Una de Gila (para mis buenos amigos Anselmo y Emeterio).

 

 

Los lectores de este blog se encuentran a menudo enfrentados a textos que proceden de otro, en concreto de Blog y Magog. Y me consta que, al menos a la mayor parte de ellos, no tengo que explicarle por qué hago el traslado de blog a blog: se trata del tipo de lector impagable que no precisa más justificación que la bondad del texto que le ofrezca, y los de Alberto Caffaratto se defienden más que sobradamente. Cierto que ignoro si se le despierta al tiempo algún tipo de curiosidad relacionada con quién pueda ser el autor, si vive o agoniza de la pluma, si su excelencia está reconocida, cuánto, mucho, poco, o de ninguna manera, pero también intuyo que, de llegar la curiosidad, será después de haberlo leído, secundario o accidental. Sea como sea, redacté unas líneas hace meses, tratando de satisfacer la que hubiere con lo que sabía al respecto. Puede leerse precediendo a otro texto, también suyo, El caso Bárcenas, que dejé colgado el pasado 12 febrero:   <http://dissidens.org/el-caso-barcenas/>

Poco más podría añadir, salvo que es escritor capaz de jugar con cualquier género, subgénero o recontragénero –verificado-, si lo que tiene que decir así se lo demanda. En cambio, no puedo imaginármelo diciéndose: _A ver, voy a escribir un esperpento de extensión media, una reflexión política de como un par de esperpentos, una brevísima caffaratada de aquellas que solía escribir in illo témpore, una sátira en media docena de folios DIN A4 –Deutsches Institut für Normung, el papel tiene sus exigencias enmascaradas-, o un microrrelato medianito que pueda ser incluido en una recopilación-listado de criaturas monstruosas y quiméricas extraídas de la vida real, o especie de bestiario puesto al día. De ninguna manera. Y aparte de cuestiones como estas de mucha consideración, Alberto Caffaratto es esencialmente poeta. Tampoco un poeta, y ya está, de ninguna manera. De entre los que en esta nación alientan, escasísimos, sobran dedos de una mano para contarlos, y pese a que, al menos de versos, harto hubo en cualquiera tiempo pasado -serán los recortes, será la crisis, qué será, será-, él es uno de ellos.

Caí en todas estas cuentas, no ayer mismo al leerlo, cuantas veces caí, y aun, lo sé, las que seguiré cayendo, lo que se traduce por un pasarme a diario por su blog por ver si le resultó imprescindible escribir para gozarla yo. Y contaré lo que suele ocurrir con ese blog, centrándome, por ejemplo en Una de Gila. O casi mejor, vayamos antes con la noticia, cuya url dejaba el autor al final de su texto y yo reproduzco tal cual. ¿Cómo leen ustedes ese tipo de noticia? En fin, confesaré la primera… Veo su titular, y si me pilla muy cerca alguna de las posibles ramificaciones o vertientes del asunto, entro al desarrollo, pero muy por encima, digamos con un solo ojo. Después, al darme por enterada, arrugo un poquito el gesto, la nariz, que como es pequeña tiene escasa capacidad olfativa, y me aburro, o me entristezco y aun me cabreo, depende de lo que alcancen mis luces, pero al final, meneo la cabeza con idéntico gesto de escéptica y cultivada desaprobación que hacían los ancestros de Larra, y con ellos me digo: ¡País! Y ya está. Es decir, que ese país que tan a menudo sale de mi boca no tiene demasiada substancia o chicha, no me entero de las cosas como debiera, y esa es otra muy, pero que muy de este país. ¡Ah, pero para algo está el blog de Alberto Caffaratto, tal que ocurrió ayer! Y entonces, además de quedar enterada hasta el tuétano de lo que deba, mi indignación… ¡qué digo indignación, ira, cólera!, alcanza cotas que me sorprenden a mí misma, genéticamente mansa, al tiempo que esta vez, como tantas y tantas otras, no pude dejar de reírme, muy beneficioso, como cualquiera sabe, pero no por los músculos puestos en tensión y demás bondades que señalan los expertos en risas, beneficioso, porque, para empezar, me río de mí misma, tan desinformada y tan bruta hallada, me reí de los ingenieros españoles, ingeniosísimos constructores de navíos españoles sui generis -para atacar Catalunya acaso-, de las vías de AVE que no se hallaron, de los enterramientos olímpicos de carreteras, en la altura de cuya entrada se quedaron cortitos, un pelín… ¡de centímetros! en relación a la altura máxima autorizada a los TIR, de lo honrados menestrales que restauran lo que haya que restaurar, del sistema educativo español, de primaria al doctorado, de los cerebros que tan, tan rebién nos representan y donde sea, me río de mi hijo, que escapó a la carrera de la multiplicidad de bienes, trocándolos por los que le ofrecía Merkel -¡Agggg!- y así poder darle a la Astrofísica, de todos los escritores premiados vez tras vez por habernos ilustrado sobre la retaguardia en la que vivió su parentela, los misterios del sexo prohibido, la cara y la cruz, los goces y los gozos, las penas y las aflicciones del amor homosexual, virtual o no, incluso el hetero-tóxico-dependiente… Lloré de risa, pero al leer, horas después, la noticia rebuscada en el periódico, ya puesta sobre aviso yo o con conocimiento de causa, c’est-à-dire, comme il faut. Y además de una noticia tan grande como un submarino, fue una fiesta de nuevo, y como debían de ser sobre las cinco de la mañana, hoy, a mediodía, al cruzarme en el ascensor con el vecino puerta con puerta, pared con pared, que todos tenemos, no saludó a la dama que soy, sino tal vez a una vecina de puertas abiertas.

