Decires andrajosos académico-políticos

Copio de la prensa los titulares de tres, dicen, noticias, con sus detallitos o entradillas:

1. “Madrid rebaja impuestos y se reserva perdonar faltas muy graves a Eurovegas. El Gobierno regional se reserva el derecho a modificar las sanciones previstas por la ley. Podrá perdonar además los antecedentes penales a sus empleados. El macrocompleo de Adelson apenas tendrá que pagar impuestos regionales.”

2. “Wert blinda la enseñanza en castellano. Si no hay reparto ‘razonable’ entre idiomas, las autonomías deberán pagar un centro privado. Se recupera la asignatura alternativa a Religión y desparece completamente Ciudadanía.”

3. “Diputados populares premian el ‘¡Que se jodan!’ de Andrea Fabra con el galardón Emilio Castelar.

Podría seguir copiando para sumar a lo que hay, lo que hubo y lo que está por venir, o hacer juegos malabares con cada una de las noticias. Pero, para qué, leídas las tres, todo sobra, y la catarsis que suelo hacer en este sitio para intentar seguir viviendo con cordura se conforma con lo leído, que no es que sea mucho o excesivo, es la hostia.

Estoy convencida de que millones de ciudadanos españoles, vascos, catalanes y gallegos están tan seguros como yo de que nos gobierna la Cofradía Mafiocatólica por antonomasia, la que negocia con nuestro dinero y cuanto nos pertenece -incluidas nuestras almas- con toda clase de malhechores y de empresas dirigidas por gánsteres brutales, propiedad de gánsteres más brutales aun, sin descontar de entre las empresas a una de las prestigiosas en lo que a los más altos delitos de la historia occidental concierne, por no salir del mundo de la parte de acá, premiados siempre con los más pingües beneficios, la del Vaticano.

La mencionada Cofradía actúa sin esconderse y, por fortuna, los cofrades, con sus fechorías a la vista -vid. caso Blasco, por ver, pero la mies es abundante-, en vista de que no hay jueces y de que, por no haber, ni ciudadanía responsable; en otro caso, vivaquearíamos en las trincheras hasta rendirlos. Últimamente, se considera incluso patriótico airear las cuestiones más podridas, ya que, en no habiendo justicia ni ciudadanía, viviendo como en el salvaje Oeste, la exhibición ha de rendir el fruto esperable: que vayamos educándonos en los nuevos valores advenidos, creyendo en los nuevos dioses y acatando las nuevas tablas de la ley de la sinrazón, el desatino y el crimen organizado de una nueva España que, por los síntomas, llegará bastante más lejos que la criada amorosamente a los pechos del caudillo ferrolano, presente, y cuantos otros de similar calaña le precedieron en darnos crianza, aunque puesta al día de un siglo XXI que corre hacia atrás como cangrejo de las rías gallegas. No se prescindirá, sin embargo, ni de uno de los viejos mandamientos, creencias, tradiciones, costumbres, dogmas y demás fiestas de guardar para, así, poder regresar, pero felizmente actualizados, a una especie de barbarie postmoderna, esta sin esperanza depositada en parte alguna; en suma, barbarie en estado puro, que es de lo que se trataba. Regresará, pues, el hierro candente de Dios, el Rey, la Patria, el Orden y la sumisión femenina al neomacho ibérico, licenciado superior y, de preferencia, sabiendo inglés, como regresará el irredento pecado mortal de la carne, con excepción de la homosexualidad y la pedofilia ensotanadas, privilegio exclusivo de la Secta Católica. Desaparecerán, en cambio, los viejos ridículos remilgos del pudor, el pacato esconder privilegios y a quienes usan y abusan de ellos y son cómplices de abyecciones y de crímenes de no decir, pero que se dirán, siempre que sean practicados por gente copiosamente reincidente y muy poderosa, substituidos los mohines hipócritas de antaño por una afectada y desinhibida exhibición que circule por, de entre tanto bien que hay, redes sociales, televisión, correos electrónicos, iPhones, iPads y demás artilugios y tabletas y para provecho y rendimiento de los educandos, niños, adultos y ancianos, de ambos sexos como hermafroditas.

