La primavera de Guillem Agulló.

 

Hizo tanto calor en València días atrás que, como un milagro, el intensísimo y dulzón olor a flor nos cogió tan desprevenidos como cuando las risas jóvenes irrumpen en el silencio de los cementerios. Recordé con nitidez que en la primavera de hace veinte años había ocurrido lo mismo. No todas las primaveras revientan de pronto con la potencia de esta o de aquella en que asesinaron al joven estudiante Guillem Agulló. Por él, y por tantos jóvenes universitarios que tenían su edad entonces, muy en especial por los del campus de Burjassot -donde había nacido Guillem- que, a pesar de las brutales amenazas, reciente el asesinato, siguieron gritando su ira a los que sabían cómplices de aquella muerte, mecanografío el artículo que hoy aparecía en la sección Testigo de Cargo de la Cartelera Turia firmado Alfons Cervera:

¡¿Eh, señor Juez?!

“El tiempo vuela y deja a su paso los peligros del olvido. Lo que pasó ayer ya es viejo en el calendario donde estamos señalando lo que está pasando ahora mismo. La memoria sirve para fijar los recuerdos y elaborar una teoría del tiempo pasado sin escabullirnos del presente. Las trampas del photoshop acechan para borrar algunos acontecimientos y la cara de sus protagonistas. Antes incluso de la era tecnológica, la historia asistía a esa vocación carnicera de los desalmados por eliminar del relato y de la imagen lo que no le gustaba de ellos mismos o de sus enemigos. Hace veinte años, en estos días primerizos de la primavera, un nazi mató de una cuchillada a Guillem Agulló. Tenía dieciocho años y veintitrés su asesino, Pedro José Cuevas. El de la navaja pertenecía a un grupo de extrema derecha y Guillem defendía con los suyos las ideas independentistas y de izquierdas que aún hoy defienden quienes aspiran a anchos espacios de libertad individual y colectiva que la Constitución se niega a reconocer. Era Pascua, y Montanejos se llenaba de gente para pasar unos días de fiesta. El navajazo sacudió el jolgorio adolescente y una vez más la justicia -ya entonces, ya entonces-, condenó al asesino a catorce años de cárcel, de los que cumplió cuatro y a la calle. Solo catorce años de cárcel y la burla de considerar que el crimen no tenía motivaciones políticas. La burla de la justicia. Siempre la misma cantinela.

No había motivaciones políticas según el juez. Sin embargo, ahora el asesino Pedro José Cuevas se enfrenta a a una pena de cárcel por por pertenencia al grupo al grupo neonazi Frente Antisistema. Y hace unos años, ese mismo asesino se presentaba por el partido de extrema derecha Alianza Nacional en las elecciones locales de Chiva. No sé lo que entendía el juez por motivaciones políticas. A lo mejor es que ese juez pensaba -o piensa, no lo sé- que la extrema derecha, neonazi, es una invención de quienes siempre le buscan tres pies al gato de la historia. Una vez más, las tramas fascistas tuvieron a su favor decisiones decisiones judiciales, unas decisiones que se ven mejor cumplidas en la permisividad con que las fuerzas de seguridad (?) actúan cuando se trata de perseguir a esas tramas fascistas. Porque ahí están sus caretos más que conocidos, sus amenazas permanentes a quienes no piensan como ellos, las agresiones que desatan contra la inmigración pobre, esa mierda de carroña moral que se pasea tranquilamente por las calles tan frágiles de esta democracia. Ahí están todos los años por estas fechas las pintadas fachas contra Guillem. La impunidad de la extrema derecha. La cantinela de siempre.

