NECROLÓGICA. José Ignacio Wert, ministro de español.

El ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, dormitaba tumbado en un sofá tras un copioso almuerzo en el que también había libado en abundancia, excesos estos que se tenía prohibido desde que había llegado al cargo. Antes de quedarse profundamente dormido, había recordado, con una sinceridad que le era ajena, que habría de admitir que no era sino un simple licenciado en Derecho, lo mínimo que puede ser uno cuando se empeña en colgar un título en el despacho o en satisfacer el ansia ancestral familiar de alguna letra universitaria para el querubín pilarista que había sido, pero desde luego la enseñanza era algo que no tenía nada que ver con él.  –¡Pero soy ministro, qué coño, había añadido, a ver quién puede negarme eso!–,  y una violenta y placentera sacudida recorrió su lechoso hipogastrio ministril.  –En cuanto se me nombró ministro– añadió para sus entresijos, empezando a desconectar del bisbiseo del salón contiguo –me obsesioné con dos afanes dignos de un ministro que pasará a la historia por cojones: regresar la educación de esta nación al naZionalcatolicismo, que tantas glorias dio a España, y reducir la Enseñanza Pública a su mínima expresión: las cuatro reglas, leer y escribir y tira p’alante, que estos son hijos de pobres y los pobres están empezando a equivocarse de clase–. Debo admitir que dijo pobres, no clases modestas, obreras, desfavorecidas o de menor capacidad adquisitiva, no, y no es que los políticos del PP carezcan de un lenguaje políticamente correcto, muy al contrario, pero en ambientes de confianza sueltan la lengua de todos sus ascestros inmediatos, una especie de habla de sobre quinientas o seiscientas palabras, lo que se dice un habla austera, pero siempre que concierna a los demás, nunca a sí mismos, en cuyo caso delegan en experimentados publicistas que les preparan ‘eufememismos’, metáforas bobas, giros infantiles, alusiones torpes y otras singorgadas, en fin, lo habitual de las mafias, como sabe cualquier alumno que haya cursado la ESO. De hecho, el que se jodan de Andrea Fabra parece que fue debido a que aquel día concreto menstruaba con enorme dificultad y le dio pereza telefonear a su asesor particular.  –Además, recién nombrado, como quien dice– continuó ya entre nubes –subvencioné el Diccionario biográfico español de la Real Academia de la Historia, unos doscientos cincuenta mil euros, ¡ahí es nada!, y llegué a tiempo de proteger a ese hatajo de como académicos, que hasta un Luis Suárez Fernández pudo levantar con orgullo la cabeza por haber escrito que ni Franco fue tan cabrón, ni la represión franquista lo que cuentan, y en cuanto a las polémicas que se levantaron, se las llevará el viento–. Eructó un par de veces seguidas con la desinhibición propia de un ministro del PP y cayó frito como un albañil después de una jornada completa en el andamio, en pie desde las cinco de la mañana (la metáfora resulta pelín inadecuada, pero me gusta).

Llevaría durmiendo sobre una hora larga, cuando empezó la pesadilla. Varios muchachos con indiscutible aspecto de alumnos de escuela pública parecían mofarse de él sin pelos en la lengua, lengua que entendía muy vagamente; le sonaba a dialecto, más que a dialecto, a una especie de jerga callejera despreciable y ofensiva.

–Non tes vergoña, Wert, si foras un home adeprendido en troques dun picapleitos, non te deixarías nomear ministro de Educación polo paxoleiro Raxoi, que ti de escola sabes o que nós de enquisas, nas que endexamáis diches unha, por certo–.

A veces, llegaba el correspondiente eco catalán, aunque Wert dudaba de si era catalán, rumano, sardo o el murmullo de los pobres de la parroquia cuando le pedían limosna.

–No tens vergonya, si fossis un home educat, en lloc d’un picaplets, no et deixaries nomenar ministre d’Educació pel ximple de Rajoy, d’escola saps el que nosaltres d’enquestes, en les quals mai encertares–.

–¿Temos no Ensino de Madrid un touro que di medrar no castigo, ou temos un castrón? Castelans de boa fe, non os dos duros acentos, catalans, euskaldunes e galegos, ollade, enriba de todo da escola hai un parrulo pentumeiro dos máis comuns nestas terras dende fai séculos. Ós cregos máis cabrons da igrexa góstalles moito, que eles sempre empuxan pra que a súa propia inorancia sexa a asinatura máis e mellor adeprendida por todos nós, e a nós cóstanos unha vida botalos fora unha e outra vez. Así reventedes, fillos do demo–.

Wert se removió inquieto en el elegante mueble en el que se había tumbado por rehuir el dormitorio que tanto lo deprimía –solía recordarle viejos y reiterados fracasos que no estaba dispuesto a rememorar–, pero la pesadilla iba a más, porque entonces alguien añadió en catalán ortodoxo fetén, por más que el ministro siguiera confundiéndolo, entre sudores y el malestar que sigue a la digestión de una comida de crego, con cualquier habla inferior de mendigo ultrarradical de izquierdas:

–Capellà, si creus que vas a guanyar-li la batalla al català, al gallec i a l’escola pública, és que ets més ruc del que ens van explicar els que et coneixen bé…–.

