Catalunya, las Españas y el semáforo en rojo.

 

 

Texto y título de José Manuel Rambla (Cartelera Turia. 27 de septiembre / 3 de octubre)

El mayor enemigo de España no es la Pérfida Albión. Ni el libertinaje francés ni la traicionera Morería. Su mayor enemigo tampoco se halla en la melancolía lusitana ni, por descontado, en los montañosos valles andorranos. No. El mayor enemigo de España, es bien sabido, se encuentra entre sus más fervientes defensores. No es nada nuevo. De hecho, este es un país sumido desde siempre en una crisis de identidad, en perpetua aspiración a llegar a ser. Más aun, es el único país del mundo que, sin llegar a serlo en plenitud, ha sido capaz de construirse un negativo de sí mismo, un otro lado del espejo sobre el que proyectar todos los fantasmas que supuestamente lo amenazan: la anti-España.

Cuando el periodista Jay Allen preguntó a Franco si esteba dispuesto a fusilar a la mitad de los españoles para salvar a España, el general -que afrontaba sus primeros días de guerra- se limitó a subrayar con una sonrisa su voluntad de conseguirlo “cueste lo que cueste”. Esa maliciosa sinceridad del carnicero resultaría incomprensible sin esa tranquilidad espiritual que generaba la creencia en la anti-España, ese ente maléfico sin otra misión que cuestionar las esencias de la patria. Cuarenta años de nacionalcatolicismo se encargarían después de consolidar buena parte del imaginario español sobre la base de aquella exclusión selectiva de las gentes que habitaron las tierras españolas: rojos, separatistas, gitanos, judeo-masónicos, liberales, afrancesados, moriscos, sefardíes, musulmanes…

Es así como este país no ha construido su memoria sobre clamores colectivos, sino a partir de mayorías silenciadas o, en el mejor de los casos, silenciosas. Y así parece que sus defensores se empeñan en seguir actuando hoy a la vista de las reacciones frente a la llamada cuestión catalana y el referéndum secesionista. Un órdago político para esta eterna España desvertebrada, al que la caverna le gustaría responder con una nueva mayoría silenciada (constitucionalmente, por supuesto), un toque a rebato que, en cualquier caso, al menos de momento, Mariano Rajoy tampoco está dispuesto a escuchar.

Por su parte, la burguesía catalana comenzó a desinteresarse por España desde que una lejana Guerra en Ultramar los dejó sin los mercados antillanos y filipinos para sus tejidos. Luego, Jordi Pujol aprendería a lidiar las sombras del caso Banca Catalana, enfundándose la barretina reivindicativa, una habilidad heredada por Artur Mas en su complicado funambulismo para sortear el desgaste de la crisis. La torpeza españolista se lo pondría fácil con su mirar con desprecio una realidad cultural diferente que no pretende comprender y no siempre está dispuesta a tolerar desde que en 1640, en 1714 o en 1939, Barcelona se convirtiera en “la más europea de nuestras villas pasadas a cuchillo”, como evocara Luis Martín-Santos en su relato de aquel otro Tiempo de silencio. Como mucho, estuvo dispuesta a admitir un modelo económico concebido como un café para todos, que el tiempo confirmó como un relaxing cup of café con leche aguado y descafeínado para las aspiraciones de no pocos vascos y catalanes.

Con todo, el gran terremoto que se esconde dentro de las movilizaciones independentistas no afecta a los equilibrios tectónicos territoriales. Al fin y al cabo, pocas cosas resultan tan mundanas y mudables en este mundo como las fronteras. En realidad, su verdadero desafío está en plantearnos la posibilidad de construir colectivamente un paisaje diferente.

