Una travesura digna de La fiera literaria

 

 

“Sombras de burocracia”

Manuel García Viñó. La Fiera Literaria.

 

EN LOS SÓTANOS DEL FIERABUILDING HA APARECIDO, JUNTO A UN MONTÓN DE VIEJOS EJEMPLARES DE LA FIERA LITERARIA DE PAPEL …

UN MANUSCRITO DE VALLE INCLÁN

Una obra escrita por don Ramón, pour faire pendant con sus Luces de bohemia, la mejor pieza del teatro español del siglo XX.

Ramón María del Valle Inclán

Sombras de burocracia
Esperpento

 

DRAMATIS PERSONAE

Max Estrella

Latino de Híspalis

Un gato

Coro de Académicos

Concha García de los Víctor, director de la Academia

Coro de aspirantes a la Academia

Niñera

El fantasma de Carlos Rojas

Un ordenanza

Rosa Regás, directora de la Biblioteca Nacional

Anciana vendedora de Lotería

Manuel Mantero

Álvaro Satén y Condenado, epigramista

Rubísima escandinava, musa

Antonio García Trevijano

Un extraterrestre

Escena I

Una calle estrecha, tortuosa y mal iluminada de Madrid, cercana a la glorieta de San Bernardo. Le falta más de la mitad del adoquinado y ofrece al viandante numerosos socavones donde caerse. Muchas de sus casas están en ruinas, otras aspiran a estarlo. Es una calle sin nombre. Como puede verse en todas las esquinas, los rótulos donde figuraba el que tuvo ha sido arrancado. Lo arrancaron los vecinos. Y es que se llamaba Progreso, lo cual pareció demasiado cachondeo por parte del Ayuntamiento.

So oye el ruido de un cerrojo y se abre el portal de un vetusto caserón de dos plantas. Aparece Max Estrella, el mejor poeta español vivo, ciego y mal trajeado, seguido de su inseparable amigo y lazarillo Latino de Híspalis.

 

Latino.- ¿Cierro la puerta, Max?

Max.- Lo que tú quieras, Latino. Tú te encargas de la táctica y la estrategia.

 

Latino cierra el portón

Latino.- Se ha escapado el gato.

Max.- Ese animal sabe lo que se hace.

Empiezan a andar, Latino un poco rezagado. Y así unos cincuenta metros.

 

Latino.– ¿A dónde vamos, Max?

Max. A ninguna parte.

Latino.-Y, ¿por aquí se va a ninguna parte?

Max.- No. Es que antes vamos a ir a mearnos en la puerta de la Academia.

Latino.- De acuerdo, Max. Ya te estás poniendo estupendo.

Escena II

Escalinata de acceso a la Real Academia Española. Max y Latino han abierto sus respectivos braguetales y orinan caudalosamente en los ilustres escalones, sobre los que el líquido elemento va formando un niágara espumoso y culto.

Por la derecha y por la izquierda de los meantes van subiendo Cebrián, Ansón, Mateo Díez, Pombo, Rico, Salvador, Reverte, Marías, Muñoz Molina. A este, le grita Max.

 

Max.- ¿Dónde has dejado el tricornio, calzones? ¿Y a tu Lindurri? ¿Escribiendo columnas salomónicas para el global de referencia?

 

Los inmortales miran con asombro a los escanciadores. No pueden evitar que el chaparrón de Venus les salpique los fondillos de reglamento.

 

Latino.- ¿Quién es esa Lindurri, Max?

Max.- La esposa morganática del Muñoz, el exguardia civil. Seis años en la Benemérita y no llegó ni a cabo. En Úbeda, lo llamaban Jack el Destripaterrones.

Latino.- ¿De qué procede Lindurri?

Max.- De que se llama Lindo. Bajo ningún concepto podría haberse llamado Linda. Asusta a los ratones coloraos. Es tan cursi, que presume de merendar con “lo mejorcito del Barrio de Salamanca.” Asegura que sus jardineros solo se fijan en sus tetas. Se las da de progre, pero ejerce de inquisidora. Ha dejado en el paro a más de un periodista. En cuanto alguno escribe algo que a ella no le gusta, medra, chantajea, calumnia… hasta que consigue que lo expulsen.

 

Latino.- Gracias por el informe. Se ve que la tienes en alta estima

 

Cuando ya han entrado todos los numerarios en el sagrado recinto, llega muy apurado, con su maletín de ganster, Concha García de los Victor y mira asombrado a los profanadores.

 

Concha.—Pero, ¿qué están haciendo?

Latino.- ¿Es que no se ve, a la luz de las farolas nocturnas?

