No soporto la verdad, doctor…

 

El artículo de Larra (1809-1837) “De las traducciones”, publicado un año antes de su muerte, comienza así: “Varias cosas se necesitan para traducir del francés al castellano una comedia. Primera, saber lo que son comedias; segunda, conocer el teatro y el público francés; tercera, conocer el teatro y el público español; cuarta, saber leer el francés, y quinta, saber escribir el castellano. Todo eso se necesita, y algo más, para traducir una comedia, se entiende, bien; porque para traducirla mal no se necesita más que atrevimiento y diccionario: por lo regular, el que tiene que servirse del segundo no anda escaso del primero”.

Las reflexiones, estudios y comentarios a los que me condujo el artículo años después, algunos de los cuales hube de leer por necesidad, por curiosidad y aun por gusto, toda esa masa de erudición que llegó en su momento, no logró borrarme la ancha y burlona sonrisa de complicidad que me arrancaron aquellas líneas suyas en primera lectura; aún hoy, la sonrisa surge espontánea tantas veces como las recuerde y hasta limpia de cualquier asociación con el teatro, el gusto por la comedia francesa, o las costumbres españolas. Como entonces, es aquella capacidad crítica de Larra, la burla irónica de un español que no lo parecía lo que provoca mi regocijo. Nada más y nada menos.

He probado a extrapolar aquellas palabras para intentar describir el leve hundimiento de ánimo que me provocan en la actualidad ciertos análisis y comentarios de mis propios conciudadanos, cuando, exhausta pero satisfecha, renuncio a seguir interviniendo para ponerme a escucharlos con atención. Sin excepción, me salen variantes de las líneas de aquel genio satírico, muy ajustaditas, además, algo como esto: varias cosas se necesitan para traducir de cualquier lengua europea al cristiano de a pie, tanto lo que está ocurriendo en Europa, económica, social e ideológicamente, como lo que es literatura, en lugar de bazofia. Primera, saber lo que de verdad está ocurriendo en Europa y lo que es literatura; segunda, conocer Europa y a la ciudadanía europea; tercera, conocer España y a la ciudadanía española; cuarta, saber leer en cualquier manual que las lenguas europeas no son precisamente dialectos del español; y quinta, saber escribir, al menos, hablar, cristiano de a pie. Todo esto se necesita, y algo más, para traducir de cualquier lengua europea al cristiano de a pie, tanto lo que está ocurriendo en Europa, como lo que es literatura, en lugar de bazofia, se entiende, bien; porque para traducirlo como en los tiempos de Chindasvinto, no se necesita más que nuestro secular atrevimiento e ignorancia: el que tiene que servirse de la segunda no anda escaso del primero.

Es una especie de esbozo metafórico de lo que me anda por la cabeza en los dos últimos años, tras el esfuerzo, vano, de haber pretendido hacerme entender por ciertos conciudadanos que dicen no explicarse ciertas cosas, gente que, por lo demás, suele guardar un respetuoso silencio mientras yo lo intento, explicarlas, sin duda, con más voluntad que acierto, ya que, cuando la conversación se generaliza de nuevo para insistir en más de lo mismo, ni un ápice de lo que oferté a modo de generosa contribución merece la consideración, pero ni de ser refutado siquiera: la cantata inicial se mantiene inamovible. Es entonces cuando me entran unas ganas locas de sintetizar las cosas como son, pero en cristiano de a pie de verdad, manifestando claro que ni Rajoy es un político, ni bajo concepto alguno busca, intenta y menos va a lograr de ninguna de las maneras sino empeorar la situación, y a límites de una recuperación imposible en al menos cuarenta o cincuenta años más, es decir, que, de seguir nosotros dejándolo hacer a su manera, alcanzaremos una especie de infierno de características patológicas irreversibles o claramente terminales. Ah, sí, y ganas también de decir que ni Javier Marías, ni tantos otros cuyos productos se exponen en las mejores librerías de esta y de otras ciudades, escriben literatura. Pero, claro, voy… y no lo digo.

 

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Un comentario en “No soporto la verdad, doctor…

  1. Como siempre, genial bloguera, das en el clavo y no desmerecen tus palabras de las del maestro Larra. Desde los juicios literarios a los políticos todo cuanto afirmas, con seny e inteligencia, es de tener muy en cuenta. Lástima que esos que no escuchan, por muchos esfuerzos que se hagan, ni conocen a Larra ni la voluntad de Raxoi para solucionar nada, porque en lo único que están interesados él y su partido, es en hacer negocios, llevarse sobres y acabar con la democracia. Mucho me temo que de esos cuarenta o cincuenta años de miseria, material y moral, no nos librará nadie a menos que nos libremos entre todos, reaccionando como los brasileños.

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