Para el lenguaje de la incomunicación, el graznar de los pajarracos carroñeros.

 

¿Por qué no me hablas como solías? ¿Cuánto tiempo hace que dejé de oír las palabras que comprendía al instante y que reconocía como propias? ¿Te has callado, hombre? ¿Te han callado? ¿Te escondes? ¿Por qué? De nuevo, ¿el lenguaje humano vuelve a ser el arma requisada? Voltaire, creo, fue quien aseguró que es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado. ¿Por qué ha de ser peligroso tener razón, si es el otro el equivocado? Qué susceptibilidad la de Voltaire, ni que fuera gitano, o español, o un afanoso vigilante de veedores de viandas. Y me digo, ¿y no será tan o más peligroso aun el tener razón cuando son los conciudadanos, la mayor parte de ellos, los que se equivocan, conscientes o no?

Donde quiera que ponga el oído, los ojos, lo que escucho decir a la gente, la común y la encumbrada, la conocida y no tanto, y donde sea, en la calle, tomando una cerveza, en la radio, en los programas enlatados de televisión -frescos son cianuro-, lo que leo en la prensa, no parece ser un mensaje humano, no resulta inteligible, reconocible, interpretable, familiar; si acaso, es otro lenguaje, no el propio del hombre. El en verdad humano me alcanza a modo de excepción, muy de cuando en cuando, a no ser en los libros. Por ejemplo, si leo que, en Grecia, Pavlos Fissas, un músico de 34 años, vinculado a grupos antifascistas y de izquierdas, fue apuñalado dos veces por un afiliado de Aurora Dorada, diez años mayor que él; Pavlos estaba con su novia y unos amigos. Claro que, si deseo saber algo más, que casi siempre, y no solo en casos como este, tengo que buscarme la vida, esforzándome peligrosamente en distinguir el afán por la verdad de la mera loa o la sátira, el panfleto o el libelo, sinfonías infladas y barrocas, eufemísticas o disfemísticas, encendida literatura, por esos mundos virtuales del demonio, pero donde la voluntad encuentra a veces el premio de la lengua resucitada, cual es el caso; en la prensa o entre la ciudadanía, nunca, es natural, no hay ciudadanía sin prensa o algo de prensa. Al parecer, en las calles de Atenas son frecuentes y muy conocidas las ‘cacerías’ y las agresiones de los ‘camisetas negras’, un grupo de personas vinculadas al partido Aurora Dorada, ‘que persigue a inmigrantes, trabajadores y simpatizantes de la izquierda política’, según denuncia el Frente de la Izquierda Anticapitalista Griega, Antarsya. Pero hace muchos meses que, pese a que Grecia respira con mucha dificultad, aquí, al lado, no se nos dice nada de lo que está ocurriendo allí en medio fiable alguno, así que, cómo saber qué pasa en Siria, aunque no debe de ser la calidad de la máquina lo que cuenta, sino la intención del amo del mensajero, o que el mensajero dejó de serlo para reciclarse en criado. Pero, en Keratsini, un barrio popular de Atenas próximo al lugar del crimen, podía leerse y entenderse a la perfección el mensaje escrito en un cartel: “Hoy ha sido Pavlos. Mañana puede ser tu hijo, o tu amigo. Despierta”. Ese sí que es lenguaje que se entiende perfecto, de la A a la Z.