Concha.- ¿Vienen del Ministerio de Cultura?

Max.- Del de incultura.

Concha.- Pero… ¿No es usted Estrella, el gran poeta Estrella?

Max.- ¿Por qué me llamas gran? Los grandes los tienes ahí dentro Y no me llames tampoco Estrella, no soy más que un estrellado.

Concha.- Usted debería estar ahí dentro, don Máximo. Y no aquí, bajo el plenilunio, ejecutando labores tan gamberras.

Max.- Gamberras no, simbólicas.

Concha.- Sería el mejor de todos nosotros.

Max.- No seas majadero, Conchi.

Concha.- No sé qué decir.

Max.- Como siempre. (a Latino) Aquí lo tienes. El director de la Academia: un pingüino en escabeche. Y más de derechas que un paraguas negro.

Concha.- Bueno. Tengo que entrar, que va a empezar la sesión,

 

Concha empieza a subir la escalinata.

 

Latino.- Toma, llévate esto de recuerdo.

 

Le rocía la espalda, desde el occipital hasta el nacimiento del rabo.

 

Max.- ¿Todavía te queda munición, hispalense? Hablando y meando eres inagotable.

Latino.- Ya estoy acabando.

Max. Es que, si continuas, te vas a quedar más seco que el cerebro de ese que ha entrado.

Latino.- Cierro el grifo. Pero a condición de que subas hasta el último escalón y recites un poema tuyo. Con voz fuerte, para que se te oiga hasta el fondo de los reptiles.

Max.- Buena idea, don Latino. A veces, te despiertas.

 

Del interior, brota una lejano canto de voces monjiles y mal entonadas.

 

Max.- Los académicos están entonando el Veni Creator. Pidiendo lo que no tienen.

Latino.- Ya he cesado de miccionar.

Max.- Te voy a leer una cosa que he escrito esta mañana. ¿Te acuerdas de ese soneto satírico, de Lope contra los culteranos, que empieza: “-Boscán, tarde llegamos. ¿Hay posada / -Llamad desde la posta, Garcilaso / -¿Quién es? -Dos caballeros del Parnaso / -No hay donde nocturnar palestra armada. / -No entiendo lo que dice la criada. / -Madona, ¿qué decís? -Que afecten paso, / que ostenta limbos el mentido ocaso / y el sol depinge la porción dorada…” Etcétera. Pues resulta que, el otro día, Paco Villaespesa casi me obligó a asistir a una conferencia, en el Círculo de Bellas Artes. Hablaba Muñoz Molina, el primero al que le has meado el reverso. Paco se iba a encontrar allí con uno con el que quiere hacer otra de esas revistas suyas que duran menos que una peseta en mi bolsillo. La conferencia fue un terror asustado. Esta mañana, mientras afeitaba al gato, me acordaba del rostro embelesado de la gente que escuchaba, sin duda sin oír, al cateto de las calzas verdes, y me acordé del soneto lopiano… Bueno, accedo al último escalón.

 

Max se encarama hasta los propileos..

 

Max.- Conferencia de Muñoz Molina…

-Boscán, tarde llegamos, ¿hay asiento?

-Preguntad al conserje, Gracilazo

–¿Invitación? –Es que estamos de paso.

-Pues entonces de pie, aquí, lo siento.

Como empezara a hablar aquel momento

el de la cara de soldado raso,

entrambos caballeros del Parnaso

atendieron su hueco parlamento.

-Boscán, ¿cómo es posible que en España,

un solo día se junte tanta gente

para escuchar tamaña felipeta?

-Afilad, Garcilaso, la guadaña,

preguntad por Madrid, que estoy demente,

o andamos todavía por la Españeta.

Latino.- ¡Genial, maestro! Vuelves a estar estupendo.

Se van alejando de la Docta Casa. En la ladera del montículo que se derrama hasta el Paseo del Prado, hacia la mitad del plano inclinado cubierto de hierba húmeda, divisan a un grupo de personas, encogidas en torno a una fogata.

Cuando están más cerca, Latino reconoce a algunas de ellas.

 

Latino.- ¡Anda! A un primer ojeo, reconozco a Almudena Grandes, Rosita Montero, Lucía Echevarría, Luis García Montero, Espidín Freire, Maruja Torres, Ignacio Echevarría, Santos Sanz Villaneva, Elvira Torquemada Lindo, Javier Cercas, Ruíz Zafón, José María Ansar… ¡Y Manolo el del Bombo!

Max.- Esperan turno para entrar en la Academia… ¡Partida de enanos! ¡Recién nacidos históricos!

Latino.- Dicen que aquí acampó con sus mesnadas Pérez Reverte durante doce años.

