Mamá, ¿de dónde vienen los niños preferentes?

 

La Sociedad de las Naciones en Ginebra -un organismo internacional que se creó después de la Primera Guerra Mundial, en 1919, y que fue disuelto en 1946, al crearse la ONU con la finalidad de organizar y estructurar la nueva realidad surgida de la Segunda-, para la que trabajó durante varios años el genial Albert Cohen, está presente en sus magistrales novelas Comeclavos y Bella del Señor. En una de tantas páginas de esta última en la que insiste en retratar con mano que teje paciente y minuciosa el último de los entresijos de cada personaje, situación y ambiente, tras haber descrito a lo largo de más de ciento ochenta el ridículo y estúpido pavonearse sus miembros más y menos significados en torno al no trabajo, más exactamente, al muy laborioso trabajo de la apariencia y de la burocracia inútil y boba de rizar el rizo del que viven espléndidamente como tantos otros, se enfrenta a una ocasión en que la que están reunidos sus más altos funcionarios, los seis directores, con el secretario general y el subsecretario de dicha organización, para tratar un único punto: “Acción a favor de los objetivos e ideales de la Sociedad de las Naciones”. Y escribe Cohen: Deseosos de brillar ante el jefe silencioso, aquellos caballeros se entregaron de lleno, e improvisaron con entusiasmo, evocando en el extraño lenguaje de la Secretaría “las situaciones por explorar”, “el consenso general que se debía lograr sobre el reparto de responsabilidades, tanto del orden organizativo como del operativo”, “las puestas a punto de instituciones especializadas”, “las facilidades que habían de solicitarse a los gobiernos apelando a su espíritu cooperativo”, “las experiencias pasadas que justificaban sobradamente la urgente necesidad de una acción concreta”, “las dificultades prácticamente inexistentes”, “los alentadores discursos recientemente oídos en el Consejo”… y así sucesivamente, todo ello salpicado de propuestas confusas y contradictorias, meticulosamente anotadas por la taquígrafa, que no comprendía nada porque era inteligente. (Bella del Señor. pág. 187. Edit. Anagrama).

Si examino las experiencias, percepciones, impresiones, reflexiones y demás de las diversas reuniones a las que debí asistir en calidad de profesora, tutora, miembro de un claustro, seminario, departamento, sesión de evaluación, representante de mis compañeros en el Consejo Escolar, directora, etc., a lo largo de mi carrera profesional, llego a idéntica conclusión, la de que nunca entendí absolutamente nada, y que, para haberlo logrado, tenía que haber sido idiota, y no lo era. Y para que uno se finja idiota ha de existir una finalidad, la ambición, por ejemplo, pero tampoco soy ambiciosa. En la enseñanza, siempre lo juzgué así, el tiempo de las clases pasa volando, es un tiempo impagable por el que, sin embargo, se nos paga, aunque nunca tanto como llegan a pagar los alumnos al abandonarse confiados a todos nosotros; en aquellas reuniones, en cambio, me sentía ajena, al margen, enferma, moribunda, era un hacer por hacer cuyo tiempo devenía eterno y por el que no habrían podido pagarme con todo el oro del mundo. Siempre me evocaban lo que solía decirnos mi madre como reproche o llamada de atención irónica, ¡cuánto se trabaja por no trabajar!, ¿verdad? Y con todo, pasé por algunas experiencias aun peores que la de las reuniones, la de pretender, estúpidamente -y cuán poquito tiempo duró, el de caer en la cuenta de que, en adelante, iba a desatender el programa, la programación, los contenidos y los objetivos todos, así a largo como a medio plazo-, que un chico que apenas sabía escribir, o que lo hacía con dificultad extrema y resultado desalentador, redactara, por ejemplo, un currículo, pongamos por caso, y otra, solo parecida, la de haber sido triste testigo de excepción -la puerta de su clase abierta, yo haciendo guardia por los pasillos- de cómo lidiaba, frente al respetable de toda una clase, el toro de la educación sexual un compañero, a quien, a saber en nombre de qué, se le había encomendado la faena, caso de que no se hubiera brindado espontáneo él mismo. Qué falta de vergüenza mía la de exigir la redacción de un currículo a alumnos que no sabían escribir, la de mi colega, inventándose sobre la marcha una educación sexual torpe y sui generis o, peor, qué falta de educación sexual y de todo tipo exhibía el fulanito o fulanita -en este caso, visibilizo el género gramatical por genuina maldad-, qué inmoral exigir y qué inmoral no haberse exigido. En mi caso, la redacción de un currículo, de una carta comercial, a chicos que no sabían escribir, instrumento este cuyo aprendizaje compete a la educación primaria, en el del compañero, sin haber aprendido algo tan fácil y tan difícil, cómo y por dónde coger el instinto de reproducción, el amor, con el que mezclaba, enmascaraba, o del que separaba lo sexual, que todo ello estaba presente al tiempo, así como el embarazo, el parto, la muerte, todas esas rosas, y con la buena fe escolar sobrevenida de que los alumnos se educaran a su manera, antes, a la de como Dios les había dado a entender. ¡Qué haber elegido como opción!