No sé si tendré oportunidad de volver a hablar de Alberto Caffaratto, por lo que me gustaría dejarlo descrito al modo en que lo habría hecho por encargo redactor uno de mis alumnos. Tiene un cerebro alemán, y en ocasiones, parecida obstinación, el corazón y los jueguitos, mediterráneos, la agudeza y la finura de un siciliano ilustrado, el sentido de la liberté, égalité, fraternité de un revolucionario, francés o no, y la boca de cualquier personaje de nuestros clásicos españoles del Siglo de Oro. Si algún lector no anda de acuerdo conmigo, deje constancia descriptiva, y muy minuciosa, al respecto.

 

 

Texto y título tomados de “BLOG Y MAGOG“. Alberto Caffaratto Ladoire.

1. Conversación telefónica.

 

–Digaaa…

–Hola, Eme, chavalote, soy Anselmo, ¿cómo te va, tío?

–¡Anselmo, joé, cuánto tiempo, qué alegría oírte, macho!… ¿No me digas que nos ha salido algo? Ya era hora…

–Pues eso mismo, ya ves, que Dios aprieta, pero no ahoga.

–Pues tú dirás…

–Bueno, verás… Lo primero, ¿tú sabes si Alfonso tiene todavía la radial gorda, pero la gorda, eh? Esa de dos palmos de disco, la que nos rob… la que nos trajimos de Suiza, ¿te acuerdas? ¿Cuando nos llamaron para abrir una caja que se le había encasquillado al lechuguino ese del tesorero de no sé qué y que tenía dentro toda la pasta del secretariao del…?

–Pues creo que sí la tiene todavía, que anduve la semana pasada con unos rumanos en un trapiche de una sisas de cobre y había que cortar unas farolas pa’ sacarlo y fuimos a su local a por la radial mediana, y ahí vi que estaba la gorda también y… ¡Cómo no me voy a acordar de lo de Suiza, que anda y que no nos reímos una jartá en el apartamento aquel en Ginebra!, que parecía un transatlántico y que no paraba de decirnos el pijo ese repeinao y más estirao que un caballista jerezano: –Pero sobre todo, por Dios, por sus hijos, por su madre, por lo que más quieran, tengan muchísimo cuidado y no se nos queme nada, a ver si va a saltar una chispa y vamos a tener todos una terrible desgracia… Y sudaba y gemía más el tonto del haba que si la caja la estuviera cortando él mismo. Y la abrimos tan finamente, y medía por dentro aquello más o menos lo que un garaje, y había allí así como medio PNB de un año, hijo de puta sinvergüenza…