Consta, con constancia garbancera española, que además se recuperarán para hacerlas visibles en todo lugar público buena parte de las viejas y añoradas prohibiciones de antaño, mayores como menores. Entre las menores, por no abundar en lo grave y solemne, aquellas entrañables del ‘Se prohíbe la mendicancia’, ‘Se prohíbe ejercer la prostitución’, o ‘Se prohíbe blasfemar y escupir en el suelo’, que se entremezclarán con ofertas gozosas también idas, ahora recuperadas, como aquella inefable, caída en desuso -en beneficio del sushi, la hamburguesa, el arroz chino, el doner kebab y las alitas de pollo en salsa agridulce- del ‘Hai cayos los dominjos’, de grafía antañona pero fruto que volveremos a disfrutar gracias a la desaparición de la pública, que tanto sangraron erarios huidos a paraísos fiscales de la mano de los señoritos que viven disfrutándolos. Los cayos, digo.

Sin embargo, la mayor novedad de entre las recuperadas, según fuente de toda credibilidad, la constituirá el regreso de lo que jamás debió haber sido prohibido. Al parecer, el Bobierno pondrá de nuevo a nuestro servicio aquellos entrañables ajusticiamientos públicos en las plazas de las más populosas de nuestras ciudades, horca mediante, gloriosamente rescatada de su abolición por Fernando VII a partir de 1832 -aunque la prohibición de las ejecuciones como acto público hubo de esperar a la Ley Pulido de 1901-, o garrote vil, aplicados la una o el otro en función de los estamentos sociales habientes, como de hábito hacíase, y pro conservación de lo más distintivo, arraigado y patriótico de nuestro patrimonio, tradición y cultura, y yendo a procurarse, además, en la medida de lo posible, que la plaza de mayor e indiscutible solera sea la de La Cebada de Madrid -como beneficio añadido al Mercado y a la verbena de la Virgen de la Paloma-, espectáculo para el que se fletarán autobuses, no públicos, ya que estos servicios serán prestados por empresas privadas afines al PP y a precios acordes con la distancia que deba recorrerse desde el lugar de residencia del festero y Madrid. En consideración a la modestia de usuarios y visitantes, que no alcanzarían a poder permitirse yantar en un restaurante familiar o siquiera bar, será autorizada la venta ambulante de hamburguesas, bocadillos de atún, tortilla de patatas o de calamares, patatas fritas, refrescos y agua. Las bebidas alcohólicas serán dispensadas, a precios prohibitivos y en exclusiva, por el propio Ayuntamiento de Madrid, recaudación que se dedicará íntegra al mantenimiento de dichos actos de ejecución de justicia al aire libre, excepto el 15% que se lo quedará la propia empresa a cuyo cargo corre el servicio, a saber y en el caso del ejemplo, la de Ana Botella, si es que aún se mantuviera en el cargo; en otro, el cofrade -o cofrada– que venga a substituirla. Y todo ello por ilustrar la ejemplaridad, que aprendamos a no vivir por encima de nuestras posibilidades, sino con las que hay, y por ahorrarnos además el brutal ejercicio del suicidio, considerado aún pecado mortal por Ratzinger y teólogos afines.

Para que el espectáculo o acto de ajusticiamiento regrese bien cuidado en el detalle, brindo aquí mismo un par de descripciones de su puesta en escena, con el fin desinteresado de que el PP elija lo que mejor pudiera acomodar a la ciudadanía y contribuir al brillo y esplendor del Cadalso, el Ayuntamiento, la Monarquía, el Bobierno, la Poesía y la propia Secta Católica, la cual dispondrá lo que considere sobre teatinos y mercedarios para la parte de las preces y otorgamiento del perdón a las almas de los reos antes de su ejecución, así como para la distribución de las hostias.

Esta en concreto pertenece a un madrileño, dicho Larra Sánchez de Castro, Mariano José -remilgado, a tenor de lo que leeremos líneas abajo, pero conviene ir yendo al grano, felizmente superado ya cualquier tonteo romántico-, quien escribió textos inspirados en su propio imaginario, no solo para su tiempo, sino para esta posteridad que fuimos en sus peores pesadillas. Texto, expurgado, del mencionado autor:

“(…) Llegada la hora fatal, entonan todos los presos de la cárcel, compañeros de destino del sentenciado, y sus sucesores acaso, una salve en un compás monótono, y que contrasta singularmente con las jácaras y coplas populares, inmorales e irreligiosas, que momentos antes componían, juntamente con las preces de la religión, el ruido de los patios y calabozos del espantoso edificio. El que hoy canta esa salve se la oirá cantar mañana.

