Ayúdanos a imbecilizarte. Hazlo por ti.

 
Es tan sencillo, déjate llevar. Nosotros nos ocupamos de todo desde la televisión, la radio, el cine, los vídeos seleccionados, las fiestas y tradiciones nacionales, bienes de interés cultural inmaterial, es decir, BICI, fácil de pedalear, un internet bien utilizado y orientado, la prensa … ¿Cómo la prensa? Dirás las revistillas de esperar algo, el diagnóstico de un cáncer, su tratamiento, la extracción de una muela, el turno en la peluquería… No, digo la prensa, el cuarto poder, entre el primero y el segundo en la Transición Española de Glez., Felipe de la Juventud Obrera Cristiana y de Suresnes y la OTAN de Entrada NO y la OTAN de salida TAMPOCO, o la del falangista católico Asno de Aznar y del Frente de Estudiantes Sindicalistas, tanto monta, montaban más o menos, digo cine, películas como pucheros infantiles, digo debates políticos televisados como llantinas histéricas de periodistas, o tal se dicen, insaciables en sus pulsiones bulímicas de inflar al amo, digo sesiones parlamentarias aprendidas de la puesta en escena por alumnos de 2º de la ESO del drama escrito por el más mediocre de sus compañeros de 1º de Bachiller, digo columnas, artículos de opinión y tribunas como jaculatorias dilatadas de errar toda una sintaxis y cuyo contenido puede avanzarse en la tercera, cuarta línea, digo secciones de periódicos para educar a los lectores en la microgeografía del clítoris, la localización incierta del punto G masculino y las cosquillas tántricas, digo vídeos con el todo de la tecnología más avanzada dentro para que veas sin mirar y oigas sin escuchar lo mejor de la nada, digo música, publicidad de otras músicas, y tanto y tanto más. Ayúdanos a imbecilizarte, no te vayas, confía en nosotros, somos expertos, tenemos los instrumentos, los mismos que podrían ser utilizados precisamente para ponerlos al servicio de la tarea contraria, la siempre despreciable, odiosa y poco rentable, a corto como largo plazo. Te hacemos avezado en la aprobación del sí y el no simultáneos, y en ese sentido, toma como ejemplo el de hace unos días, el haberos dado por las inmediatas que el modelo de acuerdo o solución económico-política adoptado para Chipre no era exportable al resto de países europeos y que lo era, sí y no, tú mismo sin tensión alguna. Si te esfuerzas en dejar de pensar la brizna con la que aún te castigas, podemos hacer por ti mucho más de lo que crees y en tiempo despreciable, qué decir si ya eres cuarto y mitad de persona, de ciudadano, ni eso. En esta coyuntura, podrás alcanzar cotas de imbecilidad jamás soñadas y, si logras coronar su cima, podrás disfrutar, por añadidura y sin esfuerzo añadido, de varias otras bondades que le son inherentes, entre ellas, la de sentirte como una blanca y dulce ovejita baladora, un cordero propicio a los dioses que reparten los pecados por el mundo, no aquel agnus Dei qui tollit peccata mundi et donat nobis pacem, sino el que ordena tollat sibi crucem -levante, cargue su cruz-, un relajado fascista, un delincuente sin culpa, y si, encima, ostentas un cargo de relumbrón en lo público como en lo privado, la de ser inmune, impune y aun invulnerable como Aquiles, la ley no regirá para ti ni para los tuyos, serás el protagonista, no podrán prescindir de ti en portada alguna. Todos los productos incluidos en la oferta son gratuitos en su totalidad; otros pagan por ti la dádiva de la entrega, el logro redondo del producto, bien arrancada de raíz esa pizca de inquietud con la que tan a disgusto te sientes, así en tu situación de pobre como en la de arribista enriquecido o en trance de llegar a serlo. Aplicamos la técnica del fracking, que significa inyectar a presión una determinada dosis de imbecilidad apenas perceptible para ir ampliando las fracturas naturales que se te dieron por nacimiento, más la logradas con tesón a lo largo de una vida, favoreciendo la salida al exterior de lo que inquieta muy de tarde en tarde; en román paladino, maximizamos el vaciado, buscamos la perfección, y quede claro que hablamos de microfracturas observables solo al microscopio y por un número muy exiguo de expertos en metamorfosis de animales superiores. Ni tu pareja, los tuyos en general, percibirán cambio alguno. Es muy contagioso.