Max.- ¿Y al final entró?

Latino.- Sí, pero le tuvieron que poner una barca con dos remos en el lugar del sillón, para que remara mientras los otros juegan al mus, porque otra cosa no sabe hacer.

Max.- Cuanto más burros, más ganas tienen de pasar por doctos.

Dan unos pasos en silencio.

Max.- Esa Almudena Grandes es la que colecciona culos, ¿no?

Latino.- La misma. Dicen que es digno de verse su museo. Culos tersos, palpables, acariciables, besables, comestibles, amasables, chupables, mordibles, albondigables croquetables, sogecables… Procedentes de todas partes, hasta de las Islas Vírgenes…

Max.- Habrá que visitarlo una tarde de estas. ¿Qué tal como escritora?

Latino.- Nada. Un terror ancestral llamado Amalio. Lo suyo son los culos, las pollas de tamaño superior al de la media nacional y las manifestaciones. Asiste a más manifestaciones que las que se celebran. Ya no se convoca ninguna, si no está ella detrás de la pancarta. Se sabe que una vez, el mismo día y a la misma hora, se manifestó en Madrid y en Salamanca.

Max.- Caso de ubicuidad manifiesta. A mí los ubicuos me caen tan mal como los que usan tirantes. Mejor olvidarla.

Latino.– A mí me produce cierta ternura, por su triste destino.

Max.- ¿Qué le pasa?

Latino.- ¡Casi nada! Hija de Picha de Oro, según ha revelado, está casada con un conocido Pichacorta.

Max.- El taxista honorario.

Latino.- El mismo (evocador) ¡Aquel verso memorable! Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi.

Max.- Es el genial impulsor de la poesía de la experiencia.

Latino.- Nunca olvidaré aquel poema suyo que terminaba: Y, en la habitación de al lado / el crujido del somier / bajo los cuerpos / de dos que follan.

Escena III

Paseo de Recoletos, acera izquierda. Mucha gente. Mucho tráfico. Mucha contaminación. Autobuses atestados. Dos palomas. Algunos pájaros extraviados.

Latino de Híspalis y Máximo Estrella caminan por la acera izquierda.

 

Latino.- ¿A dónde vamos, Max? ¿Otra vez a ninguna parte?

Max.- No. Estoy citado en el café con Manuel Mantero.

Latino.- ¡Hombre! Me agradará saludar a mi paisano.

Max.- Sí, pero no te pongas pesado. Manolo es un hombre serio.

Latino.- Y un gran poeta.

Max.- Después de mí, no hay otro en España.

Latino.- Creía que estaba en América.

Max.- ¿Es que esto no es América?

Latino.- Tienes razón, Max. Tú siempre tienes razón.

Caminan unos pasos en silencio, mirando a una niñera que, por no dejar de charlar con una amiga, le mete el biberón a su bebé por una oreja.

 

Latino.- ¿Sabes, Max? La palabra final de tu soneto, La Españeta, me ha recordado a Carlos Rojas… ¡Aquellos largos paseos por las Ramblas, poniendo verdes a los españetoles!

Max.- ¡Maravilloso, más aún, maravillento, maravilludo, maravillesco! Entonces yo no estaba ciego. Ahora veo menos que Pepe Leche.

Latino.- ¿Y ese quién es?

Max.- ¡Pero Latino! Es un dicho de tu tierra.

Latino.- Lo echo en el saco de mis desconocimientos. Cuéntame.

Max.- Pues nada. Se refiere a un fulano que veía tan poco, que tropezaba con un poste y le pedía disculpas.

Latino.- Muy propio, muy propio.

Max.- Hace tiempo que no sé de Carlos. ¡Gran escritor! De los pocos verdaderos novelistas que han surgido aquí después de la guerra y después de la muerte de don Claudio.

Latino.- ¿Por qué le llamas don Claudio?

Max.- Nunca he tenido confianza para llamarle Claudillo.

Latino.- ¡Ja, Ja! Carlos sigue en Atlanta, en la Emory, ¿no?

Max.- ¿Cómo que sigue? Los que se van no vuelven. O vuelven de visita para convencerse de que han hecho bien en largarse. ¿Te acuerdas de su reacción cuando le contamos lo que había dicho el honorable Pujol del Quijote? Había dicho que no le gustaba la obra de Cervantes. Y que para él no era un hidalgo ingenioso, sino ingenuo.

Latino.- Pues claro que me acuerdo. Estábamos delante del Liceo y exclamó:

El fantasma de Carlos Rojas.- ¡Será miserable!

Latino.- Y nos obsequió contándonos cosas muy sabrosas.

