Para Rajoy, homo analfabeticus sapiens, con desprecio gallego

 

Este pueblo, España, desespera. Al menos a mí me desespera, y el presente no es el tiempo adecuado para referirse a esta pegajosa y estéril sensación, porque mi desespero nació el día mismo en que, remontada mi infancia, empezaron a hablarme de ella, no solo mi padre biológico, sino varios de los adoptivos que rivalizaban en pintármela cada cual, peor, pero que lo hice consciente el día en que me la tropecé, ya en los primeros años de mi adolescencia, y crucé con ella las escasas palabras de cualquiera otra presentación, aquella en concreto a cargo de don Ramón María del Valle Inclán, tan gallego como yo:

-Aquí, una jovencita obstinada en conocerla, doña espantajo… Digo, doña España

-Y aquí, España, rapaza torta…

-Eu non lle sou torta, protestei, don Ramón, só pechei un ollo por se me desalumeaba iste coñecemento, non me sexa arousán lingoreteiro…

Aquella presentación me impresionó tanto, que me empujó, con gaélica pasión obstinada y sin la reflexión previa de haber medido las fuerzas con las que contaba, a su desasnamiento, ¡pintiña tenía la pobriña!, en la parte que me correspondía, tarea a la que consagré una vida, como es hábito decir, poniendo en ello el conocimiento que hubiera en aquel momento, poco. Y quede constancia de que este yo es un nosotros, no tantos como sería deseable esperar, pero unos cuantos.

Quizá, pues, me digo, exista hoy en alguna parte otro tipo de español, el que pasó por ciertas aulas en las que se le procuró, no solo instrucción, capacidad de análisis, de síntesis y de crítica, sino educación para la insumisión ante la injusticia, el autoritarismo, el ser tratado como un borrego de caracolillos blancos, las prédicas indecentes, estultas e hilarantes para con la razón y el sentido común del predicador que fuera, incluidos los de la inoculación en vena de la creencia, con cuidadosa reencarnación incluida, en la inmortalidad, gozada, bien en cielo, bien en el infierno o aun en el limbo, en dioses, ángeles y demonios, en la condena eterna por cuestiones de fornicio, jamás por cualquiera otra de las en verdad vergonzosas, por más que trataran de mantener el tipo sus muchos diáconos, cubriendo ese flanco, pero que andaba prístino en las obsesiones del sermón dominical -los hombres fuera, charlando y fumando-, o al momento en que uno se descuidaba; ante el latrocinio de los señoritos brutales, iletrados y cornudos que, mientras afeaban cualquier conducta y mente racional que juzgaran adversas, elevaban el corazón a Dios y se daban golpes de pecho con una mano, mientras con la otra robaban, con la chulería y el desplante propios del matador, no solo el pan, sino las ganas de vivir sin asco. Y conste que toda esa educación algunos la estuvimos procurando en las aulas desde los tiempos del más áspero franquismo y hasta los estertores del socialismo español -cuanto queda bautizado con español bien podría reciclarse en un contenedor especial que se llevara a enterrar a los pies de Ratzinger en el Vaticano-, denominado obrero por caer bien y que decía representar cierto partido; y sin mayor problema aquella libertad de cátedra si uno era espabilado, que todo hay que decirlo, escapándole, eso sí, a la pretensión de querer ganarse la vida currándose educación en centros religiosos de la muy medieval y  embrutecedora en todo sentido secta católica, o encajando el despido con altanería.

Pues todo eso y más, solía decirme, habrá dado su fruto, pero qué difícil resulta tropezárselo, el fruto, en este país desesperante del todo vale, así son las cosas, mejor tomárselo con filosofía, no sea que vaya a tener uno problemas y a complicarse la vida, que esta semana hay puente y la siguiente nos vamos a Londres. En síntesis, este pueblo sigue siendo borrico y cobarde, cobarde en cuanto que borrico, festero, por olvidar las penas que siempre hay, sumiso, por la propia ignorancia, mediocre, con la mediocridad que procuran la sumisión y la cobardía, y en especial, ruidoso con tal de, no ya oírse, que poco hay que decir, sino ante la posibilidad de llegar a oír lo que pudiera decirle quien fuera a entorpecer, o aun impedir, una desidia secular cultivadita y oronda.

