El mal de la piedra

 

 

Texto y título tomados de “BLOG Y MAGOG“. Autor: Alberto Caffaratto Ladoire

 

Ya están todos retratados, del Rey Nuestro Señor para abajo. ¡Qué mano la del pintor! Unos asomando en las falsillas del cuadernillo -¿de tapas azules con goma?-, otros con el elefante, otros cada cual con su aportación a la mejora constante del Ecce Homo, otros empalmados sin más, otros con shush fondosh para corbatash y trajesh y su cara de búho espantado, otros subiendo y bajando sobres del Chomolungma, a manera de vital oxígeno.

–¿De dónde vienen los sobres, José Luis?
–De la cima del Everest, del Gólgota, del Ararat, del Fujiyama y del Olimpo, todos montes de fecundidad indecible, Mariano, pues de dónde iban a venir, hombre… que no veas la vida miserable que me doy p’arriba y p’abajo con la carretilla y los crampones, cosechando, cosechando…

Y ya son inmortales los retratos, como de mano de Diego Velázquez o de Francisco de Goya, que de asuntos de corte entendían largo, pero pillados esta vez los protagonistas con las máscaras quitadas y los calzones por los tobillos, aunque algo más, quizás, a la de Francisco Bacon los bufones, los borrachos, Carlos IV y su familia, Rinconete y Cortadillo y el Bigotes, ¡ay cositas!, con una cara de estreñimiento que es imposible querer parar de verlas y de hacerse lenguas.

Pero no vayamos a creer nadie que esto pueda generar consecuencias inmediatas ni a largo plazo. Ni consecuencias, sin más, fuera del Museo del Prado. Porque son pequeñeces, como cualquiera sabe. Envidias, comadreos, rencillas de patio de colegio que, a lo sumo, de tener que intervenir, aunque para qué, ya las dirimirá la justicia en cosa de apenas quince o veinte años y les pillará la absolución o una reprimenda al borde ya de la huesa, como lo de sor María, la pobre… En unas semanas, se les habrá pasado el soponcio a unos y a otros y, en pocas más, si no el Madrid, el Barça, o viceversa, o ambos, alcanzarán los cuartos de final… ¡Las semifinales de la Champions! Y entonces, las portadas, lo único un punto alborotado hoy por esta causa, regresarán a su manera natural de ordenar los conceptos.

Es seguro que no va a pasar nada. Y no lo digo por darle la razón a don Iñaki Gabilondo o por gusto de especular, sino por la simple experiencia de algunos años de comercio con las cosas de esta parte de la bola del mundo. Porque, de hecho, la casuística inapelable es que nunca ha pasado nada, que la inmensa mayoría de los robos más vistosos son bendecidos, no solo, sino encomiados, como las privatizaciones de los sudados y trabajados bienes del común: a peseta Campsa, a cien pesetas Telefónica, fuera Iberia, arrojada al aire, Renfe a la vía, al arroyo el Canal de Isabel II… y la Sanidad Pública que la coja el que la quiera, aunque, como es una ruina sin paliativos, tendremos que pagar nosotros para que se la queden, bien se entiende. ¡Fuera bicha, fuera!

Y las estafas bancarias también están todas absueltas, eran solo desajustes, errores mínimos, inevitables efectos de cálculo, ya están amortizadas felizmente por el sistema habitual, el de la derrama para las intenciones de Roma o las del banco -vayan ustedes a distinguirlas- a sufragar con un pequeño esfuerzo por los apreciados clientes y vecinos, que para eso estamos, para echar una mano, faltaría más, los despilfarros asimismo están todos perdonados, por bienintencionados, evidentemente, demás que dan lustre, votos y traen turistas, y las autovías que nos llevan de la nada a la nada están primorosamente construidas, nadie podemos negarlo, algún coche aun circula por ellas, que siempre quedan magnates que aún pueden llenarle el depósito a la Berlingo, y los aeropuertos están acabados, sus hangares listos para habilitarlos para macrofiestas y congresos de partido, sus pistas, para que practiquen los mozos el skateboard o, sembrando sus bordes de césped, usarlos como campos de golf, infalible potosí de ingresos este, como cualquiera conoce, los educativos parques temáticos alzan por doquier sus toboganes de cien metros de altura, sus casas de comida rápida a precio de sosegada y sus casamatas de vídeo con efectos especiales ideados para la educación y el contento de la chiquillería, más el orgullo de sus agradecidos padres, y las inacabables e inacabadas ciudades de las ocho artes, de las mil culturas, de las diecisiete justicias, de las siete ciencias… Y los puentes majestuosos, las torres babilónicas, los circuitos para un día al año y los museos emblemáticos alzan sus poderosas siluetas de portentoso diseño por doquier, levantados al coste de un calatrava, dos calatravas, tres calatravas* cada uno, y van cambiando de uso y de manos según van quebrando sus firmes constructoras, los sólidos conglomerados que los encargaron, las entidades pujantes que los pasan luego, de mano en mano, a gestoras del sálvense quien pueda, a la comunidad autónoma, al ayuntamiento al que le caigan en desgracia, al sursuncorda y, finalmente, al banco malo, o camposanto de todos los ladrillos, hasta quedar cubierto todo de maleza, en espera de buen fin, como diría este último tenedor que se los va quedando sin faltar uno.