Max.- Es imposible que Carlos vuelva.

Latino.- Ahora el Carod Rovira lo llama traidor. Porque escribe en castellano.

Max.- Ese Carod es el cateto más grande de la Vía Láctea. Como dice Víctor Márquez, tiene una mente confusa, difusa y mediterránea. Es uno de esos fanáticos de su barrio, que se pelean con los del barrio de al lado. Los nacionalismos son producto de mentalidades provincianas. Y el grado superior del provinciano es el cateto. Para mí, siempre ha sido un misterio que el Mediterráneo, el mar de la cultura, genere un contingente tan enorme de catetos.

Latino.- Me estoy poniendo triste, Max. Aquellas evocaciones. Estas corrupciones. El espectáculo de los moscardones genuflexos y oferentes en torno a la fogata. ¡Cuánta mediocridad!

Max.- A ellos no les perjudica, porque, en España, la mediocridad es una garantía de supervivencia.

Están delante del Café Gijón. Max sigue caminando.

Latino.- ¡Eh, maestro! ¡Que te pasas!

Max.- ¿De qué me paso, oráculo de Chamberí?

Latino.- ¿No estás citado aquí con Manuel Mantero?

Max.- ¡Qué va, oráculo de Pitis! Yo siempre me cito con Manolo en Riofrío, ahí en la esquina con Génova. Un palomar acristalado donde no hacen nada los que tienen mucho que hacer. ¿Cómo has podido pensar que un gran poeta como Mantero se iba a mezclar aquí con estos chuflas?

Latino.- De nuevo me sorprendes, maestro. ¿Qué es un chufla?

Max.- Te estás desnaturalizando, Latino. Ese término solo se emplea en tu ciudad natal. A mí, me lo enseñó Manolo Díez Crespo. O tal vez Rafael Montesinos. O Manolo Machado.

Latino.- Tres ilustres sevillanos. Pero, dime, ¿qué significa chufla?

Max.- El chufla es ese individuo inconsistente, que se lo toma todo a guasa. Con un chufla, no se puede contar para nada. Cuanto más serios se ponen los chuflas, más te están tomando el pelo. O te cuentan veinte chascarrillos seguidos, o te citan veinte veces el ABC. En el mundo, no hay nada serio para los chuflas

Latino.- Pues, los de ahí dentro se toman en serio, por lo menos, a sí mismos.

Max.- Eso es porque tienen más hambre que Rocinante o porque se han equivocado de currículum.

 

Han caminado despacio hasta el Museo de Cera.

 

Max.- Es muy temprano, vetusto. ¿Volvemos?

Latino.- ¿Para qué? Estoy cansado…

Max.- Para mearnos en la puerta del Parnaso.

Latino.- A mí no me queda munición…

Max.- Pues entras, te tomas tres vasos de agua y llenas la cartuchera.

En ese momento, el sentido de la orientación de Max ha viajado, sin que lo impulsara su dueño, hacia la acera de enfrente.

 

Max.- Olvida lo que he dicho, Latino. Vamos a hacer otra cosa. Me han dicho que han nombrado a una nueva directora de la Biblioteca Nacional.

Latino.- Rosa Regás.

Max.- ¿Quién es? ¿Qué es?

Latino.- Es una barcelonesa, de la gauche divine.

Max.- ¡Magnifico! Las progres me divierten mucho. Vamos a saludarla.

Se disponen a cruzar, cuando el sol se empieza a apagar por el lado de la estación de Atocha.

Escena IV

Vestíbulo de la Biblioteca Nacional. El perfume de los incunables se mezcla con el de libros terminados de encuadernar esta mañana. El amplio espacio está desierto. Nadie sale. Nadie entra. Alguien hace un milagro y don Marcelino los bendice con su mano de piedra.

Los dos bohemios se aventuran por la escalera diestra, porque el olfato de don Latino de Híspalis les dicta que por allí están los despachos.

Atraviesan una estrecha y alta puerta, que está entornada. Una breve escalerita y un pasillo muy largo. Y otra escalera, y un pasillo descubierto, con baranda desde la que se ve la calle de Jorge Juan.

Cuando penetran de nuevo en un pasillo cavernario, el de Híspalis se impacienta.

 

Latino (con voz fuerte),- ¿Es que no hay nadie en este antro para recibir al más grande poeta vivo de las Españas?

 

Atraído por las voces, aparece un ordenanza –traje azul con botonadura metálica— en lo alto de un habitáculo que parece un palomar.

 

Ordenanza.- ¿Qué desean los señores?

Max.- Saludar a la directora.

