El Ojo de Dios.

 

En los estados democráticos, el poder ejecutivo está considerado el administrador y ejecutor de la voluntad popular a la cual representa, y de la que debe ser su más firme garante y valedor. Así que, una de dos, o esto no es una democracia, o la breve descripción que acabo de hacer es filfa en rama o patraña fina. Podría decirse sin miedo a errar que el Ejecutivo español recibe tal nombre porque nos va ajusticiando o ejecutando como a reos a los que envía al cadalso sin juicio previo, en buena parte, a base de no lenguaje, pero que no es silencio tampoco, es un tormento que da mucha sed de palabras; en la otra, al pie de la letra, es decir, nos va despachando de maneras diversas, bien de una vez para siempre, bien a poquitos. En ocasiones, como en los casos que llaman de suicidio, por violento desalojo de la vivienda, por habérsele retirado al dependiente aquel o aquello de lo que dependía, al discapacitado, el bastón, al trabajador, el trabajo con el que se alimentaba y alimentaba a los suyos, por la ración de hambre que reciben tantos, por pura hambre, violenta en primera fase y postradora en segunda, en general, a base de robarnos los bienes que poseíamos antes de que empezara a ejecutarnos para poder pagar rescates a quienes, junto con él mismo, nos tienen secuestrados (gracias, A.). Dichos bienes son, a saber: el bien de la justicia, de la lógica, de la coherencia, de la escuela pública, del médico y del fármaco, del trabajo, del descanso, del futuro, de la alegría de los hijos y de los nietos, de la alegría a secas, de la vida, de las palabras, del aire que respirábamos… Limitados los otros dos poderes, facultades o funciones del estado, el legislativo, a por real decreto y desobediencia a la ley, el judicial, a cuatro gritos mal dados, con ecos de lagrimeo, estornudo, tos y otros síntomas catarrales de la prensa en negro sobre blanco sin substancia, de la audiovisual en voces e imágenes vanas, con este mismo, llamado antaño cuarto poder, metamorfoseado a día de hoy en ejércitos de furcias y de murcios, de furcios y de murcias, en síntesis, de golfos, nos queda un Ejecutivo que hace tiempo que perdió la autoridad para dar en Ejecutor que manda con la misión que le es consubstancial, lo que le permite ejecutar a mansalva.

¿Qué es lo que más teme un maestro, un profesor, en el contexto de la educación actual? Perder la autoridad ante sus alumnos. Algunos llegan a tener pesadillas día sí, día también, al haber errado en el fundamento, la vocación, por lo que temen dejar de ser aquello que, en realidad, nunca alcanzaron, así que, como en las tragedias clásicas, los oráculos podrían predecir el fin a que están abocados, y la psicología dar su porqué: el cerebro se hace nudo férreo porque las neuronas dejan de transmitir y de comunicarse mediante sinapsis, y es el propio nudo lo que los envía al despeñadero. He conocido como a una docena de ellos que, cada vez que quedaban desautorizados ante una clase, acudían al profesor de guardia, al jefe de estudios, al director, llamaban por teléfono con urgencia a los padres de determinados chicos, llegaban a reclamar la presencia de la policía. ¿Y qué ganaban? Que se callaran durante aquellas breves presencias que acudían, con la autoridad íntegra aún, a sofocar la rebelión, que prometieran que iban a permanecer tal cual cuando volvieran a quedarse a solas con el cobarde que había recabado ayuda a las fuerzas y cuerpos de seguridad escolares como estatales. ¿Y qué pasaba, apenas se cerraba la puerta? Que la muchachada retomaba la guerra, que la calentura arreciaba, dado que el pobre diablo había hecho exhibición sin recato de su debilidad delante de todos ellos. ¿Y a partir de ahí? A partir de ahí, ese no ser, cuyo mayor enemigo durante toda su vida profesional había sido un niño, pasaba, de haber sido maestro, a ser de por vida un infeliz funcionario a expensas de falanges defraudadas y embravecidas que, por el fraude mismo, ansiaban aplicarle la justicia de mantearlo como a un pelele, porque en rigor era un pelele que ya jamás podría hacerse con el control de esa clase, de ninguna de ellas. Se acabó, c’est fini. Los alumnos podían ser castigados sistemáticamente por dirección, por jefatura de estudios, por sus propios padres, podía volver a mentársele la policía y una larga estancia en el Purgatorio, podían incluso llegar a permanecer callados durante parte del tiempo que durara la clase, pero en adelante, nunca se prestarían ya a querer escuchar, a aprender, a mansamente obedecer, a abandonarse y confiar en un profesor que había dejado de serlo. Y he sido testigo de uno de aquellos casos: pude observar cómo un grupo de discentes amotinados mantenía sistemáticamente al docente arrinconado en un extremo de la mesa, pálido, tembloroso, enfermo, fuera de juego, kaputt, Herr Rajoy. De esos maestros, si alguno de ellos se pudo salvar de las garras de la baja casi perenne, júrenlo, se trataba de un mantenido de la Administración, con enorme frecuencia fulano o fulana del Opus Dei, y de hecho, conocí a uno en concreto, una, para ser exactos, que permaneció en activo, un decir, pero disueltas para ello las huestes de las clases a las que había fingido enseñar y educar, en forma de niños desparramados por entre varios grupos y aun otros Institutos, en aquella ocasión, a mayor gloria de un don Exfulano al mando de la Consellería de Deseducación en València. Con todo, solo era su cuerpo el que deambulaba en limitadas ocasiones por los pasillos o en tímido y raro asomar por la clase. El alma de aquella profesora había descendido definitivamente a los infiernos, en ayes prorrumpiendo.