Todo esa oferta, el poder llegar a alcanzar tanto bien para mi misma de una plumazo, no, pero ya bien encarrilada, entendido el asunto en lo esencial y por el precio de la adquisición de una máquina más, me iba bailando en la cabeza hace días, cuando nos dirigíamos a comprar un smartphone, una máquina inteligente; no considerarlas solo instrumentos nunca más, cederles la mayor parte del terreno intelectivo, depositar en ellas nuestra total complacencia. Y en ese sentido, debo confesar avergonzada que, desde que existen los móviles, el mío fue siempre de los de las prestaciones inherentes al teléfono, llamar y ser llamada, con el postre del servicio de mensajes cortitontos. Pero todo ello en su conjunto, según se me advirtió, automáticamente me convertía en una apestada social, una indeseable; no quedaba sino comprar de inmediato lo que me devolviera la reputación a la que empezaba a aspirar, el talismán adecuado, para llevármelo a casa. Durante el trayecto a la tienda, iba recordando a mi padre, quien, al cambiar de domicilio en mi primera infancia, había solicitado el teléfono del que carecía y, harto instruido en que la prestación del servicio podría dilatarse durante meses, incluso años, había escrito un largo y emotivo ditirambo, obviamente en verso, al teléfono. Lo recuerdo con nitidez, aún joven, de pie, en la cocina, leyéndoselo con afabilidad y sin prisa a mi madre, que lo escuchaba mientras preparaba la cena, víctima propiciatoria para alcanzar el bien de la telefonía y víctima al tiempo de un varón que empezó a versificar y a acordarse de Larra -también de don Pelayo, cierto- al regresar a este terruño, que era el suyo, tras haberle escapado para vivir en otros más acordes con su caprichoso ser, así Londres y París entre otros. Comparaba el teléfono con el cuerpo de una mujer a la que deseaba poseer, la piel, las curvas, tan acariciables, en fin… los celos de mi madre, quiero suponer, y un ansia, la de llegar a ser un teléfono tal vez.

Pero iba diciendo que caminaba acompañada de un esclavo de lo mejor que pude hallar, un experto en cuerpos celestes y, al tiempo, y por razones que se me escapan completas, experto en los detalles técnicos de las máquinas inteligentes, las marcas comerciales, las prestaciones, el soporte de banda, los sistemas operativos, qué sé yo… reservándome, por mantener bien alto el pabellón femenino, ¡qué santísima pereza, señor mío!, el diseño, ya saben, si con tapa, si sin tapa, si con ella deslizante, si de solo abrir, si de teclado cubierto o circuncidado… digo, ampliado, con más o menos comodidad en el uso de las teclas, de lectura en pantalla; en suma, lo que me estaba reservado, vaya uno a saber si por imbécil o por mujer, en todo caso aquello de lo que no me libra nunca nadie.

Tan exigua tarea me permitió, sin embargo, lo que de contino nos está reservado, ¡y cómo lo gozamos nosotras!, el poder disfrutar, observando despacito y sin perder detalle, en este caso, del protocolo ad hoc, el ritual, el momento de la consagración, el alzamiento de la hostia ya consagrada, la comunión de los santos, absolutamente todo. Y así, puedo decir que el templo consagrado a Steve Jobs, dos alturas, estaba de bote en bote de fieles, literalmente a reventar, un concurrido oasis en el desierto de esta crisis servida por la delincuencia criminal que cada día da varios pasos adelante sin mayor obstáculo que vencer. El monaguillo que, melifluo, nos otorgó la dádiva del turno de ser atendidos por otro no cabía en sí de gozo, así como el que, finalmente, terminó por atendernos, más joven, más avezado en la lid de la relación con los parroquianos, pero que, con todo y a saber por qué, no logró ganarse mi simpatía en absoluto, en vista de lo cual le susurré al esclavo: Vámonos, presiento una misa solemne muy larga que nos obligará a transitar de la ceca a la meca y de zocos en colodros. Lo malo del asunto era que, al apalabrar y desgranar los cláusulas del contrato que sellamos con un apretón de manos para la adquisición del bien, no sé ya si mueble o móvil en este caso, prueba de que la imbecilidad avanza en la dirección adecuada, le había dejado dicho que por nada del mundo me permitiera recular -me sé cobarde en los trances místicos-, con lo cual hube de decidir cuál de entre aquellos aparatos inteligentes que se me mostraban, entonada la salmodia de las características de cada uno de ellos, quería llevarme conmigo, llevame a casa con vos. Como no era sencillo, recurrí a la toma de decisiones infantil ante la bandeja de pasteles y la caja de bombones, aquello del pito, pito, colorito, dónde vas tú tan solito, por la senda verdadera. pim, pam, fuera, pero ya señalando con el dedo uno al azar a la altura de ‘senda verdadera’. No obstante, andaba muy ajena a que apenas había comenzado el introito. ¿Por qué prepago?, me interrogó el esclavo. Porque no quiero casarme con nadie, es gente mala que no atiende a razones ni a clientes, prefiero arrejuntarme a mi manera, me siento teóricamente libre. Sí, mismo número, gracias. ¿Su nombre? Me deslicé de corrido por los apellidos, pero el monaguillo me detuvo en seco: Me basta con el nombre, deme su tarjeta,  introduzca la contraseña, gracias… Ahora, acompáñenme. Lo seguimos de cerca por si se nos despistaba, subimos a la segunda planta, nos señaló con la discreción de apenas una veloz y discreta mirada al susurrarle algo a otro, quizá este ya el sacerdote vérité de la religión de aquella tribu, quise colegir.

