María Dolores de Cospedal. ¿Los suyos? ¡No, por Dios, los nuestros!


 

Texto y título tomados de BLOG Y MAGOG. Autor: Alberto Caffaratto Ladoire

 

No he sabido nunca, por experiencia personal ni tampoco de oídas –y dudo que nadie asimismo–, de república, monarquía o simple cacicazgo que fuera, ni de empresa aspiradora de beneficios y plusvalías, ni de organización colectiva, cuadrilla de golfos apandadores, fundación cultural, deportiva o recreativa, asociación de coros y danzas, ni de familia o agrupación de humanos cualesquiera ni, en fin, aunque tal vez, solo tal vez en este caso, de organización expresamente benéfica, en las cuales se retribuya o retribuyera a sus miembros de manera inversamente proporcional a la categoría jerárquica que cada miembro ocupe dentro del grupo y, menos aun, de alguna que distribuya sobresueldos, opacos o transparentes, para el caso da lo mismo, solamente a los subordinados más apegados y eficaces en su trabajo, pero jamás a sus jefes.

Vendría a ser esto, si las cosas realmente ocurrieran así, como una derogación efectiva de la ley de la gravedad y el que pudiéramos vernos, en consecuencia, todo el personal saltando felicísimos y levitando gráciles, como si habitáramos la Luna, lo cual equivaldría a expresar exactamente eso mismo, pues tal significa la figura, el que estuviéramos de verdad todos en la misma, tan serenos, tan contentos y tan callando.

Y hablo, se entiende, de retribuciones elevadas en general y de las del poder en particular, en las cuales debe considerarse no solo el peculio en sí, a veces incluso minorado con respecto a otros más conspicuos dentro de una misma organización o visto en comparación con otras regalías, si quiere mirarse el asunto sin más perspectiva, pero al que habrá que sumarle obligatoriamente para entender la magnitud de su verdadera cuantía otra larga lista de intangibles que proporciona el poder mismo, como lo son el mandato para decidir a propio criterio y sin más, junto al de ser necesariamente obedecido, la disposición de la vida o de la muerte –si bien, hoy ya solamente laboral, política o civil del subalterno, del súbdito o del enemigo, y ya solo en apenas contadas ocasiones referida al hecho definitivamente justo, dicen, de su necesaria degollación, cuando tal acontece–, el acceso sin límites a las preciadas cajas negras, ¡ay, reverenciadas Kaabas!, las que guardan los datos oscuros, pero imprescindibles siempre para la prosecución y el continuado buen fin del peculado, así como las de los doblones, tan parejas en su hervor admirable de beneficios y de maravillas sin cuento, el derecho a esconder y a esconderse sin castigo cuanto y cuando no convenga o se haya errado, la prerrogativa, seguramente divina, de convertir la verdad en mentira y viceversa, la subsidiaria de la anterior, consistente en transformar el verbo iletrado y el rebuzno mismo o el grito rapaz, cuando sea el caso, en moneda de curso legal y en declaración de omnisciencia o de capacidad de revelación profética, el derecho a palio y a alfombra, siempre tan satisfactorios y pagadores del esfuerzo, el disfrute de imagen áulica, junto a su preceptivo y continuo incensado, más la reverencia y referencia constantes, y además, el aforamiento, la inviolabilidad, el derecho putativo a convertir los deseos en decretos favorecedores del propio interés o en carne misma, como nunca faltan casos, la disposición continua de consejeros obsequiosos y dóciles, más las inacabables prebendas percibidas en monetario o en especie, esos gajes materiales, ya estos sí, de las residencias, los sobres, las palabras al oído que permiten intercambiar sinecuras y emprender aventuras sin riesgos, y los vehículos, los regalos, los fililíes, los manjares, las molicies, los viajes y los servicios gratuitos más inimaginables, más los infinitos detalles y elegancias sociales, todo ello jamás pagado de bolsillo propio, pero sí percibido sin falta y que el común apenas acertamos a cuantificar en su embriagadora magnitud, más, y no último, el levantarse cada mañana pudiendo repetir ante el espejo la más dulce, la más lírica, la más metafísica, la más honda y surgida de profundis de todas las oraciones: –Soy el amo, María, ven a verlo… ¡Soy el puto amo y es que me corro, me corro y me corro!, y si no te lo crees, mira, solo por ejemplo, este sobre de ayer por la mañana, que no el de por la tarde, de cuál grosor y pujanza, que no aguanta el papel celo para mantenerlo cerrado, mira por Dios, María, mira bien qué belleza, pero que no es ni será nunca ni el primero ni el último, ¡por estas te lo juro!, aunque no, no quieras saber más de este milagro inefable … que me pierdo–. Y anda, toma, coge, coge lo que quieras, mi dulce, mi buena, mi sacrificada costilla.