Si consideramos a Rajoy uno de ellos -mi profesión propicia la analogía y el establecimiento de vidas paralelas-, tendría que poner en el empeño más de lo que puede o de lo que es capaz la Germania de los duros acentos, la Troika -tan ridículamente disminuida si evocamos a César, Pompeyo y Craso-, o el mismísimo FBI, comandado por Robert S. Mueller III, ¡pobrecillo!, por muy ratificado en el cargo por Obama y confirmado por el Senado que esté el abogaducho, para que este registrador de tristes funerales que anda poniéndonos la propiedad a nombre de bancos alemanes, aguantara, así paseando su cuerpo de alma en pena por España, que ni de la Santa Compaña debe de tener noticia el mamón, frente a un pueblo, toda una clase embravecida, un ejército de gente mal decapitada por el fraude o por la estafa sistemática, que soporta sus accesos de baba o los de cualquiera de sus ministros.

Amo a los niños y a los adolescentes por su elevado sentido del valor y de la justicia. Arriesgan y se enfrentan, mucho más de lo que podría pensar un lector ajeno a esa lid o un padre desatento, a quien haya que enfrentarse, por repetirlo, a direcciones, a jefaturas de estudios, a sus propios padres, a la policía pasmada, aceptan verse privados de lo que más les gusta, y vez tras vez, antes de doblar la cerviz y comportarse, tras el fraude, como antes del fraude. Así que, llevo semanas preguntándome si este pueblo carece del valor que posee de natural un mozo con granos en la cara que lo empuje a enfrentarse a un Estado Agonizante en una aún -ojo, aún- democracia, más informal que formal incluso, más delincuente que íntegra. Y digo aún, porque el pavor de Rajoy y el de sus más caros lugartenientes ante la ola de contestación social, que se eleva y se eleva y amaga con querer hacerse tsunami, los ha incitado a plantearse la modificación del Código Penal, ¡ahí es nada!, de forma que nuestra pacífica resistencia a dejarnos masacrar, la protesta por y ante ello, la mera articulación del lenguaje tal como se conocía, decir, por ejemplo, cucaracha o rata para nominar rata o cucaracha, constituyan delito que bien podría incluir cárcel, y todo ello para poder seguir así, tal cual, con la economía y la política de la nación tutelada por extranjeros bárbaros -valga el pleonasmo-, una vez que, en 2011, el PSOE, con el apoyo fervoroso del PP, rubricó la prioridad absoluta del pago de la deuda y sus intereses a toda otra cosa, lo que nos mantendrá como eternos deudores, situación ideal para hacer de nuestros culos panderos. Una cosa como si, preocupados por una cantidad que el banco dice habernos prestado y que nos reclama con insistencia, le firmáramos al director de la sucursal bancaria, ante notario, que hemos puesto en marcha la comprometida decisión de dejar de comer la familia al completo, padres, hijos y abuelos, declinar la mínima atención sanitaria y los analgésicos para ir tirando, en caso de enfermedad, los niños abandonar la asistencia a la escuela por ahorrar el bus, el papá o la mamá renunciar al cafelito con el que solían distraer sus tres o cuatro años en paro, y así sucesivamente, hasta poder llegar a afrontar el pago, y hasta el último céntimo, a la entidad bancaria. Con el curioso agravante añadido, propio de cualquier retrasaíco, de que resulta que sabíamos de manera fehaciente que la deuda la había contraído un alocado e irresponsable vecino.