–¡Como pa’ no acordarse, Eme! Y oye, cojonudo lo que me dices de la radial… Pues entonces se la pides a Alfonso y le dices que ya se la devolveremos en unos días, y si pregunta pa’ qué, tú di que no sabes, que te la he pedido yo… Y luego te coges la Jumper, te pasas por el Leroy y compras cien discos de los cojonudos, de los BASF, pero de los alemanes originales, tú sabes, a ver si te van a tangar, discos para metal, de los extragruesos, para desbastar rebabas como melones, y luego cogemos aquí en casa también la lanza térmica y todo lo demás, hasta el equipo de protección, que ya sé que no vale na’ más que pa’ estorbo, pero es que esta vez nos vamos a currar a un sitio fino y a trabajar en público, y ahí sí que se la cogen con dos papeles con las mariconadas esas de la seguridad, los guantes, las gafas, los cascos, los arneses y toa la polla esa.

–¡¿Cien discos, Anselmo?! ¡La Virgen! ¿Pero qué hay que cortar? ¿El Pirulí por la base?

–Pues más o menos…

–Pues entonces, como comprenderás, una cosa es que tenga que poner la Jumper porque me la pides tú, que eres un colega legal, y otra que vaya yo a pagar cien discos para la radial. ¡Tú estás zumbao! ¿Tú sabes lo que valen cien discos de esos…?

–Emeterio, no seas cazurro, si esto es la oportunidad de nuestra vida, la de hacernos un porvenir en la legalidad, pero es que no te lo puedo contar por teléfono…

–Qué oportunidad ni qué leche, menudo morro tienes… A mí no me vengas con gilipolleces, y si no se puede hablar por teléfono, habrá que hablarlo igual en otro sitio, digo yo. Me voy pa’ tu casa, nos tomamos unas cervezas y me cuentas, ¿vale?

–Vale. Venga, pues te espero. Y arrea, que urge.

 

2. Casa de Anselmo.

 

–A las güenas… ¿Se puedeee…?

–A la paz de Dios. Pasa, Emeterio, tío, pasa, me alegro de verte…

–Déjate de prosopopeyas, Anselmo, a ver, desembucha, que me tienes intrigao.

–Pues pa’ hacerlo corto, que la Marina nos ha encargao un trabajillo en Cartagena. Como te lo cuento.

–¡Joder, un trabajillo… de cien discos pa’ la radial! ¿Y quién es esa Marina? ¿Tu hermana? ¿Qué tiene tu hermana en Cartagena? ¿Una finca de cuarenta hectáreas con veinte postes de alta tensión que le están dando por saco y nos llama para que los quitemos, como si fueran los bardales que asoman de una tapia?

–¡Que no, coño, Emeterio, que no me has entendido… la Marina, la Marina de guerra, el almirantazgo, los milicos, tío. La fuerza, el estado en acción, los ángeles de Charli, el brazo humanitario, el brazo armado, misiles, portaaviones, destructores, submarinos, la defensa sagrada de la Patria, la iniciativa de proyección estratégica, la guerra de las galaxias, qué se yo… la Marina nos llama a los astilleros de Cartagena, a ti y a mí, Eme, tío, ¡a nosotros dos, ná menos! Y los cien discos no darán ni para el primer día de currelo, que nunca piensas a lo grande grande, so antiguo. Nos tenemos que ir… ¡a cortar un submarino, te enteres! Eso es lo que no te podía decir por teléfono, animal. ¡Nos ha tocao la lotería, eso es lo que ha pasao! ¿Hace o no hace?

Emeterio pega dos manotazos en la mesita y suelta una carcajada que se les cierra la ventana de golpe.

–¡Amos anda, Anselmo, a cortar un submarino! ¿Al bies, a lo ancho o en finas tiras como un pimiento? ¿Pero tú que te has fumao hoy? Si querías tomarte unas cañas conmigo, haberlo dicho… Eme, macho, vente pa’ casa, nos tomamos unas cañas, nos fumamos unos porretes y nos echamos unas risas.

–¡Cojones, Eme, que va en serio, que ya sabes que yo no bromeo con las cosas del curro! Reírnos y bebernos, todo lo que se pueda, y echarnos los polvos que nos mande Dios, pues toda la vida, pero las cosas del curro son sagrás, ya lo sabes hace mucho. No me toques los huevos.