Nadie nos dice que le dieta informativa está directamente relacionada por el afán de no herir, mucho menos de denunciar, la ofensiva neoliberal. Con la excepción de cuatro mártires que utilizan el lenguaje común y ancestral, el de la comunicación entre personas, como la Cartelera Turia, que, en su editorial de ayer, la llama por su nombre: la revolución de los ricos, y ello a propósito del asalto a las pensiones, y tanto más, a partir de la quiebra de Lehman Brothters. “Porque el hipotético saneamiento financiero, lejos de cerrar los quioscos bancarios en ruinas, asegurar en su caso los ahorros de la ciudadanía y encerrar en las mazmorras a los responsables y cómplices del hundimiento, consistió en detraer recursos públicos y garantizar, en lo posible, la impunidad de los timadores. Nada de esto hubiera sido posible sin el concurso de unos gobiernos como el de Mariano Rajoy, instalados en la mentira, la corrupción, la maldad, y al servicio permanente de la banca especulativa. La estafa financiera fue aprovechada para dinamitar los servicios públicos, promover una reforma laboral rayana en el esclavismo, recentralizar la organización del Estado, empobrecer todavía más la calidad democrática, redoblar los esfuerzos para eludir la acción de una Justicia en horas bajas e intentar perpetuarse en el poder, pese a la inutilidad y el desastre del ejercicio del mismo. Entre tanto, la transferencia de rentas públicas a manos privadas no se detiene. Y antes de que, por las urnas o por las malas, sean obligados a desalojar los gobiernos, quieren asegurar para la banca privada el enorme pastel que representa el fondo de pensiones del sistema público. La que llaman reforma de las pensiones supondrá un recorte de 33.000 millones de euros entre 2014 y 2022 (…) El derecho a una pensión digna no puede depender de una variable mal explicada a conciencia, cual es el cálculo de la esperanza de vida, o la supresión de la actualización según aumenten los precios. Una sociedad decente y democrática asegura las prestaciones sociales en los presupuestos generales del Estado y procura por una fiscalidad -donde está el dinero- que garantice el bienestar de la ciudadanía, muy especialmente el de la gente mayor. Este nuevo asalto es un delito humanitario. Lo de menos es pillar a Rajoy, que prometió no tocar las pensiones, en una nueva mentira. Lo peor es la atonía de cierta oposición ante la magnitud del crimen”. Y recuerda la Turia este quinto aniversario de la quiebra financiera de Lehman Brothers, la que desató la última crisis provocada por la delincuencia de cuello blanco, quiebra a la que se referían los medios como una singularidad, cuidadosos de no relacionarla con la mencionada revolución de los ricos.

Pero, en general, leo textos que no alcanzo ni en su intención en periódicos serios, no en revistillas de sala de espera, como los de apelación, supongamos, similares a este que invento sobre la marcha -el remedo es lo mío, temo ser acusada de plagio de un producto original parido con sudor-, textos redactados, sin duda, por expertos figólogos: ‘De la fortaleza, y el terciopelo al tiempo, de tu suelo pélvico, mujer, depende la calidad y el grado de intensidad del orgasmo del hombre (debe de ser del varón de quien se habla, a juzgar por el contexto); por lo tanto, la satisfacción de tu pareja, vuestra satisfacción. Te informamos, te formamos y jugamos a educarte fashion, mientras lo celebras con nosotros, para que seas otra que tu madre y tu abuela’. Pero si es moda, plagio directa de Levante, lo tengo encima de la mesa, y como es moda emprendedora, les vendrá bien y hasta me lo agradecerán: ‘De los vestidos vaporosos de plisados inspirados en la Grecia antigua, cuyo objetivo era marcar y dejar entrever la silueta de la mujer, según datos ofrecidos por la organización, (¡ojo al dato y a que la enfatización es mía!), al neopreno con caída y acabados termosellados’. Miss Cadillac, se llama una de las colecciones, y la novedad de esta pasarela de la Semana de la Moda de València es el multistreaming. A mí, eso me suena a multitransmisión, pero si está en inglés será por algo que se me escapa.

