Aunque os creáis absueltos, estáis implicados.

 

Ignoro si le está pasando lo mismo a cuantos permanecen en silencio, que juzgan que las palabras repiten gastadas y vacías lo mismo que andan diciendo, quizá parcial e insuficiente y siempre inútilmente, tantos y tantos otros. Habría que reinventar la lengua cada nueva generación para alcanzar a describir la foto fija en el tiempo de los despojados una y otra vez, sin que muestren un ápice de cansancio los que dicen unas veces cesta y otras ballesta, los lamentos y los gritos de una gente decidida a no rendirse tampoco ahora. Como ignoro si hay alguien tan convencido como yo de que la mayor de todas las censuras es la ignorancia.

Podría acusar al PP, comprador de voluntades, de haberme arrebatado la capacidad de leer prensa en cualquiera de sus formas, escrita, digital, en la radio, o en la televisión. Mis ojos patinan sobre noticias, crónicas y artículos de opinión, sin entender el significado de la palabra más trivial contada y desmenuzada o dicha directa por Cospedal, Montoro o Glez., cualquiera de los dos Glez., Felipe o el vano vocinglero Estebanillo, qué decir de la completitud de las oraciones que probablemente aspiraran a formar. Podría acusar al PP de no ser capaz de entender nada de lo que escucho en la televisión o en la radio. Podría. Y de hecho, acuso al Partido Popular de la mayor, la de pretender conscientemente arrebatarnos hasta las palabras, junto con lo que conocemos todos, y con la peor intención. No solo al PP, a los partidos políticos en general, a la mayor parte de los periodistas de cualquier medio de comunicación, desarmados y rendidos, por vendidos al mejor postor, y aun a buena parte de mis conciudadanos. Acuso a estos últimos, además, aparte de hacer tanto, tanto ruido, que no dejan oír nada a nadie, de complicidad, la de estar ayudando a fingir con palabras y acciones que no pasa nada, de actuar como si, en efecto, no estuviera pasando, mientras el Gobierno, mamporrero de intereses de un mercado criminal y de los de sus cancerberos, nos roba día a día uno más de los mínimos bienes imprescindibles que habíamos logrado con la sangre de las generaciones que nos precedieron, sangre anónima y generosa, y bienes cuyo logro, si llegáramos a cuajarlo de nuevo un día, exigirá, no ya a nosotros, sino a nuestros hijos, nietos y biznietos, si no más, tanta como les exigió a aquellas. Esos ciudadanos, así como los periodistas y sus amos, siguen paciendo, además, idénticos rituales y las mismas preces de antaño, fingiéndose instalados, como si ello fuera posible, en pasadas aspiraciones, por que pareciera que este de ahora es el mismo mundo en el que vivíamos hace cinco, seis años, ajenos y estúpidos entonces a cuantos síntomas iba dando noticia de la enfermedad del sistema, enfermedad letal, a no ser una intervención eficaz y justo a cargo de la ciudadanía, ¡de qué otras manos podría o podrá llegarnos!, que le restituya la salud, provocándole una crisis que lo mude.

En los espectáculos que muestran la escandalosa actitud de los españoles vergonzantes y que nos avergüenzan, con aforo de a rebosar las gradas de los más cutres y populacheros, siguen estando presentes, con el fervor de los años cincuenta, la iglesia, la peineta, el toro, el anís del mono, el poeta, las pelotas y otros disfraces españoles en un revival vomitivo de lo visceral hispano, la ignorancia ancestral cultivada con mimo por quienes llevan las de ganar a fuerza de seguirse trabajando a los que más tienen que perder. Y así, puedo referir, y en dos días consecutivos, este sábado y domingo pasados, frente a casa, en sesión doble en cada una de sus tardes, y sobre una especie de entre tablao flamenco, escena o catafalco eclesial, la puesta en escena por la parroquia en boca de infantes de sacristía de decir redicho, de uno de los milagros de esas tribus, con exhibición de jotas a lo largo y ancho del barrio, volteo de campanas ¡durante solo 15 minutos!, sumados al repique, y bien conjuntados unos y otros, los bocinazos de los coches más brutales que así participaban en la fiesta, seguida, no de un himno, de ambos, el Per ofrenar noves glòries a Espanya, en la voz a todo volumen del alcoyano Francisco -del Latino del Festival de la OTI ¡de 1981!-, más Francisco ahora que nunca, pero también el Tachunda nacional, tan enardecedor de masas como entonces, aplausos a rabiar y móviles obteniendo imágenes japonesas y chinas de cristianos. Talmente la puta España de mi infancia. ¡Franco ha resucitado. Hosanna! La tristeza de aquella paz en esta guerra de ahora.