Hace veinte años que un nazi mató a Guillem Agulló. Pero aquí el tiempo no se ha detenido. Era muy joven Guillem y ya conocía esa precio. Pero lo que digo: el tiempo no se detuvo aquel fatídico día de Pascua en Montanejos. Ni en el juicio absurdo, insuficiente, que dictó una enfática burla política con su sentencia. Ni en el peligro del olvido que siempre acecha el paso del tiempo. La memoria de Guillem Agulló, las ideas de libertad e independencia, que tan joven defendía, siguen vivas entre mucha gente que se niega a pasar el photoshop por el relato y las imágenes de esta historia. Y entre esa pelea diaria de la dignidad humana, de la justicia justa, del trato igual para unos y otros, no vamos a descuidar -no deberíamos- la exigencia de que se acaben de una vez por todas las complacencias de la justicia y de la policía con la extrema derecha. No digo yo que de toda la justicia ni de toda la policía. Pero sí que afirmo que de demasiados jueces y demasiados policías. Esa perseverancia se la debemos a gente como Guillem Agulló y a tantos otros que cayeron asesinados por la violencia ultra, por la política criminal -¡¿eh, señor juez?!- de la extrema derecha en un país que se llama democrático hinchando el bucle, como si fuera un pavo orgulloso de no sé qué.”

Aun hay otro artículo en ese mismo número de Cartelera Turia que, sumado al de Alfons Cervera, me reconcilia con València como siempre, concluye ese convencimiento de que, pese a las sentinas a rebosar -gracias al Partido Popular, a quienes votaron por él, a su iglesia, a tantos clientes y cómplices del poder en cualquiera de sus manifestaciones-, hay una manera de ser y de estar de muchos valencianos tan llena de vida y tan mediterránea, que sigo sintiéndome en este pueblo como en tierra propia. Me refiero al firmado por el tan entrañable como áspero en las formas, esa coraza, Abelardo Muñoz:

Caricias.
“Mentiría si dijera que es un hombre como los demás. Tiene el deje melancólico de aquel que vive solo, si acaso entretenido con la eventual compañía de un amigo tan extraviado como él. En esas raras ocasiones en que alguien le hace una visita, se aviene con carraspeos a que el viejo colega entre en su casa y en ese momento adopta la cómica gravedad de un conde malvado que permite al intruso el acceso a lo imprevisible. Tras el consumo de dos cajetillas de rubio y una botella de vodka helado, el anfitrión se levanta del sofá y convence con breve empujones a su visitante de que ya es hora de dejarlo sólo envuelto en los vapores de la charla, los humores de su pensamiento, argumenta.

Luego, permanece meses enteros sin salir de casa ni ver a nadie. Rechaza con tozudez de rumiante mis invitaciones sucesivas de a cenar, a ir al cine, de copas y a las manifestaciones anti algo que ya son, dicho sea de paso, la forma más convincente del calor humano. Cada vez que sugiero ir a una manifestación de protesta como en los viejos tiempos que vuelven a ser nuevos escucho su desagradable carcajada de hiena, un estridente pozo de sarcasmo, desapego y aflicción. No hay manera de sacarlo de ese piélago volteriano. Cuando entras en su casa, compruebas estupefacto cómo ha prescindido de la radio, música, televisión y no digamos de Internet. Se ha hecho vegano y viste casi como un cartujo pues se niega a engalanarse con vaqueros cosidos en Birmania por niños o beber chocolates fabricados por una multinacional que deforesta tanta selva virgen como pelos le han caído de la cabeza en el último lustro. De las paredes de su casa no cuelga ilustración o cuadro alguno. El suyo es un hogar sin adornos ni recuerdos. En el fregadero tan solo una escudilla de madera, una cuchara y un tenedor del mismo material. En la nevera dos tristes manojos de acelgas. Ayer fui a verlo a su casa. Como de costumbre atravesé las Columnas de Hércules y él bromeó diciendo ser Caronte. Sentados antes la habitual botella de aguardiente de patata me hizo una confesión. He decidido dejar este rollo claustrofóbico y volver a la calle. Estaba sonriente con su pitillo colgando de los labios como un palo mayor. Caí en la cuenta entonces de que llevaba rímel en las pestañas y los labios pintados. Se había vestido de mujer. No es lo que parece pero tienes que comprender todo lo que ha pasado. Dando sus empujones habituales y con una sonrisa de oreja a oreja, se encasquetó una peluca amarilla, se colgó un bolso de marca en el brazo y me invitó: vámonos a la calle. Tengo ganas de caricias. Él no lo sé, pero yo no he vuelto a ser el mismo”.

 

Diría que este es el único youtube del Somniem de Lluís Llach. Una lástima.

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