Mintámonos con desparpajo.

 

Para un amigo muy especial.

El titular está inspirado, completamente aposta, en el de una columna de Millás, ‘Miéntannos” -El País, 27 de Septiembre-, pero también en el cuerpo del artículo, tan atinado como casi todos los del valenciano, y aunque en rigor no está centrado en el nuevo Papa, sin embargo, lo saluda a su manera: “Desconfiad de quienes en el bar, en la oficina o en la sobremesa doméstica no se atrevan a repetir los lugares comunes puestos en circulación desde el domingo por la noche. Quizá sean terroristas en potencia, o pederastas, lo mismo que quienes no aprecien, en las palabras del nuevo papa, un “aire fresco”, dicho así, con esta expresión, procedente de los anuncios de perfumes. Si Francisco finge que se pone colonia, nuestra obligación es fingir que la olemos”. Y es que tiene razón Juan Goytisolo en otra columna tan juguetona como llena de intención: “dan ganas de llamarle Paco”.

Francisco llegó por los pelos, de ninguna manera, demasiado sólida y prudente la iglesia para dejarse llevar o ir por una situación extrema, pero desde luego cuando casi entraba en barrena, tanto en cuanto a imagen como en lo que concierne, en consecuencia, a poder seguir manteniendo la fidelidad de la actual clientela y aun hacerse con más. Corren tiempos de pobreza y por esa agüita se desliza como pez: hay que correr a aprovecharla. Ocurrió sin que apenas lo notara la propia institución, poquito a poco, tal como a los gánsteres suele pillarlos la justicia más por un desfalquito de nada al fisco que por sus brutales crímenes, aquella, empujada más por el escándalo de la pederastia, siempre ocultado con exquisitez, a no ser unas palabras de consuelo urbi et orbi de cuando en cuando -tal vez, inyectada una pequeña fortuna, si las víctimas amenazaron con acudir a los tribunales-, que por el resto de crímenes y escándalos financieros. Lástima. Pero la iglesia no es la tienda de muebles de la esquina, así que se imponía ponerse al día y encargar con rapidez un estudio mercadotécnico… perdón, de marketing, al precio que fuera y a los mejores; había que salvar el Vaticano a cualquier precio. Fue entonces cuando el Espíritu Santo, todo amor, nos lo envió, a Francisco. Él es jesuita, el primer Papa jesuita, él es latinoamericano, el primer Papa del continente americano -recuerden la música pegadiza de la Teología de la liberación-, él es castellanohablante, el primero desde Alejandro VI, él es el primer Papa no europeo desde Gregorio III, pero además, él ha dado muestras de gran talento: nada más desembarcar -¿o haberse embarcado?- quiso llamarse Francisco como el de Asís, quien también llegó en tiempos cruciales o de crisis y no solo para la iglesia, que vos sabés qué tangos evoca el de Asís y cómo ciertos poemas enamoran a la chiquillada púber, por el ritmo marcado más que por la bondad poética, de la que suelen carecer. Habla latín, italiano, alemán, francés, inglés, y dicen, que hasta portugués. Don de lenguas.