* El calatrava es como se conoce a la unidad monetaria internacional del despilfarro. Equivale en la actualidad a 478 millones de euros, circa, porque no es una constante, su valor es arbitrario y variable y, por lo general, al alza. (nota del redactor).

Y el personal todo él, felizmente cada cual con sus dos doctorados, sus tres licenciaturas y sus cuatro cursos semestrales del INEM está ya listo y mejor preparado que nunca para emprender. Emprender el camino de Bristol o el de Maguncia y pronto el de la vendimia en Marruecos, si hubiera suerte allí, o el de la China, clasificado como excedente humano, de todo a cien, por contenedores, que ya el camino del Perú o el de Buenos Aires también le quedó vedado porque ya nos vieron la patita, aunque hay que ver, sin embargo, la suerte que tienen algunos de poder todavía emigrar a Francia, que sigue ahí a la vuelta, y aun a pesar de la globalización, porque no la han deslocalizado de momento, pero en esas se verá pronto también, ¡mon Dieu!, me temo.

Y no, no será esto que después de todo, todo haya de ser nada, señor Hierro, como un simple remake del Imperio y de los últimos de Filipinas, a solucionar por los regeneracionistas primero, y luego a reempastelar por el Regeneral, sino un tener que acabar marchándonos todos a Singapur, a Thailandia y a Filipinas… hasta el último, donde nos negarán el visado. Y de vuelta a Cádiz en la patera a comer arena y a que nos solucionen definitivamente el asunto… Los gusanos.

Pero ningún problema. ¡No paza ná, no paza naaaa!, como se desgañitaba antaño un humorista cuyo nombre no me acude. Porque todo ello es bueno, es positivo, nos indican, solo que necesitaremos todavía un poco más de coaching tal vez, ya que las crisis generan oportunidades sin número, y no saben bien los parados la fortuna que tienen de poder formarse, con tiempo sobrado, para otras actividades, y la suerte y la bendición que les supone el poder seguir estudiando a sus cuarenta, a sus cincuenta, a sus sesenta primaveras… Aquí estudia ya todo el mundo hasta la senectud, porque la solución, bien clara, repetida a diario, paternal y seriamente, es que cada cual tiene que fundar ahora mismo, pero solo si bien formado, su Microsoft, su Apple Co. y su International Trust and Telephone en su garaje de Tomelloso, en su huerta de Benitatxell, en su cuadra de Porriño, y a prosperar como cresos entonces los que acertaron a innovar, a base de I+D+i como ingrediente principal, la manera de hacer la tortilla de patatas, y los que estudiaron con ahínco, veinticuatro meses, la forma de arrullar un queso (no, no me lo invento, ya me gustaría, venía hoy en la prensa lo de un caballero emprendedor que arrulla quesos), sin olvidar que la renovada experiencia impositiva, como se dice ahora, se verá grandemente mejorada con esos cincuenta euros al mes que cada Manolo, cada Sofía y Lucía y cada Borja de Todos los Santos, menores de treinta años, eso sí, tendrán que desembolsar para poder darse el gustazo de saber hacerse a sí mismos, por su bien y por el de todos los demás, como un cualquier Juan March, un William Gates III, una Cocó Chanel o un Silvio Berlusconi o –cima ya final del gremio– un Rodrigo Rato. Y todo porque ya no se vislumbra manera humana de que nadie contrate a nadie para lo evidente y necesario, que es apretar tornillos, poner vendas, enseñar a leer, fabricar zapatos o cortauñas, sumar y restar guarismos, conducir un vehículo o llevar sacos, ya fantasías trasnochadas de otro siglo, al parecer.

Así que el próximo golpe de viento levantará otro tejado de otro polideportivo, de otro cuartel de bomberos, de otro ambulatorio, recién acabados y sólidamente edificados según las más severas normativas y, raramente, alguno tirará un puente romano, el acueducto de Segovia, las techumbres de la Alhambra o una casona en Segovia, pero es que no sabían construir optimizado, aquellas bestias. Y así les iba, que hasta a trabajar se vieron sin remedio encadenados, cada cual en su espantoso tiempo.

Pero ningún golpe de viento, seguro, arrancará del trabajo a ningún responsable de tanta mirabilia. Los seguiremos viendo, a todos, a los mismos, eternamente en sus mismos puestos, o sometidos a la sumo a su necesaria cadencia rotatoria para que no parezcan estatuas; no les empapará el abrigo ninguna tempestad ni les arrancará un vendaval el sombrero o el escaño. Porque son, efectivamente, de piedra. Son la piedra con la que tropieza continuo la justicia, la razón y el bien común. Tienen la cara de piedra, los oídos de piedra, los corazones de piedra, los culos de piedra, los cargos de piedra. Son inamovibles. Son increados e insensibles a la creación. Si les hablas, te tirarán piedras, si pides, si gritas, si exiges, menos te dará una piedra. Son de la Edad de la Piedra, nos pasan por la piedra, son nuestro mal de la piedra, el que nos corroe. Y serán, si los dejamos, nuestra piedra funeraria.

Son inmutables y eternos y, para mudarlos y removerlos, como piedra berroqueña, como ese bloque ganítico que son, ya solo quedará apelar al afortunado remedio de Nobel. La dinamita.

Y al que lo consiga, que le den el Principado de Asturias. A ese, sí.
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