«Chochito de oro»

 

Hay que armarse de paciencia e imponerse algún análisis, como un acto de penitencia y aun sin entrarle de lleno a la cuestión, que es lo que en realidad requeriría el asunto. Si me he decidido a hacerlo ahora, es por un par de razones que lo hacían imprescindible: una, todo varón deberá abstenerse de tratarlo, sería emparedado; dos, no hay más remedio que poner toda la carne en el asador cuando la hipocresía y la idiotez amagan con hacerse carne para siempre, habitar entre nosotros y que corramos el riesgo encima de ir a adorarlas junto con el becerro de oro. Y aun con todo, admito que para querer escribir unas cuantas líneas al respecto hay que ser un pichafría, que a ver por qué no voy a poder ponerme yo a la altura del varón, adjudicándome a mí misma términos privilegio de solo ellos. Y pichafría, conste, es de uso valorativo como despectivo, y de hecho se utilizó no solo contra Rajoy, sino también contra Aznar, aunque el primero más parezca un pollaboba y el segundo un pocapolla. Recuerdo a un juez, con quien llegué a tener una relación de gran amistad –pichafría leguas a la redonda, y ello en razón de que ni las lágrimas de una madre lograban apartarlo de la adecuada aplicación de la justicia-, un tipo insorbornable por las emociones más expresas, a quien le pregunté un día si sabía cómo lo llamaban. Me respondió: -Sí, y desde hace mucho tiempo… ¿Se te ocurre algo mejor a ti, que tan bien me conoces?-. Moraleja: una cosa es ser algo un coñazo y muy otra ser cojonuda, como aprendimos todos los apasionados del lenguaje en la niñez; de otra manera, jamás los chicos se darán por ofendidos al modo de las chicas y sus guardadores cuando se les insulta en términos que valoren o minusvaloren sus atributos. La cuestión es que se mente la cosa.

Quién ignorará el asunto y quién no habrá tomado partido desde el primer momento en la última juerga virtual a costa de un cambadés. Es fácil suponer que casi todos, si no todos a una, se sintieron como en Fuenteovejuna frente al chochito de oro dirigido a Sáenz de Santamaría de un concejal del Bloque Nacionalista Galego del Ayuntamiento de Cambados, que tal cual lo dejó escrito en su blog Xaquín Charlín González -¡qué mala suerte apellidarse Charlín en Cambados!-, a modo de balance sobre el asunto, diría, al enterarse el edil de los “40.000 euros en ginecólogo” gastados por la vicepresidenta del gobierno. Según la prensa, “un programa de reconocimiento ginecológico adjudicado en abril por el ministerio… que completa los exámenes médicos de vigilancia general de la salud que se realizan cada año en La Moncloa”. La campaña, según detalla la empresa adjudicataria en su web, MD Anderson, incluye citología, ecografía y mamografía y está dirigida a las empleadas públicas de ese ministerio que lo deseen, es decir, lo que las mujeres solemos abreviar con la expresión ‘hacerse una revisión ginecológica, mamografía incluida”, el caso es que no falte detallito en casa del ahorcador o ahorcadora (me lo apuntas en el debe, A.)

Así que, en menos que descarga el trueno tras el rayo cuando tenemos encima la tormenta, prácticamente todo partido político, pero en especial el PP y el BNG de Galicia, las mujeres progresistas como las más conservadoras, los chicos todos, de izquierda, de centro y hasta de la caverna mediática, ancianos como adolescentes, saltaron a exigir cada cual lo que juzgó ante un caso de lesa humanidad como el que me ocupa. En vista de lo cual, Charlotín… digo, Charlín, aunque mantiene en su blog una serie de pagos asombrosos de la Vicepresidenta que van desde los 163.000 euros destinados al servicio de prensa, hasta los 175.000 que dedica su departamento a plantas y jardines, pidió perdón y dimitió. Muerto el perro, se acabó la rabia. ¡Alabado sea el Altísimo!

De siempre, desprecio las expresiones groseras gratuitas y de cuanto pueda salir arrogante de la boca de un hombretón, patán o no, incluida la flor del piropo más elaborado; lo que piense el gañán en cuestión respecto a una mujer, que se lo guarde en su almario. Y de siempre, desestimo el insulto por ineficaz, cuando tenemos la burla en cualquiera de sus grados y manifestaciones, ironía, reticencia, causticidad, mordacidad, sorna, sarcasmo, socarronería, y aun su flor más elaborada, el humor, para usarlo como un arma contra quien, después, querrá suicidarse a poco cerebro que tenga. Y también y en especial, de siempre, el machismo me resultó tan intragable, que sus manifestaciones más sutiles fueron a estrellarse contra el granito de mi mirada o contra las palabras que se las devolvían una a una a quien se las había permitido, y a tal punto fue así, que jamás me sentí atañida por sus más altos rebuznos, ni alcanzada por la violencia que exhibe siempre el bruto, mucho menos, humillada. Y soy tan exigente al respecto, que no podría caminar codo con codo ni con las feministas, exijo bastante más, y esas mujeres con frecuencia, lo que no me importa, como su hacer enemigo al varón en general y por principio, cuando probablemente tuve más y mejores amigos entre ellos que entre ellas.