Y así, y en consonancia con el pueblo, los siglos de más de lo mismo y la siempre racaneada escuela, hoy manda sobre los españoles un grupo de bárbaros de espantable efigie que no sabe hablar porque no piensa, y que esta vez, como en otras, parece haber sido elegido en buena parte por Alemania, la inefable, y por la otra, por las urnas del voto campesino. Porque no debemos olvidar que somos, antes que ninguna otra cosa, cazurros campesinos en el grado que fuere, aunque de rural quede lo que asoma entre los edificios abandonados en fase de alegre y española construcción. El grupo de bárbaros que opera, con un modus operandi fácil de identificar y de nombrar, fascismo bárbaro español a las órdenes de la bárbara Merkel, quiso hacernos creer que no solo éramos culpables de casi todo, incluida la muerte Jesús, el Nazareno -judío, pero aún no alemán-, sino que debíamos aceptar sin rechistar, oponer resistencia o armarla muy gorda, cuanto se nos ordenara, fuera o no contrario a razón, al mandato de la Constitución, las leyes y lo común en democracia, por mermada que nos la hayan servido quienes se pusieron al servicio de otros poderes que también sabían qué se hacían y para qué, es decir, para afianzar esta 2ª Restauración Bobónica -Franco, y no solo, regente-, a instancias llegadas también de fuera entonces como ahora, que aquí manda todo dios menos los ciudadanos y da toda la impresión de que esté bien y que a Dios así se lo parece, en tanto que su empresa no ha abierto la boca y este pueblo sigue tan cordero como cuando el ferrolano lo obligaba a saludar al modo fascista, espectáculo y obligación que me creo porque me lo contaron, pero de los que tanto descreí en su explicación; quizá se prefiriera la mano extendida del Ave, César ferrolano, a cambio de poder estraperlar algo o lo posible.  Lo digo en función de lo que veo que quedó para siempre en nuestros más arraigados hábitos.

Pero yo no iba a repasar historia, sino justo a armarla, mi muy descerebrado Rajoy, todos vosotros, los que no habéis tenido reserva en acompañarlo en esta cruzada de descomponer una nación para, logrado, saltar de júbilo ante un botín que brindar a tantos y a vosotros mismos, el botín de España, la que os duele cuando la teméis quebrada, que la queréis una y entera para repartírosla, no como nuevos bárbaros, sino como los españoles bárbaros de siempre. Cerrad los ojos y evocad, si sois capaces, conciudadanos, vosotros que los veis en la tele y que aun los escucháis cuando tartajean sus salvajadas desde ella, la expresión de los rostros de Sáenz de Samtamaría, de Luis de Guindos, de José I. Wert, de Cristóbal Montoro, de Ana Mato, de Fátima Báñez, de Jorge Fdez. Díaz, de Pedro Morenés, de José M. García-Gargallo, de Ruiz-Gallardón, de Arias Ceñete, de José M. Soria, ¡de Rajoy, homo analfabeticus sapiens! … es decir, de la gente que encarna y representa la insolvencia intelectual y moral del Bobierno de España. Os escucharéis diciendo: No es posible que ESO me bobierne, tampoco que haya un solo ser humano que haya votado ESO. Y como enganchadas, surgirán mil y una preguntas dirigidas contra vosotros mismos: ¿he hecho yo un buen bachillerato para soportar que me mande ESO? ¿Me he cultivado delicadamente para que ordene mi vida ESO? ¿He sido exigente conmigo y con el prójimo para que hoce y gruña en mi día a día ESO? ¿Creo que este país es europeo, siendo que lo dispone ESO? ¿Me ha empobrecido ESO? ¿Me ha robado ESO? ¿La gente enferma y se suicida por ESO? ¿Me hace responsable y me castiga, siendo que me ha escupido, después de habérselo afanado todo, acallando a los jueces -más de lo mismo- ESO? ¿Qué es ESO, sino un hatajo de mulas huérfanas?

Las palabras siempre son materia de polémica, casi nunca estamos de acuerdo en qué se quiera significar con ellas. Y así, digo mulas, y nadie entiende, buscones, y nadie entiende, comecirios, y tampoco, lenguas serpentinas, y no se entiende, gusarapos, y nadie, judas, y nadie, matarifes, y tampoco nadie … y así pasa con tantas otras palabras que habría que precisar. Pero digo mulas, buscones, comecirios de lengua serpentina, judas, gusarapos y matarifes… y veo que ya me entienden todos: Bobierno de EjpaÑa (pero quien crea, la inteligencia, y en este caso para muy otra cuestión, es siempre Ferlosio*). Y si, repitiéndome, digo: LA INSOLVENCIA INTELECTUAL Y MORAL DEL BOBIERNO DE EJPAÑA, entonces y solo entonces, el universo regresa a su natural armonía.