Es la misma ciudadanía que nunca apoyó, de entre tanto que podría, el escrache, o quizá de entre ellos hubo uno que lo hizo en un primer momento, el de la debilidad que produce la piedad, inadmisible debilidad, de la que hubo de rescatarlo un representante del PP, uno de sus militantes, un vecino, su madre, el confesor, o una dama de beneficencia de aquellas a las que satirizaba, a saber por qué, Nacha Guevara: “Para ser dama de beneficencia, en color caca tejamos con paciencia, así los pobres a misa de once irán… y con la gente no se confundirán. Y un punto del derecho y un punto del revés, un punto para la Virgen y un punto para José”. Sin querer, asocio  escrache, una palabra que, al margen de los étimos que tan bien señala, entre otros, la Wikipedia, con el repugnante chasquido que hace una cucaracha cuando la pisa un mocetón con poca escuela -en lemosín, ‘escracar’ significaba, en coloquial, descascarillar un fruto seco, y aun escachar, de fonética próxima, pero vocablo otro, en castellano como en gallego significa cascar, aplastar, despachurrar o despanzurrar-, razón por la que, servidora, la más cobarde, asqueada y trémula al enfrentarse a una de ellas, fue quien se encargaba de matarla siempre, empuñando el insecticida que, por contagio, huele a cucaracha, por evitar que mi mocetón particular lo hiciera con la tranquilidad de quien apaga en la calle una colilla con el zapato, zapato que irremediablemente iba directo a la basura. No quiero la menor brizna de cucaracha en mi casa, su olor enferma aun de lejos, por lo que aconsejo a los que cultivan el escrache que se limiten a señalar los nocivos domicilios y sedes de las cucarachas mediante conjuros y hechizos que les permitan mantenerse alejados de un animal transmisor en sus secreciones de enfermedades diversas y tremendas.

En alguna ocasión, sin embargo, con inmenso tesón y esfuerzo logro entender líneas muy concretas, si rebusco entre la basura de la prensa, aspirando a enterarme de qué pasa, líneas que, en ocasiones aisladas, hacen diana, pero que han de llegar a bien pocos, al ser la portada de los diarios elegante escaparate de animalitos recién desollados y expuestos con la limpieza de una carnicería cara, escaparate cuyo cristal traspasan nuestros ojos sin romperlo ni mancharlo como el rayo del sol. Así, las de un artículo reciente en El País -en el que se contrastaba la educación recibida por los franceses y la recibida por nosotros, “Esperando a La Chalotais”, de Jordi Soler-, que vienen a sumarse a lo que siempre pensaron tantos, yo misma, porque, aunque como alumna no pisé un centro religioso, lo hice más tarde como profesora, experiencia valiosísima que vino a corroborar todas mis viejas sospechas, incluida la de estar convencida de que, domesticados en un ambiente tan enfermizo, los chicos que salen de él sin que se les haya contagiado algo debieran ser estudiados como producto excepcional por científicos de varias áreas del saber. Dice Soler:

“A juzgar por lo que ha producido en uno y otro país el sistema educativo, convendría empezar a cuantificar, de manera constructiva, todo lo que se ha perdido aquí durante estos siglos de educación mangoneada por la Iglesia, y la manera en que esta pérdida ha terminado conformando al país; porque, por echar mano de un ejemplo de rabiosa actualidad, la corrupción esperpéntica que últimamente llena páginas de periódicos y noticiarios, y la tolerancia abúlica con que el ciudadano común la enfrenta, están directamente relacionadas con nuestro sistema educativo.”

La corrupción esperpéntica que últimamente llena páginas de periódicos y noticiarios, y la tolerancia abúlica con la que el ciudadano común la enfrenta, están directamente relacionadas con nuestro sistema educativo. ¡Ahí, ahí le has dado, Soler! Y naturalmente, no solo con nuestro sistema educativo, sino con cuanta voluntad lo conformó, como la de haberle dado la espalda a lo que debiera habernos llegado de más y mejores lugares, pero que llegó con cuentagotas -como el Renacimiento nos alcanzó con el retraso de siglo y medio largo, y si suele señalarse, y aceptarse piadosamente, el año 1492 como inicio de la influencia en España del italiano, pero el paganismo que le era inherente, cuando no se ausentaba del todo, se escondía o se disfrazaba de religioso, se señala al tiempo que la Divina Comedia, principios del siglo XIV, es quizá la obra esencial de la transición del pensamiento medieval al renacentista-, substituido por pócimas intragables servidas por los más mediocres artistas, escritores y periodistas que nos representan en todo lugar y a toda hora, más que creadores, auxiliares de las mismas tropas de miseria intelectual, moral y estética, que casi lograron, logran, acallar, no solo las voces extranjeras, sino tantas de las propias. ¿Cuántos de los moradores de esta casa española cantaron, conocen, tienen noticia al menos, del Què volen aquesta gent de Mª del Mar Bonet, del Companys, no és això, Somniem o de las Campanades a mort, todas ellas de de Lluís Llach? ¡Memoria!, gritaba, sigue gritándonos, ya sin que nadie lo escuche, porque resulta, además y por otra parte, que hay que corregir ese memoria según un experto, y muy poco sospechoso, profesor universitario, ya que «memoria histórica»  es «un término inadecuado. Lo que hay son conocimientos y memorias biográficas, porque la memoria es subjetiva». L’Estaca, en cambio, también de Lluís Llach, y de cuantos la canten, la conocimos más y mejor, y ello, porque la cantó Serrat, y Serrat es otra cosa.

