“Carta al señor Presidente. A Fabra, digo”.

 

El reto que me impuse ayer, a una hora de callejear la mañanita anómalamente temprana, mientras paseaba arrullada por el silencio constitucional y el solecito mediterráneo español, fue el de hacer un hueco para tratar de desembarazarme de las consideraciones que me rondaban estorbando el ejercicio de mi derecho a la pereza, no sé si la de Lafargue o la de Krahe, dejándolas escritas, así como un estado emocional cambiante, más propio de una adolescente que de esta abuela de Marlén y de Antón, cualquiera de ellos, cuatro y ocho años respectivamente, con bastante más seny que, pongamos, un Alberto Fabra. A Marlén, jamás se le ocurriría romperle a su hermano mayor su cacharro preferido en la cabeza cuando la está agobiando -hace tiempo que nuestros niños no se agobian, los agobia alguien; ya al padre de mis nietos, siendo un chiquillo, cuando la madre que fui le recordaba que tenía un examen al día siguiente, decía ausente a mis palabras: Mamá, no me ogobies-. Porque, no solo en la calle, yendo a mis cosas o al pasear, soy presa de vivencias inconvenientes como las que ayer me impedían centrar la atención en lo que iba explicándome una de esas personas dotadas para el arte de conversar, sino cuando la actividad más apasionante, o la más trivial, pongamos la bien modesta de leer la prensa, experimento, además, una relación en extremo controvertida entre la realidad que veo y oigo y su reflejo en los periódicos, que más parece narración de lo inexistente que de lo que pasa; nada de lo que me concierne es lo que cuentan, y desde hace tanto tiempo, que ni recuerdo cuando leía prensa con la sensación de que lo era. Trátese de cuestión nacional, internacional o autonómica, económica, social, política o educativa, lo que me llega, y sin que pueda hacer nada por evitarlo, lo hace sistemáticamente en el tono y la clave de la noticia que sigue, a modo de ejemplo metafórico:

«Dos personas han perdido la vida esta mañana a causa de su fallecimiento, según han confirmado fuentes policiales. Las víctimas, una residente en Santander y otra en Benicarló, no se conocían ni tenían contactos en común, por lo que se descarta, en principio, que sus decesos estén directamente relacionados. “Ambos reunían el perfil habitual de las víctimas de la muerte: edad avanzada, salud precaria y pocos recursos para defenderse”, explica el forense, que insiste en que la muerte es implacable con los más débiles “y su aparición siempre acaba en tragedia”. Por la cantidad de víctimas registradas a lo largo del año en distintos puntos de la geografía española, las autoridades sospechan que la muerte podrían ser varios. “Es necesaria una infraestructura para alcanzar a tantas personas al mismo tiempo y ejecutarlas siempre con éxito”, explica uno de los agentes que lleva la investigación. “No es obra de un asesino aislado”, insiste. La policía solicita a los ciudadanos que no duden en advertir a las autoridades si sospechan que alguien es susceptible de fallecer por culpa de la muerte. También ha pedido a los medios cierta discreción a la hora de informar de personas que pierden la vida para evitar el efecto llamada».

¿Entienden mi desazón? Resulta extraordinario que la información que me proporciona la prensa escrita -apenas frecuento la visual, el medio me distrae del objetivo- me alcance día tras día en clave El Mundo Today, o como un especie de revoltijo de esperpento y alarmismo, actualizado éste día a día, hora a hora, si leo en la pantalla del ordenador. De otra manera, soy incapaz de percibir lo que leo con el grado de credibilidad imprescindible para estar segura de que alguien me habla en serio, lo que suele suscitarme el fastidio y el enojo de una chiquilla, exteriorizados en ocasiones aun con una buena pataleta, a la que incordia estúpido quien fue su amigo tiempo atrás y al que ella vuelve más por hábito que por una querencia consciente. Es una tragedia, no sé si nacional, pero doméstica y personal, sin duda. Por ir a un detalle allende fronteras, de cuanto asunto internacional me informan, juzgo que se me ha hecho un canje, un cambalache entre países: asuntos que dicen concernir a Venezuela, a Argentina, me saben a colombianos, a brasileños y aun a mejicanos, y los de China, a los de un país inexistente. A ver si va a ser por el hábito de frecuentar cierto diario…