Enseguida, la cofradía vulgarmente dicha de la Paz y Caridad recibe al reo, que, vestido de una túnica y un bonete amarillos, es trasladado atado de pies y manos sobre un animal, que sin duda por ser el más útil y paciente es el más despreciado; y la marcha fúnebre comienza.

Un pueblo entero obstruye ya las calles del tránsito. Las ventanas y balcones están coronados de espectadores sin fin, que se pisan, se apiñan y se agrupan para devorar con la vista el último dolor del hombre.

– ¿Qué espera esa multitud? – diría un extranjero que desconociese las costumbres -¿Es un rey el que va a pasar, ese ser coronado que es todo un espectáculo para el pueblo? ¿Es un día solemne? ¿Es una pública festividad? ¿Qué hacen ociosos esos artesanos? ¿Qué curiosea esta nación?

Nada de eso. Ese pueblo de hombres va a ver morir a un hombre.

-¿Dónde va?

-¿Quién es?

-¡Pobrecillo!

– Merecido lo tiene.

-¡Ay, si va muerto ya!

-¿Va sereno?

-¡Qué entero va!

He aquí las preguntas y expresiones que se oyen resonar en derredor. Numerosos piquetes de infantería y caballería esperan en torno del patíbulo (…) ¡Siempre bayonetas en todas partes! ¿Cuándo veremos una sociedad sin bayonetas? ¡No se puede vivir sin instrumentos de muerte! Esto no hace, por cierto, el elogio de una sociedad ni del hombre (…)

Un tablado se levanta en un lado de la plazuela: la tablazón desnuda manifiesta que el reo no es noble. ¿Qué quiere decir un reo noble? ¿Qué quiere decir garrote vil? Quiere decir indudablemente que no hay idea positiva ni sublime que el hombre no impregne de ridiculeces.

Mientras estas reflexiones han vagado por mi imaginación, el reo ha llegado al patíbulo (…) Las cabezas de todos, vueltas al lugar de la escena, me ponen delante que ha llegado el momento de la catástrofe; el que sólo había robado acaso a la sociedad, iba a ser muerto por ella; la sociedad también da ciento por uno; si había hecho mal matando a otro, la sociedad iba a hacer bien matándole a él. Un mal se iba a remediar con dos. El reo se sentó por fin. ¡Horrible asiento! Miré el reloj: las doce y diez minutos; el hombre vivía aún… De allí a un momento, una lúgubre campanada de San Millán, semejante al estruendo de las puertas de la eternidad que se abrían, resonó por la plazuela.

El hombre no existía ya; todavía no eran las doce y once minutos. “La sociedad, exclamé, estará ya satisfecha: ya ha muerto un hombre”.

Sin embargo, podría el Bobierno ir aun más atrás, sobre un par de siglos, y beber de estas otras ideas -comérselas también, concretamente Montoro, Sáenz de Santamaría, Guindos o Wert- para organizar los dichos actos festivos de ajusticiamiento con horca o a garrote que, en esta ocasión, narra otro espabilado, un tal Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, Francisco, poniéndolo en boca del verdugo de Segovia, un tipo megaguay, según decir de los lectores que van quedando, los más jóvenes. Tal vez más ejemplarizante aún que el anterior:

“En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a toda virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la justicia, pues cuantas allí se habían hecho de cuarenta años a esta parte, han pasado por sus manos. Verdugo era, si va a decir la verdad, pero una águila en el oficio; vérsele hacer daba gana a uno de dejarse ahorcar. Este, pues, me escribió una carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma:

«Hijo Pablos (que por el mucho amor que me tenía me llamaba así), las ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado Su Majestad no me han dado lugar a hacer esto, que si algo tiene malo el servir al Rey es el trabajo, aunque se desquita con esta negra honrilla de ser sus criados.

Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre murió ocho días ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dígolo como quien lo guindó. Subió en el asno sin poner pie en el estribo; veníale el sayo vaquero que parecía haberse hecho para él, y como tenía aquella presencia, nadie le veía con los Cristos delante que no le juzgase por ahorcado. Iba con gran desenfado mirando a las ventanas y haciendo cortesías a los que dejaban sus oficios por mirarle; hízose dos veces los bigotes; mandaba descansar a los confesores y íbales alabando lo que decían bueno.

Llegó a la N de palo, puso el un pie en la escalera, no subió a gatas ni despacio y viendo un escalón hendido, volvióse a la justicia y dijo que mandase aderezar aquel para otro, que no todos tenían su hígado. No os sabré encarecer cuán bien pareció a todos.

Sentóse arriba, tiró las arrugas de la ropa atrás, tomó la soga y púsola en la nuez. Y viendo que el teatino le quería predicar, vuelto a él, le dijo: -«Padre, yo lo doy por predicado; vaya un poco de Credo, y acabemos presto, que no querría parecer prolijo». Hízose así; encomendóme que le pusiese la caperuza de lado y que le limpiase las barbas. Yo lo hice así. Cayó sin encoger las piernas ni hacer gesto; quedó con una gravedad que no había más que pedir. Hícele cuartos y dile por sepultura los caminos. Dios sabe lo que a mí me pesa de verle en ellos haciendo mesa franca a los grajos, pero yo entiendo que los pasteleros de esta tierra nos consolarán, acomodándole en los de a cuatro.”

Para la parte de la consideración de la antropofagia, me permito sacar del baúl de los recuerdos un tercero, este referente a la ingestión de restos humanos como de hostias, pero vista desde el bando de los rojos, es decir, la comunión de los santos, ese inveterada costumbre de comerse uno, bien los restos de los ajusticiados, bien al dios mismo que, según la Secta Católica, los creó, todo lo cual en su conjunto corrobora hambres ancestrales. Este romance*, que se atribuye a un morisco -obviamente, por morisco, heterodoxo al tiempo- dicho Juan Alfonso, sin que conste en la erudición que guardo en alhacena apellido alguno para su mejor identificación por la Guardia Civil o los Monos, diríase que se refiere a un experimento sacrílego capaz de demostrar la falsedad de la eucaristía, para brutal escándalo del ideario tridentino, aún vigente de la mano del Partido Popular, pero que bien podría referirse al tiempo a la comunión de los santos súbditos españoles, los que sean devorados, y a las hostias consagradas que devoren ellos mismos. Según el morisco, el destino final de lo comido, carne humana, divina, cruda o aliñada, siempre es el mismo, por lo que nadie debe llamarse a engaño, considerando, por ejemplo, los mossos de las cuadras catalanas, los evasores de impuestos a lo grande, o las cuasi personas, tipo Díaz Ferrán, Iñaki Urdangarín, Rafael Blasco, Carlos Fabra o el propio Rajoy, que no defecarán a los reos engullidos en su momento, o que, en el peor de los casos, no serán defecados aun los más poderosos, por muy disimulados, eximidos o indultados de pecados horrendos que hayan quedado por este o por aquel otro bobierno. A modo de brindis torero, va también por Ratzinger y por Rouco Varela, Presidente de la Conferencia Episcopal, por si bien viniere y, al tiempo, por que se revise cómo anda la cuestión de las hostias, pero hostias-hostias en este caso, que antes de morir pudieren ingerir los propios reos cuyos restos vayan a comerse los del PP, los mozos de las cuadras, los obispos, los evasores fiscales y los criminales en general, con todo, gente ejemplar de la Santa Hostia.

Bosotros que en una ostia
que dezís el Sacramento
tenéis por fe questá Dios
y os coméis aquel Dios buestro,
mirad qué jentil aliño
pues se sabe por muy zierto:
lo que se come se saca
por aquel postigo biejo.
Y por más curiosidad,
me dijo a mí un caballero
que se ma(n)tubo de ostias
por probar este misterio,
mas también dijo que dio
a la letrina su zenso,
sepultando allí sus dioses
en el zusio monumento.

Nota para Ana Mato: No, nena, no son faltas de ortografía; esas, las tuyas, esta es grafía que habíamos remontado antes de que recortara la Escuela Pública un cerebro congénitamente corto y criminal.

*Louis Cardalliac, Morisques et Chrétiens. Un affrontement polémique
(1492-1640), Paris, Klincksieck, 1977, p. 481.

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