Causas, razones y motivaciones para impulsar la creación -implantación, ya saben- en la educación de tal cual asignatura o materia siempre las hubo… bueno, no, miento, las estuvo habiendo en especial desde hace unos veinte, treinta años, quizá desde que los pedagogos, psicólogos, sexólogos y otros santeros y terapeutas más o menos ociosos hubieron de justificar su profesión, o quizá se crearon aposta titulaciones de entendidos en casi todo para satisfacer y justificar ciertas acciones e intervenciones que estaban empeñadas en llevar adelante las autoridades educativas, acciones que, a su vez, venían impulsadas por obscuras fuerzas del mal; fundamentalmente una, la de querer democratizar la enseñanza, esa noble ambición, para la que les pareció indispensable bajar el nivel de exigencia escolar, no algo, dejarlo a ras del suelo. Y claro que me consta que no se trata de un problema trivial, podrían, y deberían, si no fuera tan escéptica una en cierto tipo de debate y de publicaciones… perdón, de intereses, escribirse varios tratados sobre la cuestión. Pero me pierdo, y no quiero. Me estaba refiriendo a la necesidad que se le presentaba urgente a la enseñanza, impulsada por la sociedad, de tener que crear de continuo las materias más diversas. Así, educación religiosa, ética, administrativa (cartas comerciales, instancias, telegramas in illo témpore, solicitudes, currículos), para la relación social (fórmulas de cortesía, de tratamiento, de usos y costumbres, es decir, algo como la arrinconada urbanidad, que tan bien le vendría al PP como barniz, de los caballeros y damas, ya bisabuelos), educación sexual, vial, para la ciudadanía, en valores (enseñanza transversal, ojo, no imaginan qué tan transversal puede llegar a ser), educación/aprendizaje de/en lenguas y lenguajes otros, verbales como no verbales (valenciano, siempre otra cosa que el catalán, por supuesto, inglés en español, porfaplís, chino, en el País Valenciano, por fortuna y de momento, in péctore, si no huido del pecho ya, de programación, de audiovisuales), educación del instinto de seducción… huy, no, vaya, qué rabia, educación de y para casi todo, desde lo enorme, escatológico y arcano, a lo insignificante y trivial. Edúcate, edúcalo. Póntelo, pónselo. Di sí, nunca digas nunca jamás, sírvenos, sé útil, funciona, caramba, muévete.

¿Por qué iba a extrañarme que en este justo momento se le pida a la escuela, a toda leche, como es lógico y lobotómico, educación financiera? Un artículo publicado en El País, mi amado diario en los emperadores Berlusconi y Obama, redactado por una tal Ana Carbajosa, muy conocida en Jerusalén a la hora de las cosas raras y extraordinarias, y titulado  ‘Mamá, ¿qué son las preferentes?’ em va fer tremolar de cap a peus. Es más, se me tradujo automáticamente de esta bizarra y esotra manera: Mamá, ¿de dónde vienen los niños? ¿Y las preferentes? Los niños, cielo, de París; las preferentes, bien del Imperio Occidental en su conjunto, o ves a saber, cargante mamón. Algunas líneas, como no puede ser manos, rezaban, y aun impetraban, de aquesta guisa: “El descalabro económico de la crisis impulsa la implantación de la educación financiera. Reino Unido acaba de incluir la asignatura en el currículo académico.”