La iglesia no me interesa desde hace una vida. Como mucho, de cuando en cuando, le echo un vistazo, la vigilo y, en ocasión extrema, aun sin dormir la vigilo, celosamente vigilando ‘su’ boca, ¡con qué cuido!, para que no se vicie y se desmande, aunque en rigor no me muera ya ni de casta ni de sencilla, como la niña del poema de Hernández. Y sin embargo, embobada en asuntos serios, descuidé la atención que requería la llegada del nuevo ungido; menos mal que cierto texto me hizo dar un respingo con frenazo. «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre, que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti, te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Con cositas como la que acabo de silabear entretenían las clases de religión franquista de mi infancia, por lo que era bueno que mi padre sonriera entre despectivo y burlón cuando se las contaba, pero sin andar exenta su sonrisa de la brizna de ternura que le despertaban los menores de toda índole, aunque aquellos menores fueran tan despreciables como los uniformes a los que servían, como la exigencia de una fe de bautismo o la cartilla de racionamiento que se otorgaba a los justos, cartilla que por la razón que fuere no llegué a conocer. Pero en mi casa siempre se velaba por las buenas maneras y se tenía consideración por la tierna amenaza del Señor, ¡ay de quien escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí!, por lo que, en tiempos de Cuaresma, se enviaba a la iglesia el oportuno óbolo que nos dispensara de los viernes de garbanzos y bacalao. Es decir, la ternura paterna tal vez más se dirigía a nosotros mismos por contrarrestar la iniciación en lo más despreciable del entorno, como el caudillo bajo palio, aquella payasada sacra que nos enseñaba a despreciar mirándola sin ver si se cruzaba la imagen en el cine o en la prensa, en fin, como todo aquel brutal conjunto de disparates y el chorreo incesante de ignorancias posbélicas y fiestas compartidas entre la milicia y la clerigalla. Combatía aquel todo con comentarios jocosos y beatíficos, y al tiempo, largas conversaciones y diálogos con nosotros, los niños, curiosos y preguntones como todos en todo tiempo, con libros puestos a nuestro alcance, más su propia manera de ser y de vivir. Adulta, caí en la cuenta de que intuyó que el suyo tenía que ser un proyecto educativo de largo alcance a plazo largo, preferible en sus frutos a las descalificaciones directas, cargadas de resentimiento o de odio, que debían de ser lo más frecuente en muchos de los hogares de entonces. Hace unos días, releyendo el sorprendente, en todo sentido, “El invernadero”, de Wolfgang Koeppen, me detuve en una línea sobre el protagonista: «Keetenheuve no era arrogante, era anticonvencional, y eso le parecía a Mergentheim la forma más perfecta de arrogancia». Ser anticonvencional era el rasgo más acusado de la manera de ser de mi padre, y aun hube de reconocer que, con un alto porcentaje en la probabilidad de acierto, debió de ser en general un tipo muy en la onda del tal Keetenheuve.

Lástima que cuando, con dieciséis años recién cumplidos, me trasladé a vivir a un colegio mayor para cursar estudios universitarios, no previera, en su haberme otorgado toda la libertad de horarios, salidas y compañías, la seducción que iban a ejercer en mi incauta adolescencia los jóvenes curas modernos guitarra en ristre y convicciones, cruce de marxismo y una especie de concepción de la bondad elaborada a la pata la llana o a la buena de Dios, eternos camaradas de inocentes correrías universitarias, porque aquellas inocencias me salieron por cuatro o cinco años de despiste imperdonable, durante los cuales llegue a creer que la iglesia tenía algo que ver conmigo, creencia que, de haberle llegado, también es cierto, habría vuelto a despertarle otra sonrisa igualmente burlona; estaba tan de vuelta de las cosas como era culto, y sabía que de los juegos, aun de los más bobos, si la raíz anduvo bien regada y creció robusta, siempre se aprende.

Aunque hace un tiempo también me llegó el chispazo de otro recuerdo misericordioso: once o doce años, bachillerato. Mi madre, tal vez advertida por alguien -sin duda, de mayor experiencia y aun mejor conocer qué se cocía en los prójimos de la dictadura- de que contar en la familia con un hermano asesinado por hijos de falangistas, compañeros de bachillerato tan quinceañeros como él, podría causarle mala impresión a la iglesia, se dejaba caer por misa de vez en cuando, y mi padre, que jamás iba, invariablemente nos animaba como a pasear: -Niños, ¿no acompañáis a mamá a la iglesia?-. Valía el sí tanto como el no. Por aquella misma época, también mis compañeros de clase tiraban de mí para que los acompañara a la parroquia a atender menesterosos, expresión eclesial de entonces, y yo me dejé ir y participé del ágape. Hasta que un día la mano férrea del párroco detuvo la mía que extendía la botella de leche a una anciana: -¡A esa no, quieta, chica, esa no viene a misa!- Qué susto, padre, casi tanto como mi primera visión de un exhibicionista, unos exhiben su pene humillado ante los niños, y otros, sus más arraigados convencimientos de su poder con los más débiles. Es natural, decían mis compañeros, pero a mí no me lo pareció, así que me fui, pero me fui sabiendo más. Por eso, el haberme tropezado hace como un par de semanas con España 2000 y su parafernalia fascista desplegada a las puertas de un súper de Roig, pidiendo y recibiendo el óbolo de los beatos de toda iglesia para con los menesterosos, bien sabedores de que, como en Grecia Aurora Dorada*, su caridad es tan limitada como la de aquel cura, me hizo el daño justito el espectáculo, ni un miligramo más. Tampoco me lo hizo cuando, con veintipocos años, tuve que despedirme de un colegio de monjas a punto de finalizar el curso que, en principio, venía deslizándose mansamente. La madre y hermanas me querían tanto, tanto, ensalzaban a tal punto las clases que allí daba, que lloraron con desconsuelo mi partida, cuando tuve que marcharme por haber encomendado la oración a la delegada de curso. Debía ser yo y solo yo quien diera ejemplo de oración, jamás delegando. -Si rezas, te quedas… ¿Y por qué no vas a rezar si eres buena y das unas clases excelentes, hija?-. -¿Por coherencia?-. -¿Cómo dices? No te entiendo… ¡Qué manera de complicarte la vida con cosas que tampoco entiendes tú! Vete, ve en paz-. Me fui sin una queja, la histeria me es ajena, solo lamentando que mi padre hubiera recién fallecido, por lo que me había quedado en herencia el cargo de paterfamilias. Y hubo el resquemor de no haberle confiado a la superiora que las cartas de amor más o menos platónico que cruzaban las hermanas con las niñas más dotadas quizá no ayudaran a formarlas en la fe en Dios y en los pensamientos puros.