O leo, si dejo la educación sexual y la moda, y me voy a información política, que los catalanes vuelven a lo suyo, a lo de siempre de toda la vida, y que lo hacen por hambre, por miedo, por obediencia a su gobierno radical, por emprenyar, que viene a ser, más o menos, por joder, porque odian España, con razón, sin ella, depende, porque están alienados, porque carecen de la libertad imprescindible para pensar, dado que usan una lengua extraña al oído español que los incapacita para hacerlo y para serlo al tiempo, un español pensando, que los gallegos, en cambio, hablan perfecto el español, son más pacíficos, más flexibles, más tolerantes, más generosos, más solidarios y acogedores, ¡dónde va a parar!, nunca se dice que más sumisos por más asoballados; los catalanes actúan ciegos y por intereses, ¡oh, ese fastidioso fanatismo inherente a todo nacionalismo!, no aman a la patria en razón de que no hablan castellano, pero ni en la escuela, exceso tan catalán, tan suyo, el empeñarse en hablar su lengua; mis amigos catalanes ya no me dirigen la palabra (¿en qué lengua?), no me envían correos, sms, no intercambian recomendaciones lectoras (¿en qué lengua?), están desaparecidos, escondidos, se sienten avergonzados, se vendieron… Perdón, se han vendido. Y también me llega, leo, oigo, casi escucho, que el PP exige transparencia a los partidos políticos, que el PSOE exige transparencia al PP, que UPyD pide a Rajoy que diga la verdad histérica, de la histórica pasamos, que hay que españolizar a los alumnos catalanes, que hay que catalanizar España, ¡qué ambiciosa esperanza en el proyecto! ¿En qué lengua habrá que catalanizarla? ¿Al son de qué tambores? Han expulsado a uno de los militantes de Nuevas Generaciones que coquetearon con símbolos fascistas y nazis, pero no por la exhibición fascista, sino porque Óscar Rodríguez, de Paterna, València -adoro la expresión sociable del rostro de ese muchacho, su mirada inocente, la finura y la sensibilidad de sus rasgos faciales, el conjunto, ese todo-, contaba con carné de militante de varias organizaciones al tiempo, lo que supone expulsión inmediata de la formación NNGG, de acuerdo con los estatutos del PP. ¡Qué dolorosa deslealtad para con El Partido!

Si en internacional (¿internacional?), Merkel compra anónima, como una Hausfrau más en un supermercado berlinés de gama media, a un par de kilómetros de Cancillería, a dos días de las elecciones, un ama de casa alemana, presidenta de su país al tiempo, ¡esas mujeres sí que saben aprovecharlo, no estas nuestras de cuidado suelo pélvico y morritos y veleidades filofascistas en las axilas y en el contoneo! Nos falta escuela, educación, ética, austeridad, seny. Y las imágenes muestran a una Merkel, por la que nadie se interesa, que compra, en un súper de Berlín, fruta, verduritas, cervezas, patatas, hay que suponer, nadie se para a desearle suerte, es una clienta más, nadie la mira, o quizá la mira el cámara que logra fotografiarla, él compraba un Brot especial turco. “No es la ideología lo que hará ganar el próximo domingo a su CDU, sino la percepción de que en tiempos convulsos conviene dejar la nave en manos de alguien como Angela Merkel”, nos dice El País, sabio, suave como un obispo, también otros. Esa adorable Mutti, es decir, mamá, mami, mamaíta, no Mutter, madre, una madre, todos lo sabemos, es muy otra cosa, antes, después y al margen de la prensa y de los opinionados por unas u otras cavernas de la información opinada.

Y así, por resumir tan compleja descripción de lo que nos echan de comer con lenguaje no humano, lo hallado para los rebeldes sirios, pero de lo que realmente ocurre allí, en Siria, no sabemos nada, para Venezuela y para su presidente Obama, para Irán, en los mensajes de buena voluntad que intercambia Hasan Rohaní con su presidente Obama, ¿o viceversa? ‘Las armas nucleares contradicen los valores islámicos’, por lo visto, al menos lo afirma convencido Rohaní, y después, aun tuvo tiempo para felicitar a los judíos por Twitter en su Rosh Hashana, ¡y fíjense en que su predecesor se dedicaba a andar cuestionando el Holocausto! Observen que adoro estos cotilleos, pero es muy otro lenguaje de aquel en el que solíamos comunicarnos, el humano al alcance de todos, muy en especial cuando las cosas iban tan bien como están yendo. Y sin embargo, negar los holocaustos es uno de los juegos que más se practica aquí, en Occidente, Europa, España; cierto que, de siempre, pero se ha intensificado el grado de afición, en especial, si se trata de nuestro particular *holocausto. En síntesis, que de cuanto se les pone a tiro o por delante, nos dan noticia: toda la información la buscamos y la hallamos para ti, todo lo fotografiamos para ti, opinamos para ti, por ti. Y claro, el lenguaje, como decía, anda desaparecido y ya no se entiende nada. Un tweet para felicitar Irán a Sion, qué cosas. Dicen que hasta se puede comprar y vender con tweets, como si fueran euros o dólares, pesetas, no, ya no.