Y establecida entonces esta verdad ontológica, que desafío a cualquiera a rebatirme, no me resulta concebible la existencia, por lo tanto, de ecónomo o tesorero de cada colmado, negociado, satrapía, partido o agrupación de cantores de jotas, que ignore o se le pueda ocurrir despreciar tan fundacional, prístino y sagrado principio y que proceda entonces a repartir, como si a su cargo le fuera dado acceder a cualquier idiota, los preceptivos sobres preñados con cantidades ¡progresivamente menores! según vayan desfilando por contaduría el botones, el encargado de la limpieza, el mancebo de los recados, el operador telefonista, el auxiliar que pone el sello en la querella contra el juez, el que la redacta, el que la inspira, el presidente de la agrupación de Castuera, el secretario de la de Babilonia La Mancha, el ideólogo tercero, el alumbrador segundo de consignas, el macho cabrío responsable de diez estacas, Ruby y sus muchachas, con sus putos, las madres abadesas, depositarias del sello y de la honra de la firma, el mastín encargado de las labores de domesticación interna, el comunicador en jefe de nuevas y albricias y el observador en el Vaticano, y que, finalmente, ya agotado el caudal de las dádivas por mor de tan acrecentado número de beneficiarios, no entregue nunca un duro, pero jamás, no, ni por asomo, ni por error, nada, pero ni uno, al Excelentísimo Señor Presidente Perpetuo de la Compañía, al Querido Líder, a los respetabilísimos cuñados de unos y otros, al Viceconducator, al Muñidor de Virreyes, a los Visorreyes mismos, al Oídor General de Escrutadores Implacables, a las Generalesas incorruptas, al Mandarín de la Firmeza Doctrinal, al Almirante de los Olivares, al Capitán General de la Mar de las Comisiones, al Empuñador de la Pluma Esclarecedora, al Jurista de Todos los Jurisconsultos, al Chambelán de Chambelanes, al Copero Mayor, al Trinchador de Capones y Reses, al Encomiasta del Verbo Emanado, al Rectificador de Dispersos y al Verdugo Honorario.

Porque vuélvese entonces la congregación de tan Primeros Varones y Damas, ante la insinuación de que los hechos no hayan ocurrido exactamente de esta manera, como ciertos envidiosos propalan, y haciendo ostentación de su inocencia, de la dignidad de su pobreza, del apego a su misión, y estupefacta, los ojos abiertos como platos, presa del estupor más inenarrable, ofendida, gritando al unísono ¿de quiénes dicen qué?, ¿de nosotros y nosotresas?, indignados hasta la combustión todos los cofrades como vestales que hubieran sido acusadas de la inconcebible existencia de unos sobres manila encontrados cabe el Ara misma de los Sacrificios, numerados y con los nombres de cada una de ellas bien claros en el anverso, y que guardaran en su interior, ¡oh nefandez de las suposiciones más nefandas!, cuidadosamente gradados por tamaño, pujantes y delicadamente aceitados, acabados con primor en repujada y lustrada piel de morlaco, con su alma de dura madera noble y cueros apretados, tantos vergajos de piel de toro como sacros e inviolables hímenes de altas sacerdotisas constituyeran la sagrada cofradía.

Y es más, ayer, no solo, sino también hoy mismo de nuevo, y como también acontecerá en sucesivos días, hemos visto todos cómo la Vestal Mayor, ante los micrófonos y las cámaras, ha abierto su ceñidor, ha alzado furibunda su veste, su sacra toga, ha mostrado los impolutos pololos, ha bajado estos castamente de un lado, dejando ver los refajos sucesivos y cómo, apartándolos un tanto igualmente y dejando asomar los fierros, las cadenas, la cerradura y los óxidos de su cinturón de Todas las Castidades, gritaba desde la altura infinita de su sacralidad y de su respeto a la justicia, al deber, a su función y a sí misma: –¡Vean, palpen, juzguen las hienas comedoras de carroña si alguna vez estos cerrojos hayan sido abiertos, miren a los ojos de esta desdichada mujer que ha sacrificado su vida por ustedes y díganme a la cara si fuera posible todo cuanto las más sacrílegas e impías murmuraciones de nuestros enemigos propalan cobardemente!–

–¡Por mis hijos declaro y declararé mil veces mi virginidad y mi inocencia y la de todos los miembros de nuestra Santa Institución!–

Y marchó al punto la matrona, reivindicada y dignísima, de regreso a sus altas labores del Sacro Colegio Mariano.

 

Url del blog:

http://albertocaffaratto.blogspot.com.es/

 

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