Los insumisos.

 

Imposible resistir la tentación de colocar en el blog un artículo detrás del otro. Se complementan a la perfección y me ahorran desarrollar lo que puedo decir en una frase: Hijo mío, si te obligan a seguir investigando fuera de Europa, instálate en un país latino, jamás en USA. Mis nietos crecerán infinitamente más sanos en todo sentido.

 

 

 

Editorial de la Cartelera Turia, semanario cultural del País Valenciano fundado en 1964.

El espionaje indiscriminado que la administración de los Estados Unidos practica a lo largo y ancho del planeta sin excluir a sus aliados debería comportar como primera consecuencia el archivo en la papelera de la Unión Europea de un tratado de libre comercio que solo pretende consolidar la hegemonía norteamericana en el ámbito de los intercambios y sus ingredientes económicos, puesto que nadie le disputa a USA el papel de gendarme planetario, ni otras competencias propias de terrateniente feudal. Por más que pretendan desviar el foco del conflicto hacia Edward Snowden, el ciudadano que decidió revelar con gran riesgo personal la magnitud de los pinchazos, la verdadera gravedad del asunto es que más allá de la aparente indignación, los aspavientos de rigor y la exigencia de explicaciones que se demorarán hasta el olvido, todo va a seguir igual. El 11 de septiembre de 2001 no solo cayeron las Torres Gemelas. Se derribaron principios fundamentales y muchos valores han derivado en escombros. Nadie espere, pues, que los gobiernos de países espiados se comporten mejor que las doncellas casquivanas de la literatura clásica. La CIA, el FBI y toda la ensalada de siglas con ilimitada capacidad de señales y cableados van a seguir con las tareas propias de de su condición. Ciertos trabajos sucios no requieren vestir de etiqueta, y para hacerse una idea de estas actividades, entre siniestras y patéticas, no hay que recurrir a la teleserie Misión imposible, sino a la película de Florian Henckel von Donnersmarck, La vida de los otros, que reflejaba algunos quehaceres de la Stasi en la desaparecida RDA alemana, o la más autoral y anticipadora, La conversación de Francis Ford Coppola. Si el mundo es un patio de escalera, sería deseable que los cotilleos fueran de acceso general. Y si no conocen el oficio, aprendan de Mortedelo y Filemón, de Anacleto agente secreto y del maestro Miguel Gila, que hablaba con el enemigo por un teléfono de baquelita. Ya se ve que los espías del imperio hurgan mejor en intimidades latinas y anglosajonas. Los dialectos árabes y el afgano, no digamos el swahili, el quechua y otras lenguas amazónicas, se les resisten. Al fin y al cabo, es más sugerente una cuita entre David Beckham y Victoria Adams, que una transacción de mulas en Kabul o una tertulia bereber. En esto del espionaje, los valencianos estamos a salvo. La CIA tampoco tiene pajolera idea del íbero, hasta que reclute algún cualificado intérprete del PP.

Libre y en USA  (artículo de Manuel Rivas en El País)

¿Qué podría haber pasado si en el avión presidencial de Bolivia viajara de verdad Edward Snowden? ¿Lo habrían retenido sine die en Viena? ¿Entrarían a saco en la aeronave soberana para llevarse al informante? ¿Quién y cómo? ¿Disfrutaría España del dudoso honor internacional de contar con el protagonismo de un embajador sabueso y soplón? En el pedamonte andino, en la época colonial, un fraile se defendía así en carta a un colega por haber dado la orden de que le cortasen las orejas a un indígena: “Era indócil al imperio de mi voz”. Eso es lo que ha ocurrido. Un corte simbólico de orejas a Evo Morales por su indocilidad. Y tienen razón los países sudamericanos en interpretarlo como un acto de intimidación. Su disidencia es la honra de nuestro tiempo. Los mandatarios europeos le han dado vacaciones a la ética. Miraron hacia otro lado con los vuelos secretos a Guantánamo, y pasan la noche en vela por un ruiseñor. A Horacio le hicieron la predicción de que no sería una espada ni una tos lo que acabaría con él, sino “un charlatán”. Lo que va a acabar con el crédito de Obama es un hacker subcontratado. Lo mejor del presidente eran los discursos. Las palabras acudían alegremente a su boca. Me temo que ahora las más sinceras prefieren la conciencia de Snowden. Ha cumplido con su deber de ciudadano. No debería necesitar asilo en ningún lugar. Debería estar libre en EEUU. También a Daniel Ellsberg lo trataron de espía y enemigo, después de haber desvelado los papeles del Pentágono, en 1971, que ponían de relieve las groseras mentiras de los gobernantes sobre la guerra en Vietnam. Filtrando ese informe, Ellsberg hizo gran servicio a su país. El Tribunal Supremo acabó dándole la razón. Lo que ha puesto de relieve el caso Snowden es que ya no hay ciudadanos, sino sospechosos. Todos estamos allí. En el puto limbo.

 

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