Partiendo de una situación de desamparo que no busqué, la de que se me haya privado del lenguaje específico del ser humano, me veo obligada a dejar una carta aquí, dirigida a uno de tantos charlatanes seleccionado al azar de entre la riqueza charlatana de particularísima pedagogía, el autor de una columna en EL ACENTO, El País, no sé si columna a modo de editorial añadido, opinión particular de un editorialista, o qué. No se puede escribir tan claro sin decir nada, ni siquiera habiendo querido decir algo, cual es el caso, y con lengua tan torpe, moralista y aniñada. Si algún lector tuviera interés en comprender la razón de mi airada respuesta, sería aconsejable que leyera antes el artículo en cuestión, no sea que vaya a llevarse la manos a la cabeza, ¡qué escándalo los blogs, tía, pero qué escándalo!

La cultura de la trampa (yo lo habría titulado ‘Plagiar contenidos’, que usa el autor en el cuerpo de la croniquilla, es más original y específico, se pueden plagiar continentes y aun contenedores, expresiones y tropos en general). El País, 20 de sept. de 2013, Autoría: la del propio País. És de suposar, ou supoño.

 
http://elpais.com/elpais/2013/09/19/opinion/1379615950_634951.html

Mi querido imbécil:

Desconocía en absoluto, por fortuna, que algunas, varias, muchas universidades, o sencillamente el sistema universitario español al completo, puedan estar adoptando códigos éticos y normas internas encaminados a penalizar las conductas deshonestas de sus alumnos; también, por fortuna bis, el contenido de los mencionados códigos y normas, la naturaleza de la penalización en sí, así como a qué conductas deshonestas puedan referirse las universidades penalizadoras y se refiera usted mismo, la identidad de esas ejemplarizadores universidades, con excepción de la Pública de Navarra, de la que usted deja constancia en el artículo, que obligan a sus alumnos a firmar, en el propio acto de matriculación, una declaración por la que se comprometen a no usar métodos fraudulentos. A no ser, claro, que, en efecto, se refiera a lo que usted sintetiza con un ‘a no copiar, vamos’, que me puso los pelos de punta; la naturaleza de la trampa y la bárbara síntesis, digo.