–O sea, que me dices que tenemos un curro, una cosita cualquiera, cortar un submarino, por ejemplo, ¡pues lo normal!… por encargo de la Marina de Guerra. ¿A quién no se lo han pedido alguna vez? Vamos, tío… Y yo me pillo la Jumper, la lleno de gasofa hasta la bola, trinco la radial gorda, me merco los cien discos, agarro la lanza térmica, te recojo y nos vamos pa’ Cartagena en la jaca.

Y ahora llego a casa y se lo cuento a Belén. Oye mira, Belén, chata, que me ha salido una chapuza, tengo que irme con Anselmo a Cartagena en misión secreta a cortar un submarino. No sé si tardaremos un mes o dos años, eso no nos lo han dicho. Ya te iré mandando lo que pueda de parné, dale un beso a los niños de mi parte. Y Belén ni me llamará gilipollas, ni me dará un bofetón, ni me dirá que haga el favor de quedarme con mi puta madre ni que me vaya a tomar por el culo. ¡Qué va, tío! Seguro que me da un beso en la mejilla y me dice… llama sin falta todos los días, precioso, ¿me lo prometes?

… Y oye, Anselmo, además otra cosa. ¿Por qué no lo cortan ellos? Será que allí no hay mecánicos… Y otra más, ¿pa’ qué cojones quiere nadie cortar un submarino? Eso no es una varilla, creo. Y la última cosa… Si esto va en serio, me voy contigo a Cartagena y al Bután, y en burro, si hace falta, que pa’ eso estamos y que no se diga… pero los discos los compramos a medias, faltaría otra, que no falla una vez que no intentes tangarme, so chorizo.

–¡Joder, lo que pías, encima que te he buscao el curro de tu vida! Estás cada día más gruñón… Pues, ¡ea!, los discos y todo lo demás a pachas, como toda la puta vida y como debe ser, como los colegas que somos, pero es que estoy sin un céntimo, eso es lo que pasa. Así que a ver si se nos ocurre algo para conseguir los discos…

–Hombre, pues haber empezao por ahí… Podría hablar con los rumanos del cobre y con otros coleguis del barrio que tampoco son mancos, algo se podrá hacer, digo yo, para arrimarse gratis unos cuantos discos, me deben más de dos y más de tres favores todos esos desgraciaos…

–Pues eso, así se habla… ¡Hala, avivando! Que te habías quedao como alobao, pero ya veo que vuelves en sí. ¡Este es mi Eme! Ganas me entran de besarte la coronilla, so cerdo…

–Es que así, de sopetón, joé, tío, ¡irse a cortar un submarino como el que le acorta las patas a una barbacoa! ¡La madre que nos parió! Porque no se lo podemos contar a nadie… pero no me dirás tú que no dan ganas de ir a soltarlo en el bar. ¡El despelote!

–Bueno, tío, ahora en serio, vamos con los detalles del encargo. Tú ya sabes que tengo mis contactos, y que en esto de los trabajos de metalistería fina, pero discreta, por llamarlo de alguna manera, somos los reyes. Las cosas como son. Y eso, además de la policía, lo sabe quien tiene que saberlo. Y por eso nos llaman. Y de eso comemos.

–Eso es la pura verdad. Tienes toda la razón. El Anselmo, el Emeterio y sus muchachos. Las cosas más que discretas que no llevaremos hechas, tío…

–Pues bien. El tema es el siguiente, pa’ que luego no digas que no te vas informao. Los astilleros de Cartagena tienen el encargo de construir una nueva clase de submarinos para la Marina de Guerra. Una cosa así como dos estadios de fútbol de largo y como un túnel de metro de gordo cada juguete. Vamos que, puesta en millones, ni tú, ni yo ni nadie sabemos ni escribir la cifra que van a costarnos a todos.

Y resulta que ya tienen medio acabao el primer submarino. ¿Y qué es lo que ha pasao con él? Pues lo de siempre. Lo mismo que pasó con la vía del AVE a Sevilla en el 91, que los que venían de Sevilla y los que venían de Madrid no se encontraron… había cien metros entre vía y vía en el punto donde tenían que juntarse. Un triunfo de la ingeniería. No veas las caritas que se les pusieron a los señores ingenieros de caminos, y al señor menistro. Jolines y caramba, que decían todos, con la mayor cordialidad. Y lo mismo que pasó cuando enterraron la circunvalación de Barcelona, ese mismo año, por la zona del puerto y resultó que faltaban unos centímetros para cumplir con la altura máxima autorizada de los camiones TIR, que era para lo que la hacían, para desaparecerlos en la olimpíada. Y hubo que levantar toda la cubierta de no sé cuántos kilómetros, en zona urbana, para volverla a poner más alta. Otros pocos durillos que nos costó la cosa… Y no paraban de decir los desdichados catalufos, los mandocantanos del lugar, pe… pe… però què és això, cullons?, con los ojos desorbitaos y echándose las manos a la cabeza.