Esta España tuvo tantos bobiernos como este que, además y encima, racanearon tanto su educación, que una buena parte de su gente es aún tosca, zafia y tiene la astucia de los pastores en la décima generación ascendiente, va a lo suyo, nunca a lo nuestro, con hambres urgentes de todo tipo que se remontan a los iberos -los tartessos debían de tener proles escasas, los árabes se fueron, los judíos y los franceses, también- y con los hábitos intelectuales y morales del puerco en su pocilga; así, vamos apañándonos. Larra no lo soportó, pero no fue el único. Y hasta parece que ni nos quedara Catalunya, pobre sureña definitivamente huérfana de todo.

Y siendo este pueblo como es, y en teniendo el Bobierno que tiene, y en habiendo pasado tanto que pasó, y de mucho mayor interés, está pasando, ¿qué dice al respecto el periódico más serio, recurrido y presentable que juran tirios y troyanos que hay, que yo paso por los quioscos de prensa y ni un solo diario, uno, no ya de izquierdas, que para qué leer algo en la línea de Marx, aquella pobre gentecilla desprestigiada por don Neocapitalismo del Terrorismo Financiero Salvaje y Criminal, pero como de izquierdas al menos? Pues oíd lo que dijo El País, que en buen hora ciñó espada: Jimena, señora mía, mujer querida y honrada, y vosotras, hijas mías, sois mi corazón y mi alma, entrad conmigo en València, que será nuestra morada, esta heredad por vosotras yo me la tengo ganada… Estoooo… no, me parece que este era otro sicario, quizá Mío Cidi, Zaplana o el Curita al entrar en València. Lo que decía El País, el pasado veintiuno de este mes de noviembre, bajo el titular ‘Peor que hace un año’, y entre otras chuminadas de idéntico jaez, unos cinco párrafos, lo que sigue en este par no al azar seleccionados, pero se podría y sin el menor cambio en las conclusiones:

Párr. 1: “Lo más negativo del periodo transcurrido ha sido el estilo de Gobierno aplicado. La escasa presencia pública de Rajoy le configura como un líder tranquilo, pero demasiado alejado para una sociedad angustiada que ambiciona señales más claras. Esto le ha facilitado giros políticos tan espectaculares -fuera de su programa, y a los que inicialmente se oponía- como subir impuestos, recortar profundamente los gastos sanitarios y educativos o lanzar a la arena un banco malo. Tampoco parece que haya intentado negociar con la oposición y ni siquiera ha aprovechado la ventaja que le daba la mayoría absoluta para mantener la normalidad parlamentaria de que el jefe del Gobierno participe en los trabajos de la Cámara; todo ello completado con el abuso del decreto ley.”

Parrafillo que, en síntesis, viene a decir:  ¡Hijo mío, donde quiera que te escondas, manifiéstate, no seas vago, vas bien, pero envía una señal a los angustiados y no abuses del real decreto!

Párr. 2: Desde luego, Rajoy lo tenía muy difícil a la hora de hacerse cargo de un país en crisis, legado de la última legislatura de Zapatero. El déficit público del 9% en 2011 era un terrible punto de partida para cumplir con las exigencias europeas de austeridad y rigor, en particular las del Gobierno alemán y la Comisión. Ahora dice que “lo peor ya ha pasado”. Sería deseable que acertara, pero se ha dejado jirones de credibilidad por el camino al desoír consejos tan razonables como acabar con la bicefalia al frente de los asuntos económicos y tributarios, o acordar con la oposición el reparto de las cargas de la crisis y reformas de gran calado.

Parrafillo que, en síntesis, viene a decir: Torero, aquí consta que toda la culpa es de Zapatero, sigue así, pero sé bueno con la oposición, si la hubiere.

El menú completo del editorial de El País, silbando al viento de sus muy jugosos negocios:

http://elpais.com/elpais/2012/11/20/opinion/1353441186_528515.html

*Digo la tara, y no me entiende nadie; digo la tara y la rejama, y ya me entienden muchos; digo por fin la tara y la rejama, el tomero y el romillo y veo que me entienden todos. El injusto poder de convicción de los sistemas viene del hecho –por lo demás, epistemológicamente necesario- de que el cerebro humano sea tan inercialmente, tan formalísticamente, analógico y combinatorio. (Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, 1993)

 

 

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