Y si voy y digo ahora, aspirando a finalizar, pero qué va, que se equivoca con toda la boca quien entre a batirse en esa batalla, que pierde el tiempo, se me llamaría descreída y se me llamaría al orden e interpelaría sobre qué podría ofertar a cambio, pero más pragmático aun, para un mundo tan complejo como el que nos tocó en el reparto. ¿Y si lo simplificáramos en lo posible, cuanto más, mejor? Muchas cosas, pero en especial la de la educación. De otra manera, ¿y si volviéramos a la vieja escuela, la de siempre, aquella tan aburrida, antañona y obsoleta, aquella antigualla de museo en la que, bien mezclados y agitados los niños con las niñas, o viceversa -y no es maldad ahora, es que recordé a gente que se llama Botella, Wert, Aguirre, de Mora Turón y otros apellidos igual de nobles-, fueran educados como personas e instruidos al tiempo en aquellas siete u o ocho materias, conocidas las cuales quedaban encaminado para poder llegar a ser médicos, bomberos, cocineros, modistos, catedráticos, informáticos, investigadores, sopladores de cristal y tanto y tanto más? A saber, Lengua y Literatura, lenguas (en genérico, por no discutir), Latín, Filosofía, Matemáticas, Física y Química, Historia y Geografía, Arte y poco más, algunas de ellas, el cogollito o medula que otros dieron en llamar instrumentales, impartidas, eso sí, a diario, y que esa enseñanza, obligatoria, gratuita y laica, se pusiera toda ella en manos de profesores, profesores, profesores, si quedan, dignamente pagados, con su libertad de cátedra devuelta, su autoridad, sus vacaciones y sin más tarea que entregarse enamorados a educar y a formar a todas esas criaturas, desterradas de su obligación las interminables burocracias de para absolutamente nada, que yo lo sé, y me he pasado la vida, desde los veintiuno recién cumplidos, en esa lid, no me vengan con cuentos. Ay, mira, estúpida sabionda, no estás enterada de cómo andan las cosas a día de hoy y de ayer, de qué tremendos gamberros hay en la escuela y de cómo se las gastan, que hasta pueden llegar a llamar puta a la profesora y cabrón al malnacido de Física, uno del Opus. Sí que estoy enterada, y por eso cuento, y cuento que, entre tanto que hay, hay padres que vienen a llorar en tu hombro que, para dormir, han de encerrarse con llave en su dormitorio porque le tienen terror al nen, a la nena. ¡Recuerdo a tantos, chicos como padres, padres como niños! En especial a una niña con cara de ángel que me llamaba puta día sí, día no, en ocasiones incluso con la peor idea, en otras, porque en su casa era el apelativo cariñoso con el que muchos se le dirigían, a ella, a su madre y a cualquier otro miembro… miembra, sí, perdón, de la familia. Y cuando digo cariñoso, quiero decir cariñoso, que con idéntica intención a los varones solían llamarlos también así, pero hijpoputas, tal que corresponde al género gramatical. Era de Murcia, gitana, espabilada y objetora escolar, pero no tardó mucho en entender que le convenía aprender a vivir entre payos. Lo logramos entre ella y yo, es decir, por poco casi lo logramos, pero cuando se marchó, tres años después, y me dijo ‘adiós, puta’ con una sonrisa húmeda, ambas éramos ya cómplices en la misma lengua y ella sabía de memoria poemas hermosos. Lo que significa en este, como en tantos otros casos, que eso tan noble y entretenido de exigir a las familias que se impliquen en la educación de sus hijos, bien está, pero siempre que se sepa qué es a día de hoy una familia, así en las clases altas, medias, como en las modestas, razón por la que, tal vez, para salir del trance de las generaciones perdidas, no sobrara obligar a algunas de ellas a recibir instrucción; en este caso, tampoco acelerada, pero nocturna, si bien le viene al doctor psiquiatra, bancario, profesor de idiomas o electricista, cuya hijo o hija, de catorce, quince años, ignora cómo se llama el instituto al que debiera acudir a diario en vista de que en él se le matriculó.

El resto, todas esas asignaturas que tanto le preocupan a la sociedad vienen dadas por generosidad del Altísimo a fuerza de Matemáticas, de Ciencias Naturales, de Lengua o de Latín, más la del profesor al decirles desde el primer día: jamás vuelvas a entrar en clase sin llamar antes, saluda, y hazlo tan bajito como veas que es preciso, etc., etc. ¿Por qué abandonar toda esa parte tan simpática de la educación, si los alumnos llegan a adorarla y, una vez hechos a ella, desprecian aquellas clases en las que no se lo exigen, porque en su casa jamás probaron de tan iconoclasta bocado? De los buenos días, del latín, de la literatura y de las matemáticas aprendidos durante cursos y cursos de asistir ininterrumpidamente a la escuela, de hacer los deberes cada día -sí, los deberes- y de ser tratados como personas por personas, se logra el milagro de que todos esos perversos polimorfos, llegado el momento, sepan conducir, ser padres, peatones, amantes, expertos conocedores de su propia sucursal bancaria -es decir, del paño del mediocre cabrón que, obediente o ignorante, podría indicarles dónde firmar y que no se debe bajo ningún concepto; incluso, de insistir el empleado, sepan hacerle un corte de mangas mental-, leer e interpretar el prospecto de un fármaco, aunque, tal como lo simplificaron, podrían, y aun conviene, prescindir de tan inútil lectura. Podrán saber de todo porque, como nos pasó a los más que hicimos el bachillerato adecuado, sabrán lo bastante como para saber buscar dónde informarse y sabrán buscarse la vida. Al menos, así fue y así debiera seguir siendo.

