluso ya sin llamamientos, en que se acabarán haciendo espontáneamente de la otra manera, como arriba, a la revolucionaria, como contra Ceaucescu, y nadie desea que, finalmente, tengamos que derivar en eso. Pero lo cierto es que, llegada la hora de la verdad, y si los usos de quienes gobiernan o gobernarán terminan por requerirlo, las cosas también se solucionarán, pero de esa segunda y menos deseable manera.

Y son ya muchos los avisos que se escuchan por muchos lados. Ojalá la locura termine antes.


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