Fue entonces cuando comenzó la secuencia realmente espléndida y detallista del ceremonial religioso. Surgió de la nada otro muchacho, una especie de paje o doncel, que, dirigiéndose a mí a secas, es decir, bien obviados los apellidos, me colocó gentil como un ángel entre las manos y en su cajita una máquina inteligente (cierto que él no parecía serlo): ¡Vaya, talmente un bebé que me llegara de París por el cuidado que has puesto!, lo piropeé, mientras el esclavo me ilustraba, una vez se hubo alejado etéreo y grácil el gentil a algo imposible de recordar: En China, no te lo entregan así, de cualquier manera, su educación y su cultura es muy otra. Se limitan a sostenerlo entre las manos a modo de ofrenda y eres tú quien lo toma… Bueno, lo coges, si lo prefieres. Sea como fuere, en un santiamén nos hallamos en manos, por fin, del sumo sacerdote que, al parecer, iba a proceder a configurar tan ansiado bien (Drae: Del lat. configurāre: dar determinada forma a algo. U. t. c. prnl.) que, por alguna razón que se me habrá perdido por el aturdimiento del momento aquel, se encontraba de nuevo en otras manos, no en las mías, ahora de nuevo vacías, toda ojos, sin embargo. Alzamiento de mirada, habría jurado que una leve genuflexión, esta vez de un arcángel, alguien que, por fin, va a encargarse de facilitarnos la inscripción en la logia masónica, tumbado todo obstáculo y requisito: ¿Su primer TAL? (TAL es la marca comercial que obvio, faltaría más), tendiéndomelo de nuevo, milagro de la prestidigitación de la tienda probablemente. Nuevo susurro esta vez al esclavo, ya no, sino todo mi ser recuperado, de pronto y de golpe, dispuesta para actuar como lo que soy, el ser pensante que se tradujo de inmediato, al escuchar un añadido aún tan increíble como inesperado -Señora, puede abrirlo, retire el plástico-, en un apremiante, suave, pero firme: ¿CÓOOMO DICES? ¡NO QUIERO! ¡NO ME DA LA GANA, BASTA DE COÑAS! YA LO HE COMPRADO. LO HE PAGADO. TE CEDO TODO ESE HONOR. ÁBRELO Y SÉ RÁPIDO, POR FAVOR, TENGO PRISA PORQUE, ¿SABES? ME ESTOY HACIENDO PIS, DE RISA Y SIN DUDA TAMBIÉN POR EL TIEMPO QUE LLEVO EN ESTA PUTA TIENDA. TENÍAMOS QUE HABERLO COMPRADO EN UNA CHIQUITINA DE MI CALLE QUE LOS VENDE HASTA DE SEGUNDA MANO Y AL MENOS EL DUEÑO ES NORMALITO… Por favor…  (el esclavo, pobre hijo) Pero insisto, nada de alzar la voz, las mayúsculas significan que había recuperado con mi identidad, mi dignidad, mi yo, el delirio de mi mismisidad actuante.