Latino.- El señor que le ha contestado es el mejor poeta español vivo, y yo, su mano derecha.

Ordenanza.- Un momento. La directora está pensando.

Latino.- Pues que sueñe ahora un poco.

 

De un salto gatuno, el Ordenanza cae al lado de los visitantes.

 

Ordenanza.- Por aquí.

 

El Ordenanza empuja una puertecilla con la pintura descascarillada y los hace pasar al antedespacho de la directora.

 

Latino.- Huele a tortilla de patatas.

Max.- Los pensamientos de la directora.

El ordenanza empuja una puerta y entra en el despacho contiguo sin llamar. A poco, reaparece seguido de Rosa Regás, que sonríe, como si la sonrisa fuera una máscara que llevara permanentemente. Está despeinada, pero no lo bastante. El vestido blanco con grandes lunares negros que lleva puesto parece que se lo han tirado desde el piso de arriba.

 

Regás.- ¿En qué puedo servirles?

Latino.- Queríamos darle la bienvenida. Solo eso. Somos escritores.

Regás.- Muchas gracias. Muy amables.

Latino.- Este señor es Máximo Estrella. Don Máximo Estrella. El grandísimo poeta Max Estrella.

 

Regás ni se inmuta.

 

Max.- Déjalo, Latino. La señora tiene otras cosas a las que aplicar su pensamiento.

Regás.- Usted tiene acento gallego.

Max.- Es que soy gallego.

Regás.- ¿Una víctima del chapapote quizá?

Max.– Una víctima de su ignorancia, señora. Vámonos, Latino, que esta tía es tonta del culo.

Regás.- ¡Caballero! ¡Sin ofender!

Max.- Yo no la estoy ofendiendo, buena mujer. La estoy informando. Usted no sabía que era tonta del culo y yo he venido a decírselo. Vámonos, Latino.

Regás.- Esto no se va a quedar así.

 

Latino y Máx ya han caminado unos metros por el pasillo, pero Latino se vuelve y asoma la geta al antedespacho

 

Latino.- Y cuide ese estreñimiento.

Regás.- ¡Oh!

Los dos compadres deshacen el laberinto de pasillos y escaleras que recorrieron al entrar. Finalmente, desembocan en el amplio vestíbulo presidido por la estatua de don Marcelino.

 

Latino.- Ahora caigo, maestro. Esta individua es la que quiso quitar la estatua de Menéndez Pelayo, porque decía que era machista.

Max.- ¡Analfabeta! Menéndez Pelayo podía ser lo que quisiera… Misógno, católico, hipertenso, del Rayo Vallecano… Fue, y es, un inmenso filólogo.

Latino.- ¡Cráneo privilegiado!

Escena V

Paseo de Recoletos, en el tramo cercano a la plaza de Colón. Al frente, a la izquierda, puede verse el rótulo luminoso que anuncia la Cafetería Riofrío.

Latino.- Estaba pensando, Max, que don Marcelino Menéndez Pelayo era un académico. Y ahora Juan Luis Cebrián es lo mismo: un académico.

Max. La España cultural hace mucho tiempo que camina cuesta abajo. Los carrozas se creen que somos un país como Francia, Alemania, Inglaterra, Italia… Pero España no ha aportado nada ni al pensamiento ni a la ciencia de Occidente. Bajando, bajando, ha caído por fin en una cloaca. Los Cebrianes, las Grandes, las Lindos, los Muñoz, los García Montero, los Concha, los de la caterva crítica, todos esos han caído con ella en la cloaca y les llega la mierda hasta los tobillos…

Latino.- ¿Nada más que hasta los tobillos?

Max.- Es que cayeron de cabeza.

La tarde se ensombrece con el ánimo de los rebeldes.

 

Latino.- Max, el gilipollas del Cebrián, al que hicieron académico por un enjuague del ABC, El País y la Academia, para premiar la mala calidad del lenguaje en los periódicos. el muy capullo, se autoconfeccionó una entrevista en su periódico y dijo en titulares: “Vengo a la Academia a aprender”.

Max.- ¡Cretino!

Latino.- Los de La Fiera Literaria le dijeron: “Cenutrio, las academias para aprender están en la Carrera de San Jerónimo, la Puerta del Sol, Montera y la calle Hortaleza. A la de la Lengua se va a enseñar. Como tú no tienes nada que enseñar, mejor que te vayas a tomar por culo”.

Max.- ¿Eso le dijeron? ¡Cráneos privilegiados!

Latino.- ¡Cyranos de Bergerac!

 

Escena  VI

Han llegado a Riofrío. Al pie de la escalera, una anciana les sale al paso y le ofrece a Máximo “la suerte”.