Antes, pues, de que se cierre ese Instituto y se traslade a los alumnos en masa a otro cualquiera -esos guetos atiborrados de chicos tullidos de sumisión ante al poder de la indiferencia y la crueldad zafia de una Administración que dice que los IES son lugares de enseñanza aún-, de que pueda recurrir el Ejecutor a los elementos disuasorios del dolorosísimo disuadir policial, por ejemplo, ¿recuerdan?, a base de escopetas con bocachas para el lanzamiento de macizas pelotas de goma a la distancia discrecional de la discreción que haya en el alma de un policía, es decir, antes de la represión por la que tienen tanta querencia las dictaduras, bien amordazado ya todo medio de comunicación, por mantenernos así, con la economía tutelada por extranjeros, y subordinado al pago de la deuda, odiosa, todo en absoluto, nosotros incluidos, rebelémonos. Porque, con un déficit democrático de miura, este otro maestro acojonado recurrirá a más ajo y agua con porras y lo que juzgue después de las porras, te enchirono si protestas, si pataleas o te me pones quejica; que aquí, y esto ya se lo hemos oído al brillante Montoro desde el escaño, los únicos que van a seguir viviendo de puta madre son los chorizos de todo estamento y pelaje, de los que no podemos prescindir ni de coña, añadía.

Y ahí están los datos que lo proclaman: con más de seis millones de parados, en un país en el que trabajan dieciséis de los cuarenta y cinco millones de españoles -cantidad aproximada, porque la movilidad exterior de la menistra Báñez y demás gracietas que fluyen de la boca de cuantos tienen mermada, por culpa de cuanto pueden, la ya de por sí raquítica capacidad intelectiva, todos y cada uno de los miembros del Ejecutor, invalidaron, junto con el lenguaje, las cuatro reglas-, se ha logrado que la renta del capital haya crecido un 3.2%, y de acuerdo con toda lógica, que, del 2008 al 2012, el peso de los salarios en el PIB descendiera, por contra, un 5,2%. Y mientras tratan de impedir que recurramos a la cuenta de la vieja y a las palabras con las que nos entendíamos, el cerebro es obstinado, ¿no oyen cómo se desgañita el Ejecutor en su tarea ejecutoria, lo nerviosos que entran y salen a decir nada, que no hablan de este mundo en el que nos desvivimos esos tantos millones, sino del más allá? 2015, 2018, 2020… Ya se irá viendo, conforme los vayamos poniendo en su sitio a todos ustedes, masa informe y despreciable, chusma del carajo, pueblo miserable y tercermundista. Bien arrellenados en su propio y muelle analfabetismo, en la estulticia y en la chulería, en su querer ignorarlo todo, engolfados a fuerza de poder en las convicciones y dogmas que regurgitan encima de nosotros, los paraísos fiscales a tiro de escopeta, apestan. No llego a entender que alguien pretenda someter a análisis, comente, critique, alabe declaraciones, determinaciones, decisiones o propuestas políticas, todo ello brotado del inhumano poder y la maldad enfermiza. No puedo reaccionar sino con el palo o con la burla, que termina siendo sin remedio el palo de la burla que, con todo, pone al descubierto mi desprecio total por todos ellos. Hay que echarlos. Como sea, pero cuanto antes.

 

Debajo, uno de ellos, de la Familia, con la boca abierta por el pasmo, tratando de distraernos de la obsesión del hambre con su propia obsesión por el ojo de Dios. Dios o diosa, que es gente que no le hace remilgo a nada si procede del Altísimo. Una cosa tipo Ruíz-Gallardón: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/05/02/actualidad/1367488874_539949.html

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