A partir de aquí, todo transcurrió casi felizmente, pero mis recuerdos se desdibujan. Sé que, por alguna obscura razón que no me interesa en absoluto, hubo que salir de aquel templo y dirigirse a casa del operador multinacional de telefonía móvil, fija y de ADSL, justo el mío, la empresa más denunciada por los usuarios en Facua, seguida de Movistar, Timofónica. Considérese que las reclamaciones en el sector de telecomunicaciones llegaron en 2010 al 32%, pero, qué quieren, soy española y, por lo tanto, de quienes prefieren ser robada por los ladrones con los que estoy familiarizada y a los que, por lo mismo, tuteo; son mis ladrones. Una vez allí, aún hubo algo más… ¡Qué hubo, Señor… qué hubo, trata de recordar, ya que decidiste contarlo! Vagas reminiscencias de que le dieron carta blanca a los de Steve Jobs para no sé qué, además de que descubrieron con espanto que, por inexcusable despiste del  monago o cura u obispo que había configurado la máquina, aún llevaba insertada la tarjeta. ¿Maestra? Vaya usted a saber. “Traten de devolvérsela, podría meterse en algún lío el empleado…” ¿Es preciso añadir que lo hicimos? Lo hicimos, lo estúpido no quita lo cortés y, además, una cosa es un santo Job enfrentado a Esteban Chambas y muy otra sus asalariados y leales domésticos.

La gente siempre necesitó algo que llevarse a la boca, comida o un sustitutivo, una religión, un credo, alguien o algo en lo que confiar y depositar su fe, su confianza, su amor, su esperanza y su casi todo, un dios, una vez que se le extravió el del Vaticano y tantos otros que fueron llegando sin solución de continuidad. Los especialistas en llenar esos vacíos son quienes nos los van fabricando y poniendo al día. Yo misma tengo un afán como un credo, hacer limpieza general de expertos en rellenar vacíos, una cosa como las cruzadas pero puestas al día, alcanzar a tomar en volandas y a pecho descubierto a los responsables de la imbecilización que tantos males nos está acarreando, y no solo a los de la imbecilidad patria, ya que andan deslocalizados y desparramados por doquier; a los fabricadores de crisis que les surgen como palomas de pronto de entre las manos y se les multiplican en el regazo como flores del mal, ladrones de todo bien, criminales de circo. Millones y millones de pigs dueños de una justa y santa cólera podríamos dejar escrita una de las páginas más hermosas de la historia para orgullo y bienestar de varias generaciones de descendientes. Debiéramos metamorfosear todos y cada uno de nosotros en gigantes con plumas, tal vez albatros, sí, para, alzando el vuelo desde estos navíos varados en el Mediterráneo, surcar los mares de todos los indeseables estúpidos y crueles en un escrache largo y sostenido de película en blanco y negro que no les permitiera ver la luz del sol como las flechas de los persas en la batalla de las Termópilas -estos romanos nuestros son asquerosamente cobardes, que a ver cuál de ellos se alzaba el primero-, y así, dejáramos de ser los mendigos renqueantes y pájaros bobos con los que querrían solazarse y enriquecerse para engullirnos, bien desplumados todos. Baudelaire lo contó en uno de esos poemas que decidió por mí qué quería ser de mayor: un albatros con las alas desplegadas el mayor tiempo posible. Lo contó en un poema, en efecto, y, aunque compara al pájaro con un poeta, y no todos creemos serlo o poderle llegar, es mentira. Todos los hombres que lo son de verdad son, al tiempo, poetas sin saberlo siquiera.

El móvil anda como el arpa de Bécquer, de su dueña tal vez olvidado, silencioso y cubierto de polvo; servirá como instrumento de comunicación llegado el caso, cuando nos levantemos como Lázaro. Pero, mientras, los días y las horas se me van como siempre, contemplando lo que dicen las palabras. El poema de Baudelaire:
 

L’ALBATROS.

 
Souvent, pour s’amuser, les hommes d’équipage

Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,

Qui suivent, indolents compagnons de voyage,

Le navire glissant sur les gouffres amers.

 

A peine les ont-ils déposés sur les planches,

Que ces rois de l’azur, maladroits et honteux,

Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches

Comme des avirons traîner à côté d’eux.

 

Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!

Lui, naguère si beau, qu’il est comique et laid!

L’un agace son bec avec un brûle-gueule,

L’autre mime, en boitant, l’infirme qui volait!

 

Le Poète est semblable au prince des nuées

Qui hante la tempête et se rit de l’archer;

Exilé sur le sol au milieu des huées,

Ses ailes de géant l’empêchent de marcher.

 

Nota. En este justo momento, en la página de correo gmail, acaban de contribuir con su granito de arena google al asunto este de la imbecilización universal. Como era poco, al tiempo -estamos en Semana Santa, creo-, WordPress ha querido hacer otro tanto.

 

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