 

Max.- Señora, míreme bien. Escuche el carraspeo de mis tripas ¡Y no me abduccione la pelambrera!

Anciana.- Perdón, mister… Sorry, sir. I’m offering the lot.

Max.- A usted no se le agota el cofre del pitorreo.

Anciana.- Comment, monsieur?

Max.- Doña políglota: que no comemos desde anteayer. Que tenemos más hambre que un galápago detrás de un espejo. Que si no nos invitan a cenar, no vamos a poder bajar la cuesta.

Anciana.- Total, que no. Lo podía haber dicho antes. ¡Rollista!

 

La anciana se aleja, rezongando, hacia la boca del metro.

 

Max.- ¿Qué farfulla usted, milady?

Anciana.- I’m sending you … a tomar por culo.

Max.- ¡Vaya, hombre! ¡Con lo que admiro yo la ancianidad ilustrada!

Las dos glorias nacionales suben jadeando la escalera de acceso a la cafetería. Latino empuja una puerta acristalada. Al fondo, un rincón con mesas. En la que les cae de frente, Manuel Mantero paladea un vaso de ajenjo. Saluda con la mano a los recién llegados.

 

Latino.- ¡Anda!

Max.- ¿Qué anuncias, agorero de Lavapiés?

Latino.- ¡Mira! A la mesa de al lado de la de Mantero.

Hacia allá mira el genio y ve a un abuelete de unos ochenta años, pelo casi blanco, haciendo manitas con una rubísima nórdica de unos treinta, en cuyos ojos bailan las sílfides la danza de Anitra.

 

Latino.- Es don Álvaro Satén y Condenado, el famoso epigramista.

Max.- Sé quien es. Me gusta lo que hace. Pero lo creía más joven.

Latino.- Y él también se lo cree… ¿Ves?

Max.- ¡Claro que veo! Pero guárdame el secreto. No quiero ir a la mili.

Condenado picotea ahora, con morro saliente, las tersas mejillas de la escandinava.

 

Latino.- ¡Será pederácula!

Max.- Pues yo lo envidio.

Latino.- Y yo también, pero ese es otro tema.

Max.- La verdad es que un poco frivolón sí que resulta. Sobre todo, a la intemperie.

Latino.- No te hagas una idea equivocada. Es una hormiga proletaria. Acaba de publicar, en nueve tomos, una Historia de la novela española desde los orígenes.

Max.- ¿Ah, sí? No me lo ha leído Pepi en ninguna lista.

Latino.- Por dos razones: porque la firma con su pseudónimo habitual, Juan Ignacio Ferreras y, segunda razón, porque ningún suplemento cultural le ha dedicado una sola línea.

Max.- Como a La novela española del siglo XX, del otro Manolo. Los mercenarios deben de pensar que la novela española no es tema para un suplemento literario español.

Latino.- Estamos en la Españeta, Max, donde los críticos literarios se dividen en mamonas y mamones.

Max.- Y en ignorantes e ignoratrices… ¡Putas y putos! Pero bueno, que está esperando Mantero.

 

Por fin llegan ante la mesa de Manuel Mantero. Mantero se pone en pie y los tres se abrazan.

 

Max.- Huelo a gloria. ¿Estás bebiendo ajenjo?

Manuel Mantero.- Homenaje al maestro.

Max.- Buena idea. Yo tomaré lo mismo.

Latino.- Y yo… Con un poco de jamón, para que no me haga cosquillas en la laringe.

En menos de un minuto, Latino y Max dan cuenta de las aceitunas, los panchitos y los dos colines que había en el velador en sendas conchas sobre el mármol. Por encima de sus cabezas despeinadas, Mantero levanta un brazo, para llamar la atención del camarero. En ese instante, tiene una convicción firme: él tendrá que pagar.

 

Max.- Comentábamos que a los libros sobre la novela de Manolo y Juan Ignacio no les han dedicado los críticos ni una línea.

Manuel Mantero.- Los dos han sabido ver la contingencia de la novela social y la necesidad de jubilar el costumbrismo que ellos jalean. Y eso no se lo perdonan.

 

Aterriza el camarero con la carta.

Escena VII

Mismo lugar. Manuel Mantero, que tiene que marcharse, por causa de un compromiso familiar, aguarda educadamente a que sus invitados engullan el cuarto plato y los dos postres que han pedido. Cuando Latino, el más lento, se traga el último trozo de tarta de manzana con almendras crema, nata y caramelo, se levanta.

 

Mantero.- Bueno, tengo que marcharme.

Max.- Siento que nos abandones tan pronto.