Pongámonos en lo peor, en que me da por leer sobre asuntos nacionales. La sensación, recurrente, y lleva sucediendo desde antes de que se hiciera con el poder el PP, es que absolutamente nadie de este gobierno existe; se me antojan sistemáticamente personajes de cine de terror barato, TBO con ínfulas, resultado fallido de una de ciencia ficción, zafio y disparatado drama rural o zarzuela con chulapas y chulos. O tal vez, personajes con un CI tan recortado, que más resultan ser títeres y marionetas. ¿Cómo podrían existir Rajoy, Montero, Guindos, Wert, Santamaría, Mato, Gallardón, Margallo, Fernández, Báñez? Observen con mucha atención el rostro de Báñez. ¿Es posible que un alma en pena encarnara en esa Fátima, ministra de Empleo, que se dice? Habilitada por pelos por la católica Pontificia de Comillas, ni como alma en pena logra darme el pego. Cierto que debo admitir, y además de muy buena gana, que con los ministros y jefes de gobiernos anteriores a este venían a salirme las mismas cuentas, más o menos a la altura del inhumano Rajoy, un Aznar, como a la parte iletrada del inhumano registrador, un Zapatero, un González, o el en extremo viril, casto, frugal, exfalangista, exfranquista, católico y abulense de nuestras esperanzas agostadas y alegrías mozas del tiempo post caesaris mortem, puedo prometer y prometo, Suárez; gente toda ella en su conjunto, no solo los césares, cuyas lecturas no debieron alcanzar la docena de libros -digo libros-, y ello, imagino, aun con enorme dificultad a pesar de un posible y obstinado empeño en entender, al menos superficialmente, una parte de lo que leían, más quizá hasta dos o tres docenas de como libros o tratados de algo y los manuales de más o menos unas como carreras dichas universitarias, en los más de los casos, Derecho -disculpen mi obsesión con ciertas Facultades que facultan de aquella manera-, y esto cuando las hubo, de quienes alcanzaron a licenciarse incluso, doctorarse en caso excepcional, pero todo en su conjunto, o su peso a ojo, basurilla. Salta a la vista, no es que haya que inferirlo. ¿Sabe acaso leer el Jefe del Estado? Digo leer. Y alguno de sus hijos, biológicos como políticos o adoptados, ¿ha leído algo alguna vez? Digo leer. ¿Leen nuestros periodistas de postín, los más ínclitos y premiados de la literatura patria, por citar de entre tantos que podría a los que más entran en casa ajena sin llamar siquiera? Digo leer, no entretenerse con las revistas del dentista, el último Planeta, la tableta o el móvil. Alberto Fabra, en concreto, ¿habrá leído algo más que el catecismo y los manuales de arquitectura técnica, hoy como Grado de Ingeniería de Edificación, para su licenciatura o grado, pues, que soy muy antigua en la interpretación y reconocimiento de los diplomas? ¿Edificación? Ya sería grado alcanzado en Ingeniería de Demolición. ¿Trabajó en algún momento de su vida? Y Rus, Cotino, Barberá, Serafín Castellano, Olivas, Císcar, Catalá, Fabra el padrino… ¿leyeron? ¿trabajaron? ¿Qué leyeron? ¿En qué trabajaron? ¿Es posible que toda esa gente exista de verdad? Unamuno diría que que no; estoy con Unamuno.

Llegada tan, tan lejos, abandoné lo que llevaba escrito -quizá leído un atónito lector- con la idea de retomarlo después de un café y un respiro para recuperar la cordura y ojear el último ejemplar de la Cartelera Turia, olvidado sin abrir siquiera debajo de un diccionario. Pero resulta que ahora, después de haber leído a Alfons Cervera en la Turia, no necesito concluir estas líneas, le cedo la palabra a Alfons -a quien, mientras leía, recordé echándole la mano de su consideración y bonhomía, pero sin ceder un ápice en la pretensión de que mi pregunta obtuviera respuesta, a una cierta sordera que le sobrevino a Santiago Carrillo, cuando, allá, mediados los noventa, en un acto celebrado en una de las desaparecidas Crisol al que acudí acompañada de alumnos de entre quince y dieciocho años, hube de preguntarle hasta tres veces sobre su valoración personal de la transición, y sobra decir que sus palabras no fueron las esperadas, ida toda la lucidez que solía caracterizar a Carrillo-. Su carta al Presidente de la Generalitat es una muestra indiscutible de que a la gente más hermosa y más íntegra del País Valenciano, y probablemente no solo, se le ha terminado la paciencia, y su rabia, su cólera y su desprecio se van tan elevando, elevando, como una de aquellas olas tremendas del Cantábrico ante la que gritábamos aterrorizados los más chicos antes de que nos engullera y zarandeara, depositándonos poco después en la orilla como muñecos vapuleados; lo que me obliga a aterrizar: resulta que los personajes de los que habla la prensa son de verdad. De muy otra manera a cómo son, actúan y hablan según los papeles, pero de verdad, auténticos.