La iglesia, su Papa, USA, su Presidente, ejemplos de entre tantos que podrían ponerse. Cuando llegó Barack Obama a la presidencia, muchos lo juzgaron por sus palabras, porque era negro, por el hecho de que, quizá, quizá, podría ser hasta musulmán, ¡cómo se deja llevar la gente por las habladurías! Así que, aun debieron de creer que el imperio iba a ser otro, y desde luego, al menos, ¡bye, bye, Guantánamo!, fuera esa pesadilla! A mí, me dieron risa entonces los que soñaban con Obama y me la dan ahora quienes se ablandan con Francisco, algo rudo para jesuita, echo de menos la parte sibilina del porte. En realidad, debo de haber sido una niña abuela, porque a lo largo de la vida me dieron risa las más de las cuestiones que los demás trataban con absoluta seriedad, por ejemplo, hipotecarse solo por saberse propietario de un piso, renunciando para ello a vivir como lo entiendo, libre de cargas y ligera de equipaje.

La iglesia es una institución infernal que hizo cuanto daño puede hacerse allí donde se instaló a sus anchas, y no solo, en ocasiones, sin haberse llegado a instalar, como en ciertos países tercermundistas donde estuvo sin excepción con el poder, dándole igual con qué clase de poder, incluido el criminal, el genocida. La iglesia jamás fue amparo de desposeídos o despojados de lo que pueda o quiera imaginarse uno, de los perseguidos, de los confundidos. La iglesia, junto con cuantos hace buenas migas, también es responsable del secular atraso español. Cuantos movimientos científicos, culturales, filosóficos y artísticos quisieron entrar en este país, o se limitaron a asomarse con timidez, y aun así, fueron abortados, aplastados, o entraron tan disfrazados de otro, que se les reconoció tarde, mal y con enorme dificultad. El Renacimiento español -aquel renacer humanista, pagano por origen, naturaleza y esencia-, de pagano y de renacer tuvo lo justo, o mejor, lo escaso o casi invisible, y fue debate intenso si hubo o no hubo Renacimiento en España -ignoro en qué va el gran debate, tampoco me resulta de interés porque no cambia las cosas, y las cosas fueron como fueron y todos sabemos, las hemos heredado, son nuestras cosas-. Disfrazado de los mismos motivos renacentistas que en el resto de países, fueron algo más que motivos los motivos, fue, más que nada, tan esencialmente nuestro y tan fijo y tan obsesionado con nuestras ancestrales obsesiones morales, de conducta, de actitud y de idénticos infiernos que los de la iglesia, que salvo Garcilaso y poco más, de pagano tuvo absolutamente nada; de renacer, pues, lo que debiéramos haber renacido. Y al nacionalizarse, al hacerse por completo nuestro, o por completo ensimismarse, fue Barroco español, Contrarreforma, Quevedo, Góngora, Lope y tantos y tan excelsos, pero no al margen de la iglesia o de la religión, esa atrocidad tan de nuestra aldea.

Alguien a quien respeto y quiero me recordó un día lo de al enemigo, ni agua. Lo consideré cruel, pero fue por limitado mi entender sobre enemistades, consideré literalmente enemigo a un ser humano y me dije que sería incapaz de negarle agua a alguien por enemigo que fuera. La iglesia no es un individuo, es una institución, y una institución perversa a la que convendría pedir explicaciones, si no generoso resarcimiento por tanta culpa de lo que hay de peor en este país y de cuanto carecemos por haberse pasado todo por el forro de sus caridades, y por las algaradas y por los militares, con los que, por más que algunos con mucha academia jugaran a anticlericalistas, le fue la mar de bien. El resultado es un país así de cultivado como se muestra el nuestro siglo tras siglo. Y después de las explicaciones y el resarcimiento, convendría exigirle propósito de enmienda. Seríamos tan generosos como para otorgarle el perdón, si retiraran de nuestro territorio sus nutridas, codiciosas y poderosas huestes, ruines, hipócritas y antihigiénicas.