Y ahora, pues otra vez lo mismo, tío, esta vez tocó el submarino nacional, pero el de Berlanga. Peral se lo inventó el primero y estos ciruelos, esto. Lo mismo de lo mismo, vamos. Marca España. Que resulta que se han sentao los capataces y los entendidos a sumar lo que pesará el chisme, pero después, y no antes de haber soldado todo el casco, que solo son cuatro chapas…, y les ha salido que está gordo. Gordo, no, muy gordo. Vamos que el cacharro pesa mucho más de lo que tendría que pesar. Y, en fin, ya te lo figuras… Como el submarino de Gila:

–¿Me oye, mi capitán?, al habla el sargento Ibiricu, que ya hemos echado el submarino al agua, pero no flota–.

–¿Cómo que no flota, sargento?–.

–Bueno, la verdad es que no sabemos si flota, pero lo que es seguro es que no sube, y este ya tendría que haber subido. Habíamos quedao con ellos en que subían para la una y media, p’al aperitivo con unas gambas en la cantina, para celebrarlo, que eso no se perdona, pero no suben… y ya son las ocho. Pa’ mí que se va a liar… y pa’ qué decirle más. ¿Qué hacemos ahora, mi capitán?–.

–Pues vaya gaita, a estas horas, habrá que llamar al coronel, ¡con la mala hostia que tiene! Que no nos pase ná a ninguno… ¿Y los de dentro qué dicen?–.

–Sacarnos de aquiiiií… Pero se oye muy bajito y con muchos gorgoteos en la línea, y cada vez más débil…–.

–Pues con lo que me cuenta, Ramírez, además del coronel me parece que voy a tener que llamar también al señor arzobispo… ¡Qué oficio este de enlace de estado mayor, vaya puto asco! Manténgame informado y no se mueva del borde del malecón ni un segundo y a la noche alumbre el agua por donde lo han echao con una linterna. ¡Es una orden! Y si ve que sale pa’ arriba mucho aceite y chatarra y otras cosas revueltas, vuelva a llamarme sin falta. Corto–.

–…¡La hostia, Anselmo! Así que, si m’he enterao bien, el casco del submarino ya está soldao y ahora hay que cortarlo, ¿pero pa’ qué, por Dios?

–Bueno, pues parece que se han marcado un brainstorming, vamos, que se han sentado a parir y a pensar a ver qué hacen ahora con el engendro, los ingenieros, los almirantes, el ministro, los de hacienda, los de industria, no sé si también el agregado militar del Vaticano, un consejero de la Real Marina Suiza, más una consultora extranjera de ingeniería (o sea, estos últimos, los que tendrían que haber ideado el submarino desde el principio, pagándoles algo más, si no había más remedio, pero en el entendimiento de que flotara, subiera y bajara como si fuera un submarino y no como una losa de cemento) y además de llamarse de todo entre ellos, menos bonitos, me figuro, han llegado a la conclusión de que hay que aligerarlo de peso, antes que pasarlo directamente a chatarra de gama alta, que para eso siempre habrá tiempo.

Un lifting, vamos, quieren un restyling. Quitarle las lorzas. En castellano, un apaño. ¿Y cómo? Pues han concluido que se le sierra el casco como si fuera un canuto, se le echa una pieza pa’ que sea más largo, por no sé qué características de flotabilidad, del momento de torsión, de… la polla en patín y se vuelve a soldar como el que le añade un parche a una aleta de un coche con una buena hostia, se le quita de dentro todo lo que se pueda, como vaciando un trastero hasta dejarlo en su peso ideal, y si todo sale bien, llaman al Príncipe y lo botan en la bahía de Cartagena, cruzando los dedos hasta hacerse sangre, en particular la tripulación, que eso sí que tendrá que ser pa’ verlo, si le llega el día.