Mantero.- Y yo también, pero…

Max.- ¿Podemos pedir café, Manolo?

Mantero.- ¡Claro que sí! Ahora, al salir, lo pido y lo pago en la caja.

Latino.- El mío que sea con dos ensaimadas.

Los dos bohemios, de pie, lanzan adioses al que se va, como si se fuera en barco.

 

Escena octava

Max y Latino acaban de atravesar la plaza de la Cibeles y están frente al Banco de España.

 

Latino.- ¡Mira quién viene ahí!

 

Max lo hace en la dirección que señala el de Híspalis y divisa a Antonio García Trevijano, que atraviesa el paseo lateral con el semáforo en rojo. Viene en dirección contraria a la de ellos, caminando despacio porque va leyendo.

 

Max.- ¡Qué vas a tropezar, ilustre republicano!

Antonio García Trevijano.- ¡Caramba! ¡Cuánto bueno! Este punto de Madrid se acaba de convertir en una escoa para tres filósofos peripatéticos.

Max.- ¿Qué lees, tan interesante como para que arriesgues tu vida?

Antonio García Trevijano.- El último número de la Fiera Literaria.

Latino.- ¡Hermosa gente! ¡Cráneos privilegiados!

Max.- ¡Palabras mayores! Tienen todas mis simpatías. Y las de Chaves Nogales. Y las de Cansinos…

Latino.- Y las del Alcalde de Marinaleda.

Antonio García Trevijano.- ¿La Fiera? Yo lo he dicho en letras de molde: es lo más importante, culturalmente hablando, que se ha hecho en España desde la Segunda República. Lo único serio, riguroso e independiente.

Max.- Y, en Europa, lo más grande desde el Mayo 68.

Antonio García Trevijano.- También he dicho que son unos situacionistas muy serios, con un gran sentido del humor.

Max.- Consiguientemente, ignorados por la chusma académico-mediática.

Antonio García Trevijano.- Pues a encontrarme con una fiera de primera generación voy. He quedado con Victoria Sendón en Riofrío.

Latino.- De allí venimos nosotros, de tomar un tentempié.

Max.– Antes de conocerla, leí dos libros suyos –La España herética y Más allá de Ítaca— y pensé que era la mejor escritora de este país.

Latino.- Ignorada por el sistema, claro.

Max.- ¡Claro! Cuando la veas, dile que te has encontrado con Max Extrella, y que te ha pedido que le digas “Oh, hermana, ¿dónde estás?” Ella lo entenderá…

Antonio García Trevijano.- Se lo diré… Aquí le llevo mi Teoría pura de la República y ella me va a dar su último libro: Matria, el horizonte de lo posible.

Max.- ¿Cuándo van a dejar aquí de crucificar la inteligencia?

Latino.- Y de hacer subir la fraude a tribunal augusto, como diría Argensola.

Max.- Le niegan la Academia hasta la muerte a doña María Moliner y a Carmen Bravo Villasante, y luego meten a Carmen Conde y a Soledad Puértolas la Triste. ¡Petardistas de mierda!

Latino.- La crítica literaria española está compuesta de una partida de papagayos Kentucky, capitaneada por el mugiente Mainer, el taciturno Sanz, el horizontal Darío y el vertical Pozuelo.

Antonio García Trevijano.- Bueno, a ver si nos vemos pronto. Y a seguir protestando, que es lo único que nos dejan hacer.

Max.- Y pensando.

Antonio García Trevijano.- Y pensando, claro, que es lo que ellos no saben hacer.

 

Escena nona

Siguiendo su caminata sin rumbo. Max Estrella y Latino de Híspalis llegan a la plaza de Neptuno y tuercen hacia la Carrera de San Jerónimo.

 

Latino.- ¿Sabes qué estoy pensando, Max?

Max.- ¿Cómo lo voy a saber, si no me lo dices?

Latino.- Que ojalá viniera una banda de marcianos y nos raptara… Hoy hemos rozado, solo rozado, varios espejos de la miseria cultural de España. ¿Qué será cuando caigamos de lleno en su mierda? Ojalá nos raptaran y nos llevaran a un lugar donde no hubiera fabricantes de libros, ni académicos, ni críticos literarios, ni escritores guapos, ni Ministerio de Cultura, ni corruptos, ni dinero…

Max.- Sería maravilloso… A veces te despiertas, Latino.

 

Llegan a la altura del Congreso de los Diputados.

 

Latino.- ¿Nos vamos a mear aquí, Max? Yo tengo otra vez el depósito lleno.

Max.- No. Aquí habría que hacer otra cosa y hay mucha gente. ¿No ves a los dos leones cagando?

