Escrache lingüístico en román.

 

Como los bebedores compulsivos, me juro que jamás volveré a hacerlo y, como los bebedores compulsivos vuelven a encontrarse una y otra vez frente a una botella casi vacía, regreso a la consciencia extrañada cuando me descubro frente a un texto más que mediado, escrito al dictado de un dios irascible e implacable que me roba el tiempo. En especial, si se me dispara con pólvora de una lengua descerebrada. Así fue hoy. La resaca es mayúscula.

Andrés García de la Riva informaba ayer, en el El País y desde San Millán de la Cogolla, sobre el VIII Seminario Internacional de Lengua y Periodismo, bajo el titular “La crisis ha enriquecido la lengua”, dos días para que lingüistas, periodistas y economistas debatan “sobre la influencia de la crisis actual en cómo los medios comunican la realidad, el uso de metáforas, eufemismos, la recuperación y creación de nuevas palabras, el lenguaje de la contestación o el dilema entre la corrección política y el lenguaje catastrofista”. Con lo bien que se está en el Monasterio de Yuso y lo bien que se come en La Rioja les va a saber a nada a los pobriños.

“La crisis no solo ha generado desahucios y desempleo; además de haber contribuido a destapar innumerables escándalos de corrupción, la crisis ha enriquecido nuestra lengua”, era el alegre introito del periodista, probablemente contagiado del optimismo de la Fundación San Millán de la Cogolla y la Fundación del Español Urgente (Fundeu, BBVA), organizadores entrambos del feliz suceso en el que, viene a decir,  interviene gente de lengua selecta, reunida en un lugar ameno, locus amoenus, el tópico literario, en este caso de Berceo, tan oriundo de aquel valle como santo e ingenuo varón. ¿Hemos logrado enriquecer la lengua, gracias el hambre? ¿Como los pícaros del Siglo de Oro? ¿Acaso como Cervantes? ¿Como Quevedo? ¿Como San Juan de la Cruz, con aquella hambre y aquella sed? ¡Oh, dicha! ¡Oh, inesperado gozo! ¡Oh, bien, ya todo mío! ¿Y no debiéramos quizá ir a la raíz y erigirle un monumento a Las Subprime, las nuevas flores del mal, pero en inglés?

“Esta crisis económica nos ha hecho mucho más ricos en vocabulario ya que ahora utilizamos palabras que antes desconocíamos y sabemos lo que significan”. Menos mal que lo sabemos, me permito añadir, doña Soledad Gallego-Díaz, periodista en trance de decir justo desde la cuna de la lengua, que llaman unos, la del castellano, que dicen otros, al parecer confundidos estos, y sin embargo, de la talla de un Menéndez Pidal, un Rafael Lapesa, un Alarcos Llorach. San Millán es, como bien sabemos, el lugar adecuado para balbucir con éxito lo primero que se nos ocurre. Lo tuvieron los primeros que lo hicieron, unos copistas vascohablantes que balbucearon o balbucieron en romance, gracias a lo cual en la actualidad podemos expresarnos en el mismo romance -el que más tarde ordenó Alfonso X para la redacción de cuanto mandaba, revisaba y corregía-, junto con entre unos cuatrocientos a quinientos millones de personas, esta misma periodista, el director de la RAE y presidente de FUNDEU, Letizia y yo. Porque Letizia también estaba allí, cómo no, siendo doble su preparación para el encuentro. ¿Han visto qué bonito este grupito junto con entre? Pues, mire usted, señora mía, cabalmente vascuence el gusto por la acumulación de preposiciones y, contra lo que creen algunos, tan de nuestra lengua al tiempo, porque a engendrarla ayudó gente que concebía el mundo y lo expresaba en euskera. Pasó hasta por sobre las órdenes de su jefe, o les disparaban desde por entre los árboles. Y aun podríamos querer ser más exactos: los disparos se sucedían hasta desde por entre los arbustos. ¡Cuatro preposiciones seguidas, cuatro! Copistas en un vastísimo territorio que poco tiene ver con el actual País Vasco y que se extendía a uno y otro lado de los Pirineos nos hicieron ricos para siempre al haber iluminado, de modo similar al de todos los escolares sus manuales de inglés o de alemán, unos textos latinos, aspirando a la traducción o al comentario en romance peninsular, que aparece mezclado con vascuence medieval. En fin, aquello que conocemos desde la escuela como Glosas Emilianenses y Glosas Silenses, estas posteriores a las primeras en casi un siglo.

¿Recuerdan los tiernos balbuceos por escrito que daban fe de la existencia de nuestra lengua desde mucho antes de que los anónimos copistas dejaran su testimonio, allá a finales del siglo X, principios del XI?: Con o aiutorio de nuestro dueno Christo, dueno salbatore, qual dueno get ena honore et qual duenno tienet ela mandatione con o patre con o spiritu sancto en os sieculos de lo sieculos. Facanos Deus Omnipotes tal serbitio fere ke denante ela sua face gaudioso segamus. Amen. El español para hablar con Dios, que dicen que dijo alguno, quizá el emperador Carlos V, y que tanto vino repitiéndose después, así como la distribución de las lenguas románicas por su adecuación, ora este para hablarles a las damas, ora aquel para con los caballos, ora estotro para ordenar a nuestros bravos soldados. O para que los iluminados de vuelo rasante puedan decirnos cómo debemos hablarlo, cómo escribirlo, qué es bueno, qué es malo, qué es riqueza, o qué pérdida debiéramos permitirnos. Lo que no se nos dice jamás es cuánto y cómo conviene pensar, y haberse trabajado la cuestión, antes de lanzarse a soltar la lengua.