Sin embargo, estaba por llegar lo peor, una canción gallega, en concreto de Fuxan os ventos, “Lelo”, que a saber qué ángel de la guardia particular de toda siesta ministril le fue traduciendo al español tan particular que habla este en concreto. La canción rememora gloriosos tiempos en los que los niños gallegos, como los catalanes o los vascos, no solo tenían prohibido hablar su lengua, sino que el maestro jamás se apeaba del castellano, al que por alguna razón misteriosa nunca llamaba castellano, sino español o lengua del imperio, pero sin siquiera tomarse la molestia de explicar qué era ese tal imperio, explicación que llegaba como a posteriori, diguem, de los zurriagazos y dicen que por órdenes de arriba. Y aunque los niños nunca llegaran a entender en su completitud cuáles podían ser esas órdenes ni averiguar quién las daba, terminaban por saber cuadrarse ante ellas y ante su representante en las aulas. Más tarde, incluso fuera de ellas y ante quien representara la menor autoridad enfundado en un uniforme, así sacro como incivil.

La letra de la canción que le traducía el ángel particular decía:

Pra onde vas, Lelo
co aro de ferro
no día que fai
de mañán cedo.
E un cabás novo
e uns libros vellos,
nos zocos anos
de lama cheos…

Vou a sere outro
pra aquil cortello,
de días de escola,
iste é o primeiro.
Hei estudar
temos maestro
pra que mañán
sexa home feito.

¿Cómo che foi?
Conta, meu neno,
de certo que hoxe
xa trás proveito…

¡Bah! Non é nada, eu non o entendo
pois abofellas que no meu testo
non sei que fala o meu maestro…

Di que vostede chámase abuelo,
miña nai, madre, e o chan, el suelo
Tamén zorrega capos a eito,
se di que é mouro en ves de negro.
Mañán a escola non vou de certo.
Eu non entendo, non, vaia preso.
Falas estranas e estranos lerios.
Do meu non falan, falan de lexos.
Pra endurecere as mans no leiro
aínda non compre iste maestro
aínda non compre iste maestro
aínda non compre iste maestro…

La oyó como a cappella y entre ecos infernales, pero nosotros, que estamos bien despiertos, podemos escucharla hasta con música debajo de estas líneas. Wert se reía y se reía con esa risa que deja a algunos una huella de saliva entre las comisuras de los labios, cuando, de pronto, ¡zas!, en plena siesta, sin respetarla, las mejillas cerúleas del ministro recibieron varios bofetones de un ser fantasmal y repugnante que, sin duda, revirado desde la tumba y aprovechando su estado de seminconsciencia, lo abofeteaba en plan esa lengua y tú sois cosa mía, imbécil. –Escoita, cacho pailán, souche Iribarne: como poñas a man enriba da miña terra, non te aturan de ministro un mes. Cos catalans, fai o que queras, alá eles, Mas e máis ti, pero coa lingoa galega e cos nenos galegos, nin Déus bendito nin ti, ¿enterácheste ben? Pois non vaias a esquécelo, non coides que sou o morlán do teu xefe Raxoi, fálache quen fou capaz de deixar ó pairo penas de morte do Xeneralísimo, pensa o que me importas ti–.

Terminó por despertarse empapado en sudor y con un sobrevenido temblor en la mano pretendió alcanzar, sin lograrlo, la copa de coñac que había abandonado antes de tumbarse. Quiso ponerse en pie y, tras varios intentos sin haberlo logrado, terminó por erguirse con trabajo resollando como un puerco, mientras repasaba las secuencias de la pesadilla y se preguntaba cómo un tipo al que muchos consideraban un fascista criminal, los más una mala bestia –aunque él disintiera de tales atrocidades– iba a ordenarle dejar en paz el gallego y a sus hablantes, siendo que él mismo, el propio Fraga, consideraba el gallego lengua de hablar con labriegos y marineros, es decir con xentiña, o la usaba él mismo en tiempo electoral, pero solo en alguna frase suelta y solo en la televisión gallega. –¿Estás envejeciendo, ministro? ¡Coño, pero si no he cumplido los sesenta y tres. Esto es una puta pesadilla!– Trató de animarse, de distraer el recuerdo de esa pesadilla, yéndose al cuarto de baño a descargar la vejiga y a mirarse en algún espejo. Cerró con pestillo, se acercó al lavabo, alzó la vista y allí, en el espejo, no se reflejó su rostro, sino, de nuevo, el infernal de Iribarne, que le repitió como solo Fraga sabe: –¡Nin de coña, Wert, nin de coña! ¿Entendes, ou teño que repetilo?– Wert se desvaneció y, al caer, su cabeza golpeó contra una pequeña bandera española de cerámica que culminaba un bidé de diseño francés con el que se había encaprichado en su día, con tan mala fortuna el golpe, que ya nadie pudo devolverle jamás aquella sensación de estar vivo no estándolo, con la que había deambulado alegre desde que fue nombrado ministro. Requiescat in pace.

http://www.youtube.com/watch?v=rTzhSgpjZFA

 

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