 

En ese momento, se produce un gran resplandor, seguido de un fuerte trueno, y un platillo volante aterriza entre los dos leones, Latino suelta un taco y se agarra con fuerza a un brazo de Max.

En un costado de la nave, se abre una corredera que suena a no estar bien engrasada. Por el hueco, aparece un tipo bajito, muy feo, con expresión servil.

 

Extraterrestre.- ¡Terrícolas!

Max.- ¿Quién habla, Latino?

Latino.- Un extraterrestre.

Max.- ¿Marciano?

Latino.- No sé. Se parece a Juan Cruz.

El tubo de escape de la nave se tira varios pedos, seguidos de un olor característico.

 

Extraterrestre.- ¡Terrícolas! Hemos oído vuestros deseos de ser abducidos.

Latino.- ¿Desde dónde?

Extraterrestre.- ¿Qué importa? No hay distancias para nuestros detectores parabólicos Philips.

Latino y Max a la vez.- ¿Y qué?

Extraterrestre.- Que os podemos llevar a donde queráis.

 

Los dos terrestres se quedan tan atónitos como si hubiesen leído una frase de Javier Marías escrita correctamente.

 

Max.- Por si es verdad, Latino, llévame al centro de la plaza.

 

Entre Latino y Juan Cruz, cada uno por un brazo, ayudan a Max a cruzar la calzada

 

Latino.- Ya estás en el centro de la plaza, Max.

 

Max se pone tieso y, girando sobre sí mismo, hace un corte de mangas en dirección a los cuatro puntos cardinales.

 

Extraterrestre.- ¡Venga, de prisa, que no he puesto tique de aparcamiento!

Max.- ¿A dónde nos vas a llevar?

Extraterrestre.- A un punto más allá del universo. Un punto fuera de tiempo, fuera de lugar. Al cielo.

Epílogo en el cielo

Max y Latino casi se arrastran, con cara de infinito asombro, de infinito estupor, de cansancio infinito. Hace siglos que traspasaron la débil radiación del fondo cósmico de ondas, vestigio de la violenta explosión del big-bang, y caminan por la nada.

De hecho, se trata de misma nada que han habitado siempre, pero Max ha recobrado la vista. Para no ver nada

 

Latino.- ¿Y esto es el cielo, Max? Nos han estado engañando toda la vida. Aquí no hay nadie.

Max.- Ni siquiera los del Opus.

 

Latino se vuelve de espaldas a la nada y se encuentra con la nada.

 

Latino.- ¡Cogno! ¿Qué hacemos, Max?

Max.- Vamos a caminar tres evos y tres evas más y, si todo sigue igual, nos suicidamos

 

Caminan de nuevo por la nada, cada vez más cansados, cada vez más aburridos. Están pensando, cada uno por su cuenta, ya al filo del plazo que se han concedido, en el hueco destino que les aguarda, cuando Latino se pone a gritar enloquecido:

 

Latino.- ¡Max, Max!

Max.- ¿Qué pasa, Latino?

Latino.- ¡Una puerta, una puerta!

Max mira en la dirección hacia la que señala su acompañante, es decir, hacia ninguna parte, y, en efecto, ve el dintel de una puerta de material desconocido para ellos. Se acercan cautelosos. Cuando están a pocos pasos, distinguen un letrero sobre el dintel que dice: Limbo.

 

Latino.- ¡Leche migada, maestro! Tantos pasos, tantas fatigas, para llegar al Limbo.

 

En ese momento, ambos creen oír una musiquilla, al otro lado de la puerta.

 

Max.- Música, Latino. ¿Qué querrá decir esta música en medio de la nada?

 

Latino se acerca cauteloso a la frontera del Limbo. Pega su oreja diestra al material desconocido. Las piernas se le aflojan y está a punto de caerse de culo. Da un grito descomunal, un segundo antes de que ambos sean abducidos por un ovni de Iberia.

 

Latino.- ¡Max, Max! ¡Lo que está sonando es la Marcha Real!

 

FIN

 

RUEGO

Lector bienamado: si crees que lo merece, difunde esta travesura, escrita en Madrid, en una casa desahuciada de aquella calle sin nombre, entre el 3 y el 10 de noviembre del año 2012. Que llegue al mayor número de lugares posible y las nuevas generaciones de escritores preteridos por la industria cultural conozcan algunos rasgos de la basura que los asfixia y asfixia la vida miserable de la España literaria.

RUEGO ATENDIDO. FEITO, FET, HECHO. ESTA ES VUESTRA CASA, FIERA, TODAS FUERAN COMO VOSOTROS.

 

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