A cargo del catedrático de Metafísica, exministro de Educación, Ángel Gabilondo, que gozó asimismo del privilegio de orearse con las dulces brisas y el verde paisaje riojano, corrió la lección inaugural: La crisis tiene su palabra. Gabilondo, aunque perteneció a una familia más que numerosa, como su padre debía de ser padre con posibles -fue carnicero-, cursó sus estudios en los Hermanos del Sagrado Corazón de Donostia, y aun llegó a ser fraile corazonista, hasta que, treintañero, una de esas crisis reveladoras lo empujó a navegar aguas meramente docentes. “Se ha convertido en una coartada para dejar de ser generosos y exigentes con nosotros mismos. La crisis pone en juego no simplemente lo que hacemos, sino quiénes somos”. Esto es muy gordo dicho así, que no se me diga que no, tan gordo, que confieso no haber entendido una palabra, aunque es cierto que la metafísica no es lo mío. Según el periodista, Gabilondo advirtió además del riesgo de dejar de lado la educación y la cultura en una coyuntura de crisis como la actual. A su juicio, prescindiendo de ellas, “la crisis tomará la palabra y no será la nuestra”. Qué querrá decir lo de que la crisis tomará la palabra y no será la nuestra, Señor… Porque pasarles la crisis a otros estoy segura de que no. ¿Hablará tal vez lengua extranjera la crisis? Diría que lo viene haciendo la condenada desde que empezó y que habla con preferencia inglés y alemán. Pero, además, de toda la vida, la educación y la cultura corrieron riesgos de no contar en este país, y así en la pobreza como en la riqueza, pero, obviamente, de forma más significativa siempre que gobiernan la casa los más inclinados a que la querencia se haga de granito y a ser posible yendo a eternizarse el granito. Y respecto a que la crisis pone en juego, no simplemente lo que hacemos, sino quienes somos, no puedo comulgar con usted, Gabilondo, porque los psicólogos, encargados de esa parte en concreto -convendría evitar la injerencia profesional-, aún no advirtieron de que la crisis económica conlleve crisis de identidad alguna. Opino que seguimos siendo los de siempre, fíjese, si no, profesor, en Gallardón, en Felipe González, en Cotino, en Pepiño Blanco, en Rafael Blasco, en el pícaro Estebanillo González, en Sorayita, en Fabrita, en los tiernos hijos y nietecillos de todos ellos y ellas dentro de sus casas rosadas, verdecitas, blanquitas y celestitas del barrio alto. Fíjese en nosotros mismos, los de entonces, ahora más jodidos, dónde va a parar, pero que seguimos siendo los de entonces, aquellos a los que siempre se jodió. Y por cierto, en el caso de más que muchos de nosotros, tan permitiéndolo, tan dejándose, tan callando, y con la vileza y la abyección de cualquier cómplice sumiso y complaciente. Por si las moscas. ¡Qué producto tan cuajado el nuestro, tan logrado con dedicación siglo tras siglo de los más poderosos y dotados, la guinda, a cargo del rejoneador Franco Bahamonde, ferrolano, bajito y que nació ya uniformado, apenas leyó, pero fue aficionado a las pistolas, en razón de a saber qué traumas infantiles que habría podido explicar un austríaco y que él distrajo a su manera jugando con la vida y la muerte como un dios de pacotilla!