Sin esas nuevas Españas, este país terminará tarde o temprano por perder el interés hasta de los españoles, más allá de la pasión pasajera por algún partido de fútbol. Por desgracia, en este mundo en retirada que nos ha dejado en herencia Lehman Brothers, tomar las riendas de nuestras vidas colectivas no resulta tarea fácil. Ellos nos prefieren sumisos, callados, temerosos de que algún desliz o una mala palabra obligue a la autoridad competente a transformar en silenciada nuestra atávica vocación de mayoría silenciosa. Siempre obedientes y parados ante ese semáforo perpetuamente en rojo que nos ha instalado en el camino de nuestro propio mañana.

 

REGRESA EL EQUIPO MÉDICO HABITUAL.

Manuel S. Jardí (Cartelera Turia. 27 de septiembre / 3 de octubre)

Va para 38 años que el anterior Jefe del Estado fue al quirófano. Padecía, entre otras, de tromboflebitis. Algo grave, aunque ni la milésima parte de lo terrorífico que fue su golpe militar y la cuarentena derivada. El tipo, o sea, Franco, ya no salió vivo de aquel enjambre de tubos, goteros y conexiones. En aquel tiempo, además, la tecnología clínica exhibía la sofisticación de nuestros días.

En asuntos más prosaicos, en cambio, una muleta sigue siendo una muleta, sea cual sea su diseño y ergonomía. En fin… aquella larga y célebre -también celebrada- agonía llevó a la fama al llamado equipo médico habitual, de cuyos componentes poco se sabe más allá de la documentación histórica y las hemerotecas. Cada día, había uno o más partes que amenizaban los boletines rediofónicos y los telediarios en blanco y negro. Más negros que blancos, para qué nos vamos a engañar. Del contenido de aquellas cuartillas apenas quedan retazos en la memoria, si exceptuamos -ya cuando el dictador estaba a punto de despachar con Dios- aquellos fragmentos donde se refería que su excelencia defecaba heces en forma de melena. A la lectura del parte, sucedía la firma. Porque la explicación sobre el estado de su Excremencia no era cosa de fiarlo a manos del conserje del hospital La Paz. De manera que al final, lapidaria, era la firma: el equipo médico habitual. Pues bien, vuelve.

El actual Jefe del Estado acaba de pasar por el quirófano de una clínica privada y, salvo error o defunción, dentro de una semanas volverá a la mesa de disecciones, perdón, de operaciones. Desde días antes de entrar, la prensa del régimen, que lo es casi todo como en los tiempos del otro, no deja de obsequiarnos con detalles o infografías sobre la real cadera, malograda en la senda de los elefantes. Allá en Botswana, junto o en las cercanías de Corinna. Esto, o sea, la causa del estropicio, se lo ahorran en las tertulias habituales y crónicas de los enviados especiales. No descartan el lanzamiento de fascículos sobre la Real Cadera, con abundante información sobre las causas bacteriológicas del deterioro e ingeniería reparadora. Entre tanto, el equipo médico habitual nos irá desmigando los detalles que más tarde serán pasto de tertulianos e informantes. Lástima que nadie aproveche este proceso de reparación y soldadura para borrar la monarquía de los presupuestos generales del Estado. Al régimen y sus partidos afines, solo pensarlo, les hace defecar heces con forma de melena. Acaso esperan que el equipo médico habitual despache el anacronismo en uno de sus partes.

 

NOTA DE LA BLOGUERA A BUENA PARTE DE LA PRENSA PATRIA.

Intuíamos, si no andábamos rotundamente convencidos, que no se iba a intervenir al Rey, se le estaba interviniendo, o se le había intervenido, en la cadera de Corinna, en la de la reina, en la de alguno de sus descendientes, es que ni siquiera se nos había pasado por la cabeza considerar la de su yernísimo, Iñaki Urdangarín, duque consorte de Nóos. Retiren, pues, el posesivo de propiedad o pertenencia. Sobra: «El Rey fue operado ayer con éxito de SU cadera izquierda». «El Rey está siendo operado de SU cadera izquierda». «El Rey va a ser operado de SU cadera izquierda».

 

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