Sin embargo, créame, a estas alturas, confío ciegamente en usted, en la universidad, en sus penalizaciones y en el no copiar. Porque, en general, la universidad, y me temo que no solo la española, dejó de existir ya hace mucho tiempo, para, desde entonces, limitarse a albergar en sus aulas, a modo de guarderías populistas, niñatos sin ortografía ni mayor interés en su educación o en su formación, qué decir de la científica, limitado ese interés a graduarse o licenciarse ‘pa tener una carrera’ que les permita acceder a un puesto laboral más cómodo y mejor remunerado que el de sus padres o el de sus abuelos, pero nadie les explica que esa es muy otra cuestión, o que es apenas secundaria o accidental. Algunos de esos alumnos, obviamente, llegan, además de a licenciarse y hasta a doctorarse, a ganar una cátedra, o como se llame a estas alturas la silla que corresponde al profesor que alcanza el máximo grado -administrativo, se entiende, ya que el académico llega con el doctorado-, pero, en fin, dejémoslo en profesor universitario, a la postre y desde siempre, los hubo, catedráticos, y menos o no tanto, y su sabiduría iba en saco aparte. Así que, aquel muchacho que aspiraba a un puesto algo más cómodo y mejor remunerado que el de sus ascendientes inmediatos forma ya, por fortuna para él, parte del claustro de profesores universitarios, ¡albricias! Y no voy a seguir por este camino de las evidencias en los resultados, en tanto dejo sobradamente apuntado por dónde van los tiros, aunque no vaya a creerse que el desmantelamiento del sistema universitario lo lograron con su único mérito los claustros de profesores, ¡de ninguna manera! Contaron con diversas y apasionadas ayudas llegadas de todas partes, muchos fueron los que contribuyeron al propósito y al logro feliz, incluidas las circunstancias de esta transición a una nueva, no sé si era, pero que, desde luego, será muy otra cosa de lo que hubo o había, y que se está yendo, ayer se fue, mañana no ha llegado, como sostuvo exacto don Francisco porque tenía otra, o más universidad. Dejemos, pues, que el solar español universitario requiescat in pace y vayamos con la cuestión ‘copiar’, dado que el resto de su sermón de la montaña centrado en la corrupción general de este pueblo cansa, créame, cansa ad náuseam, permítame la leve barbaridad, y ello, porque usted no se limita a repetir de monipodios ya divulgados, sino que aun les resta gracia, bandido, se enfrenta, además, con tal afán de clara e interesada confusión entre corrupciones y corrupciones, que su columnita en el diario El País no sé si da noxo, como diría un gallego, o fa fàstic, que diría un catalanoparlante.

Copiar. Verá usted, para empezar, es un verbo que no debe ni mentarse, se da por supuesto que nadie copia, como nadie, a no ser un tonto distraído, le exige a su pareja que le firme un documento comprometiéndose a que jamás lo engañará; el contrato matrimonial es otra cosa. Y además, no hay dios que copie si el profesor no quiere, lo que significa, no solo que hay mil medios de evitarlo, sino que, para empezar, lo evita sin más el tipo de examen que se les pase a los alumnos. Ni uno solo de los que tuve pudo copiar jamás en mis exámenes, pero eso ocurrió porque soy limitada en el método y también en las aspiraciones. Pero tuve algún colega, en concreto uno de matemáticas, que les permitía, por sistema, salir al bar durante ellos -¡en grupitos y en el Instituto!- para relajarse tomando un té, un café, durante el tiempo del examen, y con el objetivo concreto -confesado al curso siguiente a sus propios alumnos, ya verificado el rendimiento de la gracia del té- de que, al intercambiar soluciones y datos de los problemas y preguntas planteados en la cafetería, aprendieran en ese cuarto de hora, veinte minutos, algo más, esa vez se trataba del examen trimestral o semestral (luego llegó la evaluación continua de las ardientes nadas). Claro que, ¡ay de aquel que si, días después, llamado al azar por el profesor durante la clase, fuera incapaz de desarrollar en la pizarra, y por el mismo o parecido camino y procedimientos usados el día de marras, lo que había depositado en el papel! Los chicos nunca discutieron el método. De otra manera, torpe, quien copiaba lo que le había sugerido un compañero debía currárselo después en casa, una vez le había salvado la vida el más chivato, y aprendía al tiempo, además de la asignatura que fuera, de responsabilidad, de compañerismo, de sendas peligrosas remontadas, de carpe diem, lo que no estaba, ni está escrito en libro alguno de pedagogía, psicología o ética. Y esta mujer, que pierde el tiempo al esforzarse en hacerle entender las cosas, disfrutó en la enseñanza de un magnífico profesor, de autoridad y prestigio discutidos por absolutamente nadie, que nos permitía copiar, a escondidas, nunca, cómodamente, con el libro abierto delante, mientras él fingía leer en su mesa, tampoco, leía distendido, enfrascado, a Spinoza, a Cervantes, a Kant, ¡Fausto, en la lengua de Göethe! Y copió en el bachillerato por delante, por detrás, de costado, de diversidad de chuletas preparadas con todo cuidado y la sabiduría transmitida ad hoc de generación en generación, de los muslos, y hasta directamente, en algún examen de historia, de los apuntes de esa asignatura que, manuscritos de su puño y pulso, pero con caracteres griegos, yacían lealmente encima del propio manual de una lengua muerta, resucitada para la ocasión. En la universidad, no. Porque en la universidad, en las más de las asignaturas, si no en todas, las dos, tres y hasta cuatro horas que se nos daban para los exámenes alcanzaban justo rascando el firmarlos. Póngase, por ejemplo, a copiar los derivados de un número determinado de palabras latinas a toda lengua románica, exceptuada la meramente testimonial, paso a paso explicados los pequeños, sutiles cambios, producidos durante los desvíos y vericuetos de la descomunal apisonadora romana, es decir, diacrónicamente comentada la más leve transformación de su fonética, cada novedad en la descomposición del latín. O en los exámenes de arte, en los que se nos pasaban de quince a veinte diapositivas, tenga la bondad, bedel, apague la luz, ponga la diapositiva -¡qué mal se ve!, a coro silenciado-, encienda, cinco, diez minutos, lo he olvidado, datos a consignar a toda prisa, pero con limpieza extrema: características del cuadro, la escultura, el palacio, la catedral. Época, siglo, estilo, escuela, autor, pedazo de alcornoque, trivial columnista de milongas.

Me aburre usted, me aburren incluso, fíjese, los más de los dedicados en la actualidad a la inmensa, gratísima, impagable tarea y privilegio de educar y de formar, íntegramente en lo posible, a una juventud que siempre, pero siempre, entendió, entiende y entenderá mejor que todos ustedes juntos, ¡dónde va a parar!, la cuestión, esta y tantas otras, qué decirle de cuando se nos apuntan otras hipótesis, como, pongamos, la de que el PP nos robó, y nos sigue robando a manos llenas, con el beneplácito de sus jueces, o la de que racaneábamos el IVA, y que así o por todo ello somos más pobres, y mucho más que me dejo en el teclado… ¡porque copiábamos en los exámenes! Más o menos, vaya.

Otro día le explico con detalle cómo podrían ser, y convendría que fueran, las cosas de la educación pública, universitaria o no, aun sin estar restringida a unos pocos privilegiados, como entonces, sino derramada sobre los más. Sí, se puede. No se quiere. Y de la corrupción, de paso. De momento, váyase a la mierda, hágame ese favor, buen hombre, es usted casi tan torpe como Rajoy.

Atentamente

La bloguera

*Paul Preston. «El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después».  Debate, Barcelona, 2011.

«Durante la Guerra Civil española, cerca de 200.000 hombres y mujeres fueron asesinados lejos del frente, ejecutados extrajudicialmente o tras precarios procesos legales, y al menos 300.000 personas perdieron la vida en los frentes de batalla. Un número desconocido fueron víctimas de los bombardeos y los éxodos que siguieron a la ocupación del territorio por parte de las fuerzas militares de Franco. En el conjunto de España, tras la victoria definitiva de los rebeldes a finales de marzo de 1939, alrededor de 20.000 republicanos fueron ejecutados. Muchos más murieron de hambre y enfermedades en prisiones y campos de concentración, donde se hacinaban en condiciones infrahumanas. Otros sucumbieron a las duras condiciones de los batallones de trabajo. A más de medio millón de refugiados no les quedó más salida que el exilio, y muchos perecieron en los campos de internamiento franceses. Varios miles acabaron en los campos de exterminio nazis. Todo ello constituye lo que a mi juicio puede llamarse el «holocausto español». El propósito de este libro es mostrar, en la medida de lo posible, lo que aconteció a la población civil y desentrañar los porqués. Paul Preston».

http://www.casadellibro.com/libro-el-holocausto-espanol/9788483068526/1837756

 

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