Y si andaba por allí, tal que asegura la noticia, la asimismo periodista Lucía Méndez, el director de Comunicación del Banco de España, el economista jefe de Intermoney, el subdirector de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada, y hasta por despiste o una desmadrada afición a figurar en programas lingüísticos aparentones un catedrático universitario de Lengua Española, ¿por qué Gallego-Díaz, de El País, en lugar de interrogar a, pongamos, el jefe de Intermoney? Misterios de la prensa. En todo caso, dice que ella dijo –o famoso díxome díxome galego- que hay “algunas palabras que han cambiado de significado. Austeridad antes tenía un sentido positivo; ahora es una amenaza. Rescate también era positivo y ahora es peligroso.” ¿Sentido positivo? Durante las horas de duro trabajo lingüístico, ¿se expresará en castellano esa mujer? Espero, pero austeridad sigue significando austeridad y no es positiva ni negativa, como mucho, calculable en gramos de jamón ibérico o de pescado blanco el régimen que nos imponen o que nos imponemos. Además, la gente no ama la austeridad, la loa en otros, la de Antonio Machado, la de Adolfo Suárez, las costumbres del párroco de la esquina, que se están poniendo por las nubes, como habrán comprobado si frecuentan la prensa. En cuanto al rescate, pues mire, depende. Si logra pagarse al pirata de la mar, positivo que se apunta uno, si no se logra, desgracia cantada. Pero en realidad, los rescates más peligrosos son los que no exige a la cara un secuestrador que está tan cerca, tan cerca, que no sospechamos que lo que realmente quiere no es lo que deja de pedir por el secuestro, sino ese darnos por culo que nunca falla, bien para significarse y dignificarse en sus entresijos, al modo, por ejemplo, de un Ruíz-Gallardón cualquiera, bien para logros mayores y posteriores, que sería el caso de una Beatriz Talegón, en proceso de desarrollo aún, o incluso el de la ya bien rematada Merkel, que las contradicciones a veces son tan aparentes como las paradojas. Lean esto: “Los periodistas debemos tratar de evitar esta amenaza para que los ciudadanos se puedan defender. Somos el vehículo a los ciudadanos y deberíamos tener la capacidad de combatir esta tendencia”. El diagnóstico está clarísimo: decididamente, esta buena mujer no habló castellano en su vida y prueba de ello es que ignora su sintaxis, aplica sin rigor su léxico y no sabe lo que dice. Se permitió también, ignoramos si como representante de su periódico o por libre, dejar valorados a los economistas: “A veces tienen implicaciones ideológicas en sus valoraciones. En los últimos años, si fuera por los expertos, no nos hubiéramos enterado de nada”. ¿Implicaciones ideológicas un economista? Pues sí. Su ideología es la de dejarse mecer por el capitalismo más feroz a modo de fechoría criminal, y la suya de usted es la misma, salta a la vista. Respecto a enterarnos, poco, pero no en razón de que en verdad sea difícil la materia o de que se utilice en demasía el vocabulario jergal de la profesión; por el empeño en pretender hacer de ella una apestosa religión o la metafísica de un sistema en el que creen práctica y desesperadamente todos ustedes, por cierto. Enterados de a qué se juega o sin repajolera idea, pero calentitos.

Lucía Méndez -tengo debilidad por esta mujer, la recuerdo desde un artículo de 1993 en el que presentaba en sociedad a las mujeres y varones del PP; ellos, siempre de brillante oratoria, protagonistas en temas internacionales, grandes parlamentarios, etc.; ellas, rubias, elegantes, de cuidada figura, solteras o casadas, discretas…- advierte de que “los medios tenemos la obligación de hablar claro, llamar a las cosas por su nombre”. A la rubia, rubia, y al varón, Rajoy. “Debemos dar voz a las víctimas con la crisis con palabras que pueda entender todo el mundo.” Las archiconocidas dudas de Baroja sobre el uso de las ciertas preposiciones -¿de zapatillas? ¿con zapatillas? ¿en zapatillas- se las resolvía de golpe y porrazo doña Méndez con ese debemos dar voz a las víctimas con la crisis con palabras que… “Cuando no sabemos qué hacer, no sabemos qué decir.” Así es, señora mía, celebro que sea usted consciente del suceso. “Eso les pasa a las autoridades y los periodistas tenemos que explicarlo”. Pues empezamos bien. Habrán observado que se suceden los desastres y que el análisis resulta autocrítico. En fin, también tuvo palabras para los eufemismos: “Estos eufemismos se usan para edulcorar la realidad porque las palabras que entiende la gente tienen una gran carga emocional”. Es lo que ha pasado desde casi el principio de los tiempos con los eufemismos, no me sea chistosa; una vieja costumbre lingüística que solía enmascarar pudores, miedos, emociones y conflictos de todo tipo, hoy, un corazón putrefacto, una codicia encarnada, una jauría de lobos enloquecidos disfrazados de personas -disfraz sobre disfraz- que en realidad siempre existió, pero a la que la facilidad e inmediatez de la comunicación actual le multiplica la difusión y los ecos, que nos colma las sentinas más profundas, por lo que quienes aspiran a salvarse se ven obligados a presentar esa lluvia incesante de eufemismos apenas trabajados, en cantidad mayor y con mayor frecuencia, más impunes todos gracias al ruido, más estúpidamente amanerados los eufemismos y todos ustedes, ellos y quienes que se los repiten.

Como el seminario terminaba mañana con dos mesas redondas, La metáfora informativa y El lenguaje de la contestación, y ese mañana es hoy, ¿sería posible incluir un escrache lingüístico justo en la que concierne a la contestación? Gracias. Díganme, con la que está cayendo, ¿cómo es posible que un puñado de cantamañanas y figurantes de pacotilla se haya reunido en San Millán de La Cogolla durante un par de días con la disculpa de estudiar la salud de la lengua, los cambios en su vocabulario, o “el dilema entre la corrección política y el lenguaje catastrofista”?

Pues todo este conjunto de nadas, o de sinvergonzonerías, según quiera verse, le merece al redactor del notición la siguiente entradilla: “El seminario Internacional de Lengua y Periodismo analiza cómo sobrevive y se transforma el castellano en pleno período de recesión.” No me digan que andamos faltos de gente que sabe escribir. De lo que carecemos es de qués. De substancias.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/16/actualidad/1368730703_051922.html

 

 

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