Respecto a los prójimos que siguen sus dictados como Dios les da a entender, pues qué le voy a hacer, es el producto inevitable de la ancestral catástrofe evangelizadora en la ignorancia, no puedo ni debo negarles el agua, porque además semejan hermanos menores algo disminuidos; en otro caso, no estarían ahí, siguiendo sus indicaciones, su moral, sus dogmas, y aun compartiendo sus crueldades para con cuantos viven y piensan de muy otra manera. Reservo mis simpatías para quienes se montan por libre, o de libre oyentes sin derecho a examen, la tragedia de la existencia, la asumen como pueden, o se ayudan incluso de pintorescas transmigraciones, espíritus, energías, de lo que apetezcan echar mano, pero que dejan en paz, no predican, no persiguen, no tratan de atraer a nadie a sus creencias personales. Aunque reservo mi admiración, mi respeto y mi ternura para aquellos en los que me reconozco tan bien como por los libros que hay en sus casas, los que viven la tragedia existencial con la entereza y la dignidad posibles, como hombres, a pelo, sin la ayuda de los brujos de la tribu que danzan para ellos, con ellos, que los obligan a danzar conforme a costumbres tribales antiquísimas. Como dijo Thomas Paine, si bien recuerdo: “Mi mente es mi iglesia. Todas las instituciones eclesiásticas nacionales, ya sean judías, cristianas o turcas, me parecen nada menos que invenciones humanas creadas para horrorizar y esclavizar a la humanidad, y monopolizar el poder y el lucro.”

Por todo esto, y por mucho más, prefiero a la iglesia con la cara lavada, no disfrazada de Francisco de Asís. La de Rouco Varela le corresponde con rotunda justicia, o la de tantos y tantos representantes políticos como ovieron y hay. Porque Francisco fue electo para ejercer de cordero. Francisco es el rostro de una iglesia en estado de aparente transformación, en plena operación de marketing, volcada en nuevas cacerías. El objetivo es mantener los mercados y aun hacerse con otros. Los ríos andan revueltos y los pescadores deben seguir pescando. La piedra seguirá sin moverse. Si cambiara, dejaría de ser lo que es. Y de hecho, en el escaso tiempo que lleva ejerciendo, el Papa Francisco es un continuo sí, pero no. Es la iglesia la que lo mantiene en su justo equilibrio.

¿Qué vende la iglesia? Humo. La existencia de un más allá, de un Dios omnitodo u onmiomni que premia y que castiga, la resurrección de la carne y tanto y tanto más de la humana tontería de tiempos pretéritos. Aun no habiendo sido perversa por cuanto sabemos, que lo es a extremos de no poder ni querer enumerar -andamos sobrados de fuentes que informan largo y tendido sobre su historia, los acontecimientos y sucesos en que intervino, la naturaleza de sus incontables empresas y negocios distribuidos a lo largo y ancho del planeta-, lo sería por engañar al prójimo más ingenuo o desvalido, porque no es de recibo a estas alturas de los casquetes polares derritiéndosenos el antañón y siempre justificado consuelo del humanal engaño. Se muestra inmundo.

“Francisco viene a humanizar la iglesia”. “Francisco es el rostro amable de una nueva y necesaria iglesia”. ‘”Francisco es buena gente”. Y aunque lo fuera -pero si lo fuera, es decir, adviniera tan ingenuo, desnudo y despistado el jesuita bonaerense de ascendencia piamontesa, estaría con los angelitos desde hace meses-, no deja de ser la piedra de un empresa criminal que sigue enfrentándose con todas sus fuerzas a la libertad, a la educación, a la dignidad de las personas, a la cultura grande, a la salud, al progreso, si es que lo hay, y a tanto más que, en principio, es bueno para el hombre. Y es natural que la iglesia, su Papa, esté en contra de todos estos bienes, en otro caso, quedaría con el culo al aire y todos seríamos sabedores de qué vende. Humo. Un humo que le reporta fortunas, tesoros, poder y cuanto, precisamente, ambiciona su Maligno.

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