Considerado el feliz hallazgo y sus circunstancias, por los síntomas, parece que la mayor parte de la ciudadanía, ¡por fin!, va a volcarse en la tarea de enfrentar de una vez por todas este sinvivir que una banda de titiriteros facinerosos, tan ignaros como torpes, decidió para nos-otros, con mayor ambición aun que la ambición de muerte con la que El niño yuntero de Miguel de Orihuela despedaza un pan reñido. Y debió de decidirlo para toda la eternidad, no la que les promete su dios, esa ni les interesa ni creen en ella, lo que le interesa es el poder, junto con el cobijo incondicional de su iglesia. Para eso y por eso la nutren y la fortalecen siglo tras siglo y piedra a piedra.

Hay que desalojarlos por la vía más expeditiva. Y con expeditiva, no me refiero a los métodos con los que se hicieron por las bravas con el poder, pero sí a sin miramiento alguno en aligerar los trámites. Hay que resolver el neg-ocio democrático de descabalgarlos del poder que detentan, a tal punto que, en València, la última noticia es: “El PPCV defiende la investigación a los niños de Xàtiva”. Ya saben, los niños que durante un recreo escolar increparon a nuestras autoridades más impolutas, en esta ocasión no los empujaron a corearlas. “¿Es que ya no hay límites, es que aquí ya todo vale?”, se cuestionaba Serafín Castellano, el de las cacerías -hasta el momento, no de niños- con el empresario al que entregó un contrato de incendios por valor de 22 millones de euros… “Cada uno puede lógicamente manifestarse, discrepar, y tiene su derecho constitucional, dentro de los cauces legales y de normalidad, pero esto hay que averiguarlo”, añadió, quiero suponer que sintiéndose portavoz de un partido experto en derechos constitucionales, en cauces legales y en normalidad. La consellera, dicen que de Educación, envió ya a uno de los inspectores para que le abriera un expediente al colegio setabense, aunque, siendo en Xàtiva donde se pecó, extraña que no ordenara chamuscarlo por lo menos. Así que, tal como van las cosas aquí, donde se habla una mixtura pepera de íbero y duro español, me siento arúspice y, frente a Alfons Cervera, sostengo que en concreto este Fabra, el más tonto de toda la recua levantina -que dirán los españolistas-, desde luego comparado con uno de los más listos, el que no lleva su nombre completo, no aguanta hasta 2015. Qué va. Ni despierto el pobre.

Recuerdo que en cierta ocasión, don Cristobita, no el de El retablillo de Don Cristóbal de Lorca, el otro, el de los títeres de cachiporra en el Congreso, llegó a decir que España no tardaría en asombrar de nuevo el mundo. Asombremos, pues, al mundo que asiste impávido y gratis a este espectáculo circense. Como contaba Lorca en su “Carta a Adolfo Salazar desde Asquerosa” (1) el 2 de agosto de 1921: “Los Cristobital los estoy machacando. Pregunto a todo el mundo, y me están dando una serie de detalles encantadores”, así nosotros también tenemos que ir por los detalles encantadores y empaparnos de los Cristobital para zarandearlos en escena, y después, echarlos a la puta calle.

1. Actual Velderrubio, localidad y entidad local autónoma próxima a Fuente Vaqueros (provincia de Granada) En tiempos de los romanos se llamaba Aquae Rosae, que derivó hasta Asquerosa.  En ella vivió, cuando aún se llamaba así, Federico García Lorca, nacido en Fuente Vaqueros.

TESTIGO DE CARGO: “Carta al señor Presidente. A Fabra, digo”.