–No esta mal explicao, Anselmo, y rectificar será de sabios, pero si eso funciona, tal y como me lo cuentas, yo me la corto.

–Pues yo también, Emeterio. Pero ese no es nuestro problema. Nuestro problema es el condumio.

–Ya, pues cojonudo el curro que me estás vendiendo. Que lo arreglemos para que luego nos la tengamos que cortar. Razón de más para ni acercarse por allí. Además, lo que no entiendo muy bien es que pintamos ahí estos mendas, por mucho que sepamos de metalistería. ¿Es que no lo pueden serrar ellos? Anda, que no será por equipos y por técnicos…

–¡Pues claro que pueden, pero ya no se atreven! Después de la cagada no queda ni un solo ingeniero, ni un solo oficial, ni un aprendiz de tercera de mecánico que se atreva a acercarse a un plano o a una llave inglesa sin un escrito notarial firmado y exculpándoles a ellos y a sus herederos hasta la cuarta generación de toda responsabilidad con lo que pase.

Y ya han caído el presidente del astillero, el ingeniero en jefe, todos los responsables del programa y caerán los almirantes, el ministro, el capellán castrense y la señora de la limpieza. Al tiempo. Ahora mismo allí se debe respirar un aire como en un gulag del año cuarenta y siete, antes de una visita de inspección del Padrecito Stalin. Así que para allá que nos vamos nosotros, pa’ Cartagena, a salvar a la Patria, Eme, tío, ¡toma ya la iniciativa privada!, los servicios externalizados… ¡Ay que me parto! Las oportunidades de los tiempos de crisis. ¡Vamos a emprender, tío, a emprender con la radial del Alfonso, con la Jumper del Emeterio, con la lanza térmica de servidor y con dos cojones y un palito! Y a sacarle las castañas del fuego al erario. ¡El Anselmo y el Emeterio, aspirantes a la orden del Mérito Civil y también a un marquesado, si les apañamos bien la chapuza y aquello flota y sube y baja siquiera un par de semanas! Eso es lo que somos ahora mismo tío, futuros aristócratas, los señores Condes de la Lanza Térmica y de la Radial… como la Condesa de Fenosa, pero con grandeza de España. ¡Se han pillao estos capullos los cojones en dos mil millones, ná más! Y otros mil millones más pa’ arreglarlo, más los que te rondaré morena, pero mucho tendrá que torcerse la cosa pa’ que no saquemos tú y yo siquiera cincuenta mil euros cada uno, como pa’ comer un par de años a costa de todos estos manazas. ¿Te lo imaginas, tío? ¡Comer dos años por adelantao!… ¿Cuándo te has visto tú en otra?

–Ya, bueno, tú dirás lo que quieras, Anselmo, pero yo creo que ya estás mayor para creer en los Reyes, porque yo te digo a ti que con estos tiburones de la mar océana, como no les cobremos cada metro de corte por adelantao y a tocateja, ni tres años, ni tres días, ni tres veces vamos a comer nosotros ni nadie. ¡Pues menudos son estos pájaros y estos peces…! Anda, por favor te lo pido, antes de poner ni un puto duro de nuestros cochinos bolsillos, ya estás llamando al ministro, al almirante, a tu contacto o a su puta madre, para que aforen el adelanto, pa’ comprar los discos y los electrodos, pa’ cambiarle las cubiertas a la Jumper, pa’ pagarnos el viaje, pa’ poder comer y echarnos una canita al aire por el camino y para dejarle siquiera quinientos euros a la Belén, a tu Josefina y a los niños…

Y cuando hayas tocao pelo, ya me llamas, pillamos lo que haya que pillar, lavamos, planchamos y almidonamos los monos, si hace falta y lo exige el contrato, y p’allá que nos vamos silbando… ¡a cortar el submarino en los cachos que nos digan! ¡Susórdenes, mi contraalmirante! ¡Le manda cojones, vaya país que nos ha tocao en el sorteo!

Y se volvió para su casa, en el fondo ilusionado y a esperar el telefonazo, el bueno del Emeterio.

http://politica.elpais.com/politica/2013/10/13/actualidad/1381689359_105016.html

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com.es/

 

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