Pero también decía: “Que la Iglesia, en pleno siglo XXI, intervenga en el sistema educativo, y que lo haga avalada por ese anacrónico concordato entre España y el Vaticano refrendado en 1979, es una rareza que no existe ni en el país con más católicos del mundo hispano, que es México, donde la educación es, desde el siglo XIX, laica y gratuita como en Francia”. Y siempre hay que volver a lo mismo, al daño inconmensurable que produjo en el normal desarrollo de este país, de estos españoles, la iglesia católica, toda ella, la geografía de los difamados Pirineos. Me he preguntado durante una vida si el retraso general de este país, de que se viene hablando desde Viriato, es por estar situado en el sur, o si está en el sur por deseo tácito y expreso de su santa iglesia, puesto en sus manos por prácticamente todos nuestros mandatarios desde el principio y por los siglos de los siglos. Una parte de la, por lo demás, excelente enseñanza lingüística que recibí, tanto en la Universidad de Oviedo como en la de Salamanca, me sorprendió un buen día teñida de iglesia y de imperio y servida al tiempo por mentes que, a pesar de la excelencia, no lograron escapar de la mugre anterior y posterior al Régimen de la Santa Cruzada -¡santo binomio explicativo!-, así que húbose de proceder a arrancar la mala hierba para dejar limpia la teoría en el sembrado. ¿Cómo es posible? ¿Y cómo es posible que otros hombres en otros lugares, el cantautor al que voy a referirme, hayan sido capaces de vivir, por ejemplo, su especial religiosidad, o su religiosidad a secas, libres del férreo emplasto castrador de la iglesia católica? Siempre la consideré el argumento que sostiene y nos explica -deja por explicar en realidad, oculta- la mayor parte de nuestros males, si no todos. Y si perder de vista para siempre al Borbón es un bien deseable, qué decir de la entelequia de alcanzar a expulsarla de nuestra casa. Pero la presidenta de una asociación atea -los ateos, mejor, los que alardean de serlo, me producen un rechazo similar al de los creyentes que querrían bautizarnos en su particular parroquia, algo como lo escrito por Jean Paul Sartre en Les mots, 1964, entre ello: Elle ne croyait à rien; seul, son scepticisme l’empêchait d’être athéeme confiaba, mientras caminábamos en la procesión de una de tantas manifestaciones contra los sinvergüenzas que, por robar, robaron hasta el poder que detentan, que haría falta más de un siglo para lograrlo. ¿Tanto? Tiene que haber diagnósticos más optimistas.

Un lector dejaba hace unos días una canción en el blog, Il Pescatore, de Fabrizio de Andrè, y a más de uno de los que crecimos y vivimos ajenos a la existencia de gente tan hermosa, nos empujó a querer conocerlo, de él, todo. ¿Cómo fue posible que a muchos de nosotros de entre los más asqueados no nos hubiera llegado la Canzone del Maggio –la primera del álbum Storia de un impiegato, 1973-, que hoy, por cierto, tendría el significado y la fuerza de entonces, como la tiene L’Estaca? No hay censura como la ignorancia, porque he preguntado sin más resultado que la negación o muy remota noticia. Resulta esclarecedor verificar, por ejemplo, cómo el ansia de creer en algo que nos transcienda -aunque no haya sido, añadiría yo, en este hombre como en otros, más que cantar en el ansia– se alcanza de muy otra manera en culturas más civilizadas que la nuestra. Así la de Fabrizio de Andrè a lo largo de sus manifestaciones, o en concreto en La buona novella, aunque, al menos en el momento en que la concibió, tuviera muy otras pretensiones: Non avevano capito, almeno la parte meno attenta di loro, la maggioranza, che La Buona Novella è un’allegoria.

Este gobierno-iglesia materializa a la perfección todo cuanto desprecio de este país: la picaresca, la irresponsabilidad, la dejadez, la ignorancia, la brutalidad, la falta de sentimientos, de humanidad, de delicadeza y de respeto por todos y por todo lo que no sirva a sus intereses, incluida la ley, la crueldad gratuita, la palabra y el gesto soez, la afectación, la solemnidad, la superficialidad, la estupidez, la religiosidad medieval, el autoritarismo como primorosa dialéctica, y tanto y tanto más. Los que lo hicieron gobierno comparten esas mismas virtudes, razón por la que son incapaces de entender que hay que derrocarlo por ilegítimo. Unos y otros, junto con los jueces y todos los bestiales mercaderes, por más que se crean absueltos, están implicados. “Anche se voi vi credete assolti, siete lo stesso coinvolti. Algo habrá que hacer y enseguida.

Canzone del Maggio (Fabrizio de Andrè) El vídeo incluye la letra.

http://www.youtube.com/watch?v=G4FOK00NH4Q

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