Que no se note que es la guerra.

 

Como todos sabemos, el estado de sitio es un régimen de excepción que ha de ser declarado por el Presidente del Ejecutivo, debidamente autorizado por el Congreso, y que equivale al estado de guerra, razón por la que se le otorgan a las fuerzas armadas facultades prevalentes para realizar, entre otros, actos de represión, en tanto que conlleva que quedan en suspenso las garantías constitucionales, y esto, con mayor o menor extensión, según legislaciones. Pero yo me pregunto desde ni recuerdo: y conociendo cómo es el Partido Popular, Mari Loli Cospedal, el Ejecutivo actual y muy en especial Rajoy, ¿podemos estar seguros de que dicho estado de sitio no es una realidad ya en este país, a pesar de que Rajoy no lo haya declarado expresamente y con todas sus palabritas? Diría que de ninguna manera. Siento, veo, palpo, huelo, que andamos, o en régimen de excepción, o declaradamente en guerra, por más que no haya sido declarada. O siento la vida como una guerra, pero no del modo ingenuo, más bien inconsciente y ajeno a la lógica de la crueldad y de la injusticia de aquel niño yuntero al que que rindió homenaje Miguel Hernández, y que el propio poeta fue, sino que la siento como una guerra sin más porque estamos en guerra, aunque Rajoy ni se haya tomado la molestia de declararla, callándoselo con la pereza indolente con la que nació, o con la que lo criaron más bien, a juzgar por el producto.

Diariamente recibimos, con puntualidad inglesa y la cantidad de datos que es capaz de expulsar una máquina enorme, conectada a otras y otras y otras de tamaño y capacidad gigantescos, el parte de guerra que nos proporcionan unos medios de comunicación que no informan con la autenticidad, objetividad y meticulosidad inherentes a los partes de guerra de la prensa de antaño, sino que los enmarañan en una inmunda y mentecata retórica al servicio de los intereses de otros, pero que coinciden inexcusablemente, ¡oh, casualidad!, con los suyos propios, los de estar sin excepción al servicio del poder, cualquiera que sea este.

Sin embargo, entrevemos la gravedad de la situación, aunque no precisamente la situación a la que se refieren esos medios, sino la auténtica, y es esa situación la que nos golpea, cada vez que repasamos la prensa, como golpea la guerra siempre, transformando los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne, tal que consideraba Hamlet, en un único conflicto, el de vivir o morir, y en una sola emoción, una de las emociones más fuertes que envuelve a todas las demás: el terror. Los enemigos acechan desde más allá de nuestras fronteras, pero los colaboracionistas se han instalado en el poder para bombardear a todos aquellos, y a aquello, que aún quedan en pie en este terruño. La guerra causa los males conocidos por todos, incluidos los que las hacen, y yo siempre los simbolizo en mi interior con la imagen del vientre de las mujeres de los pueblo que las sufren dinamitado, porque la guerra es un drone que se dirige a un objetivo único con la precisión pavorosa de la que carecen aún los drone: la vida. Por eso, tal vez, el ministro de Justicia, Ruíz-Gallardón, quiere obligar a que las mujeres alumbren un ser, cualquier ser, y en las condiciones que sea, incluidos los deformes y sufrientes, para simular que están de parte de la vida, queriendo ocultar que son ellos precisamente los encargados de hacerla desaparecer subrepticia y lentamente. Vivir arrodillado, aterrado, y sin entender nada en absoluto, no es estar vivo.

Ignoro el estado de ánimo de quienes permanecen atentos al desarrollo de esta guerra, cómo perciben cada una de las noticias que van llegando con la proliferación de las metástasis. Personalmente, hasta hace unos meses, era capaz de discernir una de otra, las iba comentando con mis amigos y las acumulaba en la memoria. Ya no. Ahora, cualquiera de ellas, la última, se suma al todo que son las anteriores, y la siento como un amasijo de desastres inanalizables que, amontonándose a la velocidad del rayo, ofuscan la percepción, la capacidad lógica, desnortan y nos convierten en  peleles arrojados en un cajón común, o a la cuneta de los vencidos. Días pasados, o aún estamos en ello probablemente, salíamos, solo respecto al Banco de España, a noticia por día, quizá a dos, y aun no asimilada la primera, llegaba la segunda, la tercera… es decir, llegaba un mazazo después de otro hasta lograr dejarnos aturdidos: El Banco de España plantea suprimir el salario mínimo para algunos trabajadores. El Banco de España pide anticipar el alargamiento del periodo de cálculo. Linde pide acelerar la entrada en vigor de la jubilación a los 67 años. Linde, el gobernador del Banco de España, reclama una vuelta de tuerca a la reforma laboral con contratos fuera de convenio. Y naturalmente, no solo se nos informa día a día respecto al Banco de España, sino de lo que dos, tres, cuatro o más instituciones privadas o públicas, personajes relevantes, sesudos grupos de analistas o de economistas, nacionales como extranjeros, tengan a bien suponer, augurar, valorar, medir, sugerir, decidir, implantar, farfullar, que ya el tiempo se ocupará de que lo que sea eche raíces, se robustezca y cambie el mundo como lo conocimos, hasta que un día, en absoluto lejano, dada la velocidad con la que se trabajan la tierra ellos y ellas y ello, nos asomemos a la ventana a fumar un cigarrillo, alcemos la vista y nos digamos más muertos que vivos: ¡Cielo Santo, he olvidado por completo cuándo viajé a este nuevo planeta!  Quizá sea el Alzheimer, quizá que me haya muerto, pero ni los funerales recuerdo.