La única manera, pues, de atender a tanto, incluidas las preferentes, el aparato reproductor masculino, el femenino y el sistema endocrino en primavera como en invierno, es la mencionada, no hay otra, y pocos imaginan qué cantidad de problemas nos evitaríamos al mejorar el nivel educativo de la ciudadanía, y en especial los que se evitaría esta. ¿Y considerando que estamos en el siglo XXI, que ahora el que nos roba es el PP, que Alemania ha declarado la guerra otra vez, que hubo un tsunami en Japón, que estamos de vuelta de todo y acostumbrados a muy otra vida, a muy otra enseñanza, que los hábitos escolares son tan distintos a todo lo que has contado, que los padres, los chicos y aun algunos abuelitos, de solo oírte, se darían una jarta de risa, te mantienes en tus trece? También éramos ricos hasta hace un ratito y, en un abrir y cerrar de ojos, no solo volvimos a ser pobres, sino pobres sin esperanza, casi sin hospitales, sin farmacias, sin escuela, sin trabajo, sin casa, sin pan, sin amor… ¿Y querrán? ¡Noooo … Claro que no querrán! Tampoco quería nadie morirse y algunos se han matado por no imaginarse al arrimo de un cajero automático, debajo de un puente o al raso, como ratas. Pero, ¿cómo lo haremos, si la gente no está por la labor, no lo entiende? Porque es la mejor y aun la única manera de solucionar un montón de males que padecemos, porque es el único camino para que esta humanidad lo siga siendo, porque, o reventamos de ignorancia y de asco, o no queda otra. No te entiendo. Sí que me entiendes, pero sé que tú tampoco lo harás, a no ser que te obliguen. ¿Quién? Di quienes. Todos los que sabemos que el contrato social está podrido, que el ser humano se está pudriendo, que, o volvemos a empezar, retomando las cosas un poco al estilo de unos cuantos años atrás, más tanto que ya sabemos, o tú, y contigo todos, nos vamos a la mierda. Y deprisita, que no queda tiempo, ni siquiera para los niños preferentes que están llegando de París en la mochila portabebés de las cigüeñas, y no queremos que no quede tiempo. No hay más salida que empezar a exigirlo y, si no se nos da, gritar aun más alto la exigencia, y si se mantienen en sus trece, cogerla. ¿Y cómo se hace eso? Venga, no pretendas quedarte conmigo, muchos tuvimos la suerte de hacer un bachillerato de verdad, y si sigues así, el tuyo tendrás que hacerlo en un par de fines de semana. Por estas.

Del esposo de Ariane d’Auble -Bella del Señor-, Adrien Daume, un pobre idiota, tras una espléndida escena de discusión matrimonial entre ambos en la que Ariane, en larga, sostenida e irreprochable catilinaria, queda convencida de que su marido es un impresentable y ella una mártir, lo que él, curiosamente, pretende rebatir con sus propios argumentos, justo los que Ariane jamás lograba entender -y de eso, harto sabemos las mujeres; pero mejor lean Bella del Señor, en lugar de sobre el PP, la monarquía, el Papa, Alemania, los mercados o las preferentes impagadas-, dice Albert Cohen: ‘Era una manía del pobre tipo. Creía en la virtud resolutoria de las explicaciones. Más le hubiera valido no ser marido, ese era su único pecado’ (op. cit. pág. 143) Como soy capaz de alcanzar mucho de la literatura del extraordinario Cohen, la ironía que adoro desde luego, podría aplicármela, pero curándome en salud: No creo en la virtud resolutoria de las explicaciones, por lo que, en realidad, las obvié todas. Soy profesora, es mi único pecado. Razón por la que no cabe, caso de que llegara a leerme un entendido o experto, ser escandalizado por estas líneas, que es exactamente lo que pretendí y no.

Última hora o remate. Acabo de leer esta noticia y, aunque soy muy mal pensada, y además con fundamento, respecto al tratamiento de la información, en especial a la que concierne a la enseñanza, en este caso, y sin que sirva de precedente, me he visto en la obligación moral de considerarla veraz, o prácticamente.

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/13/actualidad/1363202478_209351.html

El artículo de Ana Carbajosa en El País: “Mamá, ¿qué son las preferentes?”

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/11/actualidad/1363030947_970160.html

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s