Ha fallecido Manuel García Viñó, fundador de La Fiera Literaria

 

 

Desde València, me uno al dolor de la familia de Manuel y al de toda la gran familia que es La Fiera Literaria, sus indómitos hacedores y sus montaraces lectores.

 

Mi amistad con La Fiera viene de antiguo, la directa con Manuel, desde la Navidad pasada. Yo había enviado, como modesta contribución de apasionada lectora de la revista, un nauseabundo artículo, y conste que nauseabundo se refiere con toda modestia casi en exclusiva a la expresión por fortuna para un autor de cuyo nombre quisiera olvidarme, por más que resulte imposible -sigue tecleando como si le fueran los cuernos en ello-, publicado, qué casualidad, en el diario El País. Me respondió de inmediato con una simpática, extensa y afectuosísima carta, tal que si nos conociéramos de toda la vida, y ya que simpatizo instantáneamente con quienes se muestran sin más cálidamente humanos, le respondí tan rápido como me fue posible y en los términos mismos y propios de andar por casa los dejados de la mano de Dios, es decir, cuidados con exquisitez, no solo por deferencia al receptor, sino por lo que suelen cuidar la lengua de hábito los que la tienen afilada frente al uso desaseado que de ella hacen ciertos prójimos de los que habitan, en cambio, los paraísos de un reconocimiento inexplicable, pero que, no obstante, dejó prolijamente explicado García Viñó; ese tipo de prójimo suele tener malas pulgas, y que pudiera caer en sus manos, e incluso delatarles su cacumen, un uso inapropiado de conjunción espanta, y si se piensa en adverbio, aterra.

 

Al cabo de un tiempo, poco, llegó otro correo suyo, en el que me ponía al corriente de un accidente de circulación. No parecía importante, pero el producto de su teclear, más obstinado que atinado, daba fe de que le quedaba aún un tiempo por delante para reponerse, aunque también evidenciaba esa fuerza de ánimo de algunos, capaces de minusvalorar el dolor físico y de despreciar ciertas constancias. Volví a escribirle de inmediato, y al ver que pasaba el tiempo sin respuesta, insistí, a riesgo de descortesía, pero en la creencia de que tal vez las cartas, el mantenerlo informado, podrían contribuir a su recuperación. Me respondió con cordialidad alguien de la casa para decirme que, en efecto, Manuel se recuperaba, pero que aún no estaba en condiciones de trabajar. Por su edad, anduve temiéndome toda esta temporada pasada lo peor, pero también me mantenía la esperanza de que quizá lo remontara; él era obstinado y yo necesitaba a Manuel y a la Fiera.

 

No ha podido ser es lo que viene a decirme la carta de su hijo. Estaría muy orgullosa de serlo, hijo o hija de Manuel, como lo estaría de La Fiera Literaria, un planfleto imprescindible, riguroso y eficaz, elaborado sin prisas, endiabladamente trabajado y documentado, que cumplía con escrúpulo la función propia de ese tipo de publicación, tratando de sembrar consideraciones muy incisivas en el desierto crítico de un país donde siempre medraron los necios, mal comieron los grandes y aun fueron ninguneados o perseguidos por las fuerzas orgánicas de la misma necedad, tan atrabiliaria como palurda e interesada, pero en exclusiva de a lo suyo como único y ridículo interés. Y por morderme la lengua algo lo dejo aquí.

 

Veo en internet docenas de páginas de quienes también dicen lamentar su pérdida. Por traer una sola muestra, Patrulla de salvación dice: “Manuel fue un ejemplo para las integrantes de la Patrulla de Salvación. Lo que Manuel ha conseguido hacer –en muchas épocas en solitario- desde La Fiera Literaria es algo difícil de igualar. Luchar en el mismo bando que Manuel fue un gran honor y un inigualable privilegio para nosotras. Quedamos en deuda, Manuel. Tu ejemplo de honestidad es algo que escasea en el mundo literario actual. Descansa tranquilo, lo mereces. Cogemos el testigo. Y no te preocupes porque vengaremos tu honor. Y cuando venzamos esta guerra y volvamos a poner las cosas en su sitio, cambiaremos el nombre del Paseo de la Castellana, que pasará a llamarse Paseo de Manuel García Viñó. En desagravio. Qué menos, Manuel. ¡Salud, camarada!”.

 

Y en uno de sus libros, “El País: La cultura como negocio” -Txalaparta, 2006. 409 págs. Prólogo de Antonio García-Trevijano, 38 págs.- escribió el propio Manuel: “Pocos diarios se han jactado tanto como El País de su espíritu progresista. Sin embargo, desde sus páginas se ha venido promoviendo sin rubor una industria cultural propia del neoliberalismo más salvaje que convierte el libro en mero producto de consumo. Buscando un mercado cada vez mayor y más homogeneizado, y mediante el uso abusivo del marketing, el aparato empresarial creado alrededor de este diario ha convertido a sus colaboradores en vedettes, ha hecho retroceder la novela a tiempos pregaldosianos y ha sometido a la cultura en el Estado español, y especialmente a la literatura, a un proceso de involución imparable”. Y si eso pensabas, Manuel, en 2006, qué no pensarías al final de 2013, a la vista de cómo la desvergüenza echó raíces profundas y robustas y de cómo a la sombra de las ramas de esa misma desvergüenza siguen cobijándose y multiplicándose las descocadas vedettes y unos pocos listos que, a pesar de que saben escribir, estos sí, y en ocasiones aun francamente bien, son incapaces de decir no al patrón, al amo, al capo, de saber escapar del placentero síncope que les produce el subirse al estrado del glamuroso estar no siendo, permanecer en el mercado como mercadería presentada en los escaparates de tanta y tanta tienda de delicatessen porcina.

 

Alguien juzgará que no es la fecha adecuada para escribir sobre estas cuestiones. Por el contrario, juzgo que es precisamente ocasión para rememorar las muestras de valor y el trabajo íntegro de ciertos hombres, tan rotundamente diferentes al común, que caminan orgullosamente solos, que no renuncian a decir lo que es de ley ni por todo el oro del mundo. Y Manuel sigue entre nosotros hecho todas esas palabras que le pusieron nombre a cuanto le pareció que lo precisaban, a lo que consideraba, censuraba, rechazaba o lo indignaba. Y seguirá diciendo cuanto se le ocurra a través de los que estamos dispuestos a airear una y otra vez sus análisis, sus reflexiones, sus opiniones y sus críticas sobre imbéciles y frente a otros imbéciles, sostenedores de los primeros los segundos, y cuantas veces su voz nos lo demande.

 

Gracias, Manuel. Gracias, Fiera.

 

 

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