Texto y título, de Alfons Cervera (Cartelera Turia. 5/12 de diciembre)

«Nunca me gustaron las cartas periodísticas dirigidas a los mandatarios para intentar cambiar alguna de sus decisiones. Solo les vi una utilidad: el desahogo. Pues eso mismo es esta carta. Un desahogo. El destinatario es un tipo que responde al nombre de Alberto Fabra. Estos días habrán ustedes leído un montón de desagradables adjetivos añadidos a su nombre. Esta carta es uno más de esos adjetivos.

Señor Alberto Fabra: No sé qué era usted antes de ser alcalde de Castelló de la Plana y de alcanzar de rebote la presidencia de la Generalitat Valenciana. No sé qué era usted antes de estas bicocas, pero sé lo que será después. No será nada. Lo conocimos de alcalde suplente y luego de presidente suplente. Nunca fue titular de nada. Hasta que hace unos días accedió a su más notoria titularidad: la de matarife de RTVV. Se subió arrogante a la parra de la indecencia y firmó el cierre de un medio de comunicación que, si no era una gran cosa, fue por su culpa, por el saqueo a que lo sometieron los suyos y usted mismo, por la utilización partidista de su programación, por la mentira en que la instalaron desde que empezaron a contratar a sus militantes y simpatizantes para que contaran desde Canal 9 y Ràdio Nou sus actividades delictivas camufladas de servicio a la comunidad, por el arrinconamiento de los buenos profesionales que había en la casa, solo porque usted y los suyos piensan que la información de un medio público ha de estar al servicio de quien gobierna y no de la ciudadanía.

No hizo usted nunca nada que valiera la pena si hablamos de dignidad. En los últimos tiempos, se ha vuelto a poner de relieve el nombre de Hanna Arendt. No sé si le suena. Seguramente, no. Tampoco sabrá usted, pues, lo que escribía la pensadora alemana sobre el Mal. Ella asistió al juicio que se siguió en Jerusalén contra el nazi Adolf Eichmann. Y escribió sobre ese juicio y sobre el personaje que era juzgado por sus crímenes en los campos de exterminio. Fue cuando Arendt se inventó el término “banalidad del Mal”. Quería señalar así su condición humana: lo más monstruoso puede esconderse en el comportamiento de un pobre diablo. Usted es un pobre diablo, señor presidente. Capaz, eso sí, de causar todo el daño a quienes usted había colocado antes al borde del abismo. Cuando lo echen de la Generalitat de aquí a año y medio, usted solo será un personaje sin frase en la nueva historia de nuestro país. Los mismos suyos le quitarán la palabra, ni siquiera le agradecerán los servicios prestados, y si mucho me apura, como son el colmo del cinismo, le echarán en cara que el PP habrá perdido las elecciones por su culpa, por haber cerrado RTVV contra el clamor popular, incluso el de sus propios votantes. Apúntese usted un nombre para su final: Serafín Castellano. Ha apuñalado a los dos presidentes anteriores a usted (a Olivas no le dio tiempo) y seguro que ya está afilando el cuchillo que hincará en su columna vertebral -la de usted- en cuanto usted sea solo ese pobre diablo cuya única heroicidad fue el cierre fanfarrón de RTVV y dejar en la calle a casi dos mil trabajadores y trabajadoras.

Pero eso será entonces, cuando pierda las elecciones de 2015. Ahora usted es un ejemplo total de ese cinismo al que nos tiene acostumbrados su partido. Ha dicho a todas horas que el dinero que cuesta RTVV lo aprovechará para sanear la educación y la sanidad. Usted es un inútil, ya lo dije, pero también es un cínico de campeonato, una mala persona que no duda en cargarse la educación y la sanidad valencianas y ahora le echa la culpa de esa ruina a Canal 9 y a Ràdio Nou. Ya ve: se me suelta la lengua. Es lo que me suele ocurrir -en mi ya larga vida de periodista- cuando hablo de gentuza como usted. Se me estrecha ya el espacio que estaba dedicando a esta carta. Acabo, pues, más o menos como empecé. Cuando ya no sea presidente, usted se habrá convertido en un individuo sin ni siquiera sombra. Un don nadie, señor Alberto Fabra. Y otra barbaridad para terminar: ojalá usted sufriera algún día todo lo que está haciendo sufrir a tanta gente. Y no solo de RTVV. A mucha más gente. A mucha más».

 

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