Cuando uno amanece nostálgico y aspira a enterarse de una noticia a la manera antigua, es decir, no conformándose con los titulares por precaución, sino yendo incluso a la letra pequeña, ocurre sin remedio lo que me ocurrió ayer, que se cae dentro de un ataúd en el que proliferan montones de gusanos nauseabundos, sin que nadie nos hubiera advertido antes del elevado grado de peligrosidad, algo al modo en que lo hacía la iglesia católica con las películas, según la cantidad de pecado que podía inoculársenos de pasar por taquilla; tolerada para menores, mayores de dieciocho años, peligrosa o gravemente peligrosa. Así que ayer leí, entre tanto otro que había y que pude haber leído, un poco a lo idiota y línea a línea, “Dos vías de ajuste en pensiones”. Lo mismo que a Carlos Bousoño, antes de entrar a analizar de lleno el símbolo bisémico en la poesía de Machado, le interesa apuntar qué son y cómo actúan los signos de sugestión, qué sucede cuando un signo está afectado por el fenómeno de la reiteración, digamos, por ejemplo, sistema genocida, genocida, genocida, genocida… cómo resulta de obvio que el vocablo ‘genocida’ no significa lo mismo en el último enunciado que en el inicial, ya que toda reiteración posee virtudes intensificadoras del significado, así, en el texto periodístico se sumaba un susto a otro, y otro, y otro, y otro, hasta lograr que la respiración se fuera haciendo más y más dificultosa, el corazón bombeando como una máquina enloquecida de desprecio, de asco y de incredulidad.

De todo él, me limito a seleccionar unos versitos, más que nada para que quede clara la precisión matemática con la que el drone avanza en dirección al objetivo, la prueba de la capacidad de cálculo de los vencedores in péctore que nos convertirá otra vez en seres grotescos y derrotados, a no ser que aquello que se nos pasa a todos por la cabeza se haga realidad de inmediato y comience a rendir fruto. La estrofa que me maravilló:

“La fórmula se abandonó, iba más allá de lo que propone la ley de 2011, que obliga a crear el factor. La que ahora se abre paso, apuntan media docena de fuentes consultadas, busca una fórmula que, partiendo de la esperanza de vida en el momento de la jubilación, calcule de forma automática la pensión a percibir. Si se tiene en cuenta que como norma general LOS TRABAJADORES QUE SE RETIRAN VIVEN UNOS 50 DÍAS MÁS QUE LOS QUE LO HICIERON EL AÑO ANTERIOR, esta opción conlleva en una reducción de la pensión. Salvo extrañas excepciones, que se dan: en 2005 o en los primeros meses de 2012, la esperanza de vida cayó”. (las mayúsculas, pero solo las mayúsculas, son mías). No dejen de considerar lo que puede caer aun si se empuja en condiciones, admirables calculadoras humanas de fórmulas, factores y esperanzas.

Lástima, dirá cualquier lector, que el castellano con el que querría exponer el periodista las fórmulas, la capacidad de cálculo y la precisión matemática que vayan a aplicar a nuestros asuntos quienes se ocupan de ellos no ande a la altura. “Esta opción conlleva EN una reducción de la pensión”. Pero no solo. Entreténganse en calcular cuántos días de más querrían vivir, y además cobrar, pero empleen el tiempo a modiño, como dicen mis paisanos con toda la cachaza del mundo, porque la noticia no tiene desperdicio. Es la guerra. Y es la guerra tal que decía líneas arriba: enmarañada por la mente pensante y por la sintaxis con la que se va dictando a todos los medios de comunicación. Que no se note, sobre todo que no se note, queridos niños.

http://economia.elpais.com/economia/2013/05/18/actualidad/1368907730_325474.html

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s