Después de tan amplia y paciente introducción a modo de ascesis, digo que siento estupefacción ante el hecho de que una nación entera sea capaz de de levantarse para condenar un chochito de oro surgido de la boca de un edil -en lo que habrá considerado ejercicio inherente al cargo- y en cambio, surjan desacuerdos, enfrentamientos, matizaciones, silencios, tibiezas, desconocimiento, intereses, complicidad y mucho apartar la vista cuando el infatigable pillaje de educación, salud, justicia, puesto de trabajo, techo, libertad, vida; de que este diario pillaje esté provocando no mucho más que procesiones más o menos concurridas y muy de vez en cuando, de que sigamos viviendo como si no fuera con nosotros, de que no haya, como mínimo, la misma, unánime, inmediata y urgente exigencia que con el chochito de oro de Charlín. Así que, lo menos grave que se me ocurre es que andamos instalados en las nubes de la tibieza (¿no escribió Dante que existe un infierno para los tibios de corazón?: Esta miserable suerte está reservada a las tristes almas de aquellos que vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio; están confundidas entre el perverso coro de los ángeles que no fueron rebeldes ni fieles a Dios, sino que solo vivieron para sí. Canto III), o en el infierno de los cómplices y los colaboracionistas.

Porque, entre tanto contra lo que debiéramos cargar, ¿cómo es posible que la decisión de Gallardón de querer decidir por las mujeres si pueden abortar o no, cuándo y cómo, así como su afán misógino de pretender que se dé a luz seres con malformaciones, no congregue al menos el mismo número de voces ofendidas y ultrajadas que lo del de Cambados y para exigir que dimita de inmediato por incapacitado para cualquier función en una sociedad medianamente cuerda? Y desde luego, tanto más de lo mismo para con Rajoy y todos y cada uno de sus ministros y ministras, que haré hoy la excepción de utilizar el género marcado, el femenino, no sea que ellas, esas dulces criaturas que ignoran en qué se gastan el dinero sus maridos o cuántos coches hay en casa, que gustan de posar en portadas, no sé si de dudosa reputación o de dudoso gusto, dejen de darse por aludidas, unos y otros, sin embargo, gente de muy poco remilgo a la hora de cobrar, de recobrar, de arrebatarnos por la fuerza lo que es nuestro, así en sobres, y sobre o falte, como en depósitos, contratos y cuentas de no contar a nadie, como de decidir quién come o deja de comer, qué niños deben ser mal o peor alimentados, quiénes han de morir por enfermedad, por privación de asistimiento o de pura hambre.

Mansos chochitos de oro todos nosotros, hombres como mujeres, ¿a que esperamos para exigir que se vayan, y exigir significa no parar hasta haberlo logrado? A ver si así, a fuerza de insultar, nos significamos y tomamos partido, no sea que, cuando vayamos a concluir que le falta oxígeno al que hizo la inmersión con nosotros, lo veamos ya estirando el brazo para arrebatarnos el nuestro, es instintivo, porque antes hemos cometido la torpeza de no haberlo compartido, y nos ahoguemos los dos de la peor manera, lección que lleva bien aprendida cualquiera que se haya atrevido a bucear. Y por mera cuestión de supervivencia, claro está, la lección.

 
Otro par de perlas de entre tantas que hubo y con las que hemos perdido un tiempo precioso:

“Es una chica preparadísima, hábil y discreta. Va a repartir condones a diestro y siniestro por donde quiera que vaya y va a ser la alegría de la huerta. Cada vez que veo esa cara y esos morritos pienso lo mismo, pero no lo voy a decir”. Así se refirió el alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva, a Leire Pajín, horas antes de tomar posesión de su cargo como ministra de Sanidad. Pidió disculpas. No dimitió.

“La mayor parte de las denuncias por violencia de género son falsas”. Toni Cantó, UPyD, en Twitter, hace unos meses. Pidió disculpas. Ahí sigue, hasta la próxima. También comparó la inmersión lingüística con la pederastia. Mentes brillantes.

 

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