¡Depurado por educar, criminal!

Para satisfacer el hambre que espesa nuestra capacidad de pensar y aun la de sentirnos vivos, Manuel Vicent tiene la generosidad de ofrecernos pequeñas y variadas delicatessen, jamás el rancho, la bazofia cuartelera, con los que querría llenarnos la barriga un ejército de mamarrachos orgánicos de sintaxis hilarante, y en ocasiones, desde los mismos medios para los que escribe este valenciano que nació en La Vilavella en 1936. Mientras lo leía ahora, en paralelo, iba substituyendo los nombres y paisajes de su relato por los de mi propia niñez, de pronto iluminados por esa luz intensa que, sin excepción, proyectan las palabras mediterráneas de Vicent. Hasta superpuse la foto colegial de mi infancia coruñesa a la que ilustra el artículo, en ese caso, la de una niña lucense. Tan cándidas las imágenes, como cuantas tiene que haber en algún rincón olvidado de muchos hogares, la imagen del abuelo, la de la abuela, quizá la de algún padre o madre de los que nacieron antes de mediada la década de los sesenta.

Y aunque mis años escolares, porque la suerte es ciega, no fueron por libre como los del niño del artículo de Vicent, fueron, al menos hasta finalizar el Bachillerato Elemental, en el colegio de unos parientes de mi padre en La Coruña -quizá primos en segundo grado-, los suyos, maestros ambos y ambos represaliados por el régimen genocida de Franco como la gran mayoría de profesores que habían dado lo mejor de sí durante el gozoso tiempo de la República, si no todos. Era un edificio enorme con al menos dos puertas en la fachada principal, en cuya proximidad, los niños y las niñas nos separábamos para entrar cada cual por la impuesta, conforme a sexo la puerta y la simpática moralina, por el caudillito, entre fascista y tontorrón, Wert… ¡que no, hombre, qué va!… por la abyecta doble moral del régimen criminal que había. Menos mal que, en el patio, solo nos separaba a unos de otros un armazón de madera de escasa altura, de manera que, cuando en el recreo el columpio subía, alcanzábamos a ver al niño de nuestros amores, y justo en el momento en que le daba tal patadón a la pelota, que la recogíamos entre risas nosotras. El colegio disfrutaba incluso de una capilla en la que cabíamos todos, alumnos y profesores, los días señalados, muy pocos, por fortuna, y ello, pese a que sus dueños, tres mujeres y tres varones, eran ateos, pero ateos de esos con un impecable sentido del humor que no les había permitido hacer de su ateísmo religión, tan de agradecer siempre.

No cabe duda de que la capilla fue una excelente inversión, porque, al cabo de algunos cursos, aquellos seres entrañables debieron de empezar a dejar de pasar hambre; con otras palabras, si no hubiera sido por la capilla, ni Dios les habría permitido ganarse el pan. Así que, hasta debieron de hacerse con un capitalito que les proporcionó alguna satisfacción añadida, esos bienes que en ocasiones se logran con un esfuerzo y unas energías, que no sabe uno de dónde los saca la gente normal; en este caso, incluyendo un internado para los chicos de los pueblos y aldeas distantes y, además, convirtiendo, durante los meses de vacaciones, buena parte del colegio en hotel. Soy incapaz de imaginar con qué esfuerzo titánico, con qué ánimo, sabiendo que, finalizados los escasos tres meses del verano y tras haber bregado sin tregua como acémilas -y hablo de profesores, esa clase de gente que al terminar el curso duda de su identidad-, había que regresarlo al colegio tal cual, atendían un hotel que se llenaba a rebosar de portugueses, que, en las más de las ocasiones, se habían alejado de sus domicilios por primera vez, y que, a saber por qué otras hambres, estas lusitanas, apenas salían del hotel para pasear y disfrutar de la ciudad y de sus alrededores, sino que permanecían esperando, callados e impacientes, en el vestíbulo o en el saloncito, la hora de comer, la de cenar.

Un capitalito, en ocasiones, alcanza a lograrlo gente tan recurrente y obstinada como el hambre que tuvo que soportar, pero jamás, ni a modo del más microscópico modelito, las imponentes y amedrentadoras fortunas que se labra la mala gente que camina y va apestando la tierra. Es decir, que les fue tan, tan bien, que el colegio se convirtió en un referente, no solo en La Coruña, en las cuatro provincias, de suerte que me atrevería a decir que, de los coruñeses de mi generación que estudiaron, muchísimos de ellos, y no solo por evitar los colegios de la secta católica, por su prestigio, lo hicieron en este colegio en el que cursé mi bachillerato elemental. El superior llegó en forma de Instituto de Enseñanza Pública, en Avilés, y mixto, es decir, la tierra prometida que fue a buscarse mi padre para nosotros.

Habían sido ellos, mis padres, quienes me llevaron a conocer a la familia de aquellos profesores, medio parientes, antes de que llegaran a serlo míos, en cuanto llegamos a Coruña, la casa, pues, de los maestros represaliados en la que vivían con sus seis hijos, una casa enorme de la Ciudad Vieja. Recuerdo cómo me impresionó, antes de subir, aún en la calle, a escasos metros del portal, la figura del padre, Luciano, un anciano, pero tan joven su mirada azul, su sonrisa irónica, su llevar el paraguas colgado de la parte de atrás del cuello del abrigo. Pasado el tiempo, di en interpretar aquel conjunto como la imagen empeñada en plasmar una rebeldía y un desprecio expresos y patentes hacia cuantos, no solo se sometieron al régimen abyecto por razones de supervivencia, sino que se entregaron a él con los brazos abiertos o con el brazo en alto. En aquel hogar, antes de que hubieran logrado retomar su día a día con cierta normalidad, se habían llevado a cabo heroicidades silenciadas, quizá por orgullo, entre ellas, la elaboración por las chicas -Wert, Gallardón y demás envidiosos de las gónadas femeninas, ni fantaseéis, torpes, con reconducirnos a vuestro apestoso redil nacionalcatolicista- de cajitas de cartón para las pastelerías de cierto lujo y mil otras chapuzas, de cartón o a saber el material, gracias a las cuales, los tres hermanos varones habían podido llegar a concluir sus estudios universitarios, dos de ellos, Filosofía, Derecho el más pequeño, quien, años después, habría de ser el fiscal del caso del metílico en Galicia, por el que tuvo que aguantar amenazas de muerte, en especial en las fechas previas al juicio. Como fue, hasta el mismo día de su jubilación, fiscal jefe de la Audiencia Provincial de Ourense (en 1992, le otorgaron la Medalla de Galicia).

Pero, de entre las tres hermanas, una al menos fue capaz de robarle tiempo al trabajo que impuso, al echar a la calle los de las pistolas a sus padres, por putos maestros de enseñanza, tan peligrosos para los salvajes que gobernaban entonces como para los que nos desgobiernan ahora a punta de salvajada, un régimen político no tan diferente del que tenemos desde hace un par de años eternos, para estudiar francés con la ayuda de abundante material grabado, lengua que llegó a hablar y a escribir como si hubiera nacido en un barrio burgués parisino. Fue ella quien nos enseñó el mejor francés que escuché en un aula, con su gramática, su fonética, sus erres exactísimas y los versos más hermosos, justo antes de que la visitara Alzheimer, siendo todavía tan joven, que costó que no lo miráramos como a otro vulgar pistolero.

Y es que, aun en los desdichados hogares de las personas a las que la vida privó de casi todo, excepto de la educación y de los valores morales, en tanto que son bienes inalienables, a veces, se produce el milagro de lograr salir adelante. En los que faltan estos otros bienes, no se produce el milagro jamás. Como mucho, podrá amasarse una fortuna que llegue a colocarlos incluso entre los primeros puestos de los más ricos del mundo, o de los de su nación, pero eso no es un milagro. Es el producto de una codicia sin límites y criminal que usa al prójimo de cualquier edad, condición y sexo, y así hambriento como sediento, como si fuera una máquina de su propiedad, capaz de generar riqueza las veinticuatro horas del día, ¡ah, si tuviera treinta o cuarenta!, prójimo con el que sistemáticamente incumple los derechos humanos, sin que nadie denuncie, salvo ciertas poderosas oenegés, ante las que me descubro. Por querer tomar el ejemplo de la actualidad más… ¿rabiosa os gustaría, adocenados periodistas de la prensa inmoral?… inmediata y nacional, los imperios tejidos para Rosalía Mera y para Amancio Ortega por seres humanos condenados a someterse a los mismos imperios que conquistan.

Por eso es bueno leer a Manuel Vicent. Cura las enfermedades más raras, tan raras, que aún no figuran en ningún manual de Patología. Yo misma me encontraba fatal hace unas horas, pero leerlo y recuperar la salud fue todo uno.

El maestro que fue depurado”.  Manuel Vicent.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/08/16/actualidad